Jueves, 31 Enero 2013 23:11

Notas de Sermones del Card. Newman (parte II)

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La voz del Cardenal, hasta lo que sabemos, no era fuerte. Era más bien tenue y suave, y en noventainueve de cien casos tendía a ser monótona e incluso plana. Pero en su caso, la falta de volumen o de modulaciones a gran escala era compensada por una pureza de tono entre las más finas.

Aquellos que conocieron al Cardenal aún hoy, al leer sus escritos, pueden escuchar su voz, sea un sermón o una lección, y su sonido llega a ellos de un modo único e inexplicable, porque llevan en la memoria su musicalidad, tal como las letras impresas se presentan ante la vista. Tomemos, por ejemplo, en este volumen (p. 60) [Recordemos que este texto corresponde a la Introducción de la obra “Notas a los Sermones del Cardenal Newman”] aquella historia que habla de la alegría del hombre durante su vida. Uno escucha el tono casi cordial con que llega a los oídos la voz más bien triste del predicador cuando habla de ciertos placeres en sí mismos inocentes: una caminata de verano, el calor del fuego, y así sucesivamente, y luego un toque de melancolía cuando se habla de placeres no inocuos.

El poder de Newman de entrar en las mentes tan distantes a las suyas era no pocas veces motivo de asombro. James Mozley [ James Bowling Mozley fue un conocido teólogo inglés, muy involucrado en el Movimiento de Oxford, y cuñado de John Herny Newman] escribió en 1846: “Varias veces nos hemos topado con su manera tan aguda de describir los vícios típicos de un comerciante –la avaricia, la codica, etc–. No es precisamente el tipo de temperamento con el que Newman pudiera sentirse identificado, ni siquiera como tentación; y sin embargo, ningún hombre de negocios podría explicarlo con más precisión que él”. De vez en cuando, el Card. Newman dejaba ver esta cualidad en alguna conversación, incluso siendo ya muy anciano, y su estupenda voz se dejaba escuchar.

Una noche Newman hablaba en voz baja acerca de la evolución del escepticismo en el mundo. Anticipaba que llegaría un momento en que la mayoría consideraría al cristianismo como una creencia falsa. Aquellos que persistirían en creer ya no serían considerados ni escuchados; se les respondería simplemente algo como: “ya ha sido refutado, no podemos refutarlo de nuevo”. El tono de rabia y de impaciencia que le puso a su voz, solo mientras pronunciaba estas palabras, es la razón por la que una conversación como esta, que de otro modo hubiera sido poco relevante, es recordada claramente, casi un cuarto de siglo después, por una persona que estuvo presente.

Tal vez una de las más recordadas características de la predicación de Newman es su maravilloso modo de leer las Sagradas Escrituras. También lo era durante sus sermones anglicanos, y ha sido descrito tantas veces por aquellos que lo escucharon en St. Mary que no valdría tanto la pena aludir a ello nuevamente si no fuera por el detalle que se va a dar a continuación. En la misa del domingo a mediodía, cuando le tocaba predicar (los hombres jamás lo escuchaban en la noche), los avisos de misa eran leídos usualmente desde las escaleras al altar por alguno de los otros sacerdotes. Debió haberse producido alguna dificultad en relación con esta práctica para que Newman, con el carácter que tenía, se haya sometido a ella.

Cuando terminaron los avisos, su voz se dejó escuchar leyendo la epístola desde una cierta distancia, como una suave pieza musical. La leyó, según se recuerda, con muy poca variación en su voz, excepto por una casi imperceptible atenuación en sus últimas palabras, que parecieron morir lentamente. También había en esto algo del cansancio propio de la vejez que, al evocarlo muchos años después, recuerda uno de los “expectans expectavi” del salmista.

Su manera de leer el Evangelio era distinta. Tenía, ciertamente, las pausas requeridas para distinguir las porciones propiamente narrativas de las voces de los diferentes personajes, acompañadas por ciertos ligeros cambios en su voz. Pero lo más saltante, e imposible de describir, era la profunda reverencia en la voz del lector, que llegaba a su punto de mayor inflexión cuando pronunciaba las palabras del Salvador. Antes y después de estas, había una suerte de silencio. Una de las cosas más impresionantes sobre su modo de leer, era la completa eliminación de la personalidad del lector, que parecía estar escuchando tanto como leyendo.

Las palabras eran el agente operante, él, en cambio, sólo un instrumento. Pero aún más sorprendente era el contraste entre su modo humilde de pronunciar sus propias palabras, y la reverencia con la que leía tales partes de la Escritura, cuando la citaba en sus sermones. Este contraste debe haber sido más fuerte en sus sermones católicos que en los anglicanos, pues estos últimos eran escritos previamente y leídos desde el púlpito.

Cada sermón de Newman era un sermón sobre la objetividad de la Verdad Revelada, y esta es una de las impresiones más imborrables que quedan en la mente después de que la memoria de casi todos los detalles se agota.

La advertencia del padre Neville [el recopilador de la obra “Notas de Sermones”] de que estas Notas fueron escritas después de cada sermón, se basa en ciertos recortes de papel encontrados entre las hojas de los libros en los que las escribía, los cuales contenían pequeñas notas, usadas aparentemente en el púlpito. Pero había excepciones a esta regla, ya que junto a los títulos de algunos sermones aparece escrito “aún no pronunciado”. Resulta bastante evidente que los libros mismos nunca eran usados durante los sermones. Eran demasiado grandes para llevarlos, y la escritura demasiado pequeña (a veces es necesarios usar una lupa para comprender el contenido) como para ser útiles durante una predicación. Los pasajes de la Escritura a los que se hace referencia en el texto de los sermones, como regla general, son citados completos en las notas a pié de página.

En relación con el texto la mayor dificultad para los editores se ha dado en el caso de los sermones sobre los cuales el escritor parece haber vuelto una segunda vez para añadir alguna cosa. Escribía sus añadidos entre las líneas o en algún lugar donde hubiera un pequeño espacio vacante en la página, muchas veces sin dejar claro exactamente dónde y cómo debía ser insertado. No debemos olvidar que estas Notas fueron escritas por el Cardenal para su uso personal y exclusivo. Por lo tanto, cuando algún tema le era particularmente familiar, una o dos palabras le eran suficientes para recordar. Si el lector vuelve sobre estas notas luego de leer el libro, se topará con algunas ilustraciones a ellas en los pasajes citados de otras obras del Cardenal Newman, en las que algún pensamiento expresado en sus Notas de Sermones, demasiado sintético para ser inteligible, se encuentra desarrollado de manera más clara y extensa. El número de estos pasajes ilustrativos hubiera sido mayor si lo hubiera permitido el espacio.

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