Jueves, 23 Agosto 2012 08:07

Domingo XXI TO (B) [Alvarado]

Juan 6, 60-69

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?» Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen». Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede». Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?» Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios».

[Lecturas: Josué 24, 1 2a.15 17.18b; Salmo 33(34), 2 3.16 23; Efesios 5, 21 32]

OBJETIVOS

¿Qué hemos de entender? Que la verdad que Jesucristo enseña no se ha de cambiar aunque a muchos les cueste aceptarla.

¿Qué sentimientos corresponden a esta realidad? Seguridad en las palabras del Señor; adhesión a Jesucristo; seguridad en que la fe católica es verdadera.

¿Qué actitudes hemos de esforzarnos por vivir? Perseverar en la fe a pesar de las dificultades; no cambiar la doctrina por tratar de hacer las cosas “más fáciles”; rezar por nuestra fidelidad y la de nuestros hermanos.

REFLEXIÓN

CRISIS DE FE. ¡Cuánto cuesta mantener nuestra fe en el mundo de hoy! No es raro pensar o escuchar que el lenguaje del Evangelio es demasiado duro y exigente. Algunos dicen: ¿Por qué Dios no hizo las cosas más fáciles? A los cristianos de todos los tiempos nos toca perseverar en la fe y, la realidad es que no todos lo logran. Hemos leído en el Evangelio que al mismo Señor lo abandonaron muchos que habían comenzado a seguirlo. De la muchedumbre que eran, sólo quedó una minoría de verdaderos seguidores de Jesús. Y ante la deserción de tantos podríamos preguntarnos: ¿Por qué el Señor no retrocedió en sus afirmaciones? ¿Por qué no cambió su doctrina? Aún más: ¿Por qué giró a mirar a los Doce y les preguntó con toda firmeza: «También vosotros queréis marcharos»? Una respuesta es que el Señor quiere gente bien definida en su opción y no una gran masa de gente amorfa que en el fondo no saben por qué lo siguen. Jesús no se traiciona a sí mismo por contentar a la gente y la firmeza de sus palabras se sustentan en un claro fundamento: «La verdad os hará libres».

UNA FE QUE SALE ADELANTE. En este contexto, es Pedro quien sale a relucir con palabras verdaderamente inspiradas que se convierten en una oración: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» ¡Cuántas veces hemos podido rezar con estas palabras cuando la tentación nos asedia para desistir en nuestro compromiso! Es una oración que la podemos decir en momentos en donde incluso no sentimos un consuelo o un ardor especial pero, en ellas, anida una profunda convicción que, como un ancla, nos aferra al Señor en los momentos difíciles. De ellas Jesús también pudo haber dicho: Pedro «No te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» . Entonces, sí, es difícil seguir al Señor, no hay que ocultarlo, pero aunque sus palabras son difíciles contienen una enseñanza verdadera y salvadora. La verdad a medias no nos ayuda porque lo que nuestro corazón desea es la felicidad completa. Tal como Él las dice, así las necesitamos escuchar. Las mejores enseñanzas para la vida humana están en el Evangelio: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna».

LA PRESIÓN DE LOS NO CREYENTES. ¿La verdad es la realidad o lo que democráticamente o caprichosamente queramos pensar? Basta el sentido común para entender que nos movemos a partir de la realidad y los pensamientos verdaderos se sostienen en ella. Por tanto ¿Vamos a pensar que Jesús es un mentiroso? ¿Vamos a creer que Quien creo “toda la realidad” no va a poder decirnos la verdad mejor que lo que nosotros podamos decirla? ¿Hay que retroceder en la verdad de nuestra fe ante gente que no quiere reconocerla? ¿Hay que renunciar a nuestra fe por presión? ¿Hay que cambiar nuestras convicciones porque a otros les molesta? Jesús no retrocedió ¡Tampoco nosotros debemos retroceder! Y más aún: estemos preparados para afrontar la debilidad y el alejamiento de, incluso, aquellos más cercanos a nuestro entorno . No contemporicemos con el mundo. Aunque a veces nos cueste entender las cosas de la fe, seamos como los Apóstoles quienes, poco a poco, fueron comprendiendo estas verdades que nos reconcilian y salvan.

Que María Santísima, los Apóstoles y todos los santos, nos ayuden a mantenernos firmes en esta santa convicción que ellos mismos profesaron.

