Jueves, 14 Marzo 2013 00:00

La mujer adúltera

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Por Fulton Sheen

¡En flagrante adulterio! ¡Qué sentimientos tan repugnantes de vergonzoso entretenimiento y fisgoneo se encierran en estas palabras! Los acusadores de la mujer llevaron a ésta en medio de la muchedumbre mientras nuestro Señor se hallaba dando sus enseñanzas. Aquellos hipócritas mojigatos que la habían sorprendido in fraganti estaban ansiosos por exhibirla públicamente, hasta el punto de interrumpir el sermón de nuestro Señor. La naturaleza humana es de lo más vil cuando subraya y exhibe los delitos de los demás ante sus semejantes. La olla se cree limpia cuando puede llamar negra a la sartén. Algunos rostros reflejan una insólita alegría cuando se están regodeando con un escándalo que el corazón generoso cubriría con un velo y el corazón piadoso encomendaría en sus oraciones.

El hombre más vil y corrompido es el que más dispuesto está a acusar de delito a los demás. Los que desean ser tenidos por más honrados que los otros abrigan la vana creencia de que el mejor medio para ello es denunciar a los demás. Las personas viciosas quieren tener un monopolio de sus vicios, y cuando encuentran a otras personas que poseen los mismos vicios las condenan con una vehemencia jamás experimentada por las personas honradas. Todo cuanto ha de hacer una para enterarse de los defectos de la gente es prestar oído a las acusaciones preferidas que se dirigen contra los demás. En aquellos tiempos no había columnistas de escándalos, claro está, pero abundaban los que esparcían los escándalos de viva voz y de boca en boca. Arrastrar a aquella mujer delante de toda la muchedumbre era exponer a la publicidad su pecado. La gente la empujaba, y la pobre mujer ocultaba el rostro entre sus manos y con el velo cubría su cabeza para esconder su vergüenza. Mientras arrastraban a su temblorosa víctima, expuesta, ante las curiosas miradas de los hombres, a la más terrible degradación que podía sufrir una mujer oriental, decían a nuestro Señor con fingida humildad: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante delito de adulterio. Y Moisés nos ha prescrito en la ley lapidar a estas mujeres. Tú, ¿qué dices?” (Jn 8,4ss).

 

Tenían razón al decir que la ley mosaica ordenaba que se castigara con la pena de lapidación el delito de adulterio. Nuestro Señor advirtió en seguida la mofa que había en las palabras de ellos al llamarle “maestro”. Conocía que esto no era más que una capa con que encubrir sus siniestros designios. Por otro lado, su alma sentía congoja inmensa ante aquel deplorable espectáculo, puesto que Él había enseñado la santidad del matrimonio, y aquella mujer lo había violado. Por otra parte, sabía que los escribas y los fariseos no veían en aquel incidente más que una oportunidad para interrumpir su sermón y contradecirle. Sabía que estaban dispuestos a servirse de la infeliz mujer como instrumento pasivo del odio que sentían hacia Él, no porque se sintieran moralmente indignados por el pecado, no porque velaran por los fueros de Dios, sino solamente para atizar al pueblo contra Jesús.

En el acto de presentar a aquella mujer a nuestro Señor se ocultaba una doble astucia. Ante todo, a causa del conflicto existente entre los judíos y los romanos, pues éstos, que eran los dominadores del país, se habían reservado el derecho de condenar a muerte. Pero había otros aspecto en la cuestión: la ley de Moisés preceptuaba que si una mujer era sorprendida cometiendo adulterio muriera apedreada. Tal era el dilema en que le habían colocado: si nuestro Señor dejaba libremente marcharse a la mujer sin el castigo, desobedecería a la ley de Moisés; pero si acataba la ley y decía que había de ser apedreada por adulterio alentaría entonces a la gente a quebrantar la ley romana. En ambos casos quedaría atrapado. El pueblo se opondría a Él por violar la ley mosaica, mientras que los tribunales romanos le acusarían de violar su ley. Sería o un hereje con respecto a Moisés o un traidor con relación a los romanos.

