Domingo, 25 Noviembre 2012 17:51

¿Cuándo hay verdadera comunicación?

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Aquí les ofrecemos el segundo capítulo de la obra "Predicación Efectiva", del p. Liske. Aunque escueto, contiene una gran verdad en pocas palabras. Existe una gran similitud entre la comunicación ordinaria y un discurso dirigido a un grupo de personas, como es el caso de un sermón u homilía. En ambos casos el objetivo es la comunicación. Y la comunicación está hecha siempre de los mismos ingredientes: naturalidad, involucración, total compenetración con el mensaje que se transmite.

El p. Liske nos explica que, a pesar de que el contexto puede ser distinto, y varían tanto la forma como el carácter de nuestro mensaje, en el fondo se trata de lo mismo: trasnmitir una idea para que el otro entienda lo que nosotros estamos entendiendo e incluso sienta lo que nosotros sentimos.

[Tomado del libro “Effective Preaching” de Thomas V. Liske, S.D.B.]

PARTE I: LA TRANSMISIÓN DEL SERMÓN

Capítulo 2

La oratoria en la vida del sacerdote

Un sermón no es la recitación de una lección de clases. De joven te habrá acontecido ser llamado adelante para recitar una lección de Lengua, Latín o Historia. En aquellas ocasiones te levantabas de tu asiento, tal vez con un libro en la mano, leías el pasaje correspondiente con un tono plano, sin cambios de tono ni énfasis, luego traducías el latín en perfecto castellano y finalmente volvías a tu asiento dando signos evidentes de alivio. O puede ser que fueras llamado para responder a algunas preguntas de historia; buscabas angustiosamente en tu mente la respuesta y respondías con inseguridad, consciente de la imprecisión de tu respuesta. O te llegaba el turno de presentar el texto que habías preparado para tu asignación de Lengua, y sentías una cierta vergüenza al tener que exponer al resto de la clase tus pensamientos más íntimos. Y por ello leías el texto un tono muy bajo, aceleradamente, sin pretender que tus compañeros puedan ver con tu narración o descripción lo que tú viste y sentir lo que tú sentiste. En ese momento sólo te importaba recitar las palabras y cumplir con la tarea; tu finalidad era tan sólo poner por obra la orden del profesor.

Muchos sacerdotes, hoy en día, continúan haciendo en el púlpito lo que alguna vez hicieron en la edad escolar. Abundan los “recitadores” de púlpito”. Cuando una mira a la situación actual de manera imparcial, se toma consciencia de lo ridículo que es: un predicar recitando lo que escribió, o lo que alguien le escribió, o que él no escribió pero que de todos modos es coherente con el contexto, la congregación pronto perpleja por la monotonía del conferencista, aburrida por la misma vieja falta de novedad en la aproximación a las verdades de la vida y de la religión, y reducida a un estado de paciente aguante de todo, con los ojos fijos en alguna pintura en el muro o en el altar, esperando el final. En el púlpito y en las bancas sólo hay un paciente aguante, y luego, cuando todo termina, un evidente alivio.

El sacerdote y la gente en esta situación son extraños el uno al otro. El turista veraniego en un país extraño, poco familiarizado con el lenguaje local, encuentra gran dificultad comunicar sus pensamientos. Habla en inglés mientras los demás lo miran. Ninguna idea ha pasado de la mente del turista a la mente del lugareño. No hay terreno común. Domingo tras domingo esta situación se repite. No hay una verdadera comunicación de ideas. Ningún intercambio ha tenido lugar. La congregación llega buscando alguna dirección acerca de cómo vivir, alguna solución a un problema serio, alguna inspiración para vivir una vida católica más plena, algún consuelo en las enseñanzas de Nuestro Salvador. El sacerdote predica, o habla, la verdadera doctrina cristiana, pero aún así no hay intercambio ni comunicación.

Algunos no-comunicadores que conocemos

Una lista de no-comunicadores en el púlpito puede hacer más claro lo que este término pretende expresar:

1. El orador nervioso con pánico escénico, que acelera las palabras, prescinde de las pausas y utiliza maneras indirectas.

