Martes, 04 Agosto 2015 00:00

Martes XVIII del Tiempo Ordinario 2015

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Lunes, 27 Julio 2015 00:00

Lunes XVII del Tiempo Ordinario 2015

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En el capítulo anterior nos referimos a la dificultad de tratar en la homilía ciertos temas que, aunque esenciales a la fe cristiana, son para los fieles difíciles de comprender o digerir. Tenemos siempre como preocupación de fondo encontrar una manera de presentar de manera positiva y convincente realidades como la muerte o el pecado. En este segundo artículo vamos a tomar como punto de reflexión una idea que apareció en el Evangelio del último domingo (XXIII del Tiempo Ordinario, ciclo “C”): la necesidad de tomar consciencia. ¿Tomar consciencia de qué? Pues de todo, de quienes somos, de qué hacemos aquí, de la vida misma.

Esta enseñanza de Jesús es coherente con muchos pasajes en los que se refiere a la actitud de la vigilancia y de la prudencia frente a un fin que puede llegar en cualquier momento y que nos puede sorprender como “un ladrón en la noche”.

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Sábado, 22 Junio 2013 12:25

El testimonio del pecado

«Los que dan testimonio contra el pecado deben tener conocimiento de el; pero hay dos maneras de conocer el pecado. Está el conocimiento de los inocentes, como el que Jesús tenia del él, de su deformidad, su bieldad, su mortalidad, su decepción, de todo lo que el pecado es y hace, con excepción únicamente la culpa, que por experiencia personal el inocente Hijo de Dios no podía tener. Pero hay otro tipo de conocimiento del pecado, que es el que se obtiene pecando. Y éste es predicado por el mundo como necesario para los que pretenden salvar a otros del pecado. Esta fue la teología moral de Satanás en el Paradiso.»

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Sábado, 23 Marzo 2013 00:00

Sábado V de Cuaresma

Lecturas: Ez 37,21-28; Jr 31; Jn 11,45-57

Uno da la vida, otras la quitan

Captación

El contexto en el que se producen estos hechos es el milagro portentoso de la resurrección de Lázaro, tal vez el más impresionante milagro realizado por Jesús en los Evangelios. Así que resulta paradójico lo que se dice en este capítulo del Evangelista San Juan: el Señor Jesús da la vida mientras otros quieren quitársela. Es un cuadro muy claro de la parábola del pastor: uno es el buen pastor que da la vida por su rebaño, pero hay otros pastores, los arrebatados, que se aprovechan de su grey, y en lugar de dar la vida la quitan.

Cuerpo

Pero estos hombres no se contentan con planificar la muerte de Jesús; para ello buscan cómplices entre el pueblo. Dicen actuar por el bien del pueblo, pero en realidad actúan por intereses políticos y por convicciones que distan mucho de la verdadera religión que dicen profesar y vivir ejemplarmente. Así que hay mucha hipocrecía de por medio. Nos vamos acercando a los momentos trágicos de la pasión y muerte de Cristo y el antagonismo se va haciendo cada vez más profundo entre la predicación de Jesús y la posición de los sumos sacerdotes y las autoridades del pueblo. Y veremos que el pueblo, en su conjunto, se hará cómplice de la condena a muerte de Cristo. Pero en medio de las vicisitudes humanas y del pecado, el Plan de Dios para salvar a los hombres, se cumplirá. Incluso el Sumo Sacerdote Caifás, aún sin saberlo, profetiza en favor del sacrificio de Cristo por los hombres. El Señor da la vida por todos aquellos que quieren quitársela.

Conclusión

Todo lo que va sucediendo desde los días previos a la Pascua es una perfecta representación de lo que sucede en nuestra vida. El Señor se entrega a nosotros, y nosotros tratamos de "quitarle la vida", al menos algunos veces caminamos como si Él no estuviera. Él nos da la vida y nosotros nos la apropiamos, y con cada pecado que cometemos lo eliminamos de nuestro corazón y lo hacemos a un lado. Ese antagonismo del que hablábamos hace un momento, entre Dios y el mundo, no pocas veces encuentra también en nosotros a cómplices que actuan libremente y consienten el mal.

