Jueves, 02 Abril 2015 16:52

¿Qué predicar en Semana Santa?

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Antes de cada domingo los sacerdotes suelen hacerse la importante e inevitable pregunta ¿qué predicar? Y con vistas a la Semana Santa dicha pregunta se hace más relevante, más intensa; se le añade la natural preocupación de que las celebraciones litúrgicas no nos agarren sin una buena preparación y con las ideas suficientemente claras en la cabeza. Además se trata de varios ritos litúrgicos, todos de gran importancia, lo que significa varias homilías, sin contar en algunos casos el sermón de las siente palabras. ¿Qué decir a los fieles en estos días, los más importantes de todo el año litúrgico?

La respuesta que viene con la pregunta misma todos la conocemos. En el Triduo Pascual se trata de predicar sobre el significado de la pasión, muerte y resurrección del Señor; sobre la actualidad de dicho misterio y su importancia para nuestra vida cristiana; el día jueves, la predicación se centra en la Eucaristía, el viernes en la Pasión de Nuestro Señor y en la vigilia del sábado y el domingo en la Resurrección. Hasta aquí lo que es obvio para todos. Lo que no es nada obvio es el “cómo”. ¿Cómo presentamos a los fieles estos misterios de nuestra fe? ¿Cómo explicamos los ritos y símbolos litúrgicos? ¿Cómo interpretamos los textos de la Sagrada Escritura? ¿Cómo aplicamos lo que se celebra a la realidad de los fieles? ¿Cómo hablamos, es decir, qué recursos retóricos utilizamos? Y un gran “etcétera”.

Por otra parte, aunque sabemos que la homilía o la predicación no es lo único ni lo primero en la sagrada liturgia, no deja de tener una enorme importancia, sobre todo en Semana Santa. Y esto por varias razones: se predica mucho más que de costumbre, lo que implica más preparación; crece exponencialmente el número de fieles que acuden a participar en las celebraciones, en no pocos casos la única participación del año; los que asisten a los oficios están particularmente sensibles al tiempo y al “ambiente espiritual” propio de esos días, y por lo tanto tienen una mayor disposición para escuchar y acoger la palabra del sacerdote; y por esto mismo, hay gran expectativa en lo que va a decir el celebrante. Y se podrían añadir otras razones.

Por todo ello es importante hacerse las preguntas pertinentes -como las que están enumeradas más arriba- y tratar de encontrar las respuestas a tiempo. En este artículo ensayaremos algunos consejos para preparar adecuadamente la predicación de estos días, esperamos que sean útiles. Damos por supuesto que para todos la oración es el requisito número uno, y que sin ella se arriesga a convertir la predicación en palabrería. Pero no nos vamos a detener en ello; baste recordar aquello en lo que insiste el Papa Francisco en su exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” y que en este foro hemos repetido muchas veces, es decir que la predicación debe brotar en primer lugar el propio encuentro con la Palabra y con la celebración misma del misterio. Aquello que el sacerdote dice desde el púlpito, se lo ha dicho primero a sí mismo, es la verdad que vive y experimenta, y eso lo hace capaz de comunicarla.

Dicho esto, vamos a enumerar algunas características de este tiempo, que dan a la predicación en el Triduo un acento o un carácter diferente al del resto del año y, junto con ello, iremos mencionando algunos peligros y/o posibilidades que se pueden presentar a la hora de preparar nuestras homilías.

a. Estamos ante un verdadero “concentrado” del misterio cristiano. En tres días se repasa toda la historia de la salvación, especialmente en la Vigilia Pascual. Existe el peligro de pretender abarcar demasiados temas en el intento de presentar una especie de “catequesis del misterio cristiano”, aprovechando los elementos que componen la liturgia. Esto es algo muy difícil de hacer, sobre todo porque se pone en riesgo el objetivo principal, que es la edificación espiritual de los fieles. Se debe recordar que la homilía, aunque tiene elementos de catequesis, no se identifica totalmente con ella, porque tiene otra finalidad.

b. En relación con lo anterior, podemos identificar dos modos de enfocar la predicación. El primero sería tomar un tema transversal, en que no destaque, por ejemplo, algún aspecto particular de las Escrituras o algún símbolo de la liturgia, para desarrollar, a partir de allí, un contenido, sino en que se tome una idea más general, más relacionada con todo el contexto litúrgico. Un ejemplo de lo primero sería centrar la homilía sobre el gesto del lavatorio de pies; un ejemplo de lo segundo, en cambio, sería centrarla sobre la importancia de la Eucaristía para nuestra vida cristiana. Aunque también podría ser una combinación de ambas. Pero en cualquier caso, es fundamental recordar aquella recomendación que hacemos siempre: ¡una sola idea! Y no hay que tener miedo de enfocarse en un elemento pequeño o aparentemente insignificante de la Palabra de Dios o de la liturgia misma, porque lo que importa es aquello a lo que éste da pie, conectándonos y conectando a la asamblea con la idea fundamental que queremos transmitir.

