Lunes, 22 Abril 2013 09:25

Predicación Efectiva (parte 3)

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Aquí les ofrecemos el tercer capítulo de la obra "Predicación Efectiva", del p. Liske. En este capítulo se afronta el tema del miedo y de los nervios que son típidos del orador público y se plantean posibles soluciones y ejercicios para vencer paulatinamente los temores y saber controlarlos. El p. Liske tiene una aproximación muy práctica al tema que ayuda a desentrañar esta realidad que muchas veces aparece ante nosotros como algo misterioso, pues mucha gente alega sentirse nerviosa cuando debe hablar o leer en público sin saber explicar bien los motivos. Incluso hay algunos que indistintamente se ponen nerviosos en una situación y en otra no, sin poder identificar un determinado patrón. Este capítulo ayuda a comprender mejor el origen de estos problemas con el fin de superarlos.

[Tomado del libro “Effective Preaching” de Thomas V. Liske, S.D.B.]

PARTE I: LA TRANSMISIÓN DEL SERMÓN

Capítulo 2

El miedo al púlpito

Un sermón no es un asunto de un solo lado. No es una recitación privada, ¡sino una comunicación de carácter totalmente público! Un sermón es un intento serio de comunicar ideas acerca de las verdades más importantes que existen a las mentes y a los corazones de quienes llamamos "fieles" o "audiencia". Una audiencia está compuesta de un gran número de mentes abiertas a recibir la verdad, muchos intelectos atentos para comprender y analizar lo que se deice. Para los sacerdotes jóvenes que recién están comenzando su carrera como predicadores, la audiencia representa una serie de peligros. Es probable que aquel joven sacerdote nunca antes haya afrontado una reunión tan numerosa. Nunca antes ha intentado influenciar la vida de otros de manera directa. Tal vez siente que nunca antes, como ahora, ha sido objeto de tanto escrutinio. El simple pensamiento de que en ese momento sólo él y ningún otro debe dirigirse a esta masa de personas y hablarles sobre uno de los temas más importantes de los que se puede hablar -la relación de esas personas con Dios creador- aterroriza al joven sacerdote. Experimenta ese sentimiento terrible llamado "miedo escénico".

La víctima de ese "miedo al púlpito", como se le puede llamar más apropiadamente en este caso, se traiciona a sí misma: está demasiado tenso, los músculos alrededor de su boca rígidos; para salvar su vida se aferra al púlpito o al libro de los Evangelios; evita a los fieles con sus ojos y le dirige la palbra al vitral que está en el fondo de la iglesia o al reloj que está en la pared; su voz insegura, sus labios temblorosos; se apresura atropeyando las palabras; hace gestos fallidos, cayendo inconcientemente en un movimiento reprimido de sus brasos; como si tuviera miendo de que el brazo se le salga; en algunas ocasiones lleva pequeños pedazos de papel al púlpito para ayudar a la memoria; tiene un miedo mortal a olvidarse de todo y hacer el ridículo.

No todas las víctimas de este miedo muestran los síntomas mencionados. Algunos se traicionan de una u otra manera solamente. Pero la falta de control, confianza y equilibrio de todas maneras está presente. El sacerdote que se deja esclavizar por esta terrible aflicción se hace un enorme daño a sí mismo e inevitablemente a su pueblo. El miedo al púlpito es un obstáculo tan poderoso como los escrúpulos.

Cómo curar el miedo al púlpito

Es obvio que no puede haber comunicación entre un predicador y sus fieles cuando éste se encuentra entrampado por los nervios y los oyente están distraidos viendo al sacerdote retorcerse y temblar en el púlpito. Eliminar este miedo es, por lo tanto, una de las tareas más importantes que un estudiante de oratoria debe afrontar. Para conquistar este miedo el estudiante debe guiarse con las siguientes reglas:

1. Tomar conciencia de que este temor se puede conquistar. No sientas lástimas por tí mismo. No te resignes a ser un predicador pobre o un comunicador nervioso por el resto de tu sacerdocio. Tus estudios de psicología deben haberte enseñado que una actitud derrotista ante un determinado defecto te condena a cargar con esa tara por siempre. Toma una firme determinación por combatir contra el miedo. En asuntos morales, como sabes, un pecador logra combatir un mal hábito sólo cuando hace el propósito sincero de corregirse y toma una resolución firme de resistir a la tentación. El miedo al púlpito comienza a ceder desde el momento en que tomas conciencia de que eres capaz de vencerlo.