 
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Jueves, 21 Marzo 2013 00:00

Domingo de Ramos (C) [Villapizzone]

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Jueves, 21 Marzo 2013 00:00

Domingo de Ramos (C) [Daum]

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Jueves, 14 Marzo 2013 00:00

La mujer adúltera

Por Fulton Sheen

¡En flagrante adulterio! ¡Qué sentimientos tan repugnantes de vergonzoso entretenimiento y fisgoneo se encierran en estas palabras! Los acusadores de la mujer llevaron a ésta en medio de la muchedumbre mientras nuestro Señor se hallaba dando sus enseñanzas. Aquellos hipócritas mojigatos que la habían sorprendido in fraganti estaban ansiosos por exhibirla públicamente, hasta el punto de interrumpir el sermón de nuestro Señor. La naturaleza humana es de lo más vil cuando subraya y exhibe los delitos de los demás ante sus semejantes. La olla se cree limpia cuando puede llamar negra a la sartén. Algunos rostros reflejan una insólita alegría cuando se están regodeando con un escándalo que el corazón generoso cubriría con un velo y el corazón piadoso encomendaría en sus oraciones.

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Jueves, 14 Marzo 2013 00:00

Domingo V de Cuaresma (C) [Daum]


Is 43,16-21; Sal 125,1-6; Flp 3,8-14; Jn 8, 1-11

I. APUNTES

El Señor Jesús se encuentra en Jerusalén. Un día, después de pasar la noche en oración en el Monte de los Olivos, se dirige al Templo. «Todo el pueblo acudía a Él; entonces se sentó y les enseñaba».

De pronto la lección matutina es interrumpida por un grupo de escribas y fariseos que se acercan al Señor Jesús con mala intención. Traen a rastras a una mujer, imaginamos sumida en llanto y desesperación. Ha sido sorprendida en flagrante adulterio y, según la Ley de Moisés, debía morir apedreada: «Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos: el hombre que se acostó con la mujer y la mujer misma. Así harás desaparecer de Israel el mal» (Dt 22,22; ver también Lev 20,10). La sentencia era clara e inapelable. La mujer había cometido un pecado gravísimo y debía pagar por su ello con su vida. Sobre el hombre que con ella había pecado pesaba igual sentencia, mas probablemente había logrado huir abandonando a su cómplice a su suerte. Se aprovechó de ella, la utilizó para satisfacer su placer venéreo, acaso le juró amor, pero no estaba dispuesto a morir por ella y con ella. Finalmente, sólo la había usado como un objeto de placer, y probablemente ella también lo había usado a él para llenar un vacío.

Los fariseos y escribas, antes de llevar a la adúltera ante el Sanedrín, la arrastran a los pies del Señor Jesús para someterlo a prueba. Una vez más, buscan una excusa «para comprometerlo y poder acusarlo». Utilizan a una persona, se valen del drama de esta mujer adúltera para tenderle una trampa y poder tener algo de qué acusarlo. En no pocas oportunidades el Señor les había echado en cara su falta de misericordia y su excesivo apego a las normas morales de la ley, muchas de ellas elaboradas en el tiempo por los mismos fariseos. Llenos de amargura querían deshacerse de Él de alguna manera. Pensaban que podrían lograrlo si lo ponían en un callejón sin salida. Estaban convencidos que aquél que se había mostrado tan indulgente y misericordioso con los pecadores se opondría a la lapidación de la mujer, oponiéndose de este modo a la Ley misma. Si públicamente se oponía a la lapidación de aquella adúltera, podrían acusarlo ante el Sanedrín por «pronunciar palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios» (ver Hech 6,11). Si por el contrario aprobaba la lapidación de la pecadora, perdería la autoridad y reconocimiento que ante el pueblo había adquirido en gran parte gracias a sus enseñanzas llenas de misericordia para con el pecador.

El Señor interrumpe su enseñanza y escucha a los fariseos atentamente. Una vez concluida su exposición, el Señor asume una actitud desconcertante: sin decir palabra alguna se inclinó y «escribía con el dedo en el suelo», como quien se desentiende completamente del asunto. De lo que en ese momento escribió o dibujó, ningún evangelista da cuenta. Carecía de todo interés. ¿Acaso se trataba de un ejercicio de paciencia ante la enervante malicia de los escribas y fariseos, a quienes no les interesaba instrumentalizar a esta mujer para tenderle una trampa?

