Domingo, 24 Junio 2012 13:33

"Effective Preaching" Destacado

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Este libro se publicó por primera vez en 1951 y luego en una segunda edición en 1960. Pero extrañamente no volvió a ser publicado. Es un excelente manual de predicación, en primer lugar porque está escrito con un lenguaje muy didáctico y con gran sentido práctico, y en segundo lugar porque cubre prácticamente todos los aspectos que tienen que ver con la homilética y la predicación. Pero ya que resulta muy difícil acceder a este material, no sólo por el idioma sino por lo que se explicó antes, iremos colocando extractos del texto traducidos al español con algunos comentarios. Por ahora les ofrecemos la Introducción completa. Como pueden observar, está escrita en un contexto distinto, que es el de la iglesia antes del Concilio, con un entorno cultural y mediático un poco distinto. Pero en sustancia las cosas no han cambiado tanto. Se han añadido algunos comentarios para hacerlo un poco más actual.

[Tomado del libro “Effective Preaching” de Thomas V. Liske, S.D.B.]

INTRODUCCIÓN: LA ORATORIA EN LA VIDA DEL SACERDOTE

Ninguna profesión utiliza la oratoria tanto como el ministerio sacerdotal. Se puede afirmar tranquilamente y sin intención de ser irreverentes que el sacerdote "se gana la vida" hablando. Además de la fuerte influencia que ejerce su testimonio personal y su vida de oración, lo que el sacerdote comunica con su palabra constituye su principal recurso o instrumento para realizar exitosamente el trabajo para el cuál fue ordenado. No solamente tiene que convencer a la gente acerca de la verdad de las enseñanzas de Cristo y persuadirlos de vivir según su doctrina, debe también, por medio de consejos bien presentados, disponer a las almas para la conversión y para acoger la gracia de la fe en Dios, debe transmitir la fe cristiana a los niños, debe hablar con efectividad y brevedad en el confesionario para mover a los penitentes a un cambio de vida, debe dar consejos convincentes –y hacerlo de manera efectiva– a aquellos que buscan soluciones para sus diversos problemas, debe pronunciar discursos para diversas instituciones, asociaciones, grupos religiosos, etc. ¡... el sacerdote pasa la mayor parte de su vida hablando!

De todos los hombres que tienen el encargo de hablar en público, especialmente el sacerdote debe poseer la habilidad para comunicar de manera efectiva un pensamiento. Su trabajo es más importante que cualquier otra actividad humana. Su presencia en el mundo tiene un solo propósito: ser mediador entre Dios y los hombres. Su mediación le demanda hablar al pueblo y hacerlo con efectividad, comunicándoles la fe y las enseñanzas morales que el Hijo de Dios dio a los hombres para que obtengan la felicidad eterna en el Cielo.

El sacerdote debe darse cuenta de que, en cierto modo, él no solo debe ser una persona formada en el pensamiento y con buena educación, sino también un orador profesional. Su vasta formación en Filosofía, Teología, Escritura, Derecho Canónico, Historia, Música, Lengua y Literatura, no sirven solamente para la propia satisfacción intelectual o desarrollo personal. No se trata de que el sacerdote sea una especie de monstruo intelectual con su gran conocimiento encerrado en su mente y en su corazón [no sé qué sacerdotes conocía el p. Liske, pero los de hoy en día estamos bastante lejos de ostentar estas cualidades; de todos modos no hace daño soñar]. Él es más bien un maestro instituido y una voz autorizada. Es el hombre con las respuestas a los problemas y misterios de la vida. Por ello debe tomar con gran seriedad la responsabilidad de comunicar la verdad de manera efectiva cada vez que habla.

El sacerdote debe recordar, decía San Juan Crisóstomo en su tratado "Sobre el Sacerdocio", que la gente espera que el sacerdote hable de manera efectiva siempre. "Nadie", afirma Crisóstomo, "toma en cuenta los desalientos, las dificultades, la ansiedad o la pasión que puede ensombrecer la claridad de su mente y estorbar la clara expresión de sus ideas y que, como es un ser humano, no puede ser siempre el mismo, ni puede ser exitoso siempre en todo, siendo algo natural que muchas veces fracase y deje de mostrar su acostumbrado vigor. Ninguno considerará estas cosas, sino que lo culparán y lo juzgarán como si fuera un ángel". Pero tampoco se debe culpar a las personas por esta aparente dureza hacia el sacerdote; se trata sencillamente de una señal fuerte de que el sacerdote tiene que ser un orador profesional. ¡Si todos los sacerdotes tomaran consciencia de que hablar es parte de su misión no tendríamos tantos sermones pobres y mal realizados! [Lo que dice San Juan Crisóstomo es exactamente lo opuesto a lo que se dice en el primer Podcast publicado en “Arte de Predicar”. Pero paradójicamente las dos cosas son ciertas; por un lado las personas son pacientes con el sacerdote que falla y tal vez no es un gran orador, pero por otro esperan siempre a un padre espiritual, alguien que pueda iluminarles la vida y hacer que se enfrenten a ella con una perspectiva distinta. Tal vez lo dicho en el Podscast se aplica más a la forma, mientras lo dicho por el Crisóstomo se aplica más al contenido.]

