Jueves, 14 Junio 2012 23:00

Sin el domingo no podemos vivir

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[Esta historia se puede aprovechar en la Solemnidad del Corpus Christi, o en cualquier celebración en la que se quiera acentuar la importancia del domingo como día del Señor, así como la necesidad que tenemos los cristianos de la Santísima Eucaristía. Esta historia, o parte de ella, se puede utilizar como “Captatio”, pero también como contenido mismo de una homilía.]

Durante los años 303 y 304 d.C., el Emperador Diocleciano, luego de 40 años de relativa calma en que la comunidad cristiana había podido crecer y difundirse en varias zonas del imperio romano, impulsa una violenta persecución contra los cristianos, prohíbe la celebración de ritos sagrados y las reuniones, y manda quemar los libros sagrados y destruir los templos.

En aquel periodo, en la ciudad de Abitina (hoy Tunicia), al norte de África, un grupo de 49 cristianos, hombres y mujeres de todas las edades y pertenecientes a distintas clases sociales, contraviniendo las órdenes del Emperador, se reúne para celebrar el día del Señor. Son descubiertos y encarcelados, y luego llevados a un tribunal para ser juzgados. El procónsul encargado del juicio   interroga al dueño de la casa donde se realizaba la reunión, un tal Emérito, quien no lo niega y, más aún, responde con una frase que se hizo famosa: “Nosotros, los cristianos, sin el domingo no podemos vivir”, “sine dominico non pussumus”.

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