Viernes, 31 Mayo 2013 11:25

PHC: Hagan que la gente se siente (Jn 6,10)

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I. Examinemos por un instante el contexto del milagro: Sabemos por los evangelios que habían cinco mil hombres sin contar a las mujeres y niños también presentes en la multitud. La jornada ese día había sido larga y agotadora bajo los ardientes rayos del sol. El día estaba llegando a su fin y la proximidad de la noche más el cansancio, el hambre y la natural irritación, hacían que la multitud fuera inmanejable para los también agotados discípulos. En medio de tal confusión, los discípulos optan por la salida más fácil a su problema y se lo hacen saber a Jesús: “Despide a la gente, para que vayan a las aldeas y campos de alrededor, y se alojen y encuentren alimentos; porque aquí estamos en lugar desierto” (Lc 9,12). Cristo por el contrario en vez de buscar evadir el problema, hace frente a la confusión y al agotamiento de la multitud y ordena a sus discípulos que hagan sentar a la gente (Mt 14,19, Mc 6,39, Lc 9,14, Jn 6,10). Su actitud es verdaderamente modélica. No se alteró ni tampoco dudo acerca de lo que debía hacer, por el contrario siempre mantuvo la calma frente a la irritación y crecientes pasiones de la multitud. La respuesta dócil y pronta de la gente al mandato de Jesús, nos evidencian un aspecto fundamental de su ministerio: su autoridad y soberanía. Frente a las dificultades y reclamos de la gente Cristo no pierde su calma ni su autoridad y nos revela de este modo su soberanía divina.

II. El mandato de Jesús no sólo expresa su autoridad sino también su consideración por los más necesitados. En el evangelio de San Juan y de San Marcos leemos que sólo los cinco mil hombres se sentaron en el suelo. Llama la atención que el mandato de Jesús excluyera a las mujeres y a los niños también presentes. La razón es sencilla: Jesús es consciente de que los cinco mil hombres cansados y fatigados son prontos a la discordia y a la irritación, por eso piensa primeramente en el riesgo que esto representa para las mujeres y niños quienes son minoría entre la multitud. Aquí tenemos uno de los muchos detalles en los que el evangelista nos narra la reverencia y preocupación de Jesús por los más débiles. Para que Cristo realice este milagro, es necesario establecer el orden y esto implica velar primero por los más débiles que se encontraban en peligro de ser pisoteados. “Hagan que la gente se siente” (Jn 6,10) le dice Jesús a sus apóstoles asegurándose de este modo que las mujeres y los niños también tuvieran oportunidad de obtener su parte. Cristo nunca se olvida de nadie en la comunidad y mucho menos de los más pequeños. [Tal vez estamos ante una interpretación un tanto forzada de los hechos, pero lo que trata de demostrar no deja de ser cierto: que Jesús tiene siempre una especial preocupación por los más débiles y menesterosos.]

III. El mandato de Jesús despertó esperanza y expectativa en el corazón de la multitud. Ellos habían caminado a lo largo de la costa norte del mar de Galilea para luego adentrarse en el desierto ubicado en la costa este. La jornada había sido larga y se encontraban fatigados. Es probable que debido a la longitud de la jornada el porcentaje de mujeres y niños presentes haya sido relativamente menos en comparación al de los hombres. La minoría sin embargo no fue ignorada. Sus anhelos ya habían sido de alguna manera satisfechos con lo que presenciaron durante la jornada, pero ahora el cansancio y el hambre se apoderan de ellos. Cristo despierta la esperanza en su corazón y la gente pronto se da cuenta de que el gran Maestro se dispone a alimentarlos. Nadie sabía de dónde vendría la comida, salvo que vendría de la misma fuente de poder y gracia de donde tantas personas necesitadas y sufrientes se habían visto provistas. Todos en esa gran multitud anhelaban y esperaban ser provistos de una manera milagrosa. [Se puede hacer una homilía en base a esta última afirmación: “todos esperaban algo”. En el fondo todo hombre espera algo, incluyo los que creen haber encontrado todas sus respuestas en la ciencia. Existe en el fondo del corazón humano una nostalgia que nunca lo dejará en paz. Decía Chesterton que el problema con el ateísmo es que aquellos que no creen en nada terminan por creer en cualquier cosa. Hay un impulso interior muy potente, pasible de ser disminuido a una dimensión que lo haga casi imperceptible, pero siempre presente e inalienable, que lleva al hombre a buscar y a esperar en algo de algún modo trascendente.]

