Lunes, 15 Abril 2013 15:19

¡Palabras, palabras, palabras!

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¿Estamos perdiendo el uso de la palabra? Es una pregunta que podemos hacernos con serenidad y seriedad. Vivimos una época en que las imágenes y las impresiones fulminantes que recibimos a través de nuestros sentidos tienen una peso enorme, en muchos casos demedido en relación con la facultad del habla. La palabra, como medio de comunicación, continúa cediendo espacio... ¿Qué podemos hacer al respecto? De hecho los sacerdotes, desde el púlpito, pero análogamente los diferentes "apóstoles de la palabra" tenemos una gran responsabilidad: devolverle a la palabra su capacidad comunicativa, no dejar que se siga debilitando. Es un problema que va de la mano con la pérdida del razonamiento lógico y la cada vez menor capacidad de las personas de un pensamiento sólido y deductivo. Hoy priman el mal uso de la "intuición" y las impresiones emocionales. Veamos lo que dice al respecto un experto en homilética:

David Buttrick fue un escritor presbiteriano experto en oratoria y homilética en los Estados Unidos. Pero lo que dice aquí, en relación con la actual "crisis de la palabra" -exceptuando alguna mención a Lutero y la consabida "sola scriptura", que los católicos evidentemente no compartimos- se aplica a todos los cristianos.

"En la comedia musical My Fair Lady, Eliza Doolittle, abrumada por sus lecciones de locución, canta: "¡Palabras, palabras, palabras! ¡Estoy harta de las palabras!" Su queja por algún motivo nos resulta familiar. Al inicio del tercer milenio, muchos de nosotros nos sentimos verdaderamente saturados de palabras. Estamos hastiados de estudios publicitarios y de líderes políticos que bautizan con el nombre "portador de paz" a un misil atómico. Cualquiera sea la causa, hoy en día las palabras son sospechosas, si no culpables, de constituir "accidentes vocales". Después de todo, ¿cuán útil puede ser una palabra frente a un arma nuclear o un rayo laser? Así que se opta por denigrar el lenguaje. Los sermones son calificados de "prédica", las promesas políticas de "propaganda" y la oratoria de "mera retórica" (como si la retórica fuera "mera"). Cuando algún "sabio pop" que acaba de "deshoyar" a Marshall McLuhan pontifica que "la palabra está muerta", la gente asiente enmudecida. En efecto, para la mayoría de personas la palabra está muerta, especialmente aquella palabra que ha "goteado" con unción de los púlpitos sagrados. Eliza Doolitle, entonces, canta: "¡Estamos hartos de palabras!"

Pero este malestar debería resultarnos extraño al mirar nuestra herencia. Cualquiera sea nuestra familia cristiana, somos hijos de San Pablo, San Juan Crisóstomo, San Agustín, tal vez Lutero. Cuando San Pablo afirma que "la fe viene de la escucha" (Rm 10,17), ¿deberíamos corregirlo para sugerir que la fe hoy en día proviene más bien de los anuncios publicitarios, o los audiovisuales publicados por alguna casa editora? O cuando Martín Lutero declara: "La Palabra, digo, y la Palabra sola es portadora de la gracia de Dios", ¿deberíamos sugerirle algún manual de "lenguaje corporal"? Pocas cosas son tan notorias hoy en día como la pérdida de confianza en la palabra por parte de la Iglesia. ¿Acaso no insistimos los cristianos en que Dios "habló" y la Palabra se hizo; en que Dios envió su Palabra como un carbón ardiente que encendió la boca de los profetas; que la Palabra se hizo carne y anunció la Buena Nueva; que la Iglesia se sostiene en el testimonio de los apóstoles, los mártires y los santos? Y sin embargo, hoy en día sólo balbuceamos. Entre los únicos que todavía creen en el poder de la palabra están los revolucionarios y los poetas. Nosotros, como portadores de la Palabra, nos hemos quedado sin palabras." ( David Buttrick, "Homiletic, moves and structure")

A alguno puede parecer un diagnóstico un poco pesimista, pero tiene mucho de cierto. Como diría César Vallego, el famoso poeta peruano: "Hay mucho por hacer, hermanos", y también "hay mucho por decir", pero hay que decirlo bien.

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