Viernes, 06 Septiembre 2013 09:07

Mover, gustar, enseñar

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Estos son los tres elementos citados por San Agustín como pilares de la oratoria sagrada: "flectere, delectare, docere". Aunque he hecho una pequeña modfificación al orden de estos factores, que no altera el resultado, pues San Agustín ponía en primer lugar el deber de "enseñar" y en el último puesto el de "mover". Y es que "flectere" (mover) se refiere a la acción, es decir el impulso a realizar un cambio concreto en la propia vida, lo que suele producirse como consecuencia de haber comprendido un contenido y haberlo asimiliado como verdad para la propia vida. Pero es evidente que el orden aquí resulta un poco relativo, puesto que el predicador, si no logra inmediatamente "mover" a sus oyentes ejerciendo un veradero efecto en su atención y en su estado de ánimo, no tendrá la misma efectividad que si el discurso lógico o la idea que quiere promover es precedida de una verdadera disposición no sólo mental sino también afectiva. Por todo esto, el primer impacto es muy importante.

He aquí las palabras textuales del santo de Hipona que se refieren a un dicho de Cicerón: "Afirma [Cicerón], y con razón, que el orador debe decir las cosas con una elocuencia tal que verdaderamente instruya, guste y mueva. Y luego agrega que instruir es una necesidad, gustar un deleite y mover una victoria". Y concluye: "para instruir a los ignorantes, deleitar a los tediosos y mover a los tardos".

La pregunta es cómo se realizan estas tres cosas. Al final el orden no interesa tanto porque los tres factores se deben producir de manera simlultánea y constante: el discurso debe mover de principio a fin, y no sólo, también debe mover 'a posteriori', porque la esencia del mensaje debe quedar grabada de tal manera en la memoria de las personas, que luego las siga impulsando a la reflexión y a la acción. Además debe gustar todo el discurso; aunque es natural que un sermón tenga altibajos y que haya partes un poco más llamativas que otras, escuchar al predicador, en general, debe ser una experiencia atractiva y bella. Incluso en aquellos pasajes donde se trata de interpelar a los oyentes o de cuestionar su manera de pensar y de vivir, debe prevalecer una cierta estética de la expresividad. Pero también debe ser todo el sermón una pedagogía; no sólo debe contener una enseñanza y un conjunto de enseñanza sino que debe "guiar" o "conducir" a los escuchas el encuentro con un contenido que es instructivo y que ilumina la propia realidad.

Mover: ¿qué se debe mover? Se debe mover la mente, los pensamientos. Desde el primer instante el buen orador debe suscitar preguntas y reflexión en sus oyentes. Más que transmitir un contenido fijo, debe motivar a la búsqueda, a que la persona se plantee cuestionamientos y ensaye respuestas. También debe mover los afectos. Esto no es lo mismo que mover los sentimientos. La homilía no necesariamente debe suscitar emociones como la alegría o la pena. Pero sí debe mover a una adhesión afectiva por parte de las personas. Pero también debe mover a la acción concreta. La persona que escucha debe verse confrontada con su propia realidad y con la necesidad de que algo cambie o mejore en su vida. Todo esto se logra con dos ingredientes: una idea fuerte, convincente, que aparece como verdadera para la propia vida; con formas a su vez convincentes y connaturales; el orador no debe parecer apático, sino comprometido personalmente con lo que está diciendo.

Gustar: La estética del discurso no es de segundo orden. La mente y el corazón de los hombres se deja atraer por la belleza, y ella les ayana el camino para el conocimiento y el encuentro con una verdad. Sobre todo hoy en día, la gente se deja mover mucho por ciertos elementos externos de belleza, que luego pueden ser camino para una contemplación más profunda. Esto se logra sobre todo con mucha práctica. Aquí la disciplina oratoria y la retórica son fundamentales, así como el conocimiento de la lengua, la lógica, la expresión corporal y muchas otras cosas. Para esto es necesario entrar en contacto con quienes conocen mejor el arte y aprender de ellos.

Enseñar: Se puede "atraer" y "gustar" sin enseñar nada bueno. Todo lo anterior se contruye en base a un objetivo claro que es enseñar una idea, un contenido preciso. Todo lo anterior está en función de la comunicación y su potencial pedagógico. El orador o predicar debe preguntarse: ¿qué les voy a enseñar y cómo voy a hacerlo? ¿Qué necesitan aprender?Una buena pedagogía implica claridad, lógica y contundencia.

De todo lo anterior no hay mejor ejemplo que Jesús. Lamentablemente no podemos "verlo" cuando hablaba a las multitudes y generaba ese efecto completamente revolucionario en las vidas de las personas, pero a través de la palabra escrita podemos llegar a deducir mucho de lo que usaba al hablar con la gente: nadie mejor que Él movía los corazones y propiciaba con su presencia y con su palabra un cuestionamiento radical en las personas; ninguno como él reveló la belleza de las cosas, del mundo, del ser humano, aquella belleza que a veces se oculta a los sentidos, pero se revela al corazón; nadie más enseñó con esa autoridad tan sólida, tan poderosa.

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