Lunes, 15 Abril 2013 10:36

Una buena apertura puede ser decisiva

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Una introducción, aunque sea pequeña, puede ser capaz de llamar la atención de todos los expectadores sobre un determinado discurso, pero tiene también el poder de matarlo incluso antes de haberlo desarrollado. De las primeras palabras o de la primera idea puede depender en gran medida el éxito de una comunicación. Por ello los grandes oradores y los teóricos clásicos de la retórica daban tanta importancia a la "Captatio".

Lo primero que hay que considerar es que la introducción o "captatio" necesita ser planificada o pensada. Hay oradores experimentados que pueden improvisar con facilidad sus palabras iniciales, pero esto no es efectivo en la mayoría de los casos. Sucede aquí algo parecido a lo que se dice de las tesis doctorales, es decir que la introducción es lo último que se hace. Durante la fase de preparación, se debe pensar en primer lugar al contenido de la homilía o a la idea central que se quiere comunicar; sólo después de que esto está claro uno debe buscar una manera efectiva y atractiva de introducirlo. Diagmos que si la homilía debe durar 8 minutos, los primeros 30 segundos son decisivos. Como en el ajedrez, un buen orador debe trabajar mucho en sus aperturas. La apertura no debe ser un disparo al aire; más bien debe dar solidez, dirección y estructura al discurso.

¿Cuál es el efecto que deben producir en los oyentes las primeras palabras? Un fuerte deseo de escuchar lo que viene, una cierta ansiedad por conocer más y por saber cuál es la respuesta que el orador quiere dar a la cuestión que acaba de ser presentada. Una introducción puede perfectamente marcar el estilo del mensaje y darle una determinada connotación; puede decidir si se van por el camino del racionamiento lógico, de la apreciación contemplativa, de la exposición emotiva o afectiva, de la ilustración, del testimonio personal, etc...

Las posibilidades son casi infinitas. Se puede sorprender a la audiencia con una frase que motive una reacción de sorpresa: una noticia dramática, una frase equívoca o misteriosa que requiere explicación, y luego llamar a la calma con alguna palabra que invita a escuchar serenamente la solución. Algunas veces se puede comenzar con fórmulas como "¿Qué sucedería si...?" o "¿Qué harías tú si...?" Si se tiene un natural talento para el humor también se puede comenzar con alguna frase o idea que ayude a relajar la natural tensión que generan los segundos previos al inicio de un discurso, y de esta manera se prepara a la audiencia para escuchar con serenidad y con espíritu positivo. También se puede comenzar con algún testimonio personal o de alguna otra persona, sacando a la luz alguna enseñanza de la vida práctica que coloque la atención en el lugar correcto; en esto se debe considerar que este tipo de "testimonios" tienden a generar empatía o identificación con el protagonista de la historia, que puede ser el mismo orador. Ya que vivimos en la era de los "mass media", podemos recurrir también a alguna imagen vista en algún medio de comunicación o en el mundo del arte. También se puede comenzar expresando algún sentimiento personal de alegría o de indignación frente a una determinada realidad. Y los ejemplos pueden seguir.

Pero sea cual sea y como sea, es fundamental que nuestra introducción tenga como objetivo primordial inconfundible precisamente eso: introducir. Si se hace excesivo énfasis o se hace demasiado larga puede terminar desviando la atención en lugar de focalizarla. Este discernimiento se gana con la práctica y con una buena comprensión del uso de este instrumento retórico. Como los ajedrecistas, si queremos ser buenos predicadores, debemos pensar bien y calibrar nuestras "aperturas". En cierto modo, debemos pensar en nuestra introducción como en el piloto de un moderno avión: basta programar la ruta al inicio. La apertura es ese "piloto" que señala una dirección y enrumba la nave del discurso.

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