Lunes, 28 Abril 2014 00:00

Cómo decirles a los que sufren que Dios los ama

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En estos días, al hablar con una persona que hace voluntariado en una escuela para niños con discapacidad física, ésta me pidió un consejo: ¿Cómo decirle a alguien que está sufriendo que Dios lo ama? ¡Tremenda pregunta! No es algo para tomar a la ligera o responder con una fórmula. La realidad del sufrimiento toca a todos, pero a algunos de una manera más dramática y, en muchos casos, permanente.

Ya que yo mismo tuve algunas experiencias pastorales en ese colegio y el contacto con el sufrimiento es parte de la vida del sacerdote, dediqué un tiempo a ensayar posibles respuestas. Algunas de ellas no son tanto respuestas directas a la pregunta cuanto criterios que debemos tomar en cuenta para que nuestras respuestas no sean una fórmula aprendida o un lugar común, sino un mensaje humano y convincente, y al mismo tiempo reflejen de la mejor manera posible la verdad acerca de esta realidad, tal como la predicó Jesús y la entiende la Iglesia.

No pocas veces la razón de nuestra perplejidad frente a este tema y nuestra dificultad para afrontarlo, sobre todo cuando estamos frente al sufrimiento de una persona concreta, vienen de la poca comprensión que nosotros mismos tenemos de él; si nosotros mismos no encontramos una salida al mal y al dolor de las personas, ¿cómo podemos transmitir una esperanza? No cabe duda, sin embargo, que además de esta comprensión es necesario reconocer los puntos que van al fondo del problema y aprender a explicar de una manera directa y convincente una realidad que en el fondo es compleja y no se puede desentrañar completamente.

Yo sé que algunas personas, al escuchar estas cosas o leerlas, piensan piensan que es una ingenuidad, o al menos un recurso fabricado, pretender calmar el dolor humano con promesas espirituales que no parecen tener sustento; algunos lo consideran incluso una falta de respeto ante el mismo sufrimiento. Ante esto sólo digo que, efectivamente, si no hay fe, el discurso cristiano pasa al nivel de cualquier método de paz psicológica, una suerte de “opio” para dotar a la mente de alguna fuente de serenidad y ayudar al individuo a soportar. Pero para el cristiano que cree realmente en Dios y en su obra redentora, la visión del futuro próximo y la esperanza de una realidad en la que ya no habrá sufrimiento y en la que se liberarán todas las ataduras de los corazones humanos para dar lugar a una vida de felicidad eterna en la comunión con Dios, es algo no sólo real y seguro, sino inminente. Es esta concepción el trasfondo con el cual un cristiano se acerca a la realidad del sufrimiento. Por ello espero que estas ideas sirvan de algo a cualquiera que se encuentra ante la necesidad de dirigir una palabra de consuelo y de esperanza a los que sufren. El enfoque no es homilético, ni se concentra directamente en la predicación, pero ciertamente tiene que ver con el tipo de comunicación que establecemos con las personas que llevan algún padecimiento.

Hay algunas respuestas directas y escuetas que podemos dar a la pregunta ¿cómo decirles a los que sufren que Dios los ama? Por ejemplo: amándoles nosotros con nuestra amistad y con gestos concretos y auténticos; considerándolos personas únicas y valiosas, tal como Dios las considera, y aceptándolas tal como Dios nos acepta a nosotros [Esto es fácil decirlo, pero no tan fácil vivirlo; el punto es que realmente debemos estar convencidos de ello. Cuando nos acercamos a uno que sufre, realmente debemos creer en el valor de su dignidad, y no simplemente “concederles” algo porque somos generosos, como quien da “el beneficio de la duda”, ¡no! Puede ser muy importante que hagamos sobre esto examen de conciencia y seamos completamente sinceros con nosotros mismos: ¿cómo considero realmente a esta persona que está delante mío, quién es para mí, quién es para Dios, etc.]; diciéndoselos -que Dios los ama- de manera directa y sin ambages, con convicción y sin miedo [Es mejor no hacerlo si lo que nos va a salir es un “cliché espiritual”; para hacerlo bien hay que ponerse en juego, nos tiene que costar; o en todo caso tiene que ser como cuando uno desea con todo el corazón decir algo, ¡tiene ganas de decirlo!]; convenciéndonos nosotros mismos de que Dios nos ama personalmente y ama a todos, antes de pretender convencerlos a ellos [Evidentemente nadie da lo que no tiene. Primero me tengo que preguntar: ¿he experimentando en mi propia vida el amor de Dios? ¿Lo veo? En la respuesta a esta pregunta veré si soy realmente capaz de decírselo al otro.].

