Viernes, 07 Agosto 2015 00:00

Viernes XVIII del Tiempo Ordinario 2015

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Lecturas: Dt 4,32-40; Sal 76,12-16.21; Mt 16,24-28

  • ¡Reconoce y medita en tu corazón! Estas palabras inspiradas de Moisés dirigidas al Pueblo de Israel constituyen una confesión de fe fundamental que nosotros, cristianos, estamos llamados a renovar cada día de nuestra vida. El gran profeta nos recuerda que Dios se manifiesta a través de sus obras, y la más grande de ellas es haber enviado a su Hijos al mundo y habernos otorgado, a través de su muerte y resurrección, la reconstitución de nuestra filiación divina y nuestro acceso a la participación en la comunión divina de amor. La llamada es, pues, “¡reconoce y medita en tu corazón!”, y actúa en consecuencia con esta fe.
  • La importancia de la memoria. ¡Qué importante es la memoria para el cristiano! Nos lo demuestra la oración del salmo y también el discurso de Moisés al pueblo israelí. Pero el ejemplo más bello del lugar de la memoria en la experiencia de fe es el cántico de María, cuando Ella recuerda las obras realizadas por Dios en su favor y ello le mueve el corazón a elevar una acción de gracias. Dios nos ha dado el poder de elegir con libertad aquello que queremos olvidar y aquello que queremos conservar. ¡La memoria es una bellísima facultad! Pero con frecuencia son las cosas malas las que se quedan impregnadas en nuestro imaginario y en nuestro pensamiento. Solemos tener en ello una actitud pasiva. Se nos invita, más bien, a tener una memoria activa y evangélica según el modelo de María, quien siempre “meditaba todas estas cosas conservándolas cuidadosamente en su corazón”.
  • ¿Qué significa cargar la cruz? En el Evangelio el Señor nos recuerda taxativamente que no somos dignos de Él si no estamos dispuestos a cargar nuestra propia cruz para seguirlo. Debemos reconocer los seres humanos pecadores que experimentamos una cierta dificultad para aferrar concretamente el contenido de estas palabras. Es decir, las entendemos conceptualmente, pero ¿las vivimos? Tal vez tenemos la tendencia de “procastinar” este pendiente fundamental de nuestro camino cristiano que es aprender a abrazar la Cruz de Cristo y vivir unidos a ella. Esto es algo en lo que nos educamos a través de la vida cotidiana, en el esfuerzo por convertirnos al Evangelio en nuestro pensamiento, nuestros afectos y nuestras actitudes. Así es que nos trata de cruzarse de brazos y esperar a que surja en nuestra vida esa “cruz”. La cruz no es una situación extraordinaria, sino el estado permanente del cristiano. Se trata entonces no de caminar y luego tomar la cruz, sino de tomar la cruz para poder caminar.
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