Jueves, 14 Febrero 2013 17:29

El desierto de Benedicto XVI

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Nos salimos momentáneamente del libreto para decir algo sobre la reciente renuncia –que aceptamos con pena– de nuestro querido Santo Padre.

En estos días resulta muy difícil dirigirse a los fieles sin tener presente de algún modo lo que está sucediendo en la Iglesia. Tampoco se puede evitar ver la coincidencia que hay entre este anuncio de Benedicto XVI y el inicio del tiempo cuaresmal, como si nos sugiriera el itinerario de un desierto personal que simultáneamente llevará a la Iglesia a celebrar la Pascua con un nuevo Pontífice en la sede de Pedro.

Se han escuchado muchas voces discordantes: palabras de apoyo de parte de muchos prelados, críticas, interpretaciones de corte político con las más variadas hipótesis acerca de las causas, etc. Alguno incluso ha llegado a sugerir que este gesto de Benedicto XVI constituya una negación a llevar la cruz de Cristo. Nada más alejado de la realidad. Un periodista criticó hace unos días –aunque luego se retractó– la decisión del actual Papa, concluyendo que una crisis espiritual o de fe sería la causa principal de su renuncia. Posteriormente, una señora colocó un comentario que suscribo completamente: “Señor periodista, estoy segura de que nuestro Papa Benedicto XVI reflexionó y rezó durante muchas horas antes de tomar su decisión. ¿Cuánto rezó usted antes de escribir su artículo?"

Creo que los fieles de la Iglesia, si actuamos motivados por nuestra fe y nuestro amor a ella y al Sucesor de Pedro, debemos abstenernos de hacer juicios políticos acerca de una decisión como esta. Aunque es inevitable que se hable del tema y de las posibles causas, debemos cuidarnos de no cruzar aquella línea que separa a la natural curiosidad humana de un creyente y su deseo de entender, de una visión excesivamente horizontal y tremendista del gobierno de la Iglesia y del papado.

¿Qué podemos decir, entonces? Quien conoce el modo de pensar de este Papa y la profundidad de su obra de gobierno y espiritual, así como su testimonio de santidad y de amor a la Iglesia, no puede no pensar que su decisión provenga exactamente de allí y no de otro lugar de su corazón de pastor. Ciertamente no del cálculo humano o del egoísmo, no del miedo al esfuerzo o al sacrificio, no de una fe debilitada o empobrecida. ¿Alguno realmente ve un pizca de ello en Benedicto XVI? Si así fuera, queridos amigos, motivos habría tenido, y muchos, para dejar su puesto tiempo ha.

No. Me niego a pensar que Benedicto XVI pretenda bajarse de la Cruz. Sus palabras quebradas y su llanto en la homilía pronunciada al inaugurar la Cuaresma –su última homilía– han sido las de un hombre que acaba de emprender su camino hacia la Cruz, una nueva cruz que Dios le pide abrazar y llevar. Por ahora, se ha introducido en un desierto personal que para nosotros quedará oculto para siempre bajo el manto de su consciencia lúcida e íntegra, la consciencia de un santo.

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