IV. Por este mandato Cristo se sometió voluntariamente a una nueva prueba de su poder divino y de su compasión. No estaba en la obligación de realizar el milagro, pudo haber despedido a la gente sin que eso pusiera en duda su divinidad, pero su amor lo impulsa a salir al encuentro de la multitud. Nadie lo esperaba ni siquiera sus mismos discípulos, por lo que podemos inferir que el milagro no se realizó debido a una necesidad o urgencia de la gente, sino más bien por la sobreabundancia de amor que impulsa a Cristo a someterse voluntariamente a esta nueva prueba. Así actúa siempre nuestro Señor, cada uno de sus mandatos implica una prueba de sí mismo, una promesa: “Cree en el Señor Jesucristo”, es el mandamiento “y serás salvo, tú y tu casa” la promesa. El Señor nos pide que cumplamos sus mandamientos y en ellos él nos promete la salvación. [Lo que se muestra aquí se puede ver como una característica permanente del modo de actuar de Dios hacia los hombres: por sobreabundancia de amor. La Creación del Universo y del hombre, la promesa de la Redención y la Encarnación de Dios, la Salvación y el envío del Espíritu Santo a la Iglesia, los sacramentos y especialmente la Eucaristía, todos ellos no tienen otra causa que el amor infinito e incomprensible para el hombre, que Dios siente por él.]

V. Por este mandato Cristo somete a los discípulos a una nueva prueba: Cumplir lo que él les había mandado significaba primero que ellos mismos creyeran y confiaran, para después ir a pedirle a la multitud que se sentaran a esperar su alimento. Recordemos que los discípulos acababan de discutir con Cristo y le habían dicho que ni siquiera doscientos denarios serían suficientes para abastecer de pan a la gente. Es cierto que un joven había ofrecido sus cinco panes y dos peces, pero estos no eran suficientes para dar de comer a la multitud “aquí hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces; pero ¿Qué es eso para tantos?” (Jn 6,9). Esto es precisamente lo que sucede cada día: cada fiel mensajero de Jesucristo, que sale al encuentro de las necesidades de los otros, sabe muy bien que sin el poder de Cristo no le es posible cumplir su misión ya que esta trasciende sus capacidades y posibilidades. Cada misión tiene su prueba, pero todo aquel que ha sido enviado por el Señor la asume con la seguridad de que Dios provee la gracia necesaria para realizarla. [Lo que podemos hacer como cristianos, aquello a lo que Jesús se refiere cuando dice “sin mí no podéis hacer nada”, verdaderamente no es posible sin la gracia de Dios. Si alguien desea ser apóstol y dar un testimonio evangélico y no cuenta con el auxilio del Espíritu Santo, aferrándose a sus criterios y a sus solas fuerzas o capacidades, tarde o temprano se chocará con la realidad de su absoluta insuficiencia. Lamentablemente en muchos casos ello es motivo de desesperanza y debilitamiento de la fe.]

VI. Este mandato de Jesús también representa una prueba para la gente. Cada persona en la multitud tuvo que obedecer en anticipación al banquete. Este acto de obediencia es un acto preeminentemente de fe. Ellos tenían la certeza de que Jesús no mandaría a sus apóstoles a pedirles que se sentaran si él no se dispusiera a alimentarlos. Esta actitud de obediencia confiada es precisamente lo único que es requerido de cada persona: hacer lo que él nos pide y confiar y esperar con paciencia. Pero cuantas personas hay que no están dispuestas a hacer este acto de fe y quienes después ¡se sorprenden de no ser alimentadas! Entre los cinco mil hombres no hubo ninguno que actuara de este modo; ninguno dudo, todos confiaron: “Entonces dijo a sus discípulos: Hacedlos sentar en grupos, de cincuenta en cincuenta. Así lo hicieron, haciéndolos sentar a todos” (Lc 9,14-15).

 
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