Lunes, 09 Septiembre 2013 10:55

Sobre las prédicas 'apocalípticas' (parte II)

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En el capítulo anterior nos referimos a la dificultad de tratar en la homilía ciertos temas que, aunque esenciales a la fe cristiana, son para los fieles difíciles de comprender o digerir. Tenemos siempre como preocupación de fondo encontrar una manera de presentar de manera positiva y convincente realidades como la muerte o el pecado. En este segundo artículo vamos a tomar como punto de reflexión una idea que apareció en el Evangelio del último domingo (XXIII del Tiempo Ordinario, ciclo “C”): la necesidad de tomar consciencia. ¿Tomar consciencia de qué? Pues de todo, de quienes somos, de qué hacemos aquí, de la vida misma.

Esta enseñanza de Jesús es coherente con muchos pasajes en los que se refiere a la actitud de la vigilancia y de la prudencia frente a un fin que puede llegar en cualquier momento y que nos puede sorprender como “un ladrón en la noche”.

El de la “toma de consciencia” es un ángulo interesante a partir del cual se pueden afrontar de manera positiva ciertos temas de índole “negativa”, cuidándonos de no caer en un “pesimismo apocalíptico”. Aquí algunos ejemplos.

- Lo que hace especial al ser humano frente otros seres de la creación es su capacidad de ser auto-consciente. Sin embargo, vivimos en una sociedad inmersa en la “inconsciencia”. Se actúa sobre la base de una libertad que en realidad es esclavitud. Algunos sociólogos y estudiosos de la psicología social hablan incluso de una inconsciencia colectiva que ha llegado a un nivel epidémico, o de “locura social”. Se difunde y se promueve un comportamiento barbárico y un estilo de afrontar la vida que no considera en nada la dignidad del ser humano y ciertos datos objetivos de su naturaleza. El Evangelio nos invita a “tomar consciencia” de nuestra humanidad, lo que implica necesariamente afrontar nuestras limitaciones y el carácter contingente de nuestra vida. Tomar consciencia es realmente entrar en contacto con nuestra humanidad, y formular allí las preguntas acerca del sentido de la vida y del futuro, así como del destino meta-terreno del hombre. Tomar consciencia de la dimensión de toda nuestra existencia, es un ejercicio necesario para ser verdaderamente humanos.

- Cobrar consciencia puede ser un camino doloroso, sobre todo cuando se trata de abrazar el sufrimiento. Mucha gente huye de la consciencia porque tiene miedo de aceptar la verdad sobre sí misma y sobre el mundo que la rodea. Pero en el cristianismo, la cruz se plantea siempre como un camino hacia la verdadera libertad y hacia la paz interior. El cristiano lleva en el pecho la cruz no como signo de un dolor opresivo e inhumano, sino como signo del sacrificio de amor que conduce a la plenitud. Por ello, el Evangelio nos invita a “tomar consciencia de la Cruz” y a abrazarla en toda nuestra vida al lado de Cristo, cargar con Él nuestra cruz personal. Ignorar la cruz conduce a una esclavitud interior que resulta más pesada que la cruz misma. Esta “consciencia del dolor” es lo que ayuda a muchos cristianos a vivir su cruz con serenidad, lo que puede ser visto a los ojos del mundo como un “opio” para producir una paz artificial, aunque en realidad provenga de un realismo radical, pero provisto de esperanza.

- ¿Por qué la Iglesia insiste tanto en la consciencia del pecado personal y en la necesidad de hacer examen de nuestras acciones, e incluso de pedir perdón por ellas? Esto es visto como algo negativo e innecesario. Algunos lo ven como un instrumento de opresión usado por la Iglesia para manipular la conciencia de sus fieles. Los que son hijos de la cultura actual sienten escozor cada vez que se habla de “pecado”. Pero, ¿realmente es una realidad que podemos simple y llanamente eliminar? Reconocer la existencia del pecado es reconocer sencillamente que el ser humano puede ser “culpable” de algo. Tomar consciencia de nuestras culpas es una afirmación de nuestra libertad y del absoluto poder que tenemos para tomar decisiones y determinarnos como personas. Podríamos incluso cambiarle el nombre; no lo llamemos ya “pecado”, pero aunque le cambiemos el título o lo eliminemos de nuestro vocabulario no va a dejar de existir. Tomar consciencia de nuestros pecados nos da la posibilidad de mejorar como personas, de aceptar nuestros errores o nuestras malas decisiones y optar por decisiones cada vez mejores. Tomar consciencia de nuestros pecados es afirmar nuestra responsabilidad frente a la vida. Tomar consciencia de nuestros pecados nos hace humildes, menos propensos a juzgar a los demás y más capaces de optar por un bien cada vez mayor. Tomar consciencia de nuestros pecados, paradójicamente nos hace más claro el misterio de nuestra existencia que se bate muchas veces entre el bien y el mal y nos ayuda a afrontar con mayor serenidad y paciencia las contrariedades de la vida. Tomar consciencia de nuestros pecados no es un camino de negación, sino de liberación y afirmación personal.

- La conciencia de la muerte también es importante. Fray Luis de Granada hablaba de la muerte como “la mejor consejera”. No hay que ver la muerte como un final trágico y negativo. Es precisamente esa concepción negativa la que mantiene a las personas en la inconsciencia acerca de ese desenlace inevitable de la vida de todo ser humano. Hay que distinguir la “tragedia de la muerte”, que se produce cuando ella llega de manera inesperada y dramática, de la muerte en sí misma que es la meta natural de la vida humana. Una consciencia serena y esperanzada de la muerte, entendida como “paso” es saludable y aconsejable, y nos ayuda a ver la vida con más realismo, pensando más en nuestro “futuro”; incluso una muerte trágica y prematura puede resultar menos dura si existe una consciencia realista de su significado y de su inevitabilidad. Esto no quita el dolor inmenso de la separación, muchas veces imposible de asimilar, pero da una esperanza y proporciona alguna luz en medio de la oscuridad. La inconsciencia de la muerte, en cambio, cuando ella llega, puede conducir a la más terrible desesperación.

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