En tiempos modernos se hace cada vez más evidente que ningún sacerdote debe permitirse descuidar su entrenamiento en este campo. El enemigo es fuerte, habla bien y escribe bien. Para el sacerdote, el "enemigo" es todo comunicador del mal —el orador entrenado que predica paganismo y siembra materialismo en los campos del mundo, los ateos, los inmorales, que son sumamente hábiles en la producción de novelas, obras de teatro, películas y artículos de revistas que predican el error. El enemigo está vigilante y deseoso de hablar. Sabe cómo explicar sus doctrinas con claridad, cómo plantear de manera convincente sus principios, y cómo mover a sus audiencias a la acción.

“Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas.” (Ef 6,12).

El enemigo realiza su trabajo sobre todo a través de la palabra. Estamos en la era del poder de la palabra; la palabra ha cambiado la faz de la tierra en los últimos cincuenta años, ha unido a las personas y las ha disgregado, ha destruido su libertad y su vida religiosa; ha conducido ciudades enteras a la destrucción, ha constituido héroes y traidores, ha dado a hombres obscuros control absoluto sobre naciones enteras; ha ganado y perdido guerras. En esta batalla de ideas y modos de vida el hombre que tiene de su lado a la verdad y al bien, no se puede permitir ser un orador pobre, aburrido y desarticulado que hacer perder el tiempo a sus oyentes mientras el mundo se cae a pedazos. El sacerdote debe ser el más eficiente de todos los oradores públicos. [En este párrafo son evidentes las referencias a hechos históricos recientes en relación con los años de publicación de esta obra. Además hoy en día no diríamos que estamos en la “era del poder de la palabra”, sino en la “era del poder de la comunicación virtual”. Pero a fin de cuentas es lo mismo, pues detrás de toda propaganda o comunicación, sea cual fuere su género o el medio empleado, está la palabra humana, la expresión de un pensamiento o una idea. Incluso una serie de imágenes presentadas para modelar un determinado comportamiento, aunque no contengan palabras pronunciadas o escritas, pueden ser expresadas a través de ellas y, más aún, revelan su verdad o su engaño, cuando son categorizadas a través del lenguaje.]

No sólo esta necesidad sino también el Derecho Canónico mismo obligan al sacerdote a predicar. No es una cuestión de elección. La obligación de predicar es estricta. El Código de Derecho Canónico, en el canon 1344, afirma:

“Es obligación de todo párroco predicar la Palabra de Dios al pueblo durante la homilía acostumbrada, en los días domingo y las demás fiestas de precepto a lo largo del año, especialmente en la Misa en la que usualmente acude mayor número de personas”. [En el Código de 1984, el canon correspondiente es el 767, que con otras palabras afirma más o menos lo mismo, incluso es más enfático en algunos puntos: Entre las formas de predicación destaca la homilía, que es parte de la misma liturgia y está reservada al sacerdote o al diácono; a lo largo del año litúrgico, expónganse en ella, partiendo del texto sagrado, los misterios de la fe y las normas de vida cristiana. En todas las Misas de los domingos y fiestas de precepto que se celebran con concurso del pueblo, debe haber homilía, y no se puede omitir sin causa grave. Es muy aconsejable que, si hay suficiente concurso de pueblo, haya homilía también en las Misas que se celebren entre semana, sobre todo en el tiempo de Adviento y de Cuaresma, o con ocasión de una fiesta o de un acontecimiento luctuoso. Corresponde al párroco o rector de la iglesia cuidar de que estas prescripciones se cumplan fielmente.]

Las obligaciones contenidas en el derecho canónico se pueden delinear de la siguiente manera:

1. El párroco está obligado personalmente a predicar. No debe dejar de predicar de manera habitual. Si está impedido de hacerlo física o moralmente, debe encomendar la tarea a algún otro sacerdote. Vicarios parroquiales o asistentes, están ligados a la misma obligación de velar porque la Palabra de Dios sea predicada al pueblo. Los canonistas señalan que no es la intención del Derecho que el párroco descargue toda la responsabilidad de predicar en sus asistentes.

