En el capítulo anterior nos referimos a la dificultad de tratar en la homilía ciertos temas que, aunque esenciales a la fe cristiana, son para los fieles difíciles de comprender o digerir. Tenemos siempre como preocupación de fondo encontrar una manera de presentar de manera positiva y convincente realidades como la muerte o el pecado. En este segundo artículo vamos a tomar como punto de reflexión una idea que apareció en el Evangelio del último domingo (XXIII del Tiempo Ordinario, ciclo “C”): la necesidad de tomar consciencia. ¿Tomar consciencia de qué? Pues de todo, de quienes somos, de qué hacemos aquí, de la vida misma.

Esta enseñanza de Jesús es coherente con muchos pasajes en los que se refiere a la actitud de la vigilancia y de la prudencia frente a un fin que puede llegar en cualquier momento y que nos puede sorprender como “un ladrón en la noche”.

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