Otro punto capcioso de la cuestión era el siguiente: o dejaría libre a la mujer, o la condenaría. Si la condenaba, dirían que no era misericordioso; y Él se llamaba a sí mismo misericordioso. Había comido con publicanos y pecadores, había dejado que una mujer pública le lavara los pies mientras estaba comiendo; si la condenaba, ya no podría seguir diciendo que era amigo de los pecadores. Puesto que había dicho: “El Hijo del hombre vino a buscar y salvar lo que se había perdido” (Lc 19,10). Por otra parte, si la dejaba ir obraría en contradicción con la santa ley de Moisés, que Él había venido a cumplir. Puesto que había dicho: “No penséis que he venido a aponer a un lado la ley y los profetas; no he venido a ponerlos a un lado, sino a elevarlos a su perfección”. Si decía que era Dios, entonces la ley de Moisés procedía de Él. Si desobedecía aquella ley, negaba su propia divinidad. De ahí sus preguntas: “Moisés nos mandó apedrear a estas mujeres; tú ¿qué dices?”

Ésta habría sido una cuestión difícil de resolver para uno que fuera simplemente un hombre, pero Él era Dios al mismo tiempo que hombre. Aquel que había reconciliado ya la justicia con la misericordia en su encarnación, hacía la aplicación de ello en aquel momento en que se inclinó y se puso a escribir algo en el suelo. Ésta es la única vez que vemos a nuestro Señor escribiendo. Nadie sabe lo que escribió. El Evangelio nos dice simplemente: “Inclinose Jesús, y con su dedo escribía en tierra” (Jn 8,6). Ellos habían invocado la ley de Moisés. También la invocaría Él. ¿De dónde procedía la ley de Moisés? ¿Quién la había escrito? El libro del Éxodo nos da la respuesta: “Y Moisés volvió el rostro y bajó del monte, con las dos tablas de la Ley en su mano; tablas escritas por ambos lados; de estas y de esotra parte estaban escritas. Y las tablas eran obra de Dios, y la escritura era escritura de Dios, grabada sobre las tablas” (Ex 32,15-17). ¡Ellos le recordaban la ley! ¡Él, a su vez, les recordaba que Él había escrito la ley! El mismo dedo, en sentido simbólico, que ahora estaba escribiendo en las tablas de piedra del suelo del templo había escrito también sobre las tablas de piedra en el monte Sinaí. ¿Tenían ojos para ver al que había dado la ley a Moisés, allí, delante de ellos? Pero estaban tan preocupados pensando en el modo de hacer que se contradijera, que ni se fijaron en lo que escribía; y seguían haciéndole preguntas, tan seguros estaban de haberle atrapado.

”Mas, como perseverasen preguntándole, enderozóse y les dijo: El que entre vosotros esté sin pecado, arroje el primero la piedra contra ella. Y otra vez, inclinándose hacia abajo escribía en tierra” (Jn 8,7). Moisés tenía escrita sobre piedra la ley que condenaba a muerte por el delito de adulterio. Nuestro Señor no destruiría la ley mosaica, sino que la perfeccionaría al enunciar una ley más elevada: nadie puede juzgar, salvo los inocentes. Estaba convocando una nueva clase de jurado; sólo los inocentes pueden condenar. Pasaba de la ley a la conciencia, y del juicio de los hombres al juicio de Dios. Los que tiene el alma manchada por la culpa deben abstenerse de juzgar.