2. El sacerdote está obligado a predicar la Palabra de Dios en la homilía habitual. Los canonistas señalan que la palabra “homilía” no debe tomarse en su sentido técnico de una explicación, verso a verso, de los pasajes de la Sagrada Escritura, seguida de una exhortación moral. El usual sermón basado en algún punto de la doctrina o los preceptos morales satisface la ley.

3. El sacerdote debe predicar especialmente en la Misa con mayor asistencia de pueblo. Ello no significa que no haya obligación de predicar en las demás Misas. La Misa del párroco o Misa central usualmente es la Misa con mayor asistencia de pueblo.

4. El sacerdote está obligado a predicar todos los domingos y fiestas de precepto sin excepción. La negligencia grave en esta obligación puede ser penalizada por el Obispo a tenor de los cánones 2182-2185. Las opiniones varían en relación con la gravedad de dicha negligencia. El Concilio de Trento consideró “tres meses” sin predicar como una negligencia grave. McVann en “El Derecho Canónico y la predicación del Sermón” concluyó que tres meses seguidos, es decir doce o trece domingos seguidos sin predicar, debía considerarse negligencia grave. El Obispo tiene la potestad de definir como regla general qué días es posible omitir el sermón. Puede además aplicar una pena si considera negligencia grave omitir la homilía incluso en un periodo menor de tres meses. [Una pena aplicativa específicamente a este tipo de negligencia no aparece en el Código de 1984, pero se entiende que el Obispo puede siempre sancionar, de acuerdo a los medios que le otorga el derecho, a un sacerdote que incurre en cualquier tipo de falta pública, incluyendo este tipo de negligencias.]

Más allá de la “homilía acostumbrada” es obligación del sacerdote brindar instrucción catequética, a tener del canon 1332:

“En Domingo y otros días de precepto, en un horario en el que, según su juicio, puede haber mayor asistencia de personas, el pastor debe explicar el catecismo a los adultos en un lenguaje adecuado a su capacidad de comprensión.” [En el Código de 1984, dicha obligación se formula de manera distinta, ver los números 762 y siguientes.]

McVann señala que la “homilía” y la “instrucción catequética”, deben ser dos cosas separadas. En aquellos lugares donde hay solo un sacerdote y una sola Misa, la catequesis debe darse por la tarde, por la noche, o antes de la Misa. En parroquias de zonas urbanas, donde se celebran varias Misas, la obligación queda satisfecha en cualquiera de ellas. Cuando el Obispo emite un Programa de Instrucciones para las Misas de horario, está siguiendo al Derecho Canónico [CIC, 770]  y al decreto Acerbo Nimis del Papa Pio X. En consecuencia los sacerdotes están obligados seriamente a seguir el Programa y a dar instrucción catequética, es decir, explicaciones sobre temas dogmáticos y morales.

Necesidad de un curso específico de entrenamiento en oratoria

Aunque la Iglesia legisla de manera bastante específica en relación con la necesidad de un entrenamiento para la oratoria en los seminarios, ella no ofrece ningún programa concreto para dicho entrenamiento. Se debe admitir que en muchos seminarios el aprendizaje en oratoria es muy informal. En algunos seminarios no se sigue ningún principio básico; el único entrenamiento es la redacción de sermones. En otros los profesores de oratoria no tienen un entrenamiento especial y por ello los defectos de los estudiantes no se corrigen apropiadamente; se ordenan sacerdotes que tienen miedo de hablar en público; casos de mala articulación, excesiva velocidad o de tartamudeo no se afrontan tempestivamente y el estudiante tiene que valerse por sí mismo. En la mayoría de seminarios no se da suficiente tiempo al trabajo en oratoria. Una hora a la semana es el tiempo usual empleado. [Esto y los principios que siguen se aplican grosso modo a la situación presente].

 Un curso en oratoria ideal para un seminario debería incluir los siguientes elementos:

1. Maestros expertos en oratoria.

2. Buenos fundamentos en lengua inglesa [en nuestro caso en lengua española].

3. Una serie de principios básicos a ser impartidos en el Seminario Menor y en los años de Filosofía en el Seminario Mayor. El trabajo en el aprendizaje de los principios de la comunicación, la emisión de la voz y la composición del discurso debería realizarse antes de emprender los estudios teológicos.