PREGUNTAS PARA LA MEDITACIÓN PERSONAL

  • ¿Experimentas que tu fe católica es atacada por diferentes ángulos: críticas a la Iglesia a través de los medios de comunicación; familiares y amigos “católicos” que rechazan algunos aspectos de la doctrina; grupos “cristianos” que hablan mal de nosotros; palabras agresivas o disuasivas cuando estás pasando momentos de dificultad; etc.? ¿Hay que renunciar a nuestra fe ante gente que nos presiona para que cambiemos de convicción? ¿Te sientes débil frente a todo esto? ¿Por qué?
  • ¿Has pensado aquello de: “Es duro este lenguaje, Quién puede escucharlo”? Si ha sido así ¿Cómo has enfrentado esta situación? ¿Cómo está tu perseverancia?
  • Ante la deserción de tantos ¿Por qué crees que el Señor no retrocedió en sus afirmaciones? ¿Por qué no cambió su doctrina?
  • La respuesta de Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» ¿Qué significa para ti?
  • Los que se fueron ¿Por qué crees que se alejaron del Señor?
  • Rézale a la Virgen para que te ayude a mantenerte firme en la fe que Ella profesó con su vida.
  • FORMACIÓN CATEQUÉTICA Y ESPIRITUAL

    Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 168-169; 458; 679; 1336.

    Ver en: http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/index_sp.html

    CITAS BÍBLICAS PARA LA SEMANA

    Día             Primera Lectura        Salmo                Evangelio            
    Lunes2Ts 1,1-1295(96), 1-5Mt 23,13-22
    Martes2Ts 2,1-1795(96), 10-13Mt 23,23-26
    Miércoles2Ts 3,6-18127(128), 1-5Mt 23,27-32
    Jueves1Co 1,1-9144(145), 2-7Mt 24,42-51
    Viernes1Corintios 1, 17-2532(33), 1-11Mateo 25, 1-13
    Sábado1Corintios 1, 26-3132(33), 12-21Mateo 25, 14-30

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    DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

    Las siguientes citas bíblicas corresponden a la celebración del domingo próximo así, el viernes, el sábado o el domingo antes de misa las podrás leer para prepararte mejor y así escuchar y acoger la Palabra de Dios: Primera lectura: Deuteronomio 4, 1 2.6 8; Salmo 14(15), 2 4ab; Segunda lectura: Santiago 1, 17-18.21b 22.27.

    EVANGELIO: Marcos 7, 1-8.14-15.21-23

    En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos (Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas). Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?» El les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres». Entonces llamó de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».

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    Miércoles, 22 Agosto 2012 08:02

    Domingo XXI TO (B) [Daum]

    “¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.”

    I. LA PALABRA DE DIOS

    II. APUNTES

    III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

    IV. PADRES DE LA IGLESIA

    V. CATECISMO DE LA IGLESIA

    VI. OTROS TEXTOS

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    I. LA PALABRA DE DIOS

    Jos 24,1-2.15-18: “Nosotros serviremos al Señor: ¡Él es Dios!”

    En aquellos días, Josué reunió a las tribus de Israel en Siquem. Convocó a los ancianos de Israel, a los jefes, jueces y oficiales, y se presentaron ante el Señor. Josué habló al pueblo: —«Si no les agrada servir al Señor, digan aquí y ahora a quién quieren servir: a los dioses que sirvieron sus antepasados al otro lado del río Éufrates o a los dioses de los amorreos, en cuyo país ustedes habitan; mi familia y yo serviremos al Señor».

    El pueblo respondió:

    —«¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; Él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto; Él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y en todos los pueblos por donde cruzamos. También nosotros servi¬remos al Señor: ¡es nuestro Dios!»

    Sal 33,2-3.16-23: “Gusten y vean qué bueno es el Señor”. Ef 5,21-32: “Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella”.

    Hermanos:

    Ténganse mutuamente respeto en honor a Cristo.

    Que las mujeres respeten a sus maridos como si se tratara del Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es ca¬beza y salvador de la Iglesia que es su cuerpo. Por tanto, así como la Iglesia es dócil a Cristo, así también las mujeres sean dóciles a sus maridos en todo.

    Esposos, amen a sus esposas como Cristo amó a su Iglesia.

    Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela ante sí como una Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus esposas, como cuerpos suyos que son.

    Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo.

    «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne».

    Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

    Jn 6,60-69: “Señor, nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”

    En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron:

    —«Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?»

    Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo:

    —«¿Esto los escandaliza? ¿Qué sería si vieran al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne de nada sirve. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida. Y, a pesar de esto, algunos de ustedes no creen».

    Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar.

    Y dijo:

    —«Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede».

    Desde entonces, muchos discípulos suyos se retiraron y ya no andaban con Él.

    Entonces Jesús dijo a los Doce:

    —«¿También ustedes quieren irse?»

    Simón Pedro le contestó:

    —«Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eter¬na; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».

    II. APUNTES

    Luego de la muerte de Moisés y luego de cuarenta años de peregrinación en el desierto, Josué será el elegido de Dios para introducir a su pueblo a la tierra prometida. Él es quien con la ayuda divina conquista la tierra de Canaán y la distribuye entre las doce tribus de Israel. Hacia el final de sus días convoca a los isrealitas en Siquem para invitarlos a tomar una posición clara y asumir un compromiso definitivo frente a Dios: «Si no les agrada servir al Señor, digan aquí y ahora a quién quieren servir». Todos rechazan servir a otros dioses y afirman unánimemente: «Serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!»

