Miércoles, 13 Marzo 2013 00:00

Domingo V de Cuaresma (C) [Villapizzone]

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Jn 6,60-69

Fuente: http://www.gesuiti-villapizzone.it (traducción autorizada por el autor del texto original en italiano).

[El contenido presentado aquí proviene de la transcripción y traducción de celebraciones de lectio divina organizadas por la "Comunidad Jesuita de Villapizzone", en la ciudad de Milán. La publicación de este material no implica necesariamente la adhesión a las posiciones u opiniones vertidas en los aportes exegéticos que aparecen aquí.]

Comentario general

La narración que acabamos de escuchar presenta el aspecto fundamental el mensaje de Jesús, el perdón de Dios. Y desde el punto de vista del texto, este está ausente en muchos manuscritos antiguos; muchos Padres lo ignoran, en cambio algunos como Ambrosio, Agustín o Jerónimo, lo incluyen, basándose en testimonio antiguos de otros documentos. Pero con todo esto, es el pasaje más comentado, por lejos, del Nuevo Testamento en los padres latinos.

San Agustín tenía una hipótesis: este pasaje fue quitado del evangelio de Juan porque personas de poca fe o absolutamente infieles pensaban que daba impunidad a las mujeres para pecar y entonces los maridos, cautamente, habían considerado necesario quitarlo del Evangelio. Otros –en realidad no se sabe cuál sea la verdadera historia– pensaban que se trataba de una perla extraviada de la tradición evangélica, que luego, en el siglo III fue introducida deliberadamente en Juan, con el objeto de favorecer una práctica penitencial más conforme a aquello que predicaba Jesús y no a aquello que se practicaba en ese entonces en la Iglesia, marcada por la rigurosidad. Pero más allá de las hipótesis está el hecho de que este episodio toca el corazón del Evangelio: el perdón. El capítulo 8 comienza con pretensión de lapidar a la mujer y termina con al pretensión de lapidar a Jesús. El pasaje precedente hablaba de Jesús que dona el Espíritu, el agua viva que purifica, que perdona, que dona un corazón nuevo, y esta mujer es el prototipo de la humanidad nueva, que tiene un corazón nuevo. El don del Espíritu, ¿qué hace? Nos cambia–como dice el profeta Oseas– de prostituta a esposa fiel, tal como sucede con esta mujer. Decía que el texto nos pone frente al mensaje de Jesús en relación con la ley. No es que Jesús declare la ley como mala –la ley es buena si denuncia el mal– pero la ley no salva a nadie, la ley sólo declara el mal. ¿Para qué ha dado Dios la ley? ¿Para denunciarnos o para matarnos? A veces percibimos la ley como una condena de nuestras acciones y de nosotros mismos como transgresores. Jesús, en cambio, nos da a entender que desde el principio Dios no ha querido condenar al hombre, sino que ha querido sólo condenar el mal porque daña al hombre, y perdonarlo. El tema del perdón, ya en el Antiguo Testamento, es fundamental: es Dios que siempre perdona, que es grande en el perdón, que perdona mil veces.

Aquí vemos claramente una polémica entre los custodios de la ley, entre un modo de comprender la ley legalista y un modo nuevo de entenderla, que es simplemente la denuncia del mal que es el primer nivel fundamental, tomar conciencia del mal como mal, para acceder al perdón y a la conciencia más profunda acerca de Dios. Entonces nuestro mal, nuestro pecado, ya que existe, no es algo que se pueda esconder –como este mal existe, y frente a él nada se puede hacer, entonces hacemos como si no existiera– sino que constituye más bien el lugar del perdón. En el perdón conocemos quién es el Señor: es uno que nos ama sin condiciones. Así conocemos por primera vez quiénes somos nosotros en el perdón: somos personas amadas infinitamente por Dios, sin condiciones, ésta es la verdad. Entremos ahora en el texto.

Comentario por versículos

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron.

Veremos que la enseñanza de Jesús en este episodio toca la esencia de Dios: es Aquel que perdona. ¿Quién es Dios? Aquel que perdona. La enseñanza es la comunicación, no tanto de aquello que piensa y aquello que hace, sino la comunicación de su substancia, podríamos decir. La substancia de Dios, que se manifiesta en Jesús, es el amor que se vuelve perdón, se vuelve acogida incondicionada. Sobre el perdón pensamos siempre que Dios nos perdona porque estamos arrepentido. Pero en realidad no es que Dios nos perdona por eso; podemos arrepentirnos porque Él perdona de todos modos. Dios no puede no perdonarnos, porque Él es amor, y nosotros podemos siempre arrepentirnos. No es que como que nosotros nos convertimos a Él, entonces Él también es bueno con nosotros.

Mientras Jesús está allí enseñando, los fariseos y los escribas –los fariseos son aquellos que observan la ley y los escribas son quienes la conocen– llevan a una mujer sorprendida en adulterio. En el centro de la ley se presenta el pecado, que misma ley denuncia y castiga. Y esta mujer sorprendida en adulterio representa a cada hombre que en el fondo no ama a Dios, su esposo. Todos somos “adúlteros” en este sentido: esta generación es adúltera y pecadora. Esta mujer nos representa a todos y la ley es muy explícita sobre lo que hay que hacer: dar muerte. Entonces se dirigen a Jesús, pero tengamos presente esto: la mujer está “al centro de la ley”. En realidad, siempre sucede así: en el centro de la atención, está el pecado, el mal. Y preguntan a Jesús qué hacer.

Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?

