No sólo la Mariología sino la Teología entera gira en derredor de esta verdad: María es Madre de Dios. La multitud de herejes de diversas sectas, que desde los primeros siglos negaron la divinidad de Jesucristo, consecuentemente despojaron también a la Santísima Virgen del título de Madre de Dios, como los ebionitas y los arrianos. Por opuesto camino llegaban al mismo término los que como los fantasiastas no creían que Jesucristo tuviera verdadera carne sino fantástica o aparente, o espiritual y fabricada en el cielo, que pasó por la Virgen como el agua por el cauce, como decía Valentín; y los que, como Apolinar, atribuyeron al Verbo verdadera carne, pero no recibida de mujer, sino maravillosamente formada de los cuatro elementos. Pero la herejía que más directamente impugna la maternidad divina de Nuestra Señora, y por razón de las circunstancias tuvo resonancia mayor, fue la de Nestorio, Patriarca de Constantinopla en el siglo IV.

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