    Al llegar la plenitud de los tiempos Dios envía a su Hijo al mundo para reconciliar consigo a la humanidad entera. En Cristo Dios verdaderamente se hace hombre, asumiendo plenamente la naturaleza humana sin dejar de ser Dios. Por tanto, servir a Cristo es servir a Dios.

    Al mismo tiempo, el Hijo es paradigma de una elección radical por servir a Dios. Por esta elección que brota de su amor al Padre, toda su vida es una vida hecha obediencia y servicio del Plan divino hasta la total donación de sí mismo (ver Jn 4,33-34).

    Mirando a su Maestro y Señor, todo aquel o aquella que verdaderamente elije servir a Dios busca hacer lo mismo que Él: amar a su Iglesia y entregarse a sí mismo por ella (2ª. lectura). Quien desde el recto ejercicio de su libertad opta servir al Señor elige de este modo abrirse a un gran misterio de amor que se verifica en la donación total de sí mismo a Dios y a aquellos a quienes ama. Esta donación tiene una aplicación muy concreta en el matrimonio cristiano.

    También en el Evangelio vemos cómo los seguidores del Señor son puestos en una posición extrema, en una situación de definición. Ante las enseñanzas del Señor, que aseguraba que Él les daría a comer de su Carne y beber de su Sangre para que tuviesen vida eterna, ellos se encuentran ante lo que califican como un “lenguaje duro”, una enseñanza que tomada en sentido literal era demasiado chocante, aberrante y macabra. ¿Cómo podían aceptar algo semejante? Ante la confusión y disputa generada por sus enseñanzas, el Señor Jesús no retracta, ni siquiera suaviza lo dicho, tampoco dice que haya que tomar sus palabras en sentido figurado, sino que reafirma lo dicho e insiste en la literalidad de sus palabras. Quienes entonces escuchaban al Maestro se encontraban en la situación de tomar la decisión de seguirlo o de dejarlo, de creer y confiar en Él aunque de momento no comprendiesen el alcance de sus enseñanzas y les sonasen demasiado “duras”, o de negar la fe en Él.

    Al no creer en Él y debido a esto que les resultaba demasiado escandaloso, muchos de sus discípulos optaron por alejarse. Tampoco en ese momento en que muchos se marchan el Señor hace algún esfuerzo por retenerlos. ¿Cómo podía permitir que se marchen, que se aparten de quien es la Vida misma, si sus palabras tan sólo hubieran tenido un sentido figurativo? El Señor no los retiene, porque sus enseñanzas sobre el Pan de Vida no son metafóricas y deben entenderse en toda la literalidad de sus letras.

    Una vez que se han marchado aquellos que no podían aceptar sus enseñanzas, el Señor se vuelve a aquellos que aún permanecen con Él, especialmente a sus Apóstoles, para preguntarles si también ellos quieren marcharse, dando a entender nuevamente que sus palabras hay que aceptarlas tal cual Él las ha pronunciado, y no de manera simbólica.

    La respuesta de Pedro, en nombre de todos, expresa su fe y confianza en el Señor a pesar de que sus palabras sean tan “duras”: «Señor… Tú tienes palabras de vida eter¬na; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios». Aunque de momento no comprendan cómo se va a realizar este anuncio tremendo, los Apóstoles creen en Él, confían en Él y en lo que dice, y optan decididamente por seguir con Él hasta que en el momento oportuno Él les revele cómo les dará de comer su carne y beber su sangre.

    III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

    Con renovada actualidad resuenan también hoy, en cada Eucaristía, aquellas “duras” palabras y anuncio que fue ocasión para que muchos se alejaran del Señor: «el Pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6,51), «mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él» (Jn 6,55-56).

    ¿No son “duras” también las palabras que todo sacerdote, en Nombre de Cristo y con su poder, pronuncia en la consagración del pan y el vino: «Esto es mi Cuerpo… esto es mi Sangre»? ¡Estas palabras son palabras que, como enseña la Iglesia, transforman verdaderamente ese pan en cuerpo de Cristo y el vino en su sangre! ¡Es Cristo que se hace realmente presente, todo Él, ofreciéndose a nosotros como verdadera comida y bebida! ¡Es Dios mismo, bajo la apariencia de un trozo de pan y un poco de vino! ¡Dios! ¡Dios infinito, aunque ante los sentidos no aparezca nada sino el pan y el vino! ¿No es tremenda esta enseñanza? ¿No es para muchos algo absolutamente absurdo?

    Ante lo que a los ojos del mundo aparece como un disparate sin igual, es decir, que Cristo-Dios esté realmente presente en la Hostia consagrada, ¿no se nos exige también a nosotros una opción radical, una definición clara? O creo, o no creo.

    Ahora bien, si decimos que creemos, ¿no tiene que reflejarse esa convicción en nuestra vida cotidiana? ¿No tiene que ser la Eucaristía lo más importante para nosotros? ¿No se nos exige abandonar toda actitud indolente e indiferente frente al Sacramento? ¿No tienen que expresar y demostrar nuestras palabras, nuestro comportamiento y obras, que somos de Cristo porque comulgamos su Cuerpo y Sangre? Si recibimos a Cristo, ¿cómo no comprometernos con Cristo para ser sus portadores, a transmitirlo a Él con nuestro apostolado y caridad?

