Jueves, 12 Septiembre 2013 15:36

¿Oración u Oratoria?

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El "arte de predicar" se aprende en primer lugar por el camino de la oración y de la experiencia personal de encuentro con Dios y con su Palabra. Nadie da lo que no tiene; nadie puede enseñar lo que no ha vivido ni conocido. Al mismo tiempo, siendo la primera condición de una predicación consistente el amor por aquello que se proclama, si no se ama a Dios difícilmente se le podrá comunicar con entusiasmo y convicción.

Todas estas cosas pueden parecer muy obvias, pero cuando se va a la práctica descubrimos que no lo son tanto. El sacerdote fácilmente se deja llevar por la urgencia de la acción y por las múltiples ocupaciones y actividades que su tarea le impone, descuidando lo que en el momento no parece "tan urgente", pero que en el fondo es esencial e indispensables para que su ministerio produzca el tipo de fruto que tiene que producir. Lo mismo se puede decir de la oratoria sagrada. Realmente se puede cultivar una habilidad muy grande para hablar, provista de lógica, agudeza intelectual, belleza en su expresión y otras características que tienen los buenos oradores; pero con todo, puede resultar poco efectiva y hasta inocua para el verdadero bien espiritual de los fieles.

Es necesario cultivar ambas cosas: oración y oratoria, pero teniendo bien claro que entre ellas hay una jerarquía. San Agustín lo expresa excelentemente en su obra "De doctrina christiana":

Mientras que el expositor de las Escrituras enseña lo que es bueno, santo y justo (y ninguna otra cosa que no sea esto), debe a su vez promover entre los que le escuchan una actitud inteligente, gustosa y dócil frente a la verdad de la Palabra expuesta. Pero, de conseguirse tal resultado, no será tanto por sus dones de oratoria como por su piedad y su vida de oración. Por lo tanto, antes de mediar palabra alguna, hará bien el predicador en orar por sí mismo y por aquellos a quienes se dispone a exponer la Palabra. Entonces, una vez llegado el momento de comunicar la Palabra, abrirá la boca para aplacar su sed en Dios, bebiendo de aquello que después tendrá que rebosar y así aprovisionarse él mismo de lo que seguidamente tendrá que distribuir.”

Como se puede ver, el santo invita a los predicadores a utilizar de este arte para "promover entre los que escuchan una actitud inteligente, gustosa y dócil", es decir, a usar con habilidad los instrumentos que nos ofrece la oratoria, pero al mismo tiempo advierte que "de conseguirse tal resultado, no será tanto por sus dones de oratoria como por su piedad y su vida de oración". De lo cual se deduce que dicho resultado no se consigue, si el ministro no fundamenta su apostolado como predicar en una intensa vida de oración.

Definitivamente, en la oratoria sagrada, el predicador comunica su propia experiencia. Y si se trata de motivar a los fieles a la conversión y de suscitar en ellos un amor verdadero por Dios y su Ley que les lleve a conducir su vida de una manera determinada, sólo podrá lograrlo si él mismo está en permanente proceso de conversión y ama verdaderamente aquello que profesa. Sólo puede convencer de una verdad quien a su vez está totalmente convencido de ella.

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