2. Predicar no es una tarea tan dificil. Ello no quiere decir que no se necesite de una preparación científica y de entrenamiento. Significa más bien que el sacerdote, en cuanto orador público, tiene desde el principio ya superados algunos de los obstáculos que experimentan otro tipo de oradores. Por ejemplo:

a. Sua audiencia es respetuosa. Los católicos tenemos una profunda reverencia por nuestros sacerdotes, incluso si son pobres comunicadores. Otros oradores en muchos casos deben "ganar" a su audiencia haciéndola dócil y superando actitudes hostiles. Con frecuencia, las audiencias reticentes crean tal miedo en el orador que su efectividad para comunicar se anula desde el primer intento de transmitir una idea. El sacerdote, en cambio, tiene siempre una audiencia deseosa de escuchar y respetuosa.

b. La atención está, en gran medida, garantizada. Desde el momento en que la iglesia no es simplemente un salón de reuniones, ¡los oyentes no pueden retirarse sin más durante la prédica! Ellos han venido a realizar un acto de culto y a escuchar a un mediador oficial entre ellos y Dios. Por lo tanto, al menos al inicio del sermón hay profundo silencio y atención.

c. El sacerdote usualmente está mejor informado que la mayoría de las personas en ciertos temas, ciertamente en Teología. Que "el conocimiento es poder" es una verdad probada en el caso del predicador. La conciencia de que está equipado para dirigirse a sus oyentes y comunicarles algo que ellos no saben y él sí, sin duda puede ayudarle a tener más confianza en sí mismo.

d. El sacerdote tiene la ventaja de "poseer" la verdad. Tratar un asunto vital e interesante es algo que ayuda enormemente a la efectividad del discurso. Todo el cuerpo de verdades divinas reveladas es la fuente principal del sacerdote; no puede estar nunca en desventaja si cuenta con un tema interesante, vital e importante para las personas.

e. La posición física del sacerdote mientras habla también le ayuda. Tanto si se dirige a la gente desde el púlpito como cuando lo hace desde el ambón o desde la sede, el sacerdote está en una posición de comando. Se sitúa por encíma de la línea de visión de sus expectadores, quienes tienen que mirar hacia arriba. Es visto con facilidad.

f. El sacerdote que ha dado un sermón pobre o débil puede siempre redimirse dando una bellísima predicación para algún otro grupo o en la misa del domingo siguiente. Este hecho -que siempre tendrá la oportunidad de corregir una mala impresión- da al sacerdote mayor confianza, y anula la sensación de que ha hecho un verdadero desastre y no puede hacer nada para corregirlo. Es una ayuda psicológica que el sacerdote joven, que teme la censura de los fieles por una predicación poco efectiva, no debe minusvalorar.

3. Hay que quitarse de encima todo complejo de inferioridad. La causa del miedo al púlpito puede estar en ese sentimiento habitual de inferioridad respecto de los demás, de que uno no es tan dotado o inteligente como otros sacerdotes. Pero eso es como resignarse a ser derrotado, o retirarse antes de comenzar la batalla. La predicación es siempre un reto; la excesiva timidez o los modos auto-defensivos son siempre una derrota. Si de joven eras de maneras conservadoras, tímidas o retraidas, si en el seminario has pasado por un buen entrenamiento en oratoria, esos defectos pueden ser perfectamente corregidos con la ayuda de una persona más experimentada. Tal vez un buen instructor te aconseje involucrarte en algún tipo de actividad que implique una posición de liderazgo -clubs, equipos de estudio, obras de teatro o alguna actividad periodística-. En esos grupos estás obligado a dirigirte a otras personas, dar órdenes tomar decisiones, debatir en torno a estrategias, discutir las ventajas o desventajas de alguna propuesta, ganando así cada vez más confianza en tus propias habilidades y juicios.

Nunca es tarde para mejorar personalmente. Una primera manera de afrontarlo es conocer a tus fieles y entablar conversación con ellos. En lugar de evitar a las personas, sitúate con la mayor frecuencia posible en el ingreso del templo al término de las celebraciones y saluda a los participantes. Involúcrate en conversaciones ordinarias luego de la Misa con algunos de los presentes. Preséntate a los que no conoces personalmente cada vez que puedas.

Forma nuevos grupos, con el permiso del párroco, comienza un grupo de estudio, un cine forum o un club de lectura, cualquier actividad que te impulse a salir de ti mismo y poner en práctica tu habilidad para darte a conocer.