    Ante esta “locura” que afirma que el pan y el vino consagrados son verdaderamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo ningún cristiano puede permanecer impasible e indeciso. Por eso también hoy se dirigen a nosotros las palabras que Josué dirige al pueblo de Israel: Si no te parece bien servir al Señor, escoge hoy a quién quieres servir (ver Jos 24,15). ¿Quieres tú servir al Señor, Dios único y verdadero? ¿O quieres servir a los falsos dioses, a los ídolos del poder, del placer, del tener? Estos ídolos, aunque deslumbran, aunque seducen, aunque producen seguridades y gozos pasajeros, no harán sino dejarte cada vez mas vacío, más triste, más solo. ¡Producen la muerte del espíritu! ¡Llevan a perder la vida verdadera! Sólo el Señor llena nuestros vacíos mas profundos, sólo Él es capaz de saciar nuestra sed de infinito, nuestra hambre de amor y comunión, porque sólo Él tiene y da la vida eterna!

    ¡Tú eliges! ¿A quien quieres servir? ¿En quien quieres poner tu confianza? ¿Cuál es tu respuesta? ¿Serás de quienes deciden abandonar al Señor –o lo han abandonado ya en la práctica– por sus “duras palabras”, porque afirma que tienes que comer su carne y beber su sangre para tener vida eterna? ¿O serás de los que confían en el Señor y creen en sus palabras aún cuando no entiendas “cómo puede ser esto”? ¡Ante el don de la Eucaristía se nos exige también hoy una opción clara, sin medias tintas, sin componendas! O le creo al Señor y lo sigo, o no le creo y me aparto. ¡Tú eres libre, pero haz buen uso de tu libertad! Por ello, ten en cuenta que al apartarte de Él, te apartas de aquel único que tiene “palabras de vida eterna”, te apartas de aquel que el Padre ha enviado para reconciliarte y darte la vida, su misma vida, por toda la eternidad.

    IV. PADRES DE LA IGLESIA

    San Agustín: «Diciendo esto Jesucristo, no creían que hablaba de cosas grandes y que encerraban algún misterio aquellas palabras; mas lo entendieron como quisieron (tal es la condición humana), creyendo que Jesús o podía o se disponía a distribuir la carne con que estaba vestido el Verbo, repartiéndola entre los que creyeran en Él. Por esto dice el evangelista: “Mas muchos” de los que oían, no de sus enemigos sino “de sus discípulos”, dijeron: “duro es este razonamiento”».

    San Juan Crisóstomo: «A causa de esto presenta otra solución, diciendo: “El espíritu es el que da vida: la carne nada aprovecha”. Lo que Él dice es esto: conviene oír con el espíritu las cosas que me conciernen, porque quien las entiende de una manera carnal, nada aprovecha. Equivale a entender de una manera carnal el ver sencillamente lo que el Salvador había dicho, sin elevar el pensamiento. Mas conviene no juzgar de este modo, sino ver todos los misterios con los ojos del espíritu, lo que siempre debe entenderse en sentido espiritual. Y era carnal el dudar acerca de cómo podría darnos a comer su carne. ¿Qué, no es verdadera carne? Sí, en verdad, y por esto dice: “La carne nada aprovecha”, no refiriéndose a su carne, sino a aquéllos que entendían en sentido carnal lo que Él les decía».

    San Atanasio: «Nosotros también seremos dignos de estos bienes si siempre seguimos a nuestro Salvador, y, si no solamente en esta Pascua nos purificásemos, sino toda nuestra vida la juzgásemos como una solemnidad, y siempre unidos a Él y nunca apartados le dijésemos: “Tú tienes palabras de vida eterna, ¿adónde iremos?” Y si alguna vez nos hemos apartado, volvamos por la confesión de nuestras trasgresiones, no guardando rencor contra nadie, sino mortifiquemos con el espíritu los actos del cuerpo».

    San Agustín: «Y esto sin duda sucedió así para nuestro consuelo, porque alguna vez ocurre que hable un hombre la verdad y no se entiende lo que dice y por esto los que lo oyen se escandalizan y se marchan, y entonces se arrepiente aquel hombre de haber dicho lo que era verdad; y dice entre sí: no he debido decir esto de esta manera. Pues así sucedió a nuestro Señor. Habló y se quedó sin muchos. Pero no por esto se turbó, porque desde el principio había conocido a los que no habrían de creer».

    V. CATECISMO DE LA IGLESIA

    «Es duro este lenguaje, ¿quien puede escucharlo?»

