Jueves, 18 Septiembre 2014 00:00

Jueves XXIV del Tiempo Ordinario 2014

Publicado en Ideas para hoy
Martes, 22 Abril 2014 00:00

Martes I de Pascua

Lecturas: Hch 2,36-41; Sal 32; Jn 20,11-18

El amor de María

Captación

En este episodio se pone de manifiesto el amor profundo que profesaba María a Jesús. En la descripción de los hechos se deja ver la situación de desconcierto y desesperación que había producido en la vida de esta mujer la muerte de su Maestro, así como el gozo indecible y difícilmente imaginable que habrá causado en ella el hecho de ver a Jesús vivo nuevamente y escuchar su palabra.

Cuerpo

Podemos preguntarnos, ¿de dónde venía este amor tan grade de María hacia Jesús? Para responder a esta pregunta primero hay que decir que al hablar de Jesús, nos referimos a Dios mismo hecho carne, quien es el amor por excelencia, y por lo tanto la persona más amable que se puede imaginar. Si existe alguien capaz de amar y al mismo tempo digno de ser amado ese es Dios, y en la persona de Jesús, que es la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Hijo hecho hombre por nuestra salvación, ese amor adquiere una forma concreta y personal. Es así que María, al haber conocido a Jesús y al haber vivido cerca de él, pudo nutrirse de su presencia humana extraordinaria, y pudo recibir todo el bien que reciben quienes llegan a conocer a Jesús y a entablar una relación de amistad profunda con él. De esto también se comprende su angustia y su dolor terribles ante la muerte del Señor. Lo segundo que debemos recordar es que María, como muchos otros, vivió de una manera privilegiada la experiencia del perdón, pues las Escrituras dan testimonio de la curación espiritual que obró en ella Jesús. Y, como dijo él mismo en otro pasaje: “Mucho amor muestra a quien mucho se le perdona”.

Conclusión

¿Qué conclusión podemos sacar nosotros? En primer lugar que estamos llamados a tener esa misma relación de amistad y de amor con Dios en la persona de Jesús, cosa que se puede lograr únicamente a través del contacto personal con él y con su Palabra, en los sacramentos y en la oración. En segundo lugar, que debemos tomar conciencia de que él sana nuestras heridas y perdona nuestros pecados. Aquel que no se experimenta necesitado de ser curado y perdonado por Dios, es incapaz de comprender el efecto transformador de la gracia en su propia vida.

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Sábado, 15 Junio 2013 08:30

Domingo TO XI (C) [Alvarado]

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Domingo, 10 Marzo 2013 00:00

Domingo IV de Cuaresma (C)

Lecturas: Jos 5,9a.10-12; Sal 33; 2Cor 5,17-21; Lc 15,1-3.11-32

¿El hijo pródigo o el Padre pródigo?

Captación

La prodigalidad es la liberalidad en el dar, es el deroche; es pródigo quien da sin pensar en el futuro y sin ningún tipo de cálculo. Así que este Evangelio, llamado del hijo pródigo, podría también ser llamado del "Padre pródigo". El hijo derrocha sus dones y la riqueza que le ha sido encargada en administración: su prodigalidad es irresponsable y egoista. El Padre, en cambio, es pródigo en perdón y misericordia, y la da sin esperar nada a cambio y pensando sólo en el bien ajeno: su prodigalidad es de una generosidad sin precedentes.

Cuerpo

El gran pecado del hijo pródigo no está en el deseo de disfrutar los dones que le pertenecen, tampoco en el deseo de libertad o de felicidad. Su falta está en pretender obtener todo esto dándole la espalda a su Padre. El Padre, en esta parábola, aparece desde el principio "prodigo" en todas sus actitudes. No trata de frenar a su hijo o de reprimirlo; le da lo que le pide, lo ama incondicionalmente y finalmente está dispuesto a perdonar sus graves pecados sin ningún tipo de reproche o de condicionamientos. Su generosidad es absoluta porque está cimentada en un amor absoluto. El hijo, en cambio, hace un mal uso de todos lo que le da el Padre. En cierto modo "se aprovecha" de su generosidad. El hijo es pródigo en su egoismo y en su afán de obtener su felicidad independizándose de su Padre.

Conclusión

¿No es esta la dinámica que se produce con nosotros, cada vez que pecados? ¡Ciertamente! El pecado es el intento de obtener una felicidad de espaldas a Dios; creemos ver el bien en el mal, y vamos tras él. Somos también nosotros pródigos en el mal uso que hacemos de los bienes del Señor. La buena noticia es que Él siempre nos espera y está dispuesto a admitirnos nuevamente en su casa sin condicionamientos.