Un viejo escudo herrumbroso rogó un día al sol: “¡Oh, sol, ilumíname!”; y el sol le respondió: “Antes es preciso que tu superficie sea bruñida”. ¿Acaso esta mujer había de ser juzgada por hombres que a su vez eran también culpables? Esto era una declaración solemne de que sólo los que no tienen pecado tiene derecho a juzgar. Si en la tierra hay alguien realmente inocente, se verá que su misericordia es más fuerte que su justicia. Es cierto que un juez puede condenar muy a menudo a un criminal por un crimen del que él mismo es culpable; pero en su capacidad oficial actúa en el nombre de Dios, no en el suyo propio. Estos acusadores espontáneos no eran sujetos adecuados para defender o ejecutar la ley mosaica. Nuestro Señor estaba recordando una frase que había dicho ya en el sermón de la montaña: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio que juzgáis, seréis juzgados; y con la medida que medís, se os medirá. ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no adviertes la viga que está en tu ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: Espera, echaré fuera la paja de tu ojo? ¡Y he aquí una viga en tu propio ojo! ¡Hipócrita!, echa fuera primero la viga de tu ojo, y entonces verás claramente para echar fuera la paja del ojo de tu hermano” (Mt 7,1-5).

Mientras Él estaba escribiendo en el suelo, los escribas y los fariseos tenían piedras en sus manos, dispuestos a ejecutar la sentencia. Cada uno de ellos habría deseado poder arrojar una piedra más grande y más pesada que las de sus compañeros. Algunos de aquellos hombres estaban libres del vicio de aquella mujer simplemente debido a que estaban dominados por otros vicios. De la misma manera que una enfermedad puede curarse mediante otra enfermedad, así también a menudo un vicio excluye otro vicio; el borracho puede que no sea ladrón, aunque sea frecuentemente un embustero; y el ladrón, como Judas Iscariote, no es preciso que sea también adúltero, aunque las películas describan siempre como tal a Judas. Hay muchas personas que pecado por orgullo, por avaricia, por el deseo del poderío, y se imaginan que son virtuosos simplemente porque tales pecados les confieren una nota de respetabilidad en el ambiente en que se desenvuelve su vida. Los pecados respetables son los más odiosos, puesto que nuestro Señor ya dijo que hacían a los hombres iguales a “sepulcros blanqueados, limpios por fuera, y por dentro llenos de huesos de muerto”. Los pecados más bajos de la gente pobre crean cargas públicas tales como auxilio social y prisiones, y son considerados despectivamente; pero los pecados respetables, tales como la corrupción en las altas esferas administrativas, la deslealtad a la patria, la enseñanza de malas ideas en las universidades, son dispensados, ignorados e incluso alabados como virtudes.

Nuestro Señor daba aquí a entender que Él consideraba los pecados respetables incluso más odiosos que aquellos otros que la sociedad condenaba, porque ya habían sido condenados. Pero condenaba a los que pecaban y negaban que fueran pecadores. Ahora levantó los ojos y fue mirando a aquellos hombres uno tras otro, empezando por los más viejos; era una de aquellas miradas serenas y penetrantes que anticipaban lo que habrá de ser el juicio final. “Y ellos, cuando esto oyeron, salieron uno por uno, comenzando por los mayores” (Jn 8,9). Tal vez cuanto más viejos, más pecadores. Él no los condenó; más bien hizo que se condenaran a sí mismos. Tal vez miró a un anciano y la conciencia de éste se iluminó con la palabra “ladrón”, y el pecador dejó caer la piedra de su mano al suelo y se marchó de allí. Un joven vio que su conciencia le acusaba de asesinato, y también se fue; uno tras otro se fueron alejando, hasta que sólo quedó un joven. Al contemplar al Salvador a este último superviviente, hizo que tal vez la conciencia le acusara de adulterio. Dejó caer la piedra y se alejó presuroso. No quedó ni uno solo.

Más ¿por qué se había agachado y vuelo a escribir? Puesto que ellos apelaban a la ley de Moisés, Él también apelaría a ella. Moisés rompió las primeras tablas en las que Dios había escrito con su dedo, al hallar a su pueblo adorando al becerro de oro. Así Dios escribió otra tabla de piedra, y esta segunda fue llevada al arca de la alianza, donde fue colocada en el trono de la gracia y rociada con sangre inocente. Tal sería el modo como la ley de Moisés sería llevada a la perfección, con la aspersión de sangre… la sangre del Cordero.

