Domingo, 03 Marzo 2013 00:00

Domingo III de Cuaresma (C)

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Lecturas: Ex 3,1-8a.13-15; Sal 102; 1Cor 10,1-6.10-12; Lc 13,1-9

Las más grande de las soberbias

Captación

La soberbia es uno de los pecados capitales, lo que significa que es a su vez "raiz" de otros pecados. Incluso algunos maestros de la vida espiritual lo señalan como "madre de todos los pecados". Todos los seres humanos llevamos dentro el veneno de la soberbia, y no pocas veces este vicio es encuentra escondido en nuestros comportamientos y pensamientos.

Cuerpo

La soberbia se podría decir que tiene dos movimientos. El primero es para con nosotros mismos: nos creems superiores a los demás y por lo tanto no somos capaces de aceptar nuestras fallas o errores; la soberbia, en este sentido, es grave porque conduce a la ceguera y a la cerrazón frente a la verdad. Pero además está el segundo movimiento, que implica a los demás. Al colocarnos por encima del prójimo tendemos a juzgarlo, pero no sólo a juzgar las malas acciones, lo que no es incorrecto, sino a juzgar las intenciones y las motivaciones de los demás, y a condenarlos. Jesús en muchas ocasiones critica duramente este vicio y lo pone al descubierto, por ejemplo cuando llama "hipócritas" a los fariseos, pues la hipocrecía es un tipo de soberbia.

Pero las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy ponen a la luz la que es la más grave de todas las soberbias, que es la soberbia frente a Dios. Los fariseos se creen con derecho a decidir el modo de actuar de Dios y creen conocer sus pensamientos. El Señor les saca en cara su pretención y les dice que son ellos, antes que los demás los que necesitan conversión.

Conclusión

Y nosotros, ¿no necesitamos conversión? Estas palabras de Jesús hoy se dirigen a nosotros, porque muchas veces, a causa de la soberbia, no sólo ponemos a los demás bajo tela de juicio mientras somos laxos y benévolos con nosotros mismos, sino que también queremos "determinar" el modo de actuar de Dios y lo tentamos con nuestra terquedad. Incluso nos hacemos una "religión a la medida", escogiendo lo que nos conviene y descartando lo que no nos gusta. Detrás de ello se esconde una gran soberbia, pues nos constituimos en dueños de la verdad y creemos que podemos definir nuestro destino según se nos antoja.

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