Viernes, 24 Mayo 2013 12:50

Lo dificil de las homilías 'simples'

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Uno error frecuente en la homilética, como en muchos otros géneros de discurso, consiste en creer que los sermones más difíciles de lograr son aquellos que revisten la mayor complejidad argumentativa y discursiva, así como la mayor originalidad en las ideas que se presentan y las citaciones a las que se recurre, por no decir del vocabulario y la sofisticación de las palabras que se utilizan. Nada má alejado de la verdad.

Para explicarlo gráficamente, veamos el siguiente ejemplo, tomado de "El Vicario de Wakefield", de Goldsmith: “Amigos y compañeros míos: cuando reflexiono sobre la distribución del bien y del mal en este mundo, concluyo que si al hombre se le ha dado mucho que disfrutar, se le ha dado aun mucho más que sufrir. Aunque recorriéramos todo el mundo, no encontraríamos a un hombre que, por más feliz que fuera, dejase de suspirar por el logro de alguna cosa; por el contrario, vemos cada día a una multitud de creaturas que con su suicidio nos demuestran que no les queda nada por desear. Resulta, pues, que en esta vida no podemos ser completamente dichosos, pero sí completamente miserables”.

Tal como lo demuestran estas líneas, se puede expresar un pensamiento profundo, que llegue adentro, que suscite otras reflexiones y sentimientos, con palabras muy simples, con un razonamiento muy connatural. Esto es algo que ciertamente destacó en la obra del citado autor; y se sabe de los enormes esfuerzos y sufrimientos que le costaron este trabajo.

Veamos, en cambio, este otro tomado del "Principe de Rasselas", de Sameul Johnson, contemporáneo y amigo del anterior: “Aquel que argumenta contra las cosas evidentes, porque puede haber algo que desconoce; aquel que precipita argumentos hipotéticos contra las consideraciones admitidas, no debe contarse entre los seres racionales. Sabemos de la materia: que es inerte, insensible, inanimada; y si sólo podemos oponer a dichas convicciones, premisas no demostrables, tenemos la evidencia que el intelecto puede admitir. Si lo que conocemos pudiera ser refutado por lo desconocido, ningún ser no omnisciente sería capaz de presumir una certeza”.

Este, a diferencia del primero, aunque parece más complejo y elaborado, fue más bien escrito en pocos días y bajo terrible presión, dado que le autor lo compuso para poder costear los gastos de funeral de su madre.

Lo que queremos decir es que no siempre la sofisticación es signo de mayor elaboración. Es mucho más difícil de lograr un discurso profundo, cautivante, inteligente, convincente, y al mismo tiempo sencillo, diáfano, fácil de seguir, connatural, etc., que uno excesivamente elaborado, con una lógica difícil de comprender, construido con ideas complicadas y con palabras rebuscadas. Ciertamente, en ambos casos se requiere de cultura y de preparación, pero el resultado que se obtiene es cualitativamente distinto.

Para ilustrar aún más esta idea también pueden servir algunas obras un poco más conocidas de la literatura universal, como el famoso "Principito" de Saint Exupery, muchas veces erróneamente considerado un libro para niños, precisamente por su lenguaje tan simple: "A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: "¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?" Pero en cambio preguntan: "¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?" Solamente con estos detalles creen conocerle." ¿Se puede explicar algo de manera más sencilla? Y sim embargo el autor está haciendo una crítica agudísima a la sociedad de su tiempo.

Podemos decir esto mismo de nuestro querido Papa Francisco, quien ha demostrado ya, en el poco tiempo que tiene de Pontificado, poseer aquella "sabiduría de los sencillos", tal como se expresa en su predicación, tan trasparente como contundente. Por ejemplo, tomemos estas palabras pronunciadas durante su catequesis en la Audiencia pública del pasado 15 de mayo: “No se es cristiano a «tiempo parcial», sólo en algunos momentos, en algunas circunstancias, en algunas opciones. No se puede ser cristianos de este modo, se es cristiano en todo momento. ¡Totalmente! La verdad de Cristo, que el Espíritu Santo nos enseña y nos dona, atañe para siempre y totalmente nuestra vida cotidiana. Invoquémosle con más frecuencia para que nos guíe por el camino de los discípulos de Cristo. Invoquémosle todos los días. Os hago esta propuesta: invoquemos todos los días al Espíritu Santo, así el Espíritu Santo nos acercará a Jesucristo.”

Una recomendación sencilla: esa capacidad que tienen los sabios, la de expresar de manera simple lo que no lo es, se logra con el tiempo y con la práctica. Ejercítate en ella tratando de trasmitir ideas claras y al mismo tiempo poderosas, aquellas que alguna vez te convencieron a ti también. Escoje una que conozcas muy bien, que te se familiar, y explícala con sencillez pero con mucha convicción, sin titubeos, con seguridad.

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