Viernes, 19 Octubre 2012 10:19

Domingo XXIX TO (B) [Villapizzone]

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Mc 10,32-45

Fuente: http://www.gesuiti-villapizzone.it (traducción autorizada por el autor del texto original en italiano).

[El contenido presentado aquí proviene de la transcripción y traducción de celebraciones de lectio divina organizadas por la "Comunidad Jesuita de Villapizzone", en la ciudad de Milán. La publicación de este material no implica necesariamente la adhesión a las posiciones u opiniones vertidas en los aportes exegéticos que aparecen aquí.]

[Traducción sujeta a derechos de autor.]

Comentario general

Estamos frente a un pasaje denso y articulado. En la primera parte vemos a Jesús predecir por tercera vez su destino, su lucha, su muerte y su resurrección en Jerusalén, luego en la segunda parte vemos a que sus discípulos no han entendido sustancialmente nada de lo que Jesús ha afirmado y hablan de otra cosa. Hablan del poder y de la gloria. Y estos dos pasajes unidos son útiles porque nos hacen entender muchas cosas:

  • La primera es cuál es el poder del Señor: es muy diferente del poder como lo piensan los apóstoles; el poder del Señor es el poder de dar la vida, el poder de amar. Esta es su gloria.
  • Lo segundo es que normalmente nosotros pretendemos que el Señor haga lo que nosotros queremos. El problema es otro: “no sabéis lo que pedís”. Saber qué pedir. ¿Qué debemos pedir? El problema del Evangelio es precisamente la iluminación. El iluminado es aquel que va a la luz, que nace, y que entiende la realidad. La iluminación consiste en entender cuál es la gloria de Dios. Y el hombre necesita de gloria y reconocimiento. O encuentra la verdadera gloria que es el verdadero peso, la consistencia, que es el amor que Dios tiene por él, o se pierde en la vanagloria, como los jefes de las naciones. Este pasaje es sumamente instructivo sobre este tema de la gloria.
  • Comentario por versículos

    Iban de camino subiendo a Jerusalén, y Jesús marchaba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que le seguían tenían miedo. Tomó otra vez a los doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder.

    Se avanza hacia Jerusalén y es la primera vez que se dice directamente que iban de camino “subiendo a Jerusalén”. Y lo siguen sus discípulos sorprendidos y llenos de miedo, sin entender lo que está sucediendo. Jesús comienza darles instrucciones acerca de lo que está por acontecer; dirá en dos versículos aquello que constituye el punto neurálgico del Evangelio: lo que está por sucederle. Es útil que lo veamos como aparece en una traducción un poco distinta a la que estamos utilizando.

    Antes de que Jesús hable, podemos ya identificarnos con aquellos que lo siguen con temor. Hay una cierta relación, un cierto afecto, una voluntad de seguir a Jesús, pero con estupor y temor. Emerge así la necesidad de perfeccionar este seguimiento, de conocerlo mejor, de ver.

    "Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregaran a los gentiles, y se burlarán de él, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres días resucitará."

    Si no me equivoco, en la traducción italiana está escrito: "pero luego de tres días resucitará". Pero en griego no hay un “pero”, sino un “y”, y luego otra conjunción que unirá los diversos elementos de la siguiente forma: y lo condenarán, y lo entregarán, y lo escarnecerán, y lo escupirán, y lo flagelarán, y lo matarán… y resucitará.

    Es importante, hay toda una serie de “y” para una cosa que sucede luego de otra. ¿Y qué es lo que sucede en lo que acabamos de leer? Sucede que se realiza la Gloria de Dios. La gloria en hebreo quiere decir “peso”, consistencia, el valor de una persona. El peso, la consistencia, el valor de Dios, ¿en qué consiste? Consiste en el hecho de que nos llama sin condiciones y la Cruz, por lo tanto, es la revelación de su Gloria, porque los ama a todos sin condiciones y da su vida por todos. Esta es, pues, la revelación de su Gloria.