c. Es cierto que la homilía siempre debe tener un carácter exhortativo, implícita o explícitamente, pues ¿cuál es la finalidad de la predicación sino aquella que ha sido desde el inicio del cristianismo, es decir el llamado a la conversión? Pero estos días nos invitan a una exhortación más intensa, más fuerte, más explícita. Toda la vida es conversión, pero al mismo tiempo el Triduo Pascual es una ocasión fuerte de conversión para muchos, tanto para los que tienen una vida cristiana activa, como para aquellos que están alejados y con ocasión de la Semana Santa se acercan nuevamente a la Iglesia. Tener esto presente puede impedir que la homilía se convierta en una suerte "explicación interesante" sin que llegue a tocar el corazón de los fieles y a motivarlos a un verdadero cambio de vida.

d. La homilía no necesariamente tiene que ser larga. He escuchado muchas veces el argumento de que se trata de una ocasión "privilegiada" y, en muchos casos, la única oportunidad del año para dirigirse a numerosos fieles que no suelen participar de los sacramentos en la Iglesia, pero vienen al Triduo Pascual. Esto es cierto, pero la pregunta sigue siendo ¿ello qué tiene que ver con que la homilía sea corta o larga? Es decir, si de todos modos aburrimos a los fieles y les creamos impaciencia, ¿no estamos obteniendo el efecto contrario? Así es que, a menos que seamos oradores excelentes, es mejor, como es el consejo de los expertos y del mismo Papa Francisco, no pasar de los 8 minutos o 10 como máximo; pero incluso si es menos, no debería haber inconveniente, siempre y cuando haya "sustancia". En el caso del viernes santo, además, es la misma liturgia la que recomienda realizar una exhortación corta; esta puede ser incluso de 5 minutos, ya que el Evangelio es muy largo y es en sí mismo una palabra poderosa que puede llegar adonde nosotros no podemos.

e. En general, es recomendable respetar el curso mismo de las celebraciones. Es decir, el camino que va de la Última Cena - incluso el domingo de Ramos- a la Resurrección. Es conveniente tener presente este marco general al momento de preparar las homilías, sobre todo cuando se tiene más o menos a la misma asamblea en las diferentes celebraciones. En cierto modo, se puede preparar anticipadamente un "esqueleto" o esquema en el que estén contemplados los distintos misterios; luego, los contenidos propios de cada ocasión se pueden impostar de acuerdo a los propios acentos. Pero en todo caso es también importante que se mire siempre hacia la Resurrección. Desde la Última Cena se puede tener presente como horizonte de todo la celebración cristiana por la Resurrección de Cristo, que es un hecho ya consumado.

f. Se debe evitar cualquier concepción excesivamente "teatral" de las celebraciones, más allá de la natural "teatralidad" que es propia a los ritos. La "escenificación" que se produce en la liturgia, de los hechos acontecidos a nuestro Señor, no necesariamente debe llevar a pretender que los fieles "revivan" estos acontecimientos como si estuvieran ocurriendo ahora. Algunas homilías, según he visto, apuntan a una sensibilización en esa línea, lo cual es muy difícil de lograr y tampoco es seguro que sea espiritualmente saludable. Más importante es la comprensión de su signficado y la adhesión a él con el corazón -y por qué no también con los sentimientos- Pero no se trata de que el viernes hay que llorar por ver a Cristo crucificado y el domingo alegrarse porque resucitó. ¡Cristo resucitó hace dos mil años! En realidad el viernes, si nos debe hacer llorar, es porque seguimos siendo pecadores a pesar de lo que Cristo hizo por nosotros, y la predicación tiene que seguir esa línea. En otras palabras, no se trata de hacer un retrato barroco de los hechos, sino de mover los corazones a la conversión. Todo lo dicho de ninguna manera va en contra de que la Eucaristía sea una actualización de la obra redentora de Cristo, más bien es a esto último a lo que hay que apuntar.

g. Se recomienda leer la parte relativa al Triduo Pascual que aparece en el Directorio Homilético, publicado recientemente por la Congregación para el Culto Divino. No es extensa ni trae recomendaciones demasiado precisas o concretas, pero da un marco general bastante útil.

Estas son sólo algunas recomendaciones; se podrían añadir muchas otras. Se recomienda complementar esta lectura con las "Ideas para Hoy" preparadas para estos días.

 
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