Miércoles, 16 Octubre 2013 07:41

Los tres secretos del predicador

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Lo que se dice aquí está tomado esencialmente de la Introducción de un de la autora norteamericana Sarah Lloyd-Hughes, una conocida conferencista. El libro se llama “¿Cómo ser un brillante orador público?”, recomendable para todos. Reproducimos aquí, a nuestro modo, los contenidos de esas páginas, pero aplicándolos específicamente a los sacerdotes y a la homilía, aunque se trata de consejos muy acertados y útiles para cualquier orador. Dice más o menos lo siguiente:

Imaginemos que terminamos una Misa dominical con esa sensación de haber estado especialmente inspirados durante la celebración, de haber realizado una bellísima liturgia y de haber hecho una excelente prédica, y confirmamos esa sensación cuando saludamos a la gente y todos están contentos y radiantes, no sólo por la Eucaristía en sí misma, sino porque la palabra del sacerdote verdaderamente les ha llegado y les ha motivado a ser mejores cristianos. Lamentablemente, ese no siempre es nuestro panorama. Además hay que decir que a veces los elogios no son signo de que hemos hecho bien las cosas. Los fieles suelen ser muy generosos con los sacerdotes.

Pero en realidad ese escenario que acabamos de imaginar está más cerca de la realidad de lo que creemos. Debemos quitarnos de la cabeza de que existen unos que son oradores natos y otros que sencillamente no nacieron para eso. Un buen predicador necesariamente se hace con el estudio y con la práctica. Así que no existe ninguna razón por la que cualquier sacerdote no pueda ser un buen predicador y no pueda verdaderamente entusiasmar y motivar a la gente con su palabra.

Se puede decir muchas cosas de la predicación. Desde el punto de vista práctico –y hay que acentuar esto, porque no nos estamos refiriendo a cuestiones de fondo, sino a cuestiones de forma–, proponemos tres “secretos” de la buena predicación: En primer lugar, cualquier sacerdote puede llegar a ser un excelente predicador; en segundo lugar, la oratoria sagrada no es una disciplina científica, sino un arte (arte sacro podríamos decir); en tercer lugar, cualquier sacerdote tiene ya todo lo que se necesita para ser un buen predicador.

En relación con lo primero, la prueba máxima de que cualquier sacerdote puede ser un gran predicador, es que es prácticamente imposible predecir quién va a dar una buena homilía o sermón. De repente hemos conocido a algún sacerdote un poco introvertido o tímido, que no parece tener una personalidad expansiva, y cuando se sube al púlpito se enciende y deja todos con la boca abierta; o lo contrario, uno que tenía una gran personalidad y un gran carisma cuando habla desde el altar no hace sino aburrir e impacientar. Así que es un asunto que no tiene nada que ver con la personalidad o el carácter; es algo que se aprende, como se aprende cualquier otra disciplina. Y se aprende poco a poco, como en grados, más o menos en cuatro pasos que ahora voy a describir:

El primer paso es la toma de conciencia, puesto que la mayoría de sacerdotes no se preocupan por mejorar en este campo, o no buscan ayuda, porque no son conscientes de eso que ignoran, y están conformados con lo que saben; pero desde el punto de vista de los fieles, cometen muchísimos errores o tienen muchas deficiencias, simplemente porque no tienen los conocimientos necesarios para comunicar bien y con efectividad. Así que el primer paso es la toma de conciencia de esta realidad. El segundo paso es chocarse con la propia deficiencia. Cuando uno se da cuenta de lo que no sabe y comienza a preocuparse por aprender, casi inmediatamente se topa con la distancia que existe entre lo poco que sabe como orador o predicador, y el ideal, sobre todo al ver el ejemplo de otros que son como monstruos de la oratoria, totalmente lejanos a nuestra realidad. Pero este choque es necesario, y se produce en el momento en que nos disponemos a aprender el arte. Si no sentimos esto, o somos ya oradores perfectos, o nos estamos engañando. El tercer paso es una incipiente y “rara” habilidad para hablar en público, en este caso para predicar. Es algo muy parecido a cuando uno aprende a manejar. Por un lado nos emocionamos y nos sorprendemos de poder hacer algo que antes era un misterio; por otro lado, al inicio tenemos que pensar cada vez que movemos la mano para hacer un cambio o usar el freno, hasta que estas cosas se vayan volviendo naturales. El cuarto paso, precisamente, es cuando, con la práctica, estas cosas comienzan a formar parte de nuestro modo de predicar, como una parte natural de nuestro modo de hablarle a las personas. Este último paso debe acompañarnos siempre, en la medida en que descubrimos y vamos asimilando nuevos hábitos de comunicación.

En relación con el segundo de esos tres secretos que mencionamos al inicio, es decir que hablar en público o predicar no es una ciencia sino un arte, debemos recordar que la habilidad para predicar bien no viene de conocer una serie de reglas y aplicarlas, de lo que debemos hacer lo y que no debemos hacer. Se trata más bien de ir dando paso a la creatividad con un estilo propio, con autenticidad. Como en cualquier arte, siempre hay lugar para la originalidad. Eso no significa que haya ciertas reglas o principios que se debe aplicar casi siempre, y ciertas “cualidades”, que cualquiera que se llegue a ser un buen orador tiene, pero en todo caso la primera de esas cualidades es la libertad y la naturalidad, que dan lugar a la creatividad.

El tercer y último secreto, es decir que todo sacerdote tiene ya todo lo que necesita para ser un buen predicador, consiste en que la mayoría de las habilidades que se requieren para ser un buen orador sagrado en realidad son cosas que casi toda persona con una cierta formación ya posee, y la prueba de ello es la habilidad que todos tenemos para sostener un diálogo interesante con alguna persona, o para contar algún hecho y generar curiosidad o para animar o aconsejar a alguien, cuando esa persona verdaderamente nos importa.

Hasta aquí lo dicho por Sarah Lloyd-Hughes, con algunos añadidos míos más bien accidentales. Pero no quiero dejar de recordar otro principio fundamental. Aquí nos hemos referido a aspectos prácticos, pero es evidente que un buen predicador, por más habilidades que tenga, en realidad nunca logrará mover las mentes y los corazones de las personas si en lo que transmite no comunica también su encuentro personal con Dios y su experiencia con la Palabra y lo que ella significa para su propia vida. Que Dios los bendiga.

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