Jueves, 20 Junio 2013 13:28

Esterilidad homilética

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La esterilidad de ciertas homilías puede deberse a la falta de atención de parte del predicador hacia las personas que tiene delante. Y sobre ello hay un aspecto esencial que tal vez debería constituir la primera pregunta que el sacerdote se hace a sí mismo antes de decidir qué decir: ¿cuáles son las necesidades espirituales de mis oyentes? No es una pregunta que se pueda pasar por alto fácilmente; el fracaso puede venir muchas veces de no prestarle suficiente atención a esta cuestión y darla por descontado.

Evidentemente nuestros fieles pueden tener un sin número de "necesidades espirituales", todas las cuales podrían además resumirse con la palabra "conversión". Pero el Evangelio lleva siempre una novedad y aquella pregunta hay que hacerla siempre desde la situación concreta -el presente- a la luz de la Palabra de Dios.

Aunque parezca obvia, la pregunta es fundamental, pues el hecho de omitirla y no tratar de responder a ella ocasiona muchas homilías anodinas, tal vez muy interesantes desde el punto de vista teológico o exegético, pero con poca "sustancia", ante las cuales los cristianos encuentran grande dificultad para aplicar las enseñanzas del Evangelio a su propia vida. Incluso, si el sacerdote es un buen orador, se sienten deslumbrados por la cultura y la facilidad de palabra del celebrante, pero se van con el corazón vacío, sin saber qué les dice "a ellos" el Evangelio.

El tema que escogemos para predicar, el modo como queremos hacerlo, los ejemplos que vamos a utilizar y hasta las palabras que queremos acentuar; todo debe ir precedido de esta importante pregunta: ¿Qué bien espiritual deseo comunicarles? ¿Qué necesita escuchar su vida espiritual para que se sientan motivados a crecer?

Todo esto de ninguna manera se opone a nuestra propia aplicación del Evangelio, es decir el examen de conciencia personal que hacemos frente a nuestra propia realidad. Curiosamente, cuando el sacerdote se deja interpelar por la Palabra, encontrará siempre un terreno seguro desde el cual hablar a los fieles. Es cierto que no siempre lo que el Evangelio "me dice a mí" es exactamente lo mismo que les dice a los demás. Pero ese no es el punto. El punto es que quien logra tocar el sentido actual de la Palabra de Dios, intepretándola en comunión con la Iglesia y aplicándola a su propia vida concreta, sabrá siempre qué decir a los demás. Pero si tomamos las lecturas de la Sagrada Escritura como si fueran simplemente un objeto de conocimiento intelectual o una suerte de "recetario" para la vida, nos estamos colocando en la dirección que lleva a la superficialidad, la intelectualismo y, más trágicamente, a la hipocrecía, es decir a predicar algo que no se vive.

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