2. El orador monótono cuyo sermón suena como un anuncio que él no escribió y ni siquiera le interesa.

3. El orador sobre-actuado, cuyo modo de hablar es dolorosamente trabajado e indicativo de un problema de memoria.

4. El exhibicionista, cuyo objetivo es mostrar su magnífico tono de voz, su conocimiento, sus gestos y su sentido del humor. Algunos exhibicionistas en el púlpito son las tristes víctimas de las clases escolares de locución. Muchos sacerdotes se llevan al púlpito malos hábitos tales como la falsa inflexión, las maneras artificiales, un modo de interpretar la literatura que aniquila el significado, y el insípido formalismo externo de las lecciones de locución. Tremendo daño, también, se ha hecho a los niños que han sido obligados a tomar dichas lecciones. Rápidamente comienzan a detestar la interpretación insípida de “piezas”, tal como se los enseñó su equivocado maestro. ¿Quién no se estremece ante la colección de ejercicios vocales, “piezas” afeminadas, gestos estudiados, y la experiencia terrible de “recitar una pieza”? ¿Quién puede culpar a los niños por odiar la oratoria pública, cuando ésta, en sus mentes, se identifica con las clases de locución?

otros exhibicionistas son sumamente teatrales. Sus sermones son tan impostados como la sobre-actuación de un actor de bajo nivel. Las audiencias inmediatamente detectan esa sobre-actuación. Su voz demasiado estridente, sus muecas faciales, sus gestos exagerados, su pesado énfasis, su ardor innatural, su mala interpretación de las líneas, todo pone al descubierto su falta total de sinceridad; se trata de un exhibicionista al que le importa más ostentar sus habilidades que comunicar a la audiencia el sentido de la obra. Pero estos defectos no se circunscriben al orador secular; antes como ahora han encontrado el modo de llegar al púlpito.

5. El orador falto de imaginación quien, a pesar de estar bien preparado, es demasiado técnico en el lenguaje y en el pensamiento. Traduce sus libros de texto en sermones. Sostiene con firmeza que lo que enseña es doctrina cristiana y que él no se distrae con “tonterías”. Pero éste siempre será fundamentalmente un “recitador” de verdades doctrinales, nunca será un verdadero comunicador. Aburre a las personas hasta endurecerlas; las petrifica, en el sentido más literal de la palabra.

6. El orador pobremente preparado es tal vez el peor de todos. Para él, el sermón es la mayoría de las veces una tarea más que realizar. Tiene que cumplir su rol en el púlpito cada domingo o enfrentar la ira del párroco. Siente que ha satisfecho con creces su responsabilidad parándose en el púlpito y hablando durante tanto tiempo. Es cierto que muchos sacerdotes de parroquias tienen semanas llenas de trabajo y a veces no tienen tiempo suficiente para preparar mejor el sermón. A estos no podemos incluirlos entre aquellos que predican simplemente para cumplir una obligación. Pero hay otros que han hecho de esa falta de preparación una cuestión completamente habitual y son, como consecuencia, no-comunicadores habituales en el púlpito.

El primer gran principio, por lo tanto, a ser aprendido es: la oratoria en cualquiera de sus facetas sirve para comunicar un pensamiento. La comunicación significa unión, intercambio mutuo, dar y recibir. Cuando predicas, debes ser un predicador efectivo. Un sacerdote que predica e incrementa su conocimiento de la religión en la mente de sus fieles y los mueve a la acción para vivir un catolicismo más pleno es un predicador efectivo. Es muy probable que tu audiencia esté conformada por el educado y el poco educado, el aburrido de la vida y de los sermones, el letárgico, el distraído, el escéptico, el afligido, el ignorante, el indiferente. La vida es para todos ellos frecuentemente una supervivencia, un combate por arrancarle a esa cosa vaga llamada “mundo” una casa, comida, vestido, educación, entretenimiento, salud y un trabajo. Están tan preocupados por vivir que convierten la religión en una mera defensa contra el pecado. Se olvidan de todo el lado positivo de la fe, necesitan ciertamente de un conocimiento más completo de las enseñanzas morales y doctrinales, necesitan inspiración para practicar las enseñanzas del Señor.

