Martes, 04 Agosto 2015 00:00

Martes XVIII del Tiempo Ordinario 2015

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Martes, 31 Marzo 2015 00:00

Martes Santo 2015

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Miércoles, 25 Marzo 2015 00:00

Solemnidad de la Anunciación del Señor

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Jueves, 24 Abril 2014 00:00

Jueves I de Pascua

Lecturas: Hch 3,11-26; Sal 8; Lc 24,35-48

Jesús ilumina nuestro entendimiento

Captación

Falta de comprensión y temor son las dos realidades humanas de las cuales son víctimas los discípulos, tal como aparece en los Evangelios. Jesús llega para discipar sus miedos y abrir sus ojos a la realidad de una manera totalmente renovada. No nos es totalmente ajena esta experiencia. Quien ha dado en algún momento de su vida el paso de la fe es capaz de entenderlo.

Cuerpo

Efectivamente, una de las cosas de las cuales es esclavo el mundo sin Dios es el miedo. De allí la llamada que hizo el Papa Juan Pablo II al inicio de su pontificado: "no tengáis miedo". El mundo, y la gente que está inmerso en su dinámica, aunque no lo reconozoca, adolece principalmente de un temor muy profundo: temor a la falta de sentido y de significado, a la falta de amor, a la soledad, y a otras cosas; pero logra contener ese sentimiento llenándose de sucedáneos, los cuales le proporcionan una seguridad y un significado que, aunque es efímero y endeble, produce la sensación de realización. Lo otro es la falta de comprensión. De hecho hay una manera de comprender el mundo sin Dios y otra que es radicalmente distinta y en muchos casos opuesta, aquella que ve la realidad desde los ojos de la fe. Con esa mirada el cristiano se acerca a las cosas de Dios y es capaz de comprender, se ve a sí mismo y a los demás desde la verdad, y se coloca ante los acontecimientos de la vida, tanto aquellos felices como a los dolorosos, con una actitud que a muchos resulta soprendente y hasta absurda. Pero todo esto no viene simplemente de una experiencia de conocimiento; no estamos hablando simplemente de un proceso mental, como de quien descubre algo desde el punto de vista científico, sino de una experiencia de fe, y la fe es un don. No está en nosotros el origen de todo esto, sino en Dios: Él disipa nuestras dudas y temores y abre nuestra mente y nuestro corazón al entendimiento. Es así como se presenta a nosotros Jesús Resucitado en la Iglesia y en los Sacramentos.

Conclusión

La pregunta es: ¿confiamos en Él?. Porque todo esto es un asunto de confianza. Debemos creer verdaderamente que en la Iglesia Jesús es la fuente de nuestra seguridad humana y el objeto más alto de nuestro conocimiento. Conocerlo a Él es la verdadera sabiduría. A través de nuestra participación conciente en la vida y de la Iglesia de nuestra relación personal con Dios a través de la oración y del ejercicio de la caridad Él aleja nuestros miedos y abre nuestros ojos a la verdad.

 
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Miércoles, 23 Abril 2014 00:00

Miércoles I de Pascua

Lecturas: Hch 3,1-10; Sal 104; Lc 24,13-35

Dios no sabe de nuestra desgracia

Captación

Es curiosa la pregunta de los discípulos de Emaús: “¿Cómo? ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?” Nos recuerda un reproche que continuamente elevan los hombres a Dios cuando El parece estar ausente de las circunstancias difíciles de nuestra vida, o simplemente parece no enterarse de lo que nos sucede y el ámbito de lo religioso resulta separado completamente de nuestros intereses cotidianos.