Otras Ideas

  • El hijo pródigo puede ser para nosotros ejemplar en dos sentidos contrapuestos. Es, en primer lugar, un buen ejemplo del "típico pecador". La parábola reproduce a la perfección la dinámica del pecado y sus consencuencias: afán de auto-suficiencia y prescidencia de Dios; búsqueda personal egosista; libertinaje; soledad, frustración, etc. Pero puede ser también ejemplo de un "buen penitente". ¿En qué consiste la verdadera penitenacia? Consiste en el arrepentimiento; sentir el peso de la propia culpa sin justificaciones; asumir la responsabilidad del propio pecado sin escudarse en los demás o en el ambiente; el propósito de "volver" y someterse nuevamente a la autoridad de Dios.
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    Sábado, 09 Marzo 2013 00:14

    Domingo IV CUA (C) [Alvarado]

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    Sábado, 02 Marzo 2013 12:30

    PHC: Accidentes, no castigos (Lc 13,1-9)

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    Sábado, 02 Marzo 2013 00:00

    Sábado II de Cuaresma

    Lecturas: Mi 7,14-15.18.20; Sal 102; Lc 15,1-3.11-32

    Todos somos el hijo pródigo

    Captación

    La parábola del hijo pródigo no es una simple historia, sino una verdadera revelación de Jesús acerca del ser de Dios y de su actuar. Pero es al mismo tiempo una explicación muy profunda acerca de la naturaleza pecadora del hombre y su inclinación a "independizarse" de Dios y de su Plan.

    Cuerpo

    En el hijo pródigo está representado el ser humano cuando, hechizado por la ilusión de construir su felicidad apartado de Dios y de su ley, se desacarría y va por senderos lejanos a Dios y a sus mandamientos. Pero este hombre ha sido dotado de una conciencia, y es ella la que continuamente le reclama y constituye un peso que no le deja tranquilo y que, finalmente, le lleva a "ceder" y a reconocer que no puede serguir sin Dios, y no puede pretender obtener algo bueno alejándose de Él. El hermano mayor, por su parte, en cierto modo también sufre el "síndrome" del hijo pródigo, pues ve las cosas no como las ve su Padre, sino a través del prisma de sus celos y de su egoismo; es el Padre quien lo reconduce a tener una mirada de misericordia para con su hermano.

    Así que en el hijo pródigo estamos representados todos. Esto puede verse claramente cuando en nuestra vida, las decisiones que hemos tomado nos han ido llevando lejos de Dios, y llega el momento en que reconocemos que tenemos que "regresar" a él y cambiar de vida. Pero también somos ese hijo pródigo en cada situación pequeña de nuestra vida en que nuestras acciones nos alejan del modo de obrar de Dios. Cada vez que cometemos un pecado, cada vez que faltamos a la caridad, somos ese hijo pródigo, pues vamos a buscar nuestra felicidad y nuestra paz interior en el egoísmo, en la búsqueda de poder, en la obtención de cosas materiales o de placeres, en los que Dios queda excluido. Pero posiblemente luego recapacitamos y volvemos a Él, tal vez con la confesión sacramental. En cada uno de esos momentos revive en nosotros la figura del hijo pródigo.

    Conclusión

    Este tiempo nos llama a la conversión. Y ella implica el examen de conciencia. ¿Dónde estoy en mi relación con Dios? ¿Me he alejado de Él? ¿He caído en la ilusión de la independencia de Dios? ¿El mundo me ha seducido? Siempre es tiempo de volver a Dios y de reconocer que sólo en Él encontramos nuestra verdadera paz y nuestra verdadera dignidad humana.

    Otras Ideas

  • Esta parábola nos invita también a contemplar el corazón misericordioso de nuestro Padre Celestial. ¿Cómo no tener esperanza ante la certeza de que Dios realmente nos ama y está dispuesto a perdonarnos aunque nuestros pecados sean muy grandes? La contrición es necesaria y también lo es el arrepentimiento, pues ellos son la medida de nuestra fe. [En cierto modo es eso lo que Jesús dice acerca de María, la pecadora: "a quien mucho amor muestra, mucho se le perdona" (Lc 7,47); es el corazón de María, lleno de contrición y de arrepentimiento, lo que conmueve a Jesús, quien lejos de negarle el perdón, le muestra todo su amor.] ¡Qué saludable es empezar siempre por el arrepentiemiento, que nos conduce a Dios y nos manifiesta con esperanza que Él nos ama y nos perdona!
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