Estás familiarizado con la meditación. Tu meditación cotidiana profundiza la convicción de las verdades de la vida espiritual. Después de mucha meditación tu propósito de adquirir la virtud es más fuerte, tu búsqueda de esa virtud más constante y te sientes más seguro porque ves los frutos. Medita, entonces, en la siguiente gran verdad: cada uno de mis sermones debe comunicar una parte de la verdad a mi audiencia.

Cuando comunicas de verdad, transfieres un pensamiento o una serie de ideas a tu audiencia. Examina la literatura y ve cómo el poeta, el novelista, el escritor de teatro, el ensayista, todos ellos comunican pensamiento. Tienen algo que decir y lo dicen a través del medio literario que es el más adecuado para este propósito. El poema no siempre es un grupo de palabras seleccionadas por su hermoso sonido. La mayoría de poemas expresan los sentimientos del poeta, o su concepción de la naturaleza, o revelan sus pensamientos más íntimos acerca de su propia alma; comunican esos pensamientos o sentimientos al lector. Las buenas obras de teatro contienen una premisa que no es otra cosa que una sentencia que resume la observación del escritor acerca de los hombres y sus maneras. La novela nos comunica la vida de hombres como nosotros. El sermón debería comunicar, más que ningún otro género de expresión, las grandes verdades que verdaderamente regulan la existencia.

Algunos ejemplos sencillos pueden ilustrar mejor lo que se quiere entender por comunicación en el discurso. Recuerda algún momento de tu vida en el que tenías una gran noticia que contar al llegar a tu casa. Tal vez habías ganado una medalla deportiva, o te habían aceptado en un trabajo durante el verano, o habías sido promovido, o alguien te había hecho un bellísimo regalo; una de esas noticias que cualquier joven hubiera estado ansioso de comunicar. Al llegar a tu casa y contar lo sucedido, en tu discurso seguramente no había lagunas, o falta de expresividad facial, o poco entusiasmo, o una mirada fría o muerta, o un cuerpo petrificado. ¡No! Toda tu ser estaba concentrado en hacer entender a los demás lo que te había sucedido. Al hablar expresabas todo tu entusiasmo, tus ojos estaban vivos y fijabas la mirada en los que te estaban escuchando, para que no se perdieran una sola sílaba, tal vez incluso tomaste a tu madre de las manos o a tu padre de la solapa de su abrigo. ¡Definitivamente escucharon lo que estabas contando! ¿O aquella vez en que te dieron “out” en tu intento de robar la segunda base en la partida de baseball? De un salto te pusiste de pié, alerta y determinado; tu rostro tenía una gran expresividad, incluso un poco distorsionada por la sorpresa y la ira; tus ojos muy abiertos, fijados en el árbitro; tus palabras estaban llenas de fuerza, y enfatizabas tus argumentos usando todo tu cuerpo para manifestar tu opinión sobre la jugada; tu cabeza, tus manos y tus hombres, todo se movía al mismo tiempo. ¡Definitivamente le transmitiste tus pensamientos al árbitro! Tal vez incluso obtuviste una reexaminación del veredicto. Pero supón, en cambio, que en lugar de dicha reacción, te hubieras levantado del polvo lentamente, con la mirada un poco esquiva y tus manos apoyadas en tu cintura, y hubieras hablado con un tono bajo y poco convincente para protestar contra la decisión, ¿hubieras influenciado al árbitro en algo?, ¿habrían dado algún valor a tu protesta?

Con frecuencia, cuando hablamos, estamos comunicando, y solemos hacerlo muy bien. No siempre nos damos cuenta de que nuestra mejor comunicación sucede en la conversación ordinaria. De hecho, extrañamente, “conversación” es sinónimo de “comunicación”. Esto nos da una importante pista para comprender la naturaleza real de la comunicación que se da en un discurso.

 

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