    1336: El primer anuncio de la Eucaristía dividió a los discípulos, igual que el anuncio de la pasión los escandalizó: «Es duro este lenguaje, ¿quien puede escucharlo?» (Jn 6, 60). La Eucaristía y la cruz son piedras de tropiezo. Es el mismo misterio, y no cesa de ser ocasión de división. «¿También vosotros queréis marcharos?» (Jn 6, 67): esta pregunta del Señor resuena a través de las edades, como invitación de su amor a descubrir que sólo Él tiene «palabras de vida eterna» (Jn 6, 68), y que acoger en la fe el don de su Eucaristía es acogerlo a Él mismo.

    «Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios.»

    168: «La Iglesia es la primera que cree, y así conduce, alimenta y sostiene mi fe. La Iglesia es la primera que, en todas partes, confiesa al Señor, y con ella y en ella somos impulsados y llevados a confesar también: “creo”, “creemos”. Por medio de la Iglesia recibimos la fe y la vida nueva en Cristo por el Bautismo. En el Ritual Romano, el ministro del Bautismo pregunta al catecúmeno: “¿Qué pides a la Iglesia de Dios?” Y la respuesta es: “La fe”. “¿Qué te da la fe?” “La vida eterna”».

    458: «El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él» (1 Jn 4, 9). “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16)».

    679: «Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. “Adquirió” este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado “todo juicio al Hijo” (Jn 5, 22). Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar y para dar la vida que hay en Él. Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo; es retribuido según sus obras y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor».

    El Viático, último Sacramento del cristiano

    1524: «A los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece, además de la Unción de los enfermos, la Eucaristía como viático. Recibida en este momento del paso hacia el Padre, la Comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo tiene una significación y una importancia particulares. Es semilla de vida eterna y poder de resurrección, según las palabras del Señor: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn 6, 54). Puesto que es sacramento de Cristo muerto y resucitado, la Eucaristía es aquí sacramento del paso de la muerte a la vida, de este mundo al Padre».

    VI. OTROS TEXTOS

    «Ser joven que peregrina es una realidad que no puede haber nacido sino de la convicción profunda de que Cristo es real; de que sólo Él tiene palabras de vida eterna, que Él es el único que ofrece esperanza para el futuro de la humanidad; que Él es el Señor de la Vida, el Señor de la Historia, el Señor de mi propia vida y el Señor de mi historia personal. Es estar convencido que Cristo es mi Salvador. Ser joven que peregrina es recorrer el camino de la fidelidad, es adherirse intensamente al Señor Jesús, acogiendo su amor, expresando su amor».

    «Las preguntas fundamentales del ser humano: ¿Quién soy? ¿A dónde voy? ¿Qué debo hacer? Sólo se pueden responder realmente desde el Señor Jesús, quien muestra al ser humano su propia identidad, su situación concreta, su destino, el camino y la respuesta que debe dar para realizarse como persona y alcanzar la plenitud en el encuentro de amor y comunión para toda la eternidad. Eso lo creíamos entonces, y cada vez lo creemos con mayor intensidad, hasta diría sin tapujos, con evidencia. Pienso que quien vive la vida cristiana puede sentirse tan seguro como Pedro cuando en un momento difícil es interrogado por Jesús y responde: “¿A dónde iremos, Señor, si sólo Tú tienes palabras de vida eterna?”».

    »Sólo Tú eres el Señor, añado. Sólo Tú eres el amor, la paz, la reconciliación, la justicia, el Camino, la Verdad, la Vida. Sólo Tú, Señor, me enseñas a ser persona, a realizarme, a avanzar por el sendero de lo santo hacia el encuentro pleno por toda la eternidad».

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    Martes, 21 Agosto 2012 21:35

    Domingo XXI TO (B) [Villapizzone]

    Jn 6,60-69

    Fuente: http://www.gesuiti-villapizzone.it (traducción autorizada por el autor del texto original en italiano).

    [El contenido presentado aquí proviene de la transcripción y traducción de celebraciones de lectio divina organizadas por la "Comunidad Jesuita de Villapizzone", en la ciudad de Milán. La publicación de este material no implica necesariamente la adhesión a las posiciones u opiniones vertidas en los aportes exegéticos que aparecen aquí.]

    Comentario general

    Este pasaje es similar a lo que podemos encontrar en los demás Evangelios. Al final de lo referido a los panes, luego de la multiplicación y de varias discusiones que surgen al respecto, Jesús es reconocido como el Santo, el Hijo de Dios, y es precisamente ahora cuando Jesús anuncia su pasión, y que dará su vida por todos, lo que provoca la reacción de Pedro, quien no acepta la Cruz porque constituye para él un escándalo.

    Los temas fundamentales del texto son:

  • no creer,
  • escandalizarse,
  • la Palabra es dura,
  • echarse para atrás,
  • escapar, traicionar,
  • Este pasaje quiere poner en evidencia la incredulidad que puede haber en nosotros frente al don de Dios. Es algo antiguo esa incredulidad frente al don. Ya Adán y Eva en el jardín del Edén habían el don de ser imagen y semejanza de Dios, pero no creyeron, ¡y trataron de arrebatárselo a Dios!