Los impacientes escribas y fariseos insisten en su cuestionamiento. Entonces el Señor se levanta y pronuncia una escueta y lapidaria sentencia: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». Cristo no arroja piedras, pero arroja estas tremendas palabras contra aquellos hipócritas guardianes de la moral que están prontos a lanzar piedras contra la pecadora, cuando ellos mismos cargan en sus conciencias pecados graves. La sentencia del Señor, cual espada afilada, entra hasta lo más profundo de sus conciencias y penetra el corazón más endurecido (ver Heb 4,12). No un largo discurso, sino tan sólo unas agudas palabras bastan para invitar a los acusadores a mirarse a sí mismos antes de reclamar el castigo para aquella pecadora y ejecutar la sentencia de muerte. La sentencia fue suficiente para desarmar la trampa y para liberar a esta mujer de la muerte merecida por su grave pecado. Comenzando por los más viejos se fueran retirando uno tras otro.

Cuando todos sus acusadores se han marchado, le pregunta «“Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?” Ella contestó: “Ninguno, Señor”. Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más”». Al decir «tampoco yo te condeno» le estaba diciendo: “sé que has pecado gravemente y que según la Ley de Moisés mereces la muerte. Yo podría apedrearte y condenarte, pero date cuenta que no he venido a condenar sino a salvar (ver Jn 3,17), que yo he venido a hacer todo nuevo (ver primera lectura). Yo no apruebo tu pecado, pero te perdono y te renuevo interiormente, por el amor que te tengo te redimo, hago de ti una mujer nueva y te doy una nueva oportunidad para que tú, libre ya de tu pecado, reconciliada con Dios, sanada interiormente de las heridas que tú misma te has hecho por el mal cometido, anda y no peques más. Así pues, conviértete del mal camino que había emprendido y vive en adelante de acuerdo a tu condición y dignidad de hija amada del Padre. Olvida lo que ha quedado atrás y lánzate ahora a conquistar lo que está por delante, corriendo hacia la meta para alcanzar el premio que Dios te tiene prometido para la vida eterna (ver segunda lectura)”.

I. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

El pecado, el hacer el mal que no queríamos, la caída en el peregrinar, es parte de nuestra experiencia cotidiana. ¿Quién de nosotros está libre de pecado? Nadie. En la Escritura leemos: «siete veces —es decir: innumerables veces— cae el justo» (Prov 24,16). No podemos olvidar jamás que todos somos pecadores y frágiles, y que «si no obras bien, a la puerta está el pecado acechando como fiera que te codicia» (Gén 4,6-7; ver 1Pe 5,8-9).

Muchas de las caídas que experimentamos serán más o menos leves, como tropezones en el andar. Sin embargo, éstas no son despreciables sobre todo cuando se repiten con frecuencia, pues nos vuelven cada vez más torpes para caminar. Las pequeñas infidelidades abren el camino para caídas más fuertes, esas que hacen que de pronto nos estrellemos de cara al suelo, a veces sin podernos o querernos ya levantar.

Los pecados fuertes, como es el caso del adulterio de aquella mujer, cuando se cometen por primera vez producen una experiencia interior tremenda: confusión en la mente, así como sentimientos entremezclados de dolor de corazón, pérdida de paz interior, vacío, soledad, tristeza, amargura, angustia y mucha vergüenza. Cuando se repiten, violentando una y otra vez la voz de la propia conciencia y haciendo caso omiso a las enseñanzas divinas, vuelven el corazón cada vez más duro, insensible y cínico.

El pecado grave también trae consigo un distanciamiento de Dios. La vergüenza, el sentimiento de indignidad o suciedad, el pensamiento de haber traicionado o defraudado al Señor y todo lo que Él hizo por mí, lleva a “esconderse de Dios” (ver Gén 3,8-10), a huir de su Presencia, a apartarse de la oración, de la Iglesia y de todo y de todos aquellos que nos recuerdan a Dios.

El pecado grave, cuando se repite algunas veces, termina por someternos a una durísima esclavitud de la que es muy difícil liberarse (ver Jn 8,34). Nos hunde asimismo en un dinamismo perverso de auto-castigo y auto-destrucción que dificulta enormemente el que volvamos a ponernos de pie, que nos perdonemos lo pasado y nos lancemos nuevamente hacia delante, a conquistar la meta, que es la santidad. Las caídas graves nos llevan a tener pensamientos recurrentes de desesperanza: “no hay pecado tan grande como el mío, ni Dios me puede perdonar, para mí ya no hay salida”. El peso del pecado se hace demasiado grande y nos va hundiendo en la muerte espiritual (ver Ez 33,10). En efecto, «el pecado, cuando madura, engendra muerte» (Stgo 1,13-15). El pecado, que al principio pensábamos nos iba a traer la felicidad y plenitud humana, termina siendo un acto suicida. Quien peca termina destruyéndose y degradándose a sí mismo, seducido por la ilusión de obtener un bien aparente.

