Viernes, 31 Mayo 2013 11:27

PHC: El pan bajado del Cielo (Lc 9,10-17)

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(vv. 10-17)

Los apóstoles estaban cansados después de la larga jornada y el Señor les propone retirarse a la parte este de Betsáida, a unas cuantas millas al norte de la desembocadura del Jordán en el lago Tiberíades, para descansar. Pero la multitud que venía siguiéndolos hace ya varios días finalmente les dan alcance y ponen fin a todo prospecto de descanso. Jesús “tuvo compasión de la multitud” (Marcos 8:2) y sin quejarse ni manifestar ningún signo de impaciencia los acoge. Su corazón compasivo no se queda en las apariencias: para él la multitud no es simplemente un grupo de intrusos o curiosos, sino ovejas que andan en busca del pastor. Como él nosotros también estamos llamados a acoger a las personas. En la medida en que nos conformemos más plenamente a Cristo podremos ver a las personas con la compasión con que él las ve, incluso cuando estas nos importunen o hagan exigencias que nos impliquen grandes renuncias.[Esta advertencia se podría pensar como dirigida exclusivamente a quienes son pastores de un rebaño: sacerdotes, misioneros, religiosos. Pero en realidad todos los cristianos, si estamos convencidos de nuestro cristianismo, de lo que somos y debemos ser, somos pastores según nuestro estado. Por lo tanto, todos debemos preguntarnos: ¿quiénes son esas 'ovejas en busca del pastor'? Se puede siempre caer en la tentación de pensar que son solamente 'los interesados en la religión'. Pero el mundo en el que vivimos hoy, ¿no está cada vez más lejos de Dios? En nuestro tiempo son cada vez menos los que buscan a Dios y más los que lo ignoran. Ante ellos, ¿cuál es nuestra actitud? En cierto modo debería ser también la de la compasión. Jesús siente compasión por aquel que está perdido, y es ese mismo 'sentido de pastor' el que debería llevarnos a todos a ganar a los más posibles.]

Con respecto al milagro en sí mismo podemos dividir el texto en tres partes: el preámbulo, el milagro y los frutos abundantes.

I. El Preámbulo.El contexto inmediatamente anterior a la multiplicación de los panes y los peces se orienta a preparar a los discípulos y a la multitud para el milagro que Jesús esta por realizar. Esta preparación comporta dos elementos fundamentales: Primero, que por medio del mandato a sus discípulos, de alimentar a la multitud, Jesús hace que ellos se topen con la insuficiencia de sus recursos y que se hagan conscientes de que lo que se les pide excede sus capacidades. Segundo, Jesús exige a los discípulos y a la multitud hacer un acto de obediencia, que muy seguramente a muchos debió haberles parecido ridículo.

Los apóstoles al ser conscientes de la insuficiencia de sus recursos, debieron haber pensado que el mandato de Jesús era un absurdo. Esta conciencia de su poquedad es el principio de una gran lección: El Señor Jesús nunca nos pide algo que no podamos darle, no nos da una tarea que sabe de antemano no vamos a poder realizar. Pero también es cierto que muchas de las cosas que el Señor nos pide trascienden nuestras solas fuerzas y descubrimos no solamente que somos inadecuados sino también insuficientes para llevarlas a cabo. Esta toma de consciencia de nuestra pobreza y poquedad nos conduce a poner toda nuestra confianza en aquel que nos da la gracia, la fuerza necesaria para realizar lo que él nos pide. Podríamos decir que la mejor preparación para nuestra misión en el mundo, es descubrir que nuestras fuerzas o recursos no son suficientes y que necesitamos de Dios. Esta es precisamente la lección que Jesús les da a sus discípulos cuando les pide dar de comer a la gente: ellos saben que lo que tienen no es suficiente, sin embargo lo entregan todo y en su Nombre alimentan a la multitud.