La ley es bastante clara al respecto, y manda lapidar a la mujer. Evidentemente no esperan esta respuesta de Jesús, lo que quieren es ponerlo en serios aprietos. Pero detengámonos un momento sobre el hecho de la lapidación. Se trata de una forma de asesinato colectivo que es el modo primitivo de “hacer justicia”. Todos tienen que estar de acuerdo para una lapidación; y si alguno trata de defender a la persona condenada, también es lapidado. ¿Qué hay detrás de la lapidación? Se podría decir que es el primer acto de justicia que funda la sociedad. Las sociedades buscan siempre un culpable. Cuando hay algún contagio, una peste, una carencia o una guerra, se busca un culpable que debe ser eliminado. Entonces todos nos sentimos unidos y “pacificados”, “puros”, porque “el mal” ha sido eliminado. Este es el principio de la ejecución del cordero expiatorio; así funciona la sociedad civil. Nos sentimos bien porque tenemos un enemigo común al cual combatir. Si no lo hay, entonces nos lo inventamos y pensamos que, eliminándolo, obtenemos dos ventajas: la primera es que estamos finalmente unidos en el mal; la segunda es que desfogamos nuestra agresividad, nuestra violencia, de una manera “legítima” o “legal”. Es así que se crean muchas guerras y se elimina a mucha gente. Primero hay que “demonizar” al otro, que es el enemigo. ¿Por qué? Porque quiere lo mismo que yo quiero, si no fuese así no sería mi enemigo.

Así que en el fondo todos tenemos los mismos deseos; uno imita los deseos del otro, porque el más poderosos domina a los demás y tendemos a identificarnos con el más prepotente. La sociedad, en parte, siempre ha funcionado de este modo. Es el sistema de violencia y de poder, la ley del más fuerte, que falsamente parece eliminar el mal, pero en realidad realiza el mal de todos y contiene la violencia de todos. Pero esta no es la justicia como la quiere Dios.

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.

Decían esto para tentarlo. Habiendo escuchado antes a Jesús, sabían perfectamente que no habría accedido a la lapidación. Pero, ¿en qué consistía la trampa? Si decía que había que lapidarla, entonces desmentía su propio mensaje de perdón y de misericordia; si decía que no había que lapidarla, iba contra la ley y tenían un pretexto para condenarlo. En realidad, en esta escena, el verdadero imputado es Jesús, la mujer es tomada simplemente como pretexto. Así que las piedras en realidad apuntan hacia Él. Además hay otro detalle: es probable que esta mujer habría ya sido juzgada en el tribunal de los escribas y fariseos, pero ellos no podían dictaminar la pena de muerte. Entonces quieren ver si Jesús aprobaba la pena de muerte y de este modo se colocaba contra el imperio romano, que se había reservado la pena capital; si no la aprobaba, en cambio, se colocaba contra el pueblo judío, que quería liberarse del poder romano. Así que la trampa estaba muy bien pensada. O se desmentía a sí mismo y perdía prestigio, o se metía en problemas con los romanos. Pero Jesús, ¿cómo responde? Se inclina y escribe con el dedo en la tierra. Se dice dos veces que escribe con el dedo en la tierra y dos veces que se inclina.

Ahora bien, en una narración así de breve y sintética, dar estos detalles, inclinarse, escribir con el dedo en la tierra, enderezarse, no tendrían sentido si no tuvieran algún significado. Para encontrar el significado de estos textos y aquello que escribía Jesús en la tierra, se han gastado toneladas de libros. Pero en realidad es bien claro lo que escribe. El texto no dice nada acerca de lo que escribe, ni una palabra; sólo dice que escribe. Entonces San Agustín, imitado por otros, dice que este gesto alude a Jeremías, cuando afirma: los nombres de los impíos están escritos como el dedo en la arena, y se pierden. La ventaja de esta usual interpretación es que no entra en materia sobre lo que escribió, sino que mira al gesto de Jesús como a un gesto profético. Otros sostienen que escribía los pecados de los acusadores. Otros, en cambio, afirman hoy que tal como solían hacer los romanos, quienes escribían para sí mismos la sentencia antes de pronunciarla, también Jesús escribe para sí mismo la sentencia. Pero se pueden hacer infinitas hipótesis. La primera de ellas, la más sensata, es que Jesús no responde, se inclina, escribe con el dedo en la tierra y, en lugar de dejarse arrastrar por la violencia, hace una pausa, se detiene, y luego responde. Si hubiera desafiado frontalmente a la multitud, tal vez habría aumentado la ferocidad, que se hubiera lanzado también contra Él; se inclina, invitando a todos a inclinarse y a mirarse a sí mismos, y luego se dice que escribe con el dedo en la tierra.

Pero el gesto también recuerda que Jesús está más allá de la ley escrita, Él es quien la escribe. Si uno pone toda la atención en lo escrito, sin mirar a quien escribe, convierte lo escrito en un fetiche y no entiende el sentido de la Escritura. ¿Cuál es el sentido de la Escritura? Que Dios ha querido comunicar al hombre algo, y por ello no debo absolutizar aquello que está escrito, como por ejemplo: “hay que matar al que hace tal cosa”, sino preguntarse con qué intención fue escrita tal cosa. Prácticamente, con este gesto, Jesús refleja al dedo de Dios que está en el origen de toda la Escritura, y ¿qué nos revela Dios en la Escritura? Que Él es misericordia, perdón, que en el centro no ha puesto el árbol de la muerte, sino el árbol de la vida. Somos nosotros los que llevamos la muerte con nuestras trasgresiones. Ello recuerda, más allá de la ley que castiga el pecado, que Dios perdona al pecador. La ley fue hecha por el bien del pecador, no para matarlo, sino para que se convierta y viva. Así que entre tantos ríos de tinta que se pueden desperdiciar en explicaciones, es necesario poner los ojos en lo esencial.

 
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