    ¿Y cómo se realiza? Se realiza sobre todo cuando Él es “entregado”. Aparece continuamente la palabra “ser entregado” que quiere decir varias cosas:

  • la primera es que Judas lo entrega, es decir lo traiciona: entregar y traicionar aquí significan los mismo;
  • la segunda es que Él mismo se entrega;
  • la tercera es que el Padre lo entrega en manos de los hombres, sus hermanos.
  • ¿Qué quiere decir? Que la misma idéntica palabra indica las cosas más distintas: nuestra traición y su entrega por nosotros. Pero no se trata de cosas distintas. Que nosotros le quitamos la vida y Él nos da su vida son la misma acción: no se la robamos, sino que Él la da. Es decir que no hace alguna cosa diferente a lo que hacemos nosotros; nosotros hacemos lo que hacemos con todos estos “y”: lo entregamos, lo condenamos, lo escarnecemos, lo matamos, etc.

    Estas son nuestras acciones. ¿Él qué hace? No hace otra cosa que tomar sobre sí esta realidad, que es nuestra realidad, y la transforma dándole otro valor. Así es que si nosotros lo matamos, Él da su vida por nosotros, la realidad es la misma; si nosotros robamos, Él afirma: “está bien, toma, es tuyo”. En esto hay algo de misterioso, cómo Dios actúa en el mundo: nos deja hacer todo lo que queremos. Pero en aquello que nosotros queremos, Él realiza finalmente su designio de Salvación, no haciendo otra cosa que aquello que nosotros hemos hecho. ¡Es un misterio!

    Esperamos siempre que Dios intervenga: hará esto, hará lo otro. Sí, Dios interviene de una manera extraña y se convierte en objeto de todo el mal que nosotros realizamos y que recae sobre Él. Es siempre así con nosotros, de este modo nos revela su amor, nos da su fuerza, su vida, una vida nueva. No es que Dios frente a nuestros errores resuelve la cuestión y cambia todo. No, es más bien que Él está totalmente comprometido con nuestra situación. [Lo anterior de ninguna manera se debe entender como una suerte de determinismo, o que finalmente no importa si hacemos el mal o el bien, pues Dios “arregla” las cosas. Lo que se debe entender es que Dios ha querido necesitar la libertad del hombre para poder actuar en el mundo, en cierto modo haciéndose dependiente de esa libertad; pero esto de ningún modo es una justificación del mal que el hombre realiza, el cual tiene una dimensión objetiva. Pero Dios, aún en esas circunstancias logra dirigir las cosas hacia un bien mayor, porque esa es su naturaleza.]

    En el esfuerzo de mejorar nuestra propia vida o de mejorar el mundo, no debemos pensar que el objetivo se ha alcanzado cuando la gente se estimará, se respetará, no habrá más guerras, etc. Esto será sólo al final de los tiempos. Sino que este es el momento en el cual el Señor manifiesta su gloria e inaugura su Reino, el Reino que llega a la tierra; esta es la norma. Es una norma con la cual podemos ver a la historia en su desarrollo, es algo que ilumina nuestro estar dentro de la historia, no esperando que lleguen “los nuestros”, sino acogiendo la salvación, la Gloria, el poder de Dios dentro de las cosas que hacemos y que están aquí, representadas en estos verbos del Evangelio. No es entonces que en un cierto momento uno pueda decir: ahora no habrá más mal. Sí, deseamos esto, pero el mal desaparece no por iniciativa nuestra sino por esa co-presencia de nuestro mal con el hecho de que Él da su vida por nosotros.

    Quisiera volver sobre esto porque es un tema que es difícil entender, es la cosa más difícil, el problema mismo acerca del mal. Decimos: si no hubiese mal todo estaría resuelto. Sí, es verdad, pero el mal existe y el Señor ¿cómo lo resuelve? No lo resuelve quitándolo automáticamente, sino metiéndose dentro Él mismo. Él es aquel que no hace mal a nadie y lo lleva sobre sí y es solidario con nosotros que lo realizamos.