Al defender a la mujer, Cristo demostró ser un amigo de los pecadores, pero sólo de aquellos que reconocían que lo eran. Tenían que descender hasta los despreciados por la sociedad para poder encontrar nobleza de corazón y generosidad sin límites, lo cual, según Él, constituía la misma esencia del amor. Aunque eran pecadores, su amor los elevaba por encima de los que se creían sabios y que se bastaban a sí mismos, los cuales nunca doblaban las rodillas para rezar una oración pidiendo perdón. Jesús llegó a poner una prostituta por encima de un fariseo, a un ladrón arrepentido por encima de un sacerdote, y a aun hijo pródigo por encima de su hermano de conducta ejemplar. A todos los charlatanes que le dijeran que no podían ingresar en su Iglesia porque no era suficientemente santa, les preguntaría Él: “¿Qué grado de santidad debe alcanzar la Iglesia para que podáis ingresar en ella?” Si la Iglesia fuera tan santa como ellos querían que fuese, ¡jamás se habría permitido la entrada a ellos! En cualquier otra religión debajo del sol, en cualquier religión oriental, desde el budismo hasta el confucianismo, se ha exigido siempre cierta purificación antes de poder comunicar con la divinidad. Pero nuestro Señor traía al mundo una religión en la que para poder acercarse a Dios es condición indispensable el reconocimiento de los pecados. “Los que están sanos no necesitan de médico, pero sí los que están enfermos”.

Levantó los ojos hacia la mujer, que se había quedado a solas con Él, y preguntóle: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿No hay quien te condene? (Jn 8,11). La ley mosaica exigía dos testigos para acusar de un delito antes de que pudiera ejecutarse una sentencia. Pero aquellos que se decían defensores de la ley de Moisés ya no estaban allí para actuar como testigos. Obsérvese que nuestro Señor la llamó “mujer”. Había muchos otros nombres con que podía haberla designado, pero con esta palabra hizo que aquella mujer representara a todas las mujeres del mundo que aspiraban a la pureza y a la santidad en unión con Él. Había un dejo de jocosa ironía en la pregunta “¿Dónde están?” Estaba llamando la atención de la mujer hacia el hecho de que se había quedado sola. Había apartado de ella a todos sus acusadores. Entonces Jesús le preguntó: “¿No hay quien te condene?” Ella respondióle: “Nadie, Señor”. Si no había nadie que arrojara la piedra sobre ella, tampoco se la arrojaría Él. La que había acudido a Él como juez le encontraba como Salvador. Los acusadores le llamaron “Maestro”; ella le llamaba “Señor”, como si reconociera que se hallaba en presencia de alguien infinitamente superior a ella. Y la fe que puso en Él estaba justificada, por cuanto Jesús se volvió a ella y le dijo así: “Ni yo tampoco te condeno; vete y en adelante no peques más” (Jn 8,11).

Más, ¿por qué no había de condenarla? Porque Él sería condenado en lugar de ella. La inocencia no quiere condenar, porque la inocencia prefiere sufrir por los culpables. La justicia quedaría a salvo, puesto que Él pagaría la deuda que ella había contraído con sus pecados; la misericordia quedaría también a salvo, porque los méritos de su muerte serían aplicados al alma de aquella mujer. Primero la justicia, luego la misericordia; primero la satisfacción por los pecados, luego el perdón. Nuestro Señor era, en realidad, el único en toda aquella multitud que tenía derecho a levantar la piedra y ejecutar sentencia contra aquella mujer, porque Él era sin pecado. Por otro lado no se trataba de que diera poca importancia al pecado, puesto que cargaba sobre sí con su peso. Algo había de costar el perdón, y el precio entero habría de pagarse en la colina de las tres cruces, donde se daría satisfacción a la justicia y se extendería la misericordia. A este rescate de la esclavitud era a lo que Él daba el bello nombre de libertad. “Pues cuando el Hijo del hombre os haga libres, gozaréis de verdadera libertad” (Jn 8,36).

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