En tu predicación trata de hablar de temas que te produzcan entusiasmo. ¿Te has dado cuenta de lo fluido, interesante y persuasivo que fuiste cuando hablabas del viaje que realizaste en tus últimas vacaciones? Hablabas con autoridad y espíritu de éxito, y tu entusiasmo animaba y amenizaba la conversación. Ahora bien, hay ciertas doctrinas cristianas que pueden producirte particular entuasiasmo, que tal vez has meditado muchas veces y te cautivan de manera especial. Habla de esas mismas doctrinas tan frecuentemente como te sea posible; siempre te será más fácil predicar sobre ellas que sobre otros temas. Cada vez que tengas éxito aumentarás tu confianza.

Otra manera de superar el sentimiento de inferioridad es ser muy firme frente a determinados temas que requieren tomar posición clara; habla de esos temas y ten una actitud combativa. La ira nos hace audaces; nos da un cierto sentido de atrevimiento que usualmente no tenemos. Es una experiencia común que una persona tímida y retraida para hablar desde el púlpito, en la conversación privada puede volverse agresiva e intransigente cuando se trata de defender una verdad o cuando se rebela frente a lo que considera una injusticia. El cuerpo entero es usado para comunicar esa indignación: cabeza, manos, incluso los pies se mueven, y se alza la voz en señal de protesta. ¡Qué maravillosa fluidez, qué énfasis y qué pausas tan dramáticas! Recuerda, por ejemplo, alguna discusión de tu juventud en torno a una mala decisión de un juez en un partido de fútbol. En esas situaciones tu interés en ganar la partida era muy superior a tu natural timidez. ¡También como sacerdote, puedes indignarte legítimamente frente al mal -o al pecado, o a la indiferencia frente al amor de Dios, a la ingratitud o a la falta de valoración del poder de los sacramentos- y ser un comunicador verdaderamente persuasivo!

4. Tomar conciencia de que el miedo al púlpito es natural. La cuarta regla para vencer el miedo al púlpito no es tanto una regla cuanto un recurso psicológico. Mientras más rápido aceptemos que es perfectamente natural estar nervioso al hablar en público, más rápido podremos vecer el temor. Muchos de los más grandes actores y actrices se sienten ansiosos antes de la primera aparición en escena, pero dan actuaciones estupendas. Los más experimentados predicadores aceptarían sin problemas que pasan siempre por una pequeña agonía antes de pronunciar su sermón. Prácticamente en todos los conflictos -sea entre un cantante de ópera y su audiencia o entre un atleta y sus oponentes- los que participan sienten inevitablemente el brío de los nervios cuando desean conquistar una meta. De hecho, los nervios son un buen indicador de tu deseo de ser un buen predicador. Un curso en oratoria pública podría enseñarte cómo controlar esta "energía nerviosa", aprovechándola como se hace con los caballos briosos, de manera que la puedas usar en la predicación con extraordinaria efectividad.

5. Suelta la energía acumulada. Los oradores algunas veces se vuelven tan nerviosos que tienen reacciones parecidas a las de un animal encerrado. Se contraen. Los músculos de la cara se vuelven rígidos y todo el cuerpo se tensa. Mientras más piensan en el discurso que tienen que pronunciar, más se tensionan. Muchas veces habrás experimentado la misma sensación antes de alguna competencia. Aquella vez en que ocupaste la segunda base en el "gran" juego de la estación, cuando te producías tú mismo la tensión necesaria. [...] O aquella vez que estabas a un punto de ganar el set en la partida de tennis, y temían con enviár la bola a la red, ¡y eso fue lo que pasó! porque el temor de cometer un error te paralizó, de manera que no hubo la normal coordinación entre tu mente y tus múscuslos. Lo mismo le sucede a un orador atacado por los nervios. Se tensiona y hace exactamente lo que teme hacer: habla demasiado rápido, se olvida la secuencia de las ideas, se distrae con el ruido y el movimiento de la gente, no respira apropiadamente, la voz le sale aguda y poco natural, tiembla, se lleva las manos a la cara, aunque se había propuesto no caer en ninguna de estas trampas.

Haz algunos ejercicios de relajamiento antes de hablar en público. Trata de desviar tu atención fuera del miedo a hacer el ridículo. Concentra tu mente en el discurso, en las ideas, y no en el miedo; piensa especialmente en las primeras palabras que vas a pronunciar.

