Sábado, 28 Julio 2012 09:10

Como un paisaje estéril

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¿Tienes la impresión de que tus prédicas son estériles? ¿Te encuentras desorientado? Tal vez te esté sucediendo algo que señala el padre valenciano Jesús Martí Ballester: “La esterilidad de la predicación hay que achacarla a falta de vida interior, consiguientemente a falta de celo, que busca decir las cosas más necesarias para la salvación y santificación de las almas, y decirlas de la manera que el pueblo entienda mejor. Cuando no hay vida interior ni celo falta la humildad para partir el pan a los pequeñuelos: parvuli petierunt panem et non erat qui frangeret eis (los pequeñuelos piden pan: no hay quien se lo reparta), es decir a falta de hacer una predicación humilde y popular, que supone desprendimiento y pobreza de espíritu. Falla también entonces el sacrificio y entrega que supone la preparación de una predicación densa y nutritiva, basada en la meditación de la Sagrada Escritura”. ¿Y esto qué significa? 

¿Significa que no haya que preparase con una buena retórica? ¿Significa que no haya que aprender a hablar porque el secreto está sólo en la oración y en la vida interior? No lo creo. Pero hay algo importante que decir, y lo hemos dicho antes. Una predicación con un mensaje claro y profundo, que tiene detrás la experiencia de uno que está “en contacto” con Dios y con su Palabra, aunque no tenga el mejor estilo o no provenga de un gran orador, es siempre mejor que una retórica extraordinaria de gran elocuencia y de gran estilo, pero sin profundidad espiritual. En realidad no abundan ni los unos ni los otros; creo que la gran mayoría de predicadores son mediocres en ambas cosas. Trabajemos para dejar de serlo.

Dar buenas homilías no es algo que se resuelve con un par de técnicas. Cierto que se puede mejorar –y mucho– si a nuestra experiencia espiritual y a nuestra vida de oración añadimos algunas técnicas para mejorar en nuestra capacidad comunicativa. Eso nadie lo duda. Pero nunca será suficiente insistir en la importancia de la oración.

Además es importante considerar qué se entiende por “preparación” para la predicación. A veces nos concentramos en la preparación del discurso, en las ideas, en las palabras, en los ejemplos, etc. Y eso está bien, pero ¿de dónde proviene el ánimo para hablar? ¿qué nos anima y nos mueve a hablarles a las personas? Los únicos discursos capaces de llegar al corazón de las personas son aquellos que provienen del corazón. Si el corazón está “encendido” con la Palabra de Dios, si tiene fe y está convencido de que tiene un mensaje que puede cambiar la vida de las personas, esa misma pasión se traslucirá en las palabras que salen de la boca. Pero si el corazón está frío y, sobre todo, apegado a “otros afectos”, aún con gran erudición y elocuencia, no producirá verdadero fruto, tal vez un fruto pasajero.

Recordemos que hay varios niveles de “preparación” para la prédica. El más importante es el contacto asiduo con la Palabra y con el misterio de Dios, que se plasma en un hábito constante de confrontarse con la Sagrada Escritura y aplicarla a la propia vida. Las mejores homilías son aquellas en las que el predicador es el primer sujeto del mensaje. Luego hay una preparación más inmediata que tiene que ver con la elaboración de un discurso y su adaptación a la mentalidad y al contexto de los fieles. Y finalmente hay una parte técnica, que tiene que ver con los modos y las formas.

Una homilía ideal es la que contiene los tres elementos anteriores bien integrados y pulidos. ¡Pero lo primero es lo primero!  

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