Card. Henry Edward Manning

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lc 9,23)

Leemos en los Evangelios de San Mateo y de San Marcos que este precepto, “si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lc 9,23), fue dado justo después de que Pedro había sido severamente corregido por su errónea manifestación de afecto hacia el Señor. En el preludio de su agonía el Señor Jesús comienza a enseñarle a sus discípulos aquello que el Hijo del hombre habría de sufrir, pero el impulsivo Pedro en su ceguera de corazón “tomándolo aparte, comenzó a reprenderle, diciendo: Señor, ten compasión de mi; en ninguna manera esto te acontezca. Entonces él, volviéndose, dijo a Pedro: Quítate de delante de mí, Satanás; me eres escándalo; porque no entiendes lo que es de Dios sino lo que es de los hombres” (Mateo 16:22-23). Luego para que comprendieran la magnitud de esta gran ley del sufrimiento de la que ni él mismo estaba exento y que lo involucra no sólo a él sino a toda alma que quiera seguirle, les dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese á sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mateo 16:24). Sus palabras constituyen un proverbio y una profecía por medio de las que prefigura su propio destino y el de ellos: les enseñó el misterioso orden de su Reino y como él y los suyos han de sufrir, han de negarse a sí mismos, todos han de cargar la cruz. Una y otra vez durante todo su ministerio Jesús revela estos signos y extrañamente logra así atraer a sus discípulos más cerca de sí mismo. De esta manera él fortaleció a sus seguidores para dejar sus hogares y familiares; así mismo moderó el carácter de algunos que queriendo seguirlo no estaban dispuestos a sufrir el costo; de este mismo modo intentó unir al joven rico para siempre a su servicio, pidiéndole que renunciara a su más fuerte apego. Este mismo precepto impregna todo el sentido de las palabras y acciones de Jesús: Su propia abnegación y la cruz que cargaba diariamente evidencian el destino de todo aquel que quiera seguirlo y lo que durante toda su vida testimonió lo declara específicamente por medio de este precepto cuyas palabras son al tiempo un ruego y una advertencia: Nos ruega que lo sigamos pero nos advierte que si queremos seguirlo debemos negarnos a nosotros mismos. Las palabras de Jesús nos enseñan que nuestra abnegación es la condición indispensable para ser sus seguidores o en otras palabras: sin abnegación ninguna persona puede ser un Cristiano fiel.

Publicado en Sermones

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