Jueves, 14 Marzo 2013 00:00

Domingo V de Cuaresma (C) [Daum]

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Is 43,16-21; Sal 125,1-6; Flp 3,8-14; Jn 8, 1-11

I. APUNTES

El Señor Jesús se encuentra en Jerusalén. Un día, después de pasar la noche en oración en el Monte de los Olivos, se dirige al Templo. «Todo el pueblo acudía a Él; entonces se sentó y les enseñaba».

De pronto la lección matutina es interrumpida por un grupo de escribas y fariseos que se acercan al Señor Jesús con mala intención. Traen a rastras a una mujer, imaginamos sumida en llanto y desesperación. Ha sido sorprendida en flagrante adulterio y, según la Ley de Moisés, debía morir apedreada: «Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos: el hombre que se acostó con la mujer y la mujer misma. Así harás desaparecer de Israel el mal» (Dt 22,22; ver también Lev 20,10). La sentencia era clara e inapelable. La mujer había cometido un pecado gravísimo y debía pagar por su ello con su vida. Sobre el hombre que con ella había pecado pesaba igual sentencia, mas probablemente había logrado huir abandonando a su cómplice a su suerte. Se aprovechó de ella, la utilizó para satisfacer su placer venéreo, acaso le juró amor, pero no estaba dispuesto a morir por ella y con ella. Finalmente, sólo la había usado como un objeto de placer, y probablemente ella también lo había usado a él para llenar un vacío.

Los fariseos y escribas, antes de llevar a la adúltera ante el Sanedrín, la arrastran a los pies del Señor Jesús para someterlo a prueba. Una vez más, buscan una excusa «para comprometerlo y poder acusarlo». Utilizan a una persona, se valen del drama de esta mujer adúltera para tenderle una trampa y poder tener algo de qué acusarlo. En no pocas oportunidades el Señor les había echado en cara su falta de misericordia y su excesivo apego a las normas morales de la ley, muchas de ellas elaboradas en el tiempo por los mismos fariseos. Llenos de amargura querían deshacerse de Él de alguna manera. Pensaban que podrían lograrlo si lo ponían en un callejón sin salida. Estaban convencidos que aquél que se había mostrado tan indulgente y misericordioso con los pecadores se opondría a la lapidación de la mujer, oponiéndose de este modo a la Ley misma. Si públicamente se oponía a la lapidación de aquella adúltera, podrían acusarlo ante el Sanedrín por «pronunciar palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios» (ver Hech 6,11). Si por el contrario aprobaba la lapidación de la pecadora, perdería la autoridad y reconocimiento que ante el pueblo había adquirido en gran parte gracias a sus enseñanzas llenas de misericordia para con el pecador.

El Señor interrumpe su enseñanza y escucha a los fariseos atentamente. Una vez concluida su exposición, el Señor asume una actitud desconcertante: sin decir palabra alguna se inclinó y «escribía con el dedo en el suelo», como quien se desentiende completamente del asunto. De lo que en ese momento escribió o dibujó, ningún evangelista da cuenta. Carecía de todo interés. ¿Acaso se trataba de un ejercicio de paciencia ante la enervante malicia de los escribas y fariseos, a quienes no les interesaba instrumentalizar a esta mujer para tenderle una trampa?

Los impacientes escribas y fariseos insisten en su cuestionamiento. Entonces el Señor se levanta y pronuncia una escueta y lapidaria sentencia: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». Cristo no arroja piedras, pero arroja estas tremendas palabras contra aquellos hipócritas guardianes de la moral que están prontos a lanzar piedras contra la pecadora, cuando ellos mismos cargan en sus conciencias pecados graves. La sentencia del Señor, cual espada afilada, entra hasta lo más profundo de sus conciencias y penetra el corazón más endurecido (ver Heb 4,12). No un largo discurso, sino tan sólo unas agudas palabras bastan para invitar a los acusadores a mirarse a sí mismos antes de reclamar el castigo para aquella pecadora y ejecutar la sentencia de muerte. La sentencia fue suficiente para desarmar la trampa y para liberar a esta mujer de la muerte merecida por su grave pecado. Comenzando por los más viejos se fueran retirando uno tras otro.

Cuando todos sus acusadores se han marchado, le pregunta «“Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?” Ella contestó: “Ninguno, Señor”. Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más”». Al decir «tampoco yo te condeno» le estaba diciendo: “sé que has pecado gravemente y que según la Ley de Moisés mereces la muerte. Yo podría apedrearte y condenarte, pero date cuenta que no he venido a condenar sino a salvar (ver Jn 3,17), que yo he venido a hacer todo nuevo (ver primera lectura). Yo no apruebo tu pecado, pero te perdono y te renuevo interiormente, por el amor que te tengo te redimo, hago de ti una mujer nueva y te doy una nueva oportunidad para que tú, libre ya de tu pecado, reconciliada con Dios, sanada interiormente de las heridas que tú misma te has hecho por el mal cometido, anda y no peques más. Así pues, conviértete del mal camino que había emprendido y vive en adelante de acuerdo a tu condición y dignidad de hija amada del Padre. Olvida lo que ha quedado atrás y lánzate ahora a conquistar lo que está por delante, corriendo hacia la meta para alcanzar el premio que Dios te tiene prometido para la vida eterna (ver segunda lectura)”.

I. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

El pecado, el hacer el mal que no queríamos, la caída en el peregrinar, es parte de nuestra experiencia cotidiana. ¿Quién de nosotros está libre de pecado? Nadie. En la Escritura leemos: «siete veces —es decir: innumerables veces— cae el justo» (Prov 24,16). No podemos olvidar jamás que todos somos pecadores y frágiles, y que «si no obras bien, a la puerta está el pecado acechando como fiera que te codicia» (Gén 4,6-7; ver 1Pe 5,8-9).

Muchas de las caídas que experimentamos serán más o menos leves, como tropezones en el andar. Sin embargo, éstas no son despreciables sobre todo cuando se repiten con frecuencia, pues nos vuelven cada vez más torpes para caminar. Las pequeñas infidelidades abren el camino para caídas más fuertes, esas que hacen que de pronto nos estrellemos de cara al suelo, a veces sin podernos o querernos ya levantar.

Los pecados fuertes, como es el caso del adulterio de aquella mujer, cuando se cometen por primera vez producen una experiencia interior tremenda: confusión en la mente, así como sentimientos entremezclados de dolor de corazón, pérdida de paz interior, vacío, soledad, tristeza, amargura, angustia y mucha vergüenza. Cuando se repiten, violentando una y otra vez la voz de la propia conciencia y haciendo caso omiso a las enseñanzas divinas, vuelven el corazón cada vez más duro, insensible y cínico.

El pecado grave también trae consigo un distanciamiento de Dios. La vergüenza, el sentimiento de indignidad o suciedad, el pensamiento de haber traicionado o defraudado al Señor y todo lo que Él hizo por mí, lleva a “esconderse de Dios” (ver Gén 3,8-10), a huir de su Presencia, a apartarse de la oración, de la Iglesia y de todo y de todos aquellos que nos recuerdan a Dios.

El pecado grave, cuando se repite algunas veces, termina por someternos a una durísima esclavitud de la que es muy difícil liberarse (ver Jn 8,34). Nos hunde asimismo en un dinamismo perverso de auto-castigo y auto-destrucción que dificulta enormemente el que volvamos a ponernos de pie, que nos perdonemos lo pasado y nos lancemos nuevamente hacia delante, a conquistar la meta, que es la santidad. Las caídas graves nos llevan a tener pensamientos recurrentes de desesperanza: “no hay pecado tan grande como el mío, ni Dios me puede perdonar, para mí ya no hay salida”. El peso del pecado se hace demasiado grande y nos va hundiendo en la muerte espiritual (ver Ez 33,10). En efecto, «el pecado, cuando madura, engendra muerte» (Stgo 1,13-15). El pecado, que al principio pensábamos nos iba a traer la felicidad y plenitud humana, termina siendo un acto suicida. Quien peca termina destruyéndose y degradándose a sí mismo, seducido por la ilusión de obtener un bien aparente.

Ante la realidad de nuestro pecado podemos preguntarnos como San Pablo: «¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?» (Rom 7,24). Con él también podemos responder: «¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!» (Rom 7,24). Sí, el Señor Jesús nos libera del pecado y sus efectos. El encuentro del pecador con el Señor es un encuentro de nuestra miseria con quien es la Misericordia misma: cuando nos acercamos a Él como el hijo pródigo, o incluso cuando somos “arrastrados a su Presencia por nuestros acusadores”, descubrimos sorprendidos que Él no nos condena por nuestras caídas, por más vergonzosas o abominables que éstas hayan sido, sino que Él nos perdona, nos libera del yugo de nuestros pecados cargándolos sobre sí, nos levanta de nuestro estado de postración, abre ante nosotros nuevamente un horizonte de esperanza y fortalece nuestros pasos para avanzar por el camino que conduce a la Vida plena: “anda, y no peques más”.

Una vez más el Evangelio del Domingo nos invita a comprender que «Dios no quiere la muerte del pecador, sino que éste se convierta y viva» (Ez 33,11). Por ello el Padre ha enviado a su Hijo: Él cargó sobre sí nuestros pecados, «llevándolos en su cuerpo hasta el madero, para que muertos al pecado, vivamos una vida santa» (1Pe 2,24). Acudamos humildes al Señor de la Misericordia para pedirle perdón por nuestros pecados y hagámosle caso cuando nos dice: “anda, y no peques más”, es decir, lucha decididamente para no caer nuevamente en los graves pecados que has cometido y reza con terca perseverancia para encontrar en el Señor la fuerza para levantarte y para perseverar en la lucha cada día (ver Mt 26,41).

 
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