Sábado, 26 Julio 2014 09:48

Con el Evangelio en la mano

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Predicar con el Evangelio en la mano no es sino consecuencia de "vivir" con el Evangelio en la mano; es decir, que forme parte de nuestra realidad cotidiana. Esto, a la hora de preparar la homilía, debe traducirse en una pregunta muy concreta: ¿qué me dice a mí la Palabra de Cristo? Y la respuesta a esta pregunta es una de las claves del éxito en la homilía.

Claro que cuando hablamos de la "predicación" no debemos buscar "tener éxito", en el sentido mundano de la expresión, pero sí que debemos hacerlo en el sentido de alcanzar nuestro objetivo, que es llegar a la mente y al corazón de las personas con un mensaje claro y convincente, que tenga para sus vidas un significado concreto y que les motive a ser mejores personas y mejores cristianos.

Podría parecer que estamos aludiendo a una formula y citando lugares comunes en relación con la predicación. Es decir, ¡todos sabemos que quien no se predica a sí mismo no puede predicar a los demás! Pero en realidad también estamos haciendo referencia a algo que tiene un componente "técnico" muy fuerte y real. Hemos dicho en muchas ocasiones que una verdadera comunicación se produce cuando aquel que comunica es auténtico; y para que él sea auténtico, ¡el mensaje tiene que ser auténtico y real! Este es el punto neurálgico de la homilía. Debo concentrarme en una idea que sea atrayente y apelante, o cuestionante, ¡pero que lo sea en primer lugar para mí mismo! Y en eso se debe concentrar mi oración. Cuando preparo la homilía, debo detenerme delante del Evangelio y dejarme tocar por él. ¿Qué tiene de importante para mí mismo y para las personas que están en torno a mí? Este ejercicio, aunque es muy evidente, muchas veces es descuidado y reemplazado por una búsqueda de originalidad. Con ello se deja de lado una verdad fundamental: la verdadera originalidad está en la autenticidad. Predicar con el Evangelio en la mano, entonces, significa que hablo de lo que yo verdaderamente pienso y siento en relación con la Palabra de Dios. Debo comunicar a los demás, con palabras adecuadas y de manera atractiva y bella, la resonancia que su lectura y su meditación ha tenido en mí mismo.

Ahora bien, alguno preguntará ¿qué sucede con aquellos pasajes de la Escritura difíciles de aplicar; por ejemplo, ¿qué sucede cuando un sacerdote tiene que predicar sobre el matrimonio y la familia? Parecería tratarse de un tema ajeno a su realidad concreta. ¿Cómo predicar en primera persona? ¿Cómo predicar de lo que vivo y siento? Lo primero que hay que decir es que ni siquiera en este caso la homilía se debe reducir a la transmisión de un contenido o de una doctrina, por más expuesta que ésta sea. Al fin y al cabo, ¿quién es ajeno, por más que viva un estado completamenete distinto a la vocación matrimonial, a una realidad como la familia y el amor? Uno se puede comprometer de mente y corazón en temas como estos, aunque no los viva de la misma manera o en el mismo grado en que los viven los demás. Además, siempres se pueden encontrar aquellos puntos esenciales comunes a todos los seres humanos.

Recuerdo una bellísima homilía en una Misa de matrimonio, en la que el sacerdote empezó su predicación diciendo: "aunque suene idealista, voy a tratar de explicarles cómo quisiera yo que fuera la vida de un matrimonio". ¡Qué buen comienzo! Pues efectivamente, aunque no todos nos casemos, todos tenemos expectativas muy concretas acerca de cómo quisiéramos que los demás vivan su matrimonio y cuánto quisiéramos que la sociedad humana entera se beneficie del amor fecundo que puede surgir entre un hombre y una mujer y se puede plasmar en una familia. Después de hacer su explicación "idealista", el sacerdote dijo: "sin embargo, ¿es esto posible? Estamos obligados a decir que sí, pues de lo contrario lo que estamos celebrando aquí sería una completa farsa, y todos nosotros no seríamos más que un conglomerado de cínicos." Y terminó explicando, a partir del Evangelio, cómo es que, precisamente, los esposos están llamados a hacer realidad un proyecto que no puede ser solamente humano.

Otro ejemplo muy bueno tiene que ver con ciertas realidades que suceden a nuestro alrededor y con las cuales no necesariamente nos vemos compromentidos personalmente, concretamente: la persecusión, la guerra, la falta de recursos materiales, el anhelo de paz, etc... El Evangelio tiene siempre algo que decir acerca del modo como cada uno "entra" de manera muy real en el cuadro.

Este ejercicio lo podemos hacer con cada frase del Evangelio. Siempre hay algo que aprender y siempre hay algo que enseñar. Cuando sentimos que "no sacamos nada", entonces debemos tomar distancia, dar un respiro y, pidiendo luz al Espíritu Santo, tratar de abrir otra ventana hacia la Palabra de Dios, verla desde otro ángulo. No debemos nunca perder la convicción de que esto siempre es posible.

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