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Esta es la sección principal de la página web. Aquí encontrarás artículos de interés sobre el arte de la predicación y la oratoria en general, con un acento especial en las diversas formas y ciertas técnicas básicas de comunicación. También encontrarás artículos sobre temas variados, relacionados con la homilética y la celebración de los sacramentos en general.

Viernes, 08 Febrero 2013 12:13

"Hablar" la homilía es mejor

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¿Porqué cuando una persona lee delante de nosotros un discurso tenemos una sensación totalmente distinta de cuando una persona verdaderamente “nos habla”? Muchos sacerdotes eligen leer sus homilías en lugar de hablarlas. Pero la diferencia entre una y otra forma es muy grande. Por más bueno que sea el contenido escrito, siempre será mejor “hablarlo” sin leer. El grado de comunicación que se realiza cuando entre nosotros y nuestro público no existe otra mediación que la de nuestra voz, nuestros gestos y nuestra mirada, es significativamente más alto que aquel que se produce cuando se lee delante de las personas. En la lectura nuestro lenguaje se reduce a la voz y a nuestra entonación. En el lenguaje oral se involucra toda la persona: gestos, mirada, sentimientos. Por eso en muchos casos –es el caso de la homilía– el lenguaje oral es mucho más efectivo que el escrito.

Decía Cicerón: “Sé maestro del pensamiento, las palabras no harán otra cosa que seguirte”. Esta frase contiene para los oradores de toda clase una sabiduría muy grande. Si alguien se pregunta cuál debe ser la relación entre la preparación y la espontaneidad la respuesta está en esta frase del gran pensador clásico.

 

La voz del Cardenal, hasta lo que sabemos, no era fuerte. Era más bien tenue y suave, y en noventainueve de cien casos tendía a ser monótona e incluso plana. Pero en su caso, la falta de volumen o de modulaciones a gran escala era compensada por una pureza de tono entre las más finas.

Aquellos que conocieron al Cardenal aún hoy, al leer sus escritos, pueden escuchar su voz, sea un sermón o una lección, y su sonido llega a ellos de un modo único e inexplicable, porque llevan en la memoria su musicalidad, tal como las letras impresas se presentan ante la vista. Tomemos, por ejemplo, en este volumen (p. 60) [Recordemos que este texto corresponde a la Introducción de la obra “Notas a los Sermones del Cardenal Newman”] aquella historia que habla de la alegría del hombre durante su vida. Uno escucha el tono casi cordial con que llega a los oídos la voz más bien triste del predicador cuando habla de ciertos placeres en sí mismos inocentes: una caminata de verano, el calor del fuego, y así sucesivamente, y luego un toque de melancolía cuando se habla de placeres no inocuos.

 

El Cardenal Newman, mientras fue miembro de la Iglesia de Inglaterra, solía leer sus sermones. Cortó esta práctica, con raras excepciones, luego de su conversión. En ambos periodos siguió lo que era la práctica generalizada en cada una de las iglesias a las que perteneció respectivamente. No se podría sostener que su predicación sufriera algún retroceso con este cambio, pues en ese caso habría retornado a su antigua práctica. Hubiera preferido, en efecto, hacer lo que todos los sacerdotes hacían, pues era contrario a cualquier tipo de singularidad, pero no era ésta una razón suficiente como para correr el riesgo de un fracaso aunque sea parcial frente a asambleas mixtas en una ciudad en donde él resultaba ser un extranjero, y en un tiempo en el que por diversas causas el anti-papismo era muy fuerte. Tampoco parece que dicho cambio, a pesar de que Newman estaba ya en la segunda mitad de su vida cuando lo realizó, haya significado para él una gran dificultad. Aparentemente descubrió con rapidez que los pensamientos que él tenía en la cabeza cuando subía al púlpito se desarrollaban por sí solos y tomaban forma propia mientras hablaba; de hecho las Notas que ahora estamos publicando fueron en su mayoría escritas no antes sino después de pronunciados los sermones.

Domingo, 25 Noviembre 2012 17:51

¿Cuándo hay verdadera comunicación?

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Aquí les ofrecemos el segundo capítulo de la obra "Predicación Efectiva", del p. Liske. Aunque escueto, contiene una gran verdad en pocas palabras. Existe una gran similitud entre la comunicación ordinaria y un discurso dirigido a un grupo de personas, como es el caso de un sermón u homilía. En ambos casos el objetivo es la comunicación. Y la comunicación está hecha siempre de los mismos ingredientes: naturalidad, involucración, total compenetración con el mensaje que se transmite.

El p. Liske nos explica que, a pesar de que el contexto puede ser distinto, y varían tanto la forma como el carácter de nuestro mensaje, en el fondo se trata de lo mismo: trasnmitir una idea para que el otro entienda lo que nosotros estamos entendiendo e incluso sienta lo que nosotros sentimos.

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