    Es así como nuestro mal tiene a alguien que lo lleva, encuentra un amor que es más grande que nuestro egoísmo y entonces nosotros mismos, confrontándonos con este amor, en la medida en que lo comprendemos, somos liberados del mal, porque uno es libre del mal en la medida en que descubre el amor y la solidaridad. Uno realiza el mal sólo porque necesita del bien [en el sentido de que los sentido del hombre confunden el mal con el bien. Santo Tomás decía que nadie hace el mal porque desea ser infeliz; el problema es que el hombre ve su felicidad en el mal, confundiéndolo con un bien para él. Esto evidentemente no es una justificación moral del mal que el ser humano puede cometer, es más bien una explicación acorde con la natural búsqueda que está inscrita en el interior del ser humano y de la cual no puede prescindir, aunque en el intento de satisfacerla se haga un daño terrible a sí mismo.]. Nadie lo hace porque le gusta hacerlo. Es un hambre de bien, tal vez equivocado, pero una búsqueda de amor y de afecto, y Dios nos salva del mal con un amor verdadero, con un afecto verdadero, haciéndose cargo de nuestro mal. Por ello la Cruz, que representa todo el mal que nosotros realizamos, se convierte en la revelación de Dios como Amor, su Gloria, su peso, su consistencia. Él mismo se revela allí como Amor absoluto.

    Ahora bien, esto que está colocado aquí sólo como indicativo, será el tema central de todo el resto del Evangelio. Los discípulos han escuchado esto ya dos veces: en el capítulo 8,31 Jesús dice lo mismo: “el Hijo del Hombre debe sufrir mucho y ser condenado, ser muerto y luego de tres días resucitaré”. Y recordemos también la reacción de Pedro: "Pedro lo tomó a un lado y le dijo: 'Jamás te sucederá esto, Señor'". Pero en esa ocasión Jesús lo reprende: "aléjate de mí, Satanás". La segunda vez, en cambio, en el capítulo 9,31, Jesús instruía a sus discípulos diciendo: "el Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres, lo matarán y resucitará". ¿Qué entendieron los discípulos? En el v. 32 se afirma que ellos "no comprendieron". Habían entendido una cosa: que es mejor no pedir explicaciones. Por eso callan. Llegan a Cafarnaúm y Jesús pregunta: ”¿de qué hablabais en el camino?” Y ellos callaban. En el camino habían discutido quién de ellos era el más importante.

    Exactamente lo contrario a lo que Jesús trataba de explicarles. La primera vez fue un fracaso, pero al menos fue evidente; la segunda vez fue peor; la tercera, peor todavía. Ahora veremos qué sucedió la tercera vez.

    Se acercaron a Jesús los hijos del Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: “Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.”

    Esta es la reacción: frente a la tercera vez que Jesús predice su pasión, su Gloria, Santiago y Juan le dicen: "Maestro, queremos que tú hagas lo que nosotros te vamos a pedir". En cierto modo todo el Evangelio quiere llevarnos a esto: a pedir aquello que el Señor debe hacer. Todo el Evangelio es una educación del deseo para pedir al Señor los dones que debe otorgarnos. Porque todo Él es don, nosotros lo queremos y lo pedimos. ¿Pero cuál es el don que pedimos?

    Les preguntó: “¿Qué queréis que haga por vosotros?” Contestaron: “Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.”

    "¿Qué queréis que haga por vosotros?" Jesús hace esta pregunta, tal vez con cierta trepidación, diciéndose: «veamos si esta vez lograron entender», porque Él verdaderamente quiere hacer algo por nosotros, quiere donarnos algo. La misma pregunta hará el ciego de Jericó en el milagro que sigue a este episodio. El ciego sabe perfectamente que es ciego y pide la vista, así logra ver. En cambio los discípulos, frente a Jesús que les presenta su Gloria, se comportan como si Jesús no hubiese dicho nada, ¡hablan otro lenguaje! Parece que cancelan totalmente las palabras de Jesús, y le piden sentarse uno a su derecha y el otro a su izquierda en su Gloria. Piensan: «ahora vamos a Jerusalén, donde se iniciará el Reino de Dios y Él será la cabeza, así es que es necesario luchar por obtener el mejor puesto; quién sería secretario de estado, o algo por el estilo. También la anterior ocasión luchaban. Es algo interesante. Se entiende que en el hombre este concepto de la gloria es muy fuerte.