    Ya Israel en la Tierra Prometida tuvo el don de esa tierra y no lo aceptó: quiso apropiárselo y terminó en el exilio, tal como terminó el hombre expulsado del Jardín del Edén. Es así que la reacción del hombre frente a este don de Dios infinito es de incredulidad, quiere vivirlo de otro modo, no acepta el "escándalo del don".

    Sin embargo el don es originario. Precede a cualquier tentación, caída o traición. Y permanece siempre más allá de toda caída, tentación o traición, pues el don de Dios es irrevocable. Y el sentido de la Eucaristía es este: que Jesús se dona a quien lo traiciona, a quien reniega de Él: porque "no son los sanos los que tienen necesidad de médico, sino los enfermos" (Mt 9,12).

    Este pasaje describe el escándalo de los discípulos frente al hecho de que Jesús da su carne y su sangre, es decir da la vida, y por lo tanto muere. Ellos esperaban que con un inicio tan extraordinario, al haber alimentado a más de 5 mil personas, todo iría según sus expectativas y comenzaría aquel "reino de Dios" que les había sido prometido: comerán todos hasta saciarse, no habrá dolor ni sufrimiento, etc.

    En cambio, Jesús afirma que aquello era signo de algo muy distinto, pues los invita a compartir el pan, a poner su vida al servicio de los demás, a convertirse como el pan que se da a los demás. Pues ¿quién es Dios? No es alguien que los tiene a todos sujetos a su mano, sino que se pone en la mano de todos.

    Si quieren ser como Dios, entonces deben tomar este pan, vivir de este pan. Deben comprender que es inevitable para los discípulos de Cristo sufrir el escándalo, pues tenemos una imagen de Dios que está modelada en un cierto modo: es el Dios omnipotente, y nosotros queremos ser como Él. En cambio Jesús nos muestra a un Dios que se convierte en pan; que se pone al servicio de la vida; que se da de comer para entrar en nuestra vida; que no ejerce un dominio despótico sobre ninguno, sino que sirve a todos; que se "deshace" como el pan.

    Así es que hay una concepción distinta de Dios, de un Dios que es amor, no dominio o violencia; un Dios que es don, perdón, humildad, servicio. Y también el hombre verdadero, según la imagen de Cristo, es así. Comer este pan significa exactamente vivir como Cristo, ser como Dios.

    Así es como se presenta la reacción de los discípulos.

    Comentario por versículos

    En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: "Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?" Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: "¿Esto os hace vacilar?"

    Se trata de los discípulos. Ya no son los adversarios de Cristo los que murmuran, sino los mismos discípulos quienes afirman: "Es dura esta Palabra", pero ¿de qué palabra se trata? Es lo que Jesús acababa de afirmar: el que me come vivirá por mí, vivirá de mí, vivirá como yo.

    Es decir que somos llamados, mediante este alimento, a vivir como Él, el Hijo, que se hace hermano de todos. A vivir la solidaridad, el servicio, el don, el compartir, y esta es la vida eterna, mientras la otra es muerte eterna, que opera como muerte ya durante la vida y luego perdura. La otra, en cambio, es vida desde ahora y es la vida misma de Dios, porque es amor.

    Pero los discípulos encuentran "dura" esta Palabra". Es extraño cómo nosotros muchas veces consideramos "duro" lo que nos propone el Evangelio, es decir la alegría, el amor, la realización, el compartir en la vida. En cambio nos resulta atrayente la propuesta que viene de la parte contraria: riqueza, poder, dominio sobre los demás, conocimiento del bien y del mal, la capacidad para convertir el bien en mal y el mal en bien, es decir, para "poner todo de cabeza" y al mismo tiempo adquirir prestigio y el favor de los demás. Este asunto, como decíamos, es muy antiguo; el hombre lleva dentro de sí esta suerte de engaño que hace que el mal le parezca bien, como el fruto que parecía "bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría" (Gn 3,6), pero que luego reveló que no era ni bueno, ni apetecible ni excelente para nada.

    En otras palabras, el mal retuerce nuestro modo de juzgar y convierte la dulzura en dureza, y aquello que es venenoso y que mata, lo hace parecer bueno y dulce. La Palabra del Señor no es dura: es duro nuestro corazón encerrado en su egoismo. Una propuesta de amor y de fe choca inevitablemente con el miedo y el egoísmo de un corazón cerrado y hace que parezca duro no nuestro egoísmo, sino el amor mismo.

    Es importante que advirtamos esta dureza. Si no la advertimos quiere decir que ni siquiera nos hemos dado cuenta de que estamos "del otro lado", y nos parece una cosa natural. Tanto es así que celebramos la Eucaristía, comemos de este pan y vivimos haciendo exactamente lo contrario, pues no advertimos la diferencia entre este pan y nosotros; y entonces no celebramos la Eucaristía, sino que ¡comemos y bebemos nuestra condenación! (cf. 1Cor 11,27).