Ante la realidad de nuestro pecado podemos preguntarnos como San Pablo: «¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?» (Rom 7,24). Con él también podemos responder: «¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!» (Rom 7,24). Sí, el Señor Jesús nos libera del pecado y sus efectos. El encuentro del pecador con el Señor es un encuentro de nuestra miseria con quien es la Misericordia misma: cuando nos acercamos a Él como el hijo pródigo, o incluso cuando somos “arrastrados a su Presencia por nuestros acusadores”, descubrimos sorprendidos que Él no nos condena por nuestras caídas, por más vergonzosas o abominables que éstas hayan sido, sino que Él nos perdona, nos libera del yugo de nuestros pecados cargándolos sobre sí, nos levanta de nuestro estado de postración, abre ante nosotros nuevamente un horizonte de esperanza y fortalece nuestros pasos para avanzar por el camino que conduce a la Vida plena: “anda, y no peques más”.

Una vez más el Evangelio del Domingo nos invita a comprender que «Dios no quiere la muerte del pecador, sino que éste se convierta y viva» (Ez 33,11). Por ello el Padre ha enviado a su Hijo: Él cargó sobre sí nuestros pecados, «llevándolos en su cuerpo hasta el madero, para que muertos al pecado, vivamos una vida santa» (1Pe 2,24). Acudamos humildes al Señor de la Misericordia para pedirle perdón por nuestros pecados y hagámosle caso cuando nos dice: “anda, y no peques más”, es decir, lucha decididamente para no caer nuevamente en los graves pecados que has cometido y reza con terca perseverancia para encontrar en el Señor la fuerza para levantarte y para perseverar en la lucha cada día (ver Mt 26,41).

 
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Jueves, 14 Marzo 2013 00:00

Domingo V de Cuaresma (C) [Alvarado]

 
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Miércoles, 13 Marzo 2013 00:00

Domingo V de Cuaresma (C) [Novum in Vetera]


Is 43,16-21:

  • “No recordéis lo de antaño, […] mirad que realizo algo nuevo”, nos dice el Señor por medio de Isaías. Muchas veces el pasado se presenta como un fardo pesado que no nos deja avanzar hacia lo nuevo, hacia algo mejor . En ese sentido la vida de pecado puede constituirse como un hábito con el cual nos acostumbramos y ya no nos creemos capaces de dejar o muchas veces nos es una excusa para no poner los medios para cambiar porque lo creemos imposible. Pero es Dios quien es capaz de hacer las cosas nuevas, de cambiar el desierto en agua, hacer brotar ríos en el yermo, que me ofrece esa oportunidad nueva de transformar mi vida de pecado en una vida de gracia, basta que crea en Él.
  • Flp 3,8-14:

    Un peligro de la vida cristiana es creer que ya hemos avanzado lo suficiente y detenernos en el camino pensando que ya somos lo suficientemente buenos o por lo menos no tan malos como otros. Paramos de avanzar porque ya no queremos seguir luchando y para eso ponemos la meta de la santidad o perfección en el amor como inalcanzable para el ser humano común. Para poder alcanzar la santidad es necesario que lo quiera, que lo anhele con todo mi ser. Es necesario quererlo y creerlo posible por la gracia de Dios. El apóstol es consciente que no puede quedarse parado con lo que ya ha obtenido o avanzado en su conocimiento de Cristo. Él olvida lo que dejó atrás y corre hacia la meta, hacia la santidad a la que lo llama Dios, confiando en que si Dios le pide ser santo, también le dará la gracia para alcanzar esa santidad.

     
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    Martes, 12 Marzo 2013 00:00

    Martes IV de Cuaresma

    Lecturas: Ez 47,1-9.12; Sal 45; Jn 5,1-3.5-16

    La verdadera ruina del hombre

    Captación

    El Evangelio de hoy termina con una advertencia por parte de Jesús al paralítico: "no peques más, no sea que te suceda algo peor". Pero, ¿qué hay peor que una enfermedad de 38 años? ¿Acaso no había sufrido lo suficiente este pobre hombre? Pero a esto se añade otro dato curioso, y es el hecho de que el Señor le pregunte, ¿quieres quedar sano? Una pregunta con una respuesta bastante obvia. Pero sabemos que Jesús no desperdicia palabras y tampoco actúa sin un propósito concreto. ¿Cómo entender, entonces, su intervención aquí?