  • Para el hombre la gloria es algo distinto a lo que está en la mente de Dios. Para el hombre la gloria es la de los jefes de las naciones, que mandan y dominan; para el hombre la gloria es incluso hacer el mal, es el egoísmo, es la realización del egoísmo.
  • Para Dios la gloria es exactamente lo contrario, es la realización del amor.
  • Y la verdadera conversión es precisamente sobre este punto, sobre el concepto de gloria, que debe ser el concepto de Dios, que es finalmente el verdadero concepto del hombre.

    Recordemos lo que el joven rico había pedido: «¿qué debo hacer?» Fue más modesto, pero luego de la respuesta de Jesús, el comportamiento no fue tan distinto al que vemos aquí. Además, no se trata de un razonamiento o un teorema que alguien tiene que demostrar; la gloria de Dios es una cuestión de fe.

    Jesús replico: “No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?”

    La respuesta de Jesús es: "no sabéis lo que pedís". Es decir, no saben cuál es la gloria. Su Gloria está unida al cáliz y al bautismo; el cáliz será su sangre entregada por nosotros; esa es su gloria, ese amor; por eso dice que no es esa la gloria que ellos desean. "¿Podéis beber mi cáliz, podéis recibir mi bautismo?".

    Contestaron: “Lo somos”. Jesús les dijo: “El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.”

    Los discípulos afirman: «podemos», sin haber entendido de qué se trata. Es interesante la inconsciencia absoluta y Jesús sale al encuentro y dice: «si, es verdad, beberéis mi cáliz, aunque no habéis entendido. Recibiréis mi bautismo, aunque no sabéis qué es. Pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí decidirlo». La derecha y la izquierda de Jesús en la Gloria la ocuparán dos ladrones. Y es interesante que Santiago y Juan son dos hermanos, y uno estará a su izquierda y el otro a su derecha, en el sentido de que de todos los apóstoles Santiago será el primero en morir y Juan el último; así que uno abrirá y el otro cerrará la serie de quienes están a su derecha y a su izquierda. Así es que también este deseo será escuchado, pero no en el sentido en que ellos se lo esperan. Todo este pasaje es un discurso de equívocos.

    ¿Qué sentido tiene este pasaje? Tiene el sentido de prepararnos al milagro del ciego de nacimiento que viene exactamente después, para hacernos entender que estamos ciegos. Que Jesús habla de una cosa que nosotros no comprendemos, es decir de su amor infinito que es su Gloria, que es el principio de nuestra vida, pero al cual nosotros estamos cerrados, incluso siendo personas religiosas; todo se desarrolla con otros cálculos que no son humanos. Pero no sólo estos dos, sino también los otros.

    Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.

    ¿Porqué se indignan? ¡Porque querían el mismo puesto! Está claro. No es que se indignan porque los otros no habían entendido y ellos sí, como si dijesen: «es algo distinto lo que debíais pedir, pero ¿es posible que con todo lo que el Señor ha dicho sigáis sin comprender?» No, en realidad se peleaban y se indignaban porque querían ellos también lo mismo. Es sorprendente que al interior del colegio apostólico, entre los primeros doce, existan estas luchas de poder. Quiere decir que la lucha por el poder es algo humano.

    Pedro acababa de decir: "nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido". Como si uno dijera: "renuncio a las riquezas y al poder político, pero si sigo al Señor una cierta estima, un cierto honor debería obtener; así es que por mal que me vaya, como esto es lo más importante, algo podré obtener".

    Jesús, reuniéndolos, les dijo: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos."

    Ahora Jesús da una instrucción definitiva contraponiendo su gloria a la del mundo.

