En estos días, al hablar con una persona que hace voluntariado en una escuela para niños con discapacidad física, ésta me pidió un consejo: ¿Cómo decirle a alguien que está sufriendo que Dios lo ama? ¡Tremenda pregunta! No es algo para tomar a la ligera o responder con una fórmula. La realidad del sufrimiento toca a todos, pero a algunos de una manera más dramática y, en muchos casos, permanente.

Ya que yo mismo tuve algunas experiencias pastorales en ese colegio y el contacto con el sufrimiento es parte de la vida del sacerdote, dediqué un tiempo a ensayar posibles respuestas. Algunas de ellas no son tanto respuestas directas a la pregunta cuanto criterios que debemos tomar en cuenta para que nuestras respuestas no sean una fórmula aprendida o un lugar común, sino un mensaje humano y convincente, y al mismo tiempo reflejen de la mejor manera posible la verdad acerca de esta realidad, tal como la predicó Jesús y la entiende la Iglesia.

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En el capítulo anterior nos referimos a la dificultad de tratar en la homilía ciertos temas que, aunque esenciales a la fe cristiana, son para los fieles difíciles de comprender o digerir. Tenemos siempre como preocupación de fondo encontrar una manera de presentar de manera positiva y convincente realidades como la muerte o el pecado. En este segundo artículo vamos a tomar como punto de reflexión una idea que apareció en el Evangelio del último domingo (XXIII del Tiempo Ordinario, ciclo “C”): la necesidad de tomar consciencia. ¿Tomar consciencia de qué? Pues de todo, de quienes somos, de qué hacemos aquí, de la vida misma.

Esta enseñanza de Jesús es coherente con muchos pasajes en los que se refiere a la actitud de la vigilancia y de la prudencia frente a un fin que puede llegar en cualquier momento y que nos puede sorprender como “un ladrón en la noche”.

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Domingo, 21 Abril 2013 00:00

Domingo IV de Pascua (C)

¿En qué consiste la esperanza cristiana?

Captación

Charles Peguy llamaba a la esperanza "la más pequeña de las virtudes", aquella "pequeña niña" que con su dulzura nos eleva y nos ayuda a afrontar las vicisitudes de la vida con entereza. una virtud que a veces es imperceptible, pero que nos ayuda a superar de buen ánimo cualquier obstáculo, porque nos ayuda amirar al futuro con una alefría profunda incluso en medio de los problemas.

Cuerpo

Pero ello solo se debe al hecho de que es Cristo el fundamento de nuestra esperanza. No es, pues, una esperanza cualquiera, es la esperanza cristiana la que nos ayuda a ver la vida con otros ojos. Hace que despertemos a cada día de nuestra vida con un implso renovado; es la que hace ligeros los pesos que a los ojos humanos resultan insoportables; es la que nos sonríe y nos ayuda a recordar la bondad de Dios. La esperanza cristiana no tiene otro fundamento que las promesas divinas, las que siempre, inexorablemente, encuentran su cumplimiento. Esta esperanza es un fruto de la fe y nos conduce al amor, que permanece para siempre. Esta virtud es la "hoja de ruta" del cristiano, que lo encamina por el sendero que conduce a la resurrección, aquel destino que nos ha señalado Cristo, quien es la Resurreción y la Vida

Conclusión

¿Vivo la virtud de la esperanza? ¿Alimento mi esperanza a través de la oración y del conocimiento de las promesas divinas? La Palabra de hoy nos interpela para que nos demos cuenta de que no existe otro fundamento real para vivir esta vida "esperando", que la persona de Cristo. ¿Quién más ha sido capaz de afirmar "quien viene a mí tiene vida eterna

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