Jueves, 29 Noviembre 2012 23:18

Notas de Sermones del Card. Newman (parte I)

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El Cardenal Newman, mientras fue miembro de la Iglesia de Inglaterra, solía leer sus sermones. Cortó esta práctica, con raras excepciones, luego de su conversión. En ambos periodos siguió lo que era la práctica generalizada en cada una de las iglesias a las que perteneció respectivamente. No se podría sostener que su predicación sufriera algún retroceso con este cambio, pues en ese caso habría retornado a su antigua práctica. Hubiera preferido, en efecto, hacer lo que todos los sacerdotes hacían, pues era contrario a cualquier tipo de singularidad, pero no era ésta una razón suficiente como para correr el riesgo de un fracaso aunque sea parcial frente a asambleas mixtas en una ciudad en donde él resultaba ser un extranjero, y en un tiempo en el que por diversas causas el anti-papismo era muy fuerte. Tampoco parece que dicho cambio, a pesar de que Newman estaba ya en la segunda mitad de su vida cuando lo realizó, haya significado para él una gran dificultad. Aparentemente descubrió con rapidez que los pensamientos que él tenía en la cabeza cuando subía al púlpito se desarrollaban por sí solos y tomaban forma propia mientras hablaba; de hecho las Notas que ahora estamos publicando fueron en su mayoría escritas no antes sino después de pronunciados los sermones.

Estas Notas fueron entregadas tardíamente por el padre William Neville, ejecutor literario del Cardenal, al padre Henry Bellasis, entonces miembro del Oratorio de Birmingham, ahora miembro del Oratorio Romano. “Las ‘Notas de Sermones’ –escribe el padre Bellasis– me fueron entregadas por el padre William como presente de Navidad. La única cosa que mencionó, según recuerdo, que el Cardenal Newman tenía la costumbre de entrar a su dormitorio después de la predicación y escribir aquello que acababa de decir en forma de notas. Y es así como llegaron a estos libros. Ustedes recordarán que el Cardenal predicó de esta manera hasta que comenzó a quejarse de que olvidaba lo que quería decir –debe haber estado por los ochentaitrés cuando este problema, ya más o menos frecuente, comenzó a incomodarlo. Sin embargo sólo a los ochentaitrés años decidió, como seguramente recuerdan, volver a leer los sermones que pronunciaba durante su época parroquial en MS –con cierta incomodidad, supongo–, y era algo sumamente agradable para aquellos que nunca tuvimos la oportunidad de escucharlo en sus años más jóvenes. Tengo el recuerdo de haberlo viso proceder así en varias oportunidades. En relación con su predicación, yo era muy joven para recordar demasiadas cosas al respecto, excepto que tenía siempre una pequeña Biblia en sus manos y que la citaba con frecuencia, siempre leyendo los textos luego de encontrarlos, y no citándola de memoria. Solía ser avisado por el toque del Maestro de Ceremonias (El Maestro de Ceremonias era las más de las veces el mayor de los jóvenes de la Escuela del Oratorio. No es necesario decir que cumplía su función utilizando no tanto su discreción sino su reloj. Después de un tiempo, el M. C. instruido en secreto para que no le tocara la campana al Cardenal, ya que obedecía con demasiada prontitud). Siempre escuché decir que ‘era muy obediente a la campana’, y que se detenía poco después de escucharla”.

“Yo era muy joven como para recordarlo” es lo que repiten ahora todos los que alguna vez escucharon al Cardenal predicar antes de que llegara a una edad muy avanzada. De todos modos puede valer la pena tratar de evocar lo poco que podemos recordar. Solía sostener la Biblia en sus manos muy cerca de la cara mientras predicaba, porque el texto era muy pequeño y él era corto de vista. La memoria lo presenta moviendo constantemente sus páginas a la manera un poco torpe de un anciano mientras hablaba, presumiblemente con el fin de encontrar algún pasaje que estaba próximo a citar. Es imposible determinar si hablaba rápido o lento, pues no había indicio alguno de prisa o deliberación. Su manera de hablar era la misma en el púlpito que en las situaciones ordinarias. De hecho, su prédica era más un conversación, muy reflexiva y seria, pero de todos modos una conversación.

Su voz, con su tono gentil, la veracidad en cada una de sus notas, su inquietante toque de profunda paciencia y de piedad (si “tristeza” resulta una palabra demasiado fuerte), es como ha sido descrita a menudo por los que la oyeron en Santa María, en los días del viejo Oxford, y, a juzgar por las descripciones, parece haber sido igual en la vejez. Probablemente la primera impresión en quien la escuchaba por primera vez sería que variaba muy poco. Aunque esto, de ninguna manera era así. En realidad, los cambios de expresión o de sentimiento se sucedían en él constantemente, pero de una manera tan natural y tan en sintonía con lo que se decía en el momento, que apenas se notaban. Era sólo después de haberlo escuchado, si algo quedaba rondando en la mente o volvía sobre la memoria de manera repentina, que uno podía darse cuenta de que no eran sólo las palabras, sino algo más en el tono de voz con el que eran pronunciadas, lo que hacía despertar el pensamiento. ¿Qué tipo de impresión causaban los sermones de Newman en un niño o joven al escucharlo? Probablemente no pasaba mucho tiempo hasta que el sujeto comenzaba a sentir que este predicador tenía el poder de hacer que las cosas parecieran muy reales. Incluso podía resultar sorprendido, y hasta perplejo, como si hubiera alguna incongruencia en el hecho de que un hombre que parecía tan distante de la vida cotidiana pudiera hablar de una manera más simple y llana que las personas comunes. En algunos momentos también podría resultar sorprendido por algunos cambios en la modulación de voz del predicador y las palabras que la acompañaban.

Tomemos, por ejemplo, en el presente volumen (p. 301) [Se refiere a la obra “Notas de Sermones” a la que pertenece esta introducción.] la manera en que se describe la ignominia de la crucifixión: “as we fix a noxious bird up” [esta frase es prácticamente intraducible. Pero podemos hacer el intento: “to fix up something” significa “arreglar algo” o “solucionar”, y “noxious bird” es literalmente un pajarillo nocivo, aunque debe entenderse que “hace mucho ruido” o “causa molestia”. Juntando estos dos significados llegamos a una descripción figurativa de la ignominia de la cruz como el intento de los hombres de “eliminar el problema” o “callar al que hace ruido”]. Sólo aquellos que escucharon a Newman podrían imaginar la angustia que seguramente se percibía en su voz cuando pronunciaba estas palabras y una especie de apuro, como para salir de ellas lo más rápidamente posible; ello seguido del rápido retorno a la serenidad con la que estaba hablando unos segundos atrás. Muy probablemente algunos de sus asistentes, aún sin saberlo, quedaban consternados con estas palabras, como si fuera la primera vez que oían hablar de la Crucifixión. Estos pequeños exabruptos iban y venían como relámpagos. Aparecían como una pérdida momentánea del dominio perfecto de sí mismo, habitual en él, seguida de una recuperación instantánea de su normal compostura. Algo extraordinario en relación con ellos era el sutilísimo cambio que causaban en su voz. Eran como una suave brisa de viento pasando sobre la superficie inmóvil del agua.

[Traducción de la Obra "Sermon Notes", por los Padres del Oratorio de Birmingham. Introducción].

[Traducción con derechos reservados.]

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