Martes, 03 Septiembre 2013 09:42

¡Que quede bien claro!

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¡Que quede bien claro! No es solamente un asunto de retórica, es principalmente un asunto espiritual. Este artículo tiene la finalidad de aclarar cuál es el principio que anima el "arte de predicar". Un lector nos envió un mensaje en el que afirmaba que "aunque es elogioso el esfuerzo por enseñar el arte de comunicar y de hablar en público, una página como esta debería promover más la preparación de homilías con buen contenido y que verdaderamente sean portadoras del Evangelio, en lugar de concentrarse tanto sobre cuestiones prácticas o de forma".

Habiendo respondido a dicho lector que estamos totalmente de acuerdo con su posición acerca de lo que es "el arte de predicar", aceptamos su sugerencia acerca de lo que debemos promover, aunque es necesario hacer una aclaración sobre este tema tan importante. Lo haré citando a Giuseppe de Luca, quien afirma: "Nosotros que debemos dar a los hombres 'la buena noticia' de su salvación, nosotros que somos arquitectos de una bella palabrería, ociosa grandilocuencia, discurso inutil, retórica graciosa, tedioso teatro. Hemos aburrido al mundo, nosotros que debeíamos despertarlo y salvarlo. No, no es falta de arte oratoria aquella que, cuando tu hablas o escribes, aburre mortalmente a los escuchas, los aleja y los convierte en extraños. Es la falta de Dios, es la falta de tu alma: en lo que tu deshojas como Palabra de Dios, no está Dio, no está tu alma".

Qué mejores palabras para expresar lo que debe ser el "arte de predicar". En ello estamos totalmente de acuerdo con nuestro asiduo lector. ¿Por qué, sin embargo, nos concentramos mucho sobre cuestiones de forma, de estilo o de técnica oratoria? Lo hacemos, aunque no de manera exclusiva, como se puede ver claramente en todo el contenido de la página web, porque junto con la carencia de contenidos profundos y apelantes, hay una grave carencia de capacidad comunicativa por parte de la Iglesia y, especialmente, por parte de los sacerdotes; así de simple.

Una homilía muy bella en la forma pero sin contenido, es inútil. Pero también una homilía con contenido profundo, si es monótona y se transmite sin convicción, es inocua. ¿Cuál es el punto de equilibrio? Es justamente lo que afirma De Luca: "ponerle alma". Hay que ponerle el alma a cada predica. Cuando uno "se mete" verdaderamente en lo que tiene que predicar, de tal manera que su mensaje no es una fórmula sacada de un libro de teología o la paporreta de un pasaje bíblico, o lo que dijo algún intérprete de moda, sino fruto de la propia experiencia de Dios, algo que sale del corazón, entonces el panorama cambia radicalmente, y allí está el secreto de una buena homilía.

Pero al mismo tiempo hay muchos elementos de carácter más externo, más "de forma" que nos pueden guiar y enseñar a transmitir de la manera más eficaz posible aquello que llevamos en el alma y en el corazón. En cualquier disciplina humana es necesaria la práctica y el entrenamiento para generar los hábitos correctos que nos permitan desempeñarnos adecuadamente y lograr nuestros objetivos. Lo de la homilía en realidad es lo mismo que se puede decir análogamente de la sagradad liturgia. No sólo es necesario que el sacerdote sepa cuál es el significado de la Misa y conozca en profundidad su dimensión espiritual, se necesita también un conocimiento de los elementos externos que en ella "significan lo que realizan", lo que se dice de los sacramentos en general. De la misma manera, la importancia y la dimensión del contenido que se anuncia en la predicación deben ser transmitidos con modos y formas que sean proporcionales a ellas.

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