Martes, 03 Septiembre 2013 15:19

Sobre las prédicas 'apocalípticas' (parte I)

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Iniciamos hoy una secuencia de artículos acerca de un tema fundamental para la predicación hoy en día. Es lo que sigue. Con frecuencia se califica de “predica apocalíptica”, en sentido peyorativo, a aquel discurso o sermón en el que parece darse excesivo peso a algunos aspectos “negativos” de la existencia humana, como su carácter contingente, la muerte o incluso el pecado. Alguna vez he escuchado que se tacha a algún sacerdote con el título de “Savonarola” –quien actualmente es Siervo de Dios y está en proceso de beatificación– porque en la homilía se refirió a uno de estos temas. Todos estamos de acuerdo en la importancia de evitar las exageraciones, pero a veces parece que se quiere eliminar una dimensión de la vida cristiana que, aunque incómoda, es totalmente real.

Para empezar, se utiliza el término “apocalíptico” de manera equívoca, porque esta palabra simplemente significa “revelación”, en referencia a la revelación hecha a San Juan en el libro de la Bíblica que lleva ese nombre. Claro que no se trata de cualquier “revelación” sino de aquella que incluye los acontecimientos postremos de la presencia del Anticristo en el mundo y de la venida última de Cristo, con la derrota definitiva del Demonio y la instauración del Reino Nuevo.

Savonarola es uno entre muchos oradores sagrados que a lo largo de la historia de la Iglesia en determinadas situaciones han concentrado su predicación en temas que atañen a la muerte y las postrimerías, así como a la necesidad urgente de “convertirse” debido a la inminencia del juicio final personal. En el caso del sacerdote Fiorentino fue el ser testigo de una sociedad que, a su modo de ver, estaba perdida en la frivolidad y la inmoralidad. Se plantea la pregunta de si hoy en día, en que un contexto cultural tan adverso a la fe cristiana como el que vivimos, puede ser conveniente insistir y marcar ciertos puntos que, formando esencialmente parte del depósito de la fe cristiana, no lo agotan ni son los que mejor expresan la totalidad de su significado para el hombre.

San Agustín decía: “si no puedes por amor, hazlo por temor”, pero esto sólo funciona en el caso de personas que comparten la fe católica en su totalidad pero viven incoherentemente lo que creen. ¿Qué hacer con personas que no sólo no viven la fe cristiana coherentemente, sino que niegan absolutamente aquellos elementos que les resultan más repulsivos, como la idea de la culpa y de la posibilidad de ser juzgado al fina de la vida? ¿Cómo se le puede pedir a alguien que tenga un sano temor hacia realidades en las que no cree? Primero hay que introducirlo en el conocimiento de esos misterios, para que al pasar de la ignorancia a la fe, se adhiera a ellos con su mente, su corazón y su acción.

Ahora bien, bajo esta premisa muchos predicadores hoy en día viven en el otro extremo, habiendo eliminado completamente de su discurso temas como el pecado, la muerte, el demonio y el infierno. Eso tampoco es aceptable. ¿Qué hacer, entonces? En primer lugar, debemos considerar que esta pregunta no tiene una respuesta descontada y es de capital importancia para el nuncio de la fe cristiana hoy en día. ¿Cómo hablar de la muerte? ¿Cómo hablar del pecado? ¿Cómo enseñar lo que la Iglesia cree en relación con la existencia del mal y la posibilidad de condenarse?

Además, no nos situamos en el panorama de una catequesis sistemática. No tenemos la seguridad de un auditorio comprometido y deseoso de aprender. Nuestro panorama es más bien el de las “noventinueve ovejas” que se perdieron –según la lúcida y original aproximación al Evangelio del Papa Francisco–, nuestro panorama es el de una grey dispersa a la que hay que buscar, de “católicos no creyentes”; de aquellos que no se sienten parte de la Iglesia o que se sienten parte pero no la escuchan ni aceptan sus enseñanzas, o las aceptan a medias eliminando arbitrariamente lo que les resulta incómodo o difícil. ¿Qué hacer con esta masa mayoritaria? ¿De qué hablarle? ¿Cómo hablarle de estos temas que son decisivos para su propia vida sin que lo sepan? En los siguientes artículos pretendo ensayar algunas respuestas.

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