    Es importante, por ello, advertir esta dureza, que es la dureza de nuestro corazón que sale a la luz frente a esta propuesta.

    De todos modos puede resultar provechoso verbalizar la dureza, que en este caso es atribuida a la Palabra de Dios; en todo caso es un buen principio, pues aunque se yerra al decir que la dureza es de la Palabra, luego ello nos revelará que la dureza es de nuestro corazón. A veces la conversión se realiza por grados, o a través de ciertos pasos.

    Nuestro modo de celebrar la Eucaristía puede tener el efecto inesperado de "debilitar" el sentido de esa "dureza" de la que hablamos: realizamos liturgias de enorme belleza, que incluso se pueden contemplar en TV, hermosas, solemnes, llenas de color, de alegría y de cantos. Y precisamente Juan, quien habla aquí de algo tan crudo como es comer y masticar el cuerpo, en el cap. 13, en el que relata la última cena -tal vez porque sabía que los cristianos realizaban ya el rito en memoria de Cristo, y porque los de Corinto hacían exactamente lo contrario con su vida- omite el relato de la institución de la Eucaristía y el consabido mandato "haced esto en memoria mía" que se repite en la Misa, y cuenta más bien cómo Jesús lava los pies de sus discípulos y luego afirma: "vosotros haced como yo he hecho con vosotros" (Jn 13,15). En otras palabras, celebrar la Eucaristía quiere decir también lavar los pies de los discípulos.

    Juan parece tener la preocupación de la Eucaristía no se convierta sólo en un gesto cultual. El hombre es también cultual, pero es peligroso un culto disociado de la vida, pues sería alienación. El verdadero culto consiste en ofrecer nuestro propio cuerpo -dice San Pablo a los Romanos (12,1)- que vive según la Palabra de Dios; este es el culto lógico y espiritual, el otro es mentira, culto ilógico.

    Con facilidad la liturgia se puede convertir en una mentira si no se celebra con este espíritu. Claramente el Evangelio de Juan se dirige a la comunidad cristiana que celebra la Eucaristía, pues los judíos ya no están, Judas ya no está, Pedro ya no está. Él es el último de los apóstoles y afirma: también a nosotros frente a la Eucaristía nos parece dura esta Palabra y por eso no la escuchamos. Hacemos exactamente lo contrario.

    [En las últimas afirmaciones se debe tener cuidado en distinguir claramente la liturgia como gesto cultual de la Eucaristía y su valor real, objetivo. Aquí el autor no parece estar afirmando que la Eucaristía pierda valor objetivo alguno o se vuelva "mentira" a causa de la dureza del hombre o del ritualismo o formalismo en que se puede derivar, o que una Eucaristía celebrada sin el elemento de la caridad descrito por Juan, pierda significado. La crítica debe entenderse más en su dimensión subjetiva. La Eucaristía no pierde nunca su valor objetivo ex opere operantis, pero pierde significado y "efecto" para la persona si ésta no es consciente de lo que ella encierra, aquello que la hace ser, según el lenguaje del mismo Jesús, motivo de escándalo.]

    Jesús conoce esta dureza, la conoció en sí mismo con sus discípulos que murmuraban y les dijo: ¿Esto os escandaliza? Es decir, la Eucarístía, la Cruz, es un escándalo. Nosotros la "domesticamos" con demasiada frecuencia y demasiado bien.

    ¿Basta satisfacer el precepto de las misas festivas estoy satisfecho? ¡No! Tengo que darme cuenta del escándalo que significa este cuerpo que me ha sido dado. El escándalo es la piedra de tropiezo. Tropiezo contra mi propio don, porque yo hago lo contrario, voy en la dirección apuesta.

    Es el escándalo que percibió Pedro al final de la sección de los panes, cuando Jesús preanuncia que "se hará pan" en la Cruz y Pedro afirma: "no te sucederá jamás" y Jesús le replica "quítate de mi vista, Satanás". (Mt 16,22-23)

    "¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida."

    Jesús afirma: "¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes?" ¿Qué quiere decir que el Hijo del hombre "suba a donde estaba antes"? El "Hijo del hombre" es un título que Jesús se atribuye; este atributo quiere decir hombre, profeta, juez universal, figura divina, y Jesús lo indica para designarse a sí mismo como dicendo: que cada uno entienda lo que quiera.

    Aquí habla del Hijo del hombre que sube a donde estaba antes. ¿Dónde estaba antes el Hijo del hombre? Estaba con el Padre. Si viéramos a Jesús subir al Padre en la gloria de Hijo, ¿qué diríamos? Es en la Cruz donde vemos a Jesús "subir a la gloria del Padre", porque la gloria de Dios es servir.

    ¿Qué podemos decir delante de la Cruz? ¡Que es un escándalo! Porque la Cruz nos presenta a un Dios que vence nuestra violencia y nuestra malicia con la sabiduría y la "debilidad" del amor es allí donde se revela su gloria. La gloria de Dios y la gloria del hombre es la vida, y la vida es el amor, el don, no el poder que oprime y mata al hombre, y representa a la muerte.