[En este día, dedicado a la Eucaristía, se puede partir de lo que es ella misma y lo que representa como manifestación de la gracia infinita de Dios y de su acción que supera por completo los límites que se imponen a la naturaleza humana, para explicar que toda la vida es, en este sentido, una manifestación del amor de Dios, y que su acción se hace presente de muchas formas. Pero para conocerla es necesario el acto de fe, es necesario dar crédito a la Palabra de Jesús que se dirige a nosotros; tal vez como aquella expresión de Pedro: "en tu nombre echaré las redes". Los discípulos aquí hicieron algo parecido; se limitaron a confiar en la Palabra de Jesús antes que en la evidencia o en el orden natural de las cosas. Y la fe dio lugar al milagro.]

II. El milagro. Similar al milagro de la pesca milagrosa, la motivación que llevo a Jesús a realizar el milagro de la multiplicación de los panes y los peces no fue la de aliviar algún sufrimiento, la necesidad que el milagro suplió no fue algo que no hubiese podido ser suplido por medios ordinarios. Jesús tomó el pan y lo bendijo. Su bendición es eficaz porque sus palabras son acto y comunican la bendición que pronuncian. El momento específico en el que el milagro es realizado no es explicitado por el evangelista, pero el texto nos narra que la comida parecía no acabarse y que los discípulos regresando a Jesús con las manos vacías encontraban las suyas siempre llenas. En el gran discurso eucarístico en el evangelio de San Juan, Jesús explica a la multitud la profundidad del milagro. Jesús es el pan bajado del cielo; quiso convertirse en pan partido para que todos los hombres pudieran alimentarse de su misma vida. No sólo en su encarnación sino también en su muerte, se ofrece como alimento para el mundo y mediante la participación en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre nos da la vida eterna. Este ministerio sacramental es confiado por él a sus apóstoles y a sus sucesores. Son ellos los que, conscientes de su poquedad y pobreza, están llamados a partir y distribuir el Pan eucarístico a todas las generaciones. Ofreciendo con confianza a Cristo todo lo que pobremente poseen, se convierten con su gracia en fuentes inagotables. [Esto se puede utilizar muy bien para introducir una homilía que lleve a la reflexión sobre “el verdadero alimento”: Mucha gente duda de la acción de Dios, o incluso reniega de ella, porque ve una contradicción entre el sufrimiento humano o la existencia del mal y la existencia misma de Dios. ¿Cómo puede haber Dios si subsiste tanto mal en el mundo? Se preguntan. Pero en el Evangelio de hoy encontramos la prueba del verdadero compromiso de Dios con el mundo, en la compasión que Jesús siente por la multitud. Sin embargo, es bueno preguntarse ¿en qué consiste el verdadero mal? Y, por consiguiente, ¿en qué consiste el verdadero bien con que Dios acude para salvar al hombre? Siguiendo esta lógica, concluiremos que para el cristiano, el mayor mal que puede existir es que el hombre excluya a Dios de su vida, así como el hambre más importante de ser saciado es el hambre espiritual, el cual está presente en todo corazón humano.]

Los frutos. Leemos en el evangelio que una vez saciada el hambre, los discípulos recogieron los trozos sobrantes y llenaron doce canastos. El pan partido por Cristo y repartido a la gente no se convirtió en migajas, cada porción era más que suficiente para calmar el hambre del mundo. Aquellos que al recibir el alimento a su vez lo compartieron con sus hermanos fueron aún más bendecidos, ya que no hay forma más segura de recibir toda la dulzura y bendición del evangelio, que anunciarlo a algún alma hambrienta. Los doce canastos nos enseñan también la riqueza del don de Cristo como Pan de Vida, que a diferencia de otro tipo de alimentos que empalagan dejándonos insatisfechos, satisface y permanece siempre. (Maclaren). [El paralelo entre el Pan de la Vida eterna y el “pan de la Palabra” se expresa no sólo en su carácter de ser don gratuito de Dios, sino en la sobreabundancia de su naturaleza, pues viene de Dios que es sobreabundante en su amor, y además en su inherente fuerza expansiva. Quien recibe el don de Dios no puede sino compartirlo. La comunión que se distribuye y se recibe impulsa a vivir a su vez en comunión con otros seres humanos.]

 
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