Estas con sólo algunas ideas básicas. Pero detrás de esto hay criterios, una comprensión del sufrimiento. No se puede reducir todo a unas ideas básicas. Por eso pensemos ahora en algunos puntos que están detrás de estas repuestas.

Lo primero es que no debemos buscar una respuesta absoluta y tajante, que satisfaga todas las inquietudes humanas que acarrea la realidad del sufrimiento. La pregunta por el sentido del dolor no puede ser respondida con razones que lo justifiquen como si fuera un bien en sí o un fin en algún sentido deseable. Lo que hay que buscar son realidades que hagan de la vida, aún de la vida de los que sufren, algo deseable a pesar del mal. Un niño que padece una enfermedad puede perfectamente experimentar la felicidad si se siente muy aceptado y amado por sus seres queridos y si ellos, con su afecto y cercanía, le comunican esperanza. Esto no significa que su condición sea para él una fuente de alegría, pues lo natural es que sea exactamente lo contrario, sino algo que, aunque difícil de sobrellevar, no agota las posibilidades de ser feliz, porque aquello que hace verdaderamente feliz al ser humano es mucho más grande que el sufrimiento y puede coexistir con él.

Existe en la visión cristiana del hombre, la cual, aunque no convierte al sufrimiento en un fin en sí mismo, puede hacer de él un medio extraordinario para llegar a Dios. En el creyente esto es así sobre todo desde que Jesús padeció por nosotros en la Cruz y se hizo de esta manera cercano completamente a la experiencia del dolor humano -físico, psicológico, moral, espiritual-, viviéndolo en carne propia. Tal como la pasión de Cristo tiene un valor redentor, en cuanto camino a la gloria, de la misma manera el sufrimiento humano puede ser para la persona un auténtico "camino hacia Dios". Pero también es cierto que para comprender esto y hacerlo real en la propia vida es necesario el don de la fe. [Muchas veces no es posible hablar de esto directamente a las personas, sobre todo si no tienen fe; pero hacia ello se puede caminar poco a poco. Pero debemos estar convencidos de la necesidad de darles un horizonte más alto que haga de su vida algo deseable a pesar del sufrimiento, que es el Cielo, la vida eterna. No se trata de discursos melifluos o melosos, sino de considerar seriamente la vida terrena como un camino hacia algo que es tan bello, que no podemos describir. Es lo que Dios ha prometido; así que se trata también en el fondo de abrir a la persona a la confianza en las promesas de Dios].

Otro punto tiene que ver con algo que escuché decir a un conferencista cristiano que hablaba del sentido del dolor. Decía que éste no tendría jamás una salida sin la consideración de Dios como infinitamente justo. Este orador planteaba como respuesta a la realidad el sufrimiento una justicia superior a la de los hombres, absoluta y verdadera, que vendrá inexorablemente y sin que nadie pueda impedirlo. Elaboremos la idea; el sufrimiento sería una realidad imposible de soportar y de sobrellevar si no supiéramos que, aún con todo lo dramática y terrible que ella pueda ser, algún día, sobre ella, se impondrá la justicia. No sabemos exactamente de qué manera, pues hablamos de una justicia que no será jamás completa en la Tierra y que no pertenece a los hombres, sino de una superior, definitiva. Y sabemos, por lo que Dios ha prometido en Jesús, que en ella los que sufrieron verán sus padecimientos totalmente sanados y retribuidos con una felicidad inmensa. Al mismo tiempo, la impunidad que existe en el mundo y que es a su vez causa de mucho sufrimiento para tantos, no tendrá lugar alguno, pues todas las consecuencias del mal realizado por los hombres, aún en lo más íntimo de sus consciencias, saldrá a la luz y mostrará a todos, empezando por aquellos que lo cometieron, su verdadera cara. Esto nada tiene que ver con el castigo divino o con una suerte de destino inmutable que acarrea el mal a quien lo comete, menos con alguna visión de la venganza de Dios contra los malvados, sino con el hecho de que aquello que verdaderamente aplaca en el hombre su sed de justicia y de bien es el encuentro con la verdad toda, que algún día iluminará con su luz cada resquicio de la vida de los hombres y pondrá todo al descubierto. El sufrimiento siempre está unido a la sed de justicia, la cual muchas veces tiene la forma de un grito interior desgarrado que busca desesperadamente paz y consolación. El testimonio cristiano debe invitar a la búsqueda de una verdad y de una justicia superior que sólo podemos encontrar en Dios.