    Cuerpo

    Como en otras ocasiones, Jesús parece poner el acento no tanto en la curación física sino en la curación espiritual de la persona. Con la primera pregunta -¿quieres ser curado?- lo que busca es suscitar la fe de la persona y permitir que libremente dé su asentimiento. Y con la advertencia final, la invita a la conversión poniendo nuevamente la fuerza no sobre el aspecto físico de la curación sino sobre la parte espiritual. Hay un signo claro, que es el milagro de la curación física, pero hay un milagro más grande que es el de la fe.

    No podemos adivinar en qué pensaba el Señor cuando dijo: "no vaya a ser que te suceda algo peor", pero perfectamente podemos decir que, muy probablemente, esa advertencia no se refería tanto a la posibilidad de algún accidente físico o de alguna enfermedad más grave -más aún si consideramos que para Jesús, a diferencia de los fariseos, la presencia de una enfermedad no necesariamente era signo de la presencia del pecado-, sino a un mal espiritual, como el alejamiento de Dios o el pecado mismo.

    Conclusión

    A veces olvidamos que el peor mal que puede caer sobre el hombre no es tanto el mal físico o material, sino su mal espiritual, y peor aún, la ruina espiritual, cuando una persona vive, pero por dentro está muerta, porque se ha alejado de Dios completamente. Nosotros no estamos en ese estado, ciertamente, pero de todos modos es bueno que recordemos que cada pecado que cometemos es fuente de mal para nosotros y para el mundo que nos rodea, y abonamos en la dirección opuesta al Plan de Dios para el hombre. Así que también a nosotros va dirigida esta exhortación del Señor a no pecar, y a caminar más bien en la dirección opuesta al pecado.

     
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    Domingo, 10 Marzo 2013 00:00

    Domingo IV de Cuaresma (C)

    Lecturas: Jos 5,9a.10-12; Sal 33; 2Cor 5,17-21; Lc 15,1-3.11-32

    ¿El hijo pródigo o el Padre pródigo?

    Captación

    La prodigalidad es la liberalidad en el dar, es el deroche; es pródigo quien da sin pensar en el futuro y sin ningún tipo de cálculo. Así que este Evangelio, llamado del hijo pródigo, podría también ser llamado del "Padre pródigo". El hijo derrocha sus dones y la riqueza que le ha sido encargada en administración: su prodigalidad es irresponsable y egoista. El Padre, en cambio, es pródigo en perdón y misericordia, y la da sin esperar nada a cambio y pensando sólo en el bien ajeno: su prodigalidad es de una generosidad sin precedentes.

    Cuerpo

    El gran pecado del hijo pródigo no está en el deseo de disfrutar los dones que le pertenecen, tampoco en el deseo de libertad o de felicidad. Su falta está en pretender obtener todo esto dándole la espalda a su Padre. El Padre, en esta parábola, aparece desde el principio "prodigo" en todas sus actitudes. No trata de frenar a su hijo o de reprimirlo; le da lo que le pide, lo ama incondicionalmente y finalmente está dispuesto a perdonar sus graves pecados sin ningún tipo de reproche o de condicionamientos. Su generosidad es absoluta porque está cimentada en un amor absoluto. El hijo, en cambio, hace un mal uso de todos lo que le da el Padre. En cierto modo "se aprovecha" de su generosidad. El hijo es pródigo en su egoismo y en su afán de obtener su felicidad independizándose de su Padre.

    Conclusión

    ¿No es esta la dinámica que se produce con nosotros, cada vez que pecados? ¡Ciertamente! El pecado es el intento de obtener una felicidad de espaldas a Dios; creemos ver el bien en el mal, y vamos tras él. Somos también nosotros pródigos en el mal uso que hacemos de los bienes del Señor. La buena noticia es que Él siempre nos espera y está dispuesto a admitirnos nuevamente en su casa sin condicionamientos.

    Otras Ideas

  • El hijo pródigo puede ser para nosotros ejemplar en dos sentidos contrapuestos. Es, en primer lugar, un buen ejemplo del "típico pecador". La parábola reproduce a la perfección la dinámica del pecado y sus consencuencias: afán de auto-suficiencia y prescidencia de Dios; búsqueda personal egosista; libertinaje; soledad, frustración, etc. Pero puede ser también ejemplo de un "buen penitente". ¿En qué consiste la verdadera penitenacia? Consiste en el arrepentimiento; sentir el peso de la propia culpa sin justificaciones; asumir la responsabilidad del propio pecado sin escudarse en los demás o en el ambiente; el propósito de "volver" y someterse nuevamente a la autoridad de Dios.
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