Cuerpo

Así iban estos discípulos de Emaús, un poco “desencantados” de la vida, al haber conocido a uno que parecía un gran protesta y resultó condenado a muerte como un delincuente; es como ese Salmo que dice: “como un tejedor devanaba yo mi vida y me cortan la trama”. ¿Y qué decir de las desgracias del hombre, aquellas de las que Dios parece no enterarse? ¡Cuántos reproches de este tipo elevan los hombres a Dios todos los días! Pero la presencia de Dios se descubre cuando uno menos lo piensa, y no todos tienen la capacidad de escucharlo. En estos discípulos de Emamús, a pesar de la desilusión y la tristeza, estaba todavía encendida, como una pequeña chispa, la llama de la esperanza; aún estaban dispuestos a creer, y no estaban totalmente embotados de preocupaciones terrenas, tanto que no pudieran escuchar a Dios si les hablaba tan directamente. Y así Jesús interrumpe sus cavilaciones y les llama la atención: ¿qué son estos reproches? ¡Qué tardos son los hombres para entender las cosas de Dios! Su modo de actuar es muy distinto al nuestro. Él responde a nuestras angustias humanas de una manera que sólo es accesible a quien tiene fe, y sus caminos, aunque son distantes a los nuestros, resultan de lejos los mejores, cuando uno decide someterse libremente a los designios de Dios, llenos de sabiduría y amor. Estos hombres se tomaron su tiempo para entender. Algo en su corazón les decía que debían acoger a este forastero, sintieron en él algo especial y lo invitaron a permanecer con ellos. Y así permitieron que Dios se revelara ante sus ojos. Sólo entonces pudieron decir: “¿acaso no ardía nuestro corazón?”

Conclusión

¿Y nosotros? ¿Dejamos que Dios actúe en nuestra vida? ¿O más bien nos llenamos la mente y el corazón con reproches acerca de cómo Dios debería actuar y cómo debería responder a nuestras inquietudes? La respuesta está más bien en la escucha, aquella que sólo se produce en la oración sincera del creyente y que le da a Dios la posibilidad de actuar y de transformar verdaderamente nuestra realidad.

 
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Jueves, 14 Marzo 2013 00:00

Domingo V de Cuaresma (C) [Alvarado]

 
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Lunes, 11 Marzo 2013 00:00

Lunes IV de Cuaresma

Lecturas: Is 65,17-21; Sal 29; Jn 4,43-54

El dilema de la fe y los signos

Captación

Estas palabras del Señor ponen en el centro de nuestra atención el problema de la fe: ¿qué es la fe? ¿qué significa creer? Por un lado nos demuestran que hay un lazo profundo entre el acto de la fe y los signos que Dios pone al alcance del hombre. Pero por otra parte, el Señor parece decir que creer a través de los signos es una forma de fe imperfecta: "si no veis signos no creeis". Pero los seres humanos necesitamos de signos, ¿no es así? ¿Cómo podemos resolver este dilema?

Cuerpo

El problema, en realidad, no es tanto "creer en los signos", sino qué lugar damos nosotros a los signos. La gran diferencia aquí es aquella que existe entre la verdadera fe y la idolatría. El Señor Jesús no condena una fe que se sirve de los signos o que surge gracias a ellos, sino una fe que pone condición para poder creer la producción de algún signo, algo que "garantice" o "asegure" la acción de Dios: "Como no veáis signos y prodigios, no creéis." Estas palabras de Jesús son una crítica a la incredulidad. Y la incredulidad que va en busca de signos que garanticen su fe es pura idolatría, pues el signo se convierte en un ídolo; en ello también hay mucho de superstición. Pero, ¿qué es lo que nos pide Jesús? Él nos pide creer en su Palabra, y es ella la base sobre la cual se debe apoyar nuestra fe. Los signos seguirán existiendo, porque Dios actúa por medio de signos; el evento principal de nuestra fe cristiana, lo que le da significado, que es la resurrección de Cristo de entre los muertos, es un signo. Así que sería tonto rechazar o minusvalorar los signos. El problema está en que los signos ocupen el lugar que debe ocupar nuestra relación personal con el Señor, que es una relación basada en el amor y en la confianza. Creer en Él y creerle a Él, creer en su Palabra.

Conclusión

Tal vez todo esto resulta un poco confuso. ¿Qué debemos hacer? ¿Creer o no creer en los signos? ¿Qué tan importantes son en nuestra vida? El dilema se puede resolver de la siguiente manera: existe una fe imperfecta que busca el signo para poder creer; existe una fe inicial, buena, pero no perfecta, la que contempla el signo y cree; pero existe una fe más perfecta, aquella que cree en la Palabra, aún sin haber visto ["Porque has visto has creído, dichosos los que creen sin haber visto" (Jn 20,29)]. Así que la pregunta es si nos podemos fiar de la Palabra de Dios. Del a palabra de los hombres, muchas veces no, pero de la Palabra de Dios, quien no deja "una iota sin cumplir", ciertamente debemos creer.