4. El departamento de Teología debería tener cada año un profesor distinto, entrenado en oratoria, quien enseñe a los estudiantes cómo escribir sermones sobre las cuestiones estudiadas en los tratados de Teología Dogmática y Moral del año correspondiente; por ejemplo, cuando se lleva la cátedra de De Novissimis, los estudiantes deberían aprender a escribir sermones sobre el Cielo, el Infierno, el Juicio Final y el Purgatorio; cuando se estudia De Poenitentia en las lecciones de moral, los estudiantes deberían aprender a realizar un discurso catequético sobre el sacramento de la penitencia, etc. La instrucción debería ser práctica basándose en la experiencia del profesor en la realización de sermones.

5. Debería darse tres horas semanales a la instrucción de la oratoria en el departamento de Filosofía y dos horas a la semana en el de Teología. Ello debería incluir horas de instrucción en clase y momentos de práctica ya sea en grupos o con toda la clase, o, durante el año de diaconado,  al seminario en pleno.

6. Dichas prácticas deberían ser reales, es decir, enfocadas para una audiencia real. Los sermones teóricos son de poco valor. La respuesta de la audiencia juega un importante papel en la práctica. De todos modos el profesor puede simular tipos de audiencia de vez en cuando, entrenando al orador para dirigir su palabra de manera tal que logre crear su audiencia virtual con la audiencia real. Sin embargo, el mejor entrenamiento con audiencias reales es aquel en que el orador dirige verdaderamente su palabra a los que tiene delante, en lugar de hablar delante de ellos como un niño recitando un pasaje. No hay ningún motivo por el cual un seminarista no pueda dirigirse a sus oyentes en cuanto seminaristas.

Principios básicos de la Predicación Efectiva

Este trabajo se presenta como un sistema de entrenamiento en oratoria para el sacerdocio. Es un sistema con leyes básicas definidas que han sido practicadas y han probado su efectividad. Los principios fundamentales de la predicación efectiva que forman la sustancia de este trabajo son:

1. Un sermón no es una recitación; es más bien la comunicación de un pensamiento.

2. El predicador efectivo es libre del temor escénico.

3. El predicador efectivo es un orador directo que toma contacto con su audiencia.

4. Todo predicador efectivo debe ser, al menos en pequeña medida, un actor.

5. El predicador efectivo es un predicador preparado.

6. Todo discurso público del sacerdote debe tener un objetivo definido.

7. Un sermón no es un ensayo; tiene sus propias reglas de composición. [Antiguamente los sermones eran mucho más definidos en cuanto a la forma y se seguían reglas más precisas acerca de la estructura y el modo como se debían articular. Hoy en día las reglas de la composición se han tornado un poco relativas –y nótese que ha pasado lo mismo en muchas otras áreas que tienen que ver con la retórica– pero es cierto que, al menos en la etapa formativa, el respeto de ciertas reglas fijas ayuda mucho a crear una cierta estructura mental que luego, el orador experto, puede romper o modificar sin riesgo de estropear la comunicación.]

8. Todo discurso pronunciado por el sacerdote tiene que tener un componente persuasivo. [Como lo hemos afirmando en algunos de los artículos de esta página web, tal vez es esto lo que distingue a la homilía en cuanto género de oratoria: su carácter persuasivo y exhortativo en relación con la fe cristiana y su práctica.]

Visto 2081 veces Modificado por última vez en Martes, 26 Junio 2012 22:47

3 comentarios

  • Enlace al Comentario Padre Dante Domingo, 01 Julio 2012 05:03 publicado por Padre Dante

    Hola Padre José, un gusto saludarte.
    Muy valioso material!
    Un abrazo! desde las alturas de Ayaviri.
    Padre Dante

  • Enlace al Comentario CARMEN  JIBAJA Jueves, 28 Junio 2012 00:18 publicado por CARMEN JIBAJA

    MUY LOABLE LA INICIATIVA DE UD. PADRE JOSE, PUES ME HA TOCADO QUE LOS PRBRO. NEOFITOS HACEN UN TANTO SOSA LA HOMILIA POR FALTA DE ORATORIA. ADEMAS ME SIRVE COMO APRENDIZAJE PERSONAL, YA QUE ME CUESTA PARARME EN FRENTE DEL PUBLICO, NO PORQUE NO CONOZCA EL TEMA, SINO POR FALTA DE SEGURIDAD EN DIRIGIRME A LOS DEMAS. FELICITACIONES Y QUE DIOS LO BENDIGA MUCHO.

  • Enlace al Comentario R. P. Eduardo Méndez Esquivel, F. N. Martes, 26 Junio 2012 18:20 publicado por R. P. Eduardo Méndez Esquivel, F. N.

    agradezco de todo corazón toda la ayuda que nos brindan a los sacerdotes para predicar efectivamente y que el mensaje de Dios impacte profundamente en las mentes y en los corazones de los fieles.

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