Una respuesta importante al problema del dolor se encuentra en la experiencia del amor humano. El amor no es algo que simplemente se dice o se declara, es principalmente algo que se muestra y se hace visible a través de nuestro comportamiento. Es cierto que los gestos y las palabras son importantes, pero ellos simplemente corroboran algo que vivimos personalmente. Ir a los que sufren para llevarles nuestra compañía y nuestra amistad, si ella es auténtica, es en sí una declaración muy fuerte del amor que Dios les tiene, aún en aquellos que no lo conocen. Pero puede ser que las personas que tenemos delante no crean en Dios, o hallan acumulado una cantidad de prejuicios y reproches que constituyen un obstáculo casi infranqueable. En ese caso hay que esperar con mucha paciencia que el encuentro humano, que todos estamos en capacidad de ofrecer, se vaya convirtiendo para ellos en un camino de apertura y vaya derribando poco a poco los muros que han ido construyendo en torno a sí.

Pero el amor está principalmente en dar. Precisamente, un error que frecuentemente subyace al modo de aproximarse al sufrimiento es creer que la persona que sufre, por su condición, es incapaz de dar. Nuestra relación con esa persona corre el riesgo de convertirse en un grave prejuicio disfrazado de compasión, que deriva en actitudes consentidoras y paternalistas. Pero, ¿acaso no son personas? Y, en cuanto tales, ¿no son capaces de dar algo? Es cierto que capacidad de “dar” se circunscribe a los límites que les impone su contexto personal, pero en el fondo esto sucede en todas las personas, solo que en grados diferentes. Al acercarnos a la persona que sufre debemos estar convencidos de que esta persona tiene mucho que darme a mí y a los que está a su alrededor, y tanto ella como nosotros necesitamos ser ayudados para descubrirlo. ¿Cuántos hay que teniendo todas las posibilidades y la plenitud de sus facultades mentales y físicas, dan muy poco? ¿Cuántos son en cambio aquellos que, aún faltándoles todo, dan con generosidad? Por lo tanto no debemos tener temor de mostrarles aquello que puedan dar, aún de exigírselos, y de convertirnos en receptores de ese don.

Lo importante muchas veces no es tanto la formulación que se utiliza para decir las cosas, sino la convicción con que se dicen. Es la convicción lo que convence y hace creíbles las cosas que decimos y escuchamos, pues ella, si es auténtica, viene de una experiencia vital personal y no simplemente de la recepción de una información. Aquello que muchas veces tenemos miedo de decir, es precisamente aquello que las personas desean ardientemente escuchar, pero desean escucharlo de alguien que está realmente convencido.[Si se trata de personas que, en su condición de sufrimiento, tienen una actitud positiva y de apertura hacia la fe, el camino es el de la naturalidad. La fe debería ser para nosotros un tema natural de conversación abierta y directa. Puede ser que la persona inicialmente no esté preparada, o que en algún momento determinado no tenga la disposición, pero en eso caso será cuestión de esperar una ocasión propicia, o de llegar a ello de manera gradual. Pero no debemos hablar de aquello de lo que no estamos verdaderamente convencidos; y si no lo estamos, o nos sentimos incómodos con el tema, debemos preguntarnos por qué, y debemos encontrar las respuestas.]

En relación con esto último recuerdo a una persona que acudía al voluntariado con niños discapacitados, y no se dejaba tocar por la alegría que observaba en algunos de los niños. Era como si no la considerara real. Paradójicamente, la alegría de esos niños en esta persona se convertía en tristeza. De alguna manera esta persona no quisiera ser convencida. Su “forma mentis” no le permitía creer que alguien que sufre puede experimentar alegría, se trataba sólo de una contradicción imposible y no admisible. En realidad, era simplemente una proyección de su propia frustración y de su falta de fe, y un miedo gigante a abrir su corazón. Nuevamente, ¿cómo podemos ser portadores de algo de lo que no estamos convencidos? Es la pregunta que todos debemos hacernos.

 

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