 

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Lunes, 26 Noviembre 2012 00:00

Lunes XXXIV del Tiempo Ordinario

Lecturas: Ap 14,1-3.4-5; Sal 23; Lc 21,1-4

El verdadero desprendimiento

Captación

Este episodio del Evangelio es una muestra del conocimiento profundo que tenía Jesús del corazón humano. Lo vemos en el templo observando a las personas. Y señala a una pobre viuda, a quien pone como ejemplo del verdadero espíritu de la caridad cristiana. El Señor se preocupa por enseñaros lo que significa "dar", pero no sólo dar de lo que tenemos, de lo material, sino "dar" de nosotros mismos a los demás.

Cuerpo

Jesús señala que esta mujer del Evangelio se acercó a las alcancías del templo y dejó allí todo lo que tenía para vivir: todo su sustento. Es decir, se desprendió de su única seguridad. Esas dos monedas no significan sólo un recurso material para abastecerse de alimento, significan toda la vida entera. Como contraparte vemos a otros que se acercan al templo y dan de lo que les sobra. Tal vez dan con generosidad, pero no dan el paso fundamental, que es en el fondo un acto de confianza en Dios. A diferencia de ellos, está la pobre viuda que pone su vida entera en las manos de Dios. Este Evangelio, por lo tanto, no es solamente un llamado al desprendimiento material, pues éste se vive de manera distinta en circunstancias distintas; es sobretodo una invitación a la confianza en Dios y al reconocmiento de que nada en este mundo puede darnos verdadera seguridad: solo Él es garantía de nuestra felicidad. [Como enseña el salmo 18: "Yahveh, mi roca y mi baluarte, mi liberador, mi Dios; la peña en que me amparo, mi escudo y fuerza de mi salvación, mi ciudadela y mi refugio." (18,2)]

Conclusión

Cabe la pregunta: ¿cómo vivo yo la confianza en Dios? Tal vez estoy demasiado apegado a seguridades terrenas y en algunos aspectos de mi vida actuo como si mi felicidad dependiese de esas seguridades. Hay momentos en los que el Señor nos pide dar un paso adelante y realizar con coraje un acto de desprendimiento, con la seguridad de que Dios es el único que no defrauda, ni abandona al hombre a su suerte, pase lo que pase.

Otras Ideas

  • "La viuda del Evangelio, al igual que la del Antiguo Testamento, lo da todo, se da a sí misma, y se pone en las manos de Dios, por el bien de los demás. Este es el significado perenne de la oferta de la viuda pobre, que Jesús exalta porque da más que los ricos, quienes ofrecen parte de lo que les sobra, mientras que ella da todo lo que tenía para vivir, y así se da a sí misma.[..] A Dios le bastó el sacrificio de Jesús, ofrecido "una sola vez", para salvar al mundo entero, porque en esa única oblación está condensado todo el amor del Hijo de Dios hecho hombre, como en el gesto de la viuda se concentra todo el amor de aquella mujer a Dios y a los hermanos: no le falta nada y no se le puede añadir nada. La Iglesia, que nace incesantemente de la Eucaristía, de la entrega de Jesús, es la continuación de este don, de esta sobreabundancia que se expresa en la pobreza, del todo que se ofrece en el fragmento." (Benedicto XVI, 8 de noviembre de 2009.)
  • Esta pobre viuda nunca imaginó que su gesto silencioso llamaría la atención del Hijo de Dios. Se nos recuerda la verdadera dimensión de los actos pequeños de amor. A veces preferimos los actos vistosos, como aquellos ricos que echan ingentes riquezas en el tesoro del templo. Pero Jesús no se fija en ellos, se fija sólo en esta pobre viudad, quien echo "todo lo que tenía para vivir".
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