    Por ello, ¿qué podemos decir delante de la Cruz? En la Eucaristía debemos ver el misterio de la Cruz: un Dios que pone su vida a nuestro servicio.

    Y es esto lo que da vida a nuestra carne, a nuestra humanidad, y nos dona la vida misma de Cristo. De otro modo, si vivimos simplemente en la carne, como animales, en el egoismo, es mejor no haber nacido. Esto lo dice Jesús en cierto modo a Judas. Luego Jesús afirma: "las palabras que os he dicho son espíritu y vida" (Jn 6,63).

    Palabras que son Espíritu; todos percibimos que hay palabras que son Espíritu, que dan respiro, que dan vida. Así como percibimos que hay palabras que nos quitan el respiro, nos quitan la vida, así también hay palabras que producen verdad, vida, libertad, don. Hay palabras que son exactamente lo contrario: mentira, esclavitud; precisamente, las palabras de Cristo, las palabras del Hijo que ama a sus hermanos, son Espíritu y vida.

    "Y con todo, algunos de vosotros no creen". Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: "Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede".

    Afirma que "algunos de vosotros -se refiere a los discípulos; al principio afirma que son muchos, ahora se atenúa y se dice "algnos"- no creen". Es un lugar frecuente esto de "no creer". ¿Por qué no creemos en el don del amor de Dios? Creer quiere decir confiar, considerar verdadero, y se ve que es verdadero simplemente porque cada uno de nosotros lo considera verdadero y se fía de aquello que nuestras propias opiniones solamente confirman.

    Cuando leemos un diario que no es de nuestra preferencia, puede parecernos que lo que dice es mentira, entonces vamos a algún otro diario. Lo mismo puede pasar con alguna noticia que resulta contraria a nuestras opiniones. Porque nosotros creemos solamente en aquello que confirma nuestras opiniones personales, nuestros delirios, nuestras fantasías, nuestros miedos y nuestras esclavitudes. Aquello que el mundo de hoy, anestesiado, acaricia, eso nos parece bueno. En cambio un mundo que nos hurta, que nos desafía y nos quiere llevar a una verdadera libertad, a la solidaridad, al mundo nuevo que es el de Dios, en este no creemos, porque cada uno comprende su propio lenguaje. Podríamos decir las cosas más bellas en chino, pero si ningún chino nos escucha, no sirve de nada. Todos nosotros somos demasiado selectivos. Por ello es importante siempre estar atentos a lo que nos escandaliza, a lo que no comprendemos, a lo que nos parece que está contra nosotros. Probablemente sea algo esencial y muy útil de comprender.

    ¡Todo esto Jesús lo conoce! Él conoce la incredulidad del hombre. No hay nada más dogmático que la humildad, pues ella nada tiene que ver con la razón, pues uno cree en aquello que ama. Por eso si una cosa ya no le atrae, afirma que no es verdadera, aunque fuese la cosa más verdadera posible, como el sol que emerge en el horizonte.

    La fe y la incredulidad no están en la razón. Hay razones mucho más profundas, que son las "razones del corazón". El corazón es esclavo del propio interés y considera verdadero aquello que es fruto de su interés personal y no cree en el otro que en realidad debería ser su verdadero interés. Para creer se necesita verdaderamente mucha libertad interior. Es necesario no ser esclavo de los propios intereses y de los propios miedos, al menos ser suficientemente libres, o al menos auto-críticos.

    Hay ciertas "fes" implícitas que son más radicales que la fe en Dios. Todo el mundo económico se basa en una cierta "fe": si se derrumba la bolsa, se derrumba el mundo. Pero si sucede que alguno ofende al prójimo y ofende a Dios, esto es algo secundario. El problema de la fe es muy profundo y se afirma siempre: "tu crees porque eres un ingénuo"; pero en realidad yo creo porque soy poco ingénuo, y trato de ser sumamente crítico, y busco abrirme a una verdad que tal vez me des-confirma, porque una des-confirmación mayor que la verdad de un Dios que muere en una Cruz y entrega su vida, es difícil de encontrar.

    Jesús sabía quién lo iba a entregar, y lo extraño es que a estos los llama "discípulos", quienes no lo entienden, y reniegan de Él y fugan y lo traicionan. ¿Por qué los llama "discípulos" entonces? ¿Y por qué nos llama "discípulos" también a nosotros? Porque sabe que así somos nosotros y Él, que es el Hijo de Dios, que conoce el amor del Padre, nos ama como hermanos así como somos. Sabe que son los enfermos los que necesitan al médico.

    Se puede subrayar, con sorpresa, con estupor, cómo Jesús sabe estas cosas desde el principio, sin embargo sigue adelante; pero no por una especie de determinación, obstinación o coherencia lógica. Sigue adelante por amor; sabe, pero sigue adelante. No rechaza a sus discípulos, no los descalifica, ni siquiera elimina a aquel que está por traicionarlo, más bien