Jueves, 25 Abril 2013 09:34

La expresión de sentimientos

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Un tema de gran importancia para enriquecer nuestra expresividad en las homilías, es la capacidad de comunicar emociones. El momento de la prédica suele estar marcado por una cierta tensión o rigidez que muchas veces bloquea la natural comunicación de lo que sentimos interiormente. Muchas veces también, hay que decirlo, mientras estamos predicando "no sentimos nada"; solemos estar concentrados en comunicar un determinado contenido y no prestamos mucha atención a nuestros "afectos" interiores. Ahora bien, es una cosa probada que los sentimientos muchas veces comunican más que las ideas. Transmitir indignación, alegría, tristeza o rabia, puede ser tremendamente eficaz y puede tener en nuestros oyentes una influencia muy grande, pues deja "impresiones" que a veces las ideas por sí solas no dejan. Las ideas se olvidan; los sentimientos, en cambio, dejan huella.

Después de todos los sentimientos son parte de nuestra vida interior y no podemos alienarlos completamente. Entonces, ¿cómo manejarlos? ¿Cómo aprovecharlos? Trataremos de responder brevemente sugiriendo algunos puntos de reflexión y dando algunos consejos prácticos.

En primer lugar, uno podría pensar que la esprexión de sentimientos debe ser algo totalmente natural y que no se debe forzar. Esto es cierto, pero también es cierto que esa capacidad se puede ir adquiriendo con práctica. Parte del secreto está en identificar en ese conjunto de ideas que queremos transmitir, aquellas que pueden suscitarnos un determinado sentimiento. En otras ocasiones hemos dicho que el sacerdote debe predicar de lo que vive y no de un contenido frío o "teórico". Pues bien, al identificar esos elementos que "tienen que ver conmigo" y que dicen algo a mi experiencia concreta o vienen de ella, podemos también prestar atención a las repercusiones emocionales que ellos tienen dentro de nosotros, pues al ser concientes de ellas, en cierto modo las sacamos a la luz y permitimos que formen parte de nuestra "expresividad natural". Es, como vemos, un ejercicio de la conciencia que implica una cierta introspección. En la medida en que nos ejercitemos en ello, se irá haciendo más natural.

Al momento de preparar nuestra homilía, tratemos de identificar aquellos temas o "ángulos" que más nos interesan y nos producen especial involucración. Mientras más involucrados estemos con lo que decimos, más natural será nuestra expresividad. Si celebramos alguna fiesta mariana y hay algún elemento en particular quen os produce emoción o ternura, acerca de la Virgen María, tratemos de identificarlo y veamos si puede ser usado al momento de dar la homilía. Hablemos de lo que más nos interesa, emociona, alegra, indigna, etc... El tema que elijamos para predicar no puede ser algo anodino, o algo que escuchamos y nos pareció original, sino algo que tenga que ver con nuestra propia vida y experiencia.

Los sentimientos necesitan también de un cierto dominio corporal para expresarse. Seguramente hemos visto algunas veces a personas que manifiestan una evidente carga emocional al hablar, pero que al mismo tiempo no son capaces de "coporalizar" equilibradamente esas emociones, y terminan traicionándose a sí mismas porque mueven descoordinadamente o con rigidez, produciendo incluso una cierta incomodidad en las demás personas. Esto en un orador puede ser nefasto. Hay ciertos gestos que debemos practicar para "hacerlos nuestros". Por ejemplo, cerrar el puño y levantarlo ligeramente puede ser signo de fuerza o de indignación; levantar las manos con las palmas hacia arriba mientras se frunce el ceño puede expresar confusión, apoyar las manos en el podio delante de nosotros mientras se levantan ligeramente los hombres puede ser señal de desánimo o tristeza, etc. Hay muchos gestos de manos y cara que podemos utilizar para mejorar nuestra expresividad. No es una mala idea practicar muchos de estos gestos frente a un espejo. Al inicio puede parecer una cosa muy artificial, pero una vez que interiorizamos un gesto y "lo hacemos nuestros", éste se convierte en un canal natural de nuestra comunicación, y saldrá automáticamente cuando tenga que salir.

Una cosa muy útil es observar a otros oradores o actores y poner atención en los gestos que hacen, ¿qué expresan esos gestos? Ello nos puede ayudar a tomar conciencia de nuestra propia capacidad expresiva y a identificar aquellos que también nosotros podemos utilizar o aquellos que más bien deberíamos eliminar.

Esto último es importante, porque no todos los gestos son buenos para expresar cosas, menos aún para una homilía, pues es un ámbito en el que tenemos que ser muy cuidadosos y muy sobrios con nuestra gesticulación. Pero la sobriedad no es contraria a la expresividad. Sobre esto, algo recomendable es preguntarles a las personas que nos observan, cómo nos ven desde el punto de vista corporal; no faltará quien nos señale tal postura o tal gesto que deberíamos eliminar.

 

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