Jueves, 01 Enero 2015 12:32

Origen del dogma de la maternidad divina de María

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No sólo la Mariología sino la Teología entera gira en derredor de esta verdad: María es Madre de Dios. La multitud de herejes de diversas sectas, que desde los primeros siglos negaron la divinidad de Jesucristo, consecuentemente despojaron también a la Santísima Virgen del título de Madre de Dios, como los ebionitas y los arrianos. Por opuesto camino llegaban al mismo término los que como los fantasiastas no creían que Jesucristo tuviera verdadera carne sino fantástica o aparente, o espiritual y fabricada en el cielo, que pasó por la Virgen como el agua por el cauce, como decía Valentín; y los que, como Apolinar, atribuyeron al Verbo verdadera carne, pero no recibida de mujer, sino maravillosamente formada de los cuatro elementos. Pero la herejía que más directamente impugna la maternidad divina de Nuestra Señora, y por razón de las circunstancias tuvo resonancia mayor, fue la de Nestorio, Patriarca de Constantinopla en el siglo IV.

Inspirado por él, su confidente el presbítero Anastasio se atrevió a decir en la sagrada cátedra, que nadie debía llamar a la Santísima Virgen María Madre Dios, porque no era más que una mujer. Alzóse gran murmullo entre los oyentes, y uno de ellos, Eusebio, seglar entonces y abogado, más tarde Obispo de Dorilea, alzó la voz en el templo protestando contra la blasfema herejía; más en el primer sermón salió en defensa de ella el mismo Patriarca. "Hace días (dijo) que estamos oyendo hablar de bagatelas. Se nos pregunta si es permitido dar a la Virgen María el título de Madre de Dios, o si solamente se la ha de llamar Madre del hombre. ¡Dios tener madre! No. María no ha dado a luz a Dios. La criatura no ha engendrado al Creador, sino sólo a un hombre íntimamente unido a la divinidad, a un hombre dei fero o «porta-Dios»". Subió de punto al oir estas palabras la indignación del piadoso pueblo, y un monje, inflamado de santo celo en el momento de la comunión, lanzó contra el Patriarca la acusación de herejía, y casi todos se negaron a comulgar con el hereje. Poco después, y también en presencia del heresiarca, alzó contra él su voz elocuente San Proclo, Obispo de Cicico, interrumpido muchas veces por los aplausos del pueblo. Pero fuerte Nestorio con el apoyo de la autoridad civil, a falta de razones, se vengaba de los débiles con azotes y atraía a los poderosos y sabios con tergivesaciones y calumnidas. Surgió entonces el "asertor invicto de la divina maternidad" (como lo llamaba la Iglesia en su liturgia), el Patriarca de Alejandría San Cirilo, que puso al servicio de tan santa causa toda su ciencia, actividad y energía. Escribió multitud de cartas y algunos tratados en que exponía la verdadera doctrina y refutaba los errores a Nestorio mismo a la familia imperial, a muchos prelados y monjes.

Acudiose por ambas partes al Papa Celestino I, que dió al hereje un plazo de diez días para abjurar de sus errores y comisionó a San Cirilo para excomulgarlo y deponerlo de su silla en caso de contumacia. Después de muchas intrigas del pérfido Nestorio, se reunió el Concilio ecuménico de Efeso, el día de Pentecostés del 431, donde todas las razones humanas hacían temer que triunfara la fuerza y la astucia; pero Dios, que vela por la honra de su Madre, hizo que triunfara la verdad. El mismo San Cirilo nos describe así su triunfo: "El día que nos congregamos casi 300 Obispos y que estamos aquí para la determinación de esta causa de Dios y de su Madre en que gastamos todo el día, perseveró todo el pueblo de la ciudad desde la mañana hasta la tarde esperando la determinación del Santo Sínodo. Y como oyeron que aquel infeliz injuriador de la Madre de Dios había sido despuesto, comenzaron todos a predicar alabanzas del Concilio y a glorificar a Dios que había derribado al enemigo de la fe y de la gloria de su Madre. Y saliendo nosotros ya de noche de la Iglesia donde se celebró el Concilio, nos llevaron con hachas encendidas hasta nuestra posada, y toda la ciudad estaba llena de regocijo y tanta abundancia de luminarias que por toda ella había puestas que parecía de día. Y no sólo nos acompañaron los varones haciendo muestras de alegría, más también las mujeres con perfumes de cosas aromáticas, mostrando en toda su gloria al Salvador a los blasfemos".

Larga serie de intrigas impidió el cumplimiento de la sentecia del Concilio; mas, al fin, desengañado el Emperador Teodosio II, aprobó la deposición de Nestorio; y el enemigo de la Madre de Dios, tras larga serie de calamidades, murió en el destierro en la mayor miseria. En tanto el nombre Theotoke, Madre de Dios, se escribía en todas las imágenes de aquel tiempo como trofeo de la victoria.

[El texto ha sido tomado de la obra "Mariología Popular", del Padre Nazario Perez. Está escrito en estilo "novelezco" y tiene como finalidad exaltar la verdad de fe de la maternidad divina de María y, por lo tanto, pasa por alto algunos datos de la historia que podrían no ser muy favorables a Cirilo de Alejandría, pues al parecer su modo de proceder en lo que respecta al Concilio no fue el más acertado, como consta en documentos de la época. Pero la narración no deja de ser un buen ejemplo de un género que puede perfectamente ser utilizado en una homilía. La historia en sí misma es edificante y alienta a amar a la Virgen María y a defenderla. A partir de ella se puede invitar a considerar el lugar importante que tiene esta verdad de nuestra fe -al ser María también Madre de la Iglesia y de todos los hombres- y luego hacer una pequeña exhortación a seguir el camino de la piedad filial mariana en la vida cotidiana.]

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