Es mejor, sin embargo, soltarse físicamente. Antes de subir al púlpito o al escenario haz algunos ejercicios de estiramiento o de relajación. Flexiona tus músculos. Suelta los músculos de la cara abriendo la boca lo más posible algunas veces. Haz una sonrisa amplia un par de veces. Utiliza algunas palabras como "ma, mo", "ki, ko", etc. para relajar la boca varias veces.

No hagas ninguno de estos ejercicios en público, por supuesto. Cada vez que te sea posible practícalos antes de hablar. Pero ya que no siempre será posible realizarlos, también puede ser de ayuda seguir las siguientes reglas:

a. Trata de relajarte mientras caminas hacia el lugar en el que vas a hablar. Camina lentamente, sin apurarte.

b. Toma una posición confortable en el ambón o en el lugar desde el que vas a dirigir la palabra. Una posición cómoda signifca que -cualquier posición que te hace sentir tranquilo y estable, listo para hablar-. Por ejemplo, separa un poco tus pies con el fin de balacear tu cuerpo en el medio, o coloca tu peso más en sobre un pie, pero sin inclinarlo totalmente sobre un solo lado.

c. Toca con tus dedos la mesa o la parte superior del ambón o púlpito sin apoyarte totalmente. Trata simplemente de hacer contacto con una superficie sólida, pues ello puede ayudar a relajarte y darte un poco de confianza.

d. Respirar, profunda y regularmente, ayuda a liberar la tensión contenida. Respira varias veces mientras te acercas al lugar desde el que vas a hablar. Haz una buena respiración antes de pronunciar tus primeras palabras.

El sacerdote, nuevamente, tiene una enorme ventaja en relación con otros tipos de oradores, porque tiene un modo natural de relajarse antes de su sermón. Usualmente tiene que dirigir la palabra al público con oraciones o anuncios, o leer el Evangelio antes de realizar su homilía. De esta manera tiene oportunidad de escucharse a sí mismo, de mirar al público sin sentir miedo o sin olvidarse, y así se va preparando para el momento del sermón.

6. La preparación da confianza. Si verdaderamente has preparado tu sermón, sabes exactamente lo que quieres decir y cómo lo quieres decir, estarás tranquilo y confiado. Una preparación seria y exhaustiva es el mejor remedio contra el miedo y es la mejor manera de prevenir errores.

Aquí nos estamos refiriendo específicamente a la preparación desde el punto de vista de la forma de pronunciar el discurso. Un sermón o una conferencia bien preparada significa realizarla o practicarla antes en privado. Los actores dan actuaciones convincentes porque antes han practicado repetidamente cada movimiento, cada frase y cada acción de la escena. En cierto modo pasan por un verdadero purgatorio al ver, mientras practican, que sus formas son inadecuadas, que les falta memoria o que algunos movimientos son demasiado estudiados o poco naturales sobre todo en las escenas que requieren una expresión emocional. En cada práctica se elimina un error.

Si el sacerdote practicara sus sermones, sería infinitamente más efectivo de lo habitual. Cuando practicas tienes la enorme ventaja de escuchar como suenas; pones a prueba tu capacidad expresia y la fuerza de tus ideas; puedes descubrir con anticipación en las emociones que deberías sentir en los diferentes momentos del discurso.

¿Cómo practicar? Te recomiendo seguir las siguientes reglas:

a. Practica tu discurso en tu dormitorio o en algún lugar privado. Lee tu discurso en voz alta para ti mismo o con la ayuda de alguna persona.

b. Camina y muévete utilizando las manos y la cabeza según te parezca más adecuado al discurso.

c. Utiliza un espejo si lo tienes. Mírate a ti mismo como la audiencia te verá en el momento del discurso. Cuando te sientes impulsado a realizar un gesto, hazlo. Fíjate si resulta inadecuado o extraño, entonces trata de hacerlo más convincente; hazlo nuevamente.

d. Repasa en voz alta los siguientes puntos:

  • El objetivo y el propósito del discurso o sermón.
  • Los diferentes puntos o partes del discurso.
  • La secuencia de ideas.
  • Las palabras iniciales.
  • Las palabras conclusivas.
  • e. Trata de practicar, si es posible, en lugar en el que tendrá lugar tu discurso, para que puedas involucrarte más y "sentir" el ambiente.

    Visto 1581 veces Modificado por última vez en Martes, 30 Abril 2013 07:52

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