    Los jefes son los que “parecen” mandar. Digo que “parecen”, porque para uno ser jefe y mandar, ¿qué necesita? Necesita ante todo ser reconocido como tal. Si uno afirma ser Napoleón y los demás no los reconocen como tal, no sucede nada. Así es que son algo en cuanto que parecen serlo: es una apariencia. Aquellos que parecen mandar sobre los pueblos los tiranizan, haciendo el papel de jefes. Es un mal común a todos, porque uno piensa que su gloria está en mandar, tiranizar, tener poder sobre los demás, es decir la realización del egoísmo. Prácticamente la ley de la realización humana es: me realizo distinguiéndome de los otros, estando por encima de los demás. Jesús dice: no sea así entre vosotros. Es justo realizarse, es justo ser grandes y ambas son cosas que legítimamente debemos buscar, pero de una cierta manera, que es la “manera divina”. «El más grande entre vosotros sea vuestro servidor». La verdadera grandeza, es la de Dios, quien se hizo siervo. Servir es en el Nuevo Testamento la traducción concreta de amar. Amar quiere decir servir al otro, así como el egoísmo quiere decir servirse del otro. Así es que la verdadera grandeza de Dios y la verdadera realización del hombre es su capacidad de servir. No es que Jesús diga: no os realicéis, sino: yo os enseño el verdadero modo de ser grandes. La Madre Teresa fue grande, y se hizo grande a la manera de Jesús. Más aún, no sólo quieres ser grande, sino el primero de todos, entonces conviértete en esclavo. El siervo es aquel que “trabaja” para el otro; el esclavo es aquél que “pertenece” a otro. El máximo amor es ser del otro. Pertenecer a otro, en este sentido, es el mayor signo de libertad. Más aún, si quieres ser el primero, sé esclavo de todos; debes tener un amor absoluto hacia todos, como lo tengo yo.

    Como podemos ver, el Señor tiene un concepto de sí mismo diferente al que nosotros tenemos de Él. El Señor no es el padre eterno que domina sobre todos, como solemos creer; su omnipotencia es su misericordia, su ser siervo y esclavo de todos. Y la verdadera sanación del hombre está en esa misma concepción del hombre y de Dios.

    Los discípulos, instintivamente, en una concepción personal de la religión, piensan en Dios como ser supremo y como un gran capital de grandeza, de fuerza, de omnipotencia, y pretenden que comparta con ellos esas prerrogativas. Dios desea muchísimo compartir aquello que posee, pero no es lo que los discípulos buscan, sino la capacidad de servir y de querer el bien de los demás y no el de sí mismo. Es a esto a lo que Jesús nos invita. Se trata de una transformación de nuestra imagen e idea de Dios y, en consecuencia, de la relación con Él.

    "Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos".

    Aquí Jesús da una definición de sí mismo y de la misión. ¿Quién es Jesús? Es el Hijo del hombre que viene a revelar en la tierra el poder de Dios. De una manera muy simple Jesús afirma de sí mismo: ha venido para servir, para amar concretamente a los demás y ponerse a su servicio, hasta el punto de poner la propia vida al servicio y darla a los demás. Dar la vida quiere significar dos cosas: morir y nacer. De hecho Él nos ama hasta el punto de dar la vida por nosotros, pero este “dar la vida” nos hace nacer de nuevo, porque uno nace cuando se siente amado de este modo, cuando se siente amado y aceptado de manera absoluta, y nace a la vida, nace como un hombre libre. Jesús vino para esto y en esto consiste su gloria.

    Este pasaje, como vemos, es tal vez el pasaje más rico en equívocos en todo el Evangelio. Jesús dice una cosa, los discípulos responden diciendo que han entendido pero en realidad han entendido otra cosa, y el reafirma lo primero; ellos responden que sí, pero afirman lo contrario. Jesús sigue diciendo: sí os sucederá esto, pero explica lo contrario a lo que ellos piensan.

    Este pasaje sirve para hacernos entender que estamos ciegos a una cuestión tan importante. Y cuando uno es ciego ¿qué puede hacer? Es un gran don poder decir que estamos ciegos, es el principio de la iluminación, porque sabemos qué cosa pedir, queremos ver. Así es que el problema de ahora en adelante será “ver”, ver a Jesús. Él es Dios, pero también es hombre, el prototipo del hombre y nuestra sanación es ver quién es Él.

     

     

     

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