Viernes, 08 Febrero 2013 12:13

"Hablar" la homilía es mejor

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¿Porqué cuando una persona lee delante de nosotros un discurso tenemos una sensación totalmente distinta de cuando una persona verdaderamente “nos habla”? Muchos sacerdotes eligen leer sus homilías en lugar de hablarlas. Pero la diferencia entre una y otra forma es muy grande. Por más bueno que sea el contenido escrito, siempre será mejor “hablarlo” sin leer. El grado de comunicación que se realiza cuando entre nosotros y nuestro público no existe otra mediación que la de nuestra voz, nuestros gestos y nuestra mirada, es significativamente más alto que aquel que se produce cuando se lee delante de las personas. En la lectura nuestro lenguaje se reduce a la voz y a nuestra entonación. En el lenguaje oral se involucra toda la persona: gestos, mirada, sentimientos. Por eso en muchos casos –es el caso de la homilía– el lenguaje oral es mucho más efectivo que el escrito.

Una cosa muy distinta hay que decir de la proclamación del Evangelio, pues en ese caso se trata de comunicar algo que ha dicho otra persona, así es que la mejor manera es leerlo, motivo por el cual es un error alzar la mirada hacia las personas mientras se lee el Evangelio o alguna otra lectura de la Sagrada Escritura, porque la palabra que estamos leyendo, no es nuestra, y al utilizar la mirada, en cierto modo nos la estamos apropiando.

Pero, tratemos de desentrañar este misterio. ¿Porqué es mejor? La razón más simple y más evidente es que el lenguaje escrito y el oral difieren en múltiples aspectos. De hecho, cuando un novelista logra plasmar en letra escrita la naturalidad de un diálogo entre dos personas, sabemos que es un buen novelista, porque logra hacer natural lo que de por sí no lo es. Lenguaje oral y lenguaje escrito son diferentes; se aplican mejor, respectivamente, a situaciones distintas.

Muchas veces, al poner nuestras homilías por escrito, con un fin ilustrativo y literario, las “transformamos” para el lenguaje escrito. Pero si la escribimos con el fin de tener una guía para efectos de pronunciar la homilía, en realidad no es necesario respetar todos los mecanismos de la gramática o signos de puntuación que son propios de la lengua escrita. Lo mejor, si definitivamente necesitamos de alguna guía escrita, será escribir la homilía en forma de títulos o ideas fuerza, tratando de que sea muy claro el hilo conductor que las une, y procurando que la secuencia lógica sea muy clara.

Recordemos que cuando leemos, nuestro tono de voz y nuestras modulaciones tienden a volverse monótonas, porque al leer en cierto modo, de manera casi automática, tomamos distancia de lo que leemos; aunque sea nuestro, ha adquirido forma propia, esta “fuera de nosotros”. En cambio, cuando comunico una serie de ideas mientras las estoy procesando en mi mente, la tendencia es más bien la contraria, a apropiar lo que se está diciendo. Cuando ello no sucede, el discurso parece poco natural y poco vivo. Por eso los mejores discursos son aquellos en los que el orador está totalmente involucrado con lo que dice, se “pone en juego”.

El lenguaje “total” es mucho más persuasivo y económico que la lectura de una serie de pensamientos organizados de manera esquemática con estructura perfecta. De algún modo, se pierde la efectividad de la comunicación.

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