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Miércoles, 27 Marzo 2013 23:35

PHC: La culpa de la traición (Mt 26,14-25)

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Miércoles, 27 Marzo 2013 00:00

Miércoles Santo

Lecturas: Is 50,4-9; Sal 68; Mt 26,14-25

Llamada a la conversión

Captación

El Evangelio de hoy parece poner toda nuestra atención en el caso de Judas, el cual nos resultan incómodo y desagradable. Pero los evangelios lo presentan, y haríamos mal en obviarlo.

Cuerpo

Dos cosas podemos observar en el caso de Judas: el mal envuelto en su acción; los obstáculos que tuvo que superar para poder cometerlo. En cuanto a lo primero, observamos que en él, el soborno parece ser su pasión dominante, porque si nos preguntamos qué finalidad persiguió su traición, o cuál fue el premio de su sumisión a los poderes del mal, la respuesta resulta insuficiente: ¿treinta monedas? Era el precio de un esclavo en aquella época, o el precio de un pequeño terreno, para lo que fue usada esta suma finalmente. Así que la situación de Judas es la de aquel que se inclina ante el mal, y lo abraza como un pequeño tesoro, sin darse cuenta de que está renunciando al más grande tesoro al que puede aspirar el ser humano. En cuanto a los obstáculos que tuvo que superar, ¿cuáles son esos obstáculos? En primer lugar, fue admitido a la intimidad de la mesa, a compartir con Jesús el alimiento y recibirlo de sus manos. Jesús habiá entregado a él las finanzas del grupo, por lo que podemos suponer que le había dado su confianza. En suma, ¡era parte del grupo de los doce! Pero esto no fue suficiente para hacerlo desistir; y tampoco lo fue la reacción de los otros 11 apóstoles cuando Jesús anunció que entre ellos había un traidor. La reacción de los demás, quienes no se imaginaban que entre ellos alguien pudiera alojar en su mente tales pensamientos, no lo hizo reaccionar. ¡Cuántos obstáculos tuvo que superar la obstinación de Judas! Y es que el pecado endurece nuestro corazón.

Pero lo más sorprendente de todo es la gran mentira envuelta en todo esto. Porque todo lo que hizo Judas, al final, ¿de qué le sirvió? Persiguió un espejismo, fue tras una ilusión. Su pecado, al final, reveló la enorme dimensión de su mentira existencial. ¡Cuánto el pecado ciega al hombre!, lo ciega en relación con el amor, la nobleza, la verdad; lo ciega frente a todo, menos frente al pecado mismo.

Conclusión

¡Cuánta sabiduría, por lo tanto, podemos encontrar en lo que dice el Salmo 119, "aparta mis ojos de la vanidad", o la invitación de Heb 12,2 a "fijar nuestros ojos en Jesús". La unica garantía contra aquello que puede "embrujar" nuestro corazón conduciéndolo por caminos equivocados, es poner toda nuestra atención en lo único que tiene el poder de "fascinarlo" en la dirección correcta.

 
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Miércoles, 13 Marzo 2013 00:00

Domingo V de Cuaresma (C) [Villapizzone]

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