Domingo, 26 Julio 2015 00:00

Domingo XVII del Tiempo Ordinario 2015

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Lecturas: 2Re 4,42-44; Sal 144,10-11.15-18; Ef 4,1-6; Jn 6,1-15

  • No sólo de pan vive el hombre. La liturgia de hoy nos recuerda esta máxima evangélica. Pero, ¡cuán acostumbrados estamos a buscar nuestra seguridad precisamente en el “pan material”. No es que lo material no sea importante, pero ¿realmente constituyen las cosas materiales lo más importante en la vida? Vivimos en una cultura que valora el éxito visible y material como la cosa más alta a la que se debe aspirar; cada vez hay más gente dispuesta a vender el alma al diablo por el éxito y la fama. Todo esto es muy fácil decirlo y difícil actuarlo porque en la vida cotidiana también nosotros vivimos inmersos en esta cultura y somos parte de ella. Por ello ser cristianos implica cambiar de mentalidad, cambiar ésta mentalidad del que se encierra en lo calculable y lo visible y palpable. ¿Qué tanto cultivamos nuestros bienes espirituales en lugar de concentrarnos sólo en multiplicar los bienes temporales?
  • Un Dios que lo trasciende todo y lo invade todo. No sé si hemos estado suficientemente atentos a la lectura del apóstol Pablo, en la parte final, cuando dice: “Un sólo Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, que lo invade todo y lo penetra todo”. ¿Qué significan estas palabras? Sabemos que Dios es “omnipotente” y “omnisciente”; nos lo han enseñado en el catecismo. Pero, pensamos en lo que esto significa en nuestra vida concreta. El episodio de la multiplicación de los panes es ciertamente una prueba de que este Dios realmente lo trasciende todo. No está limitado por ninguno de los límites que nosotros, los seres humanos, experimentamos. Es un Dios que lo trasciende todo, mientras nosotros nos ocupamos demasiado de cosas intrascendentes, estamos volcados sobre el pan material y olvidamos aquel espiritual. Es un Dios que lo penetra todo, mientras nosotros no hacemos caso de su presencia, creemos que no está. No hacemos las cosas pensando que Dios realmente nos mira y lo conoce todo, actuamos como si no estuviera. Y es también un Dios que lo invade todo, mientras nosotros reservamos espacios de nuestra vida en los cuales no lo dejamos entrar, al menos eso creemos. Pero la vida, como en el caso de la multiplicación de los panes, nos demuestra que necesitamos de Dios, que no podemos sin él, que sólo Él sacia nuestra hambre y sed de verdad.
  • Analogía de la Eucaristía. El episodio de la multiplicación de los panes es una bellísima analogía de la Santa Eucaristía. En primer lugar se confronta el pan material con el pan espiritual, porque Jesús da de comer a la gente sólo después de que han saciado su hambre espiritual y se han alimentado con su Palabra; en ello hay un claro orden de prioridades. En nuestra vida no sucede así muchas veces, pues damos prioridad a la satisfacción de nuestras necesidades o deseos materiales por encima de aquellos espirituales. Ante esto habría que preguntarse, ¿cuánto creemos realmente en Dios y en nuestra dimensión espiritual? En segundo lugar se reconoce la necesidad de saciar el hambre espiritual, que se traduce en deseo de verdad, deseo de paz interior, deseo de una consciencia limpia frente a Dios. Y en tercer lugar el episodio nos conduce a la Eucaristía, que es la multiplicación de los panes en nuestra propia existencia, en la que Dios está presente en medio de nosotros anunciándonos su palabra y proveyéndonos con el pan del Cielo. ¿Es para nosotros la Eucaristía algo que hacemos al terminar la semana, como “la última cosa” o es más bien aquello con lo cual queremos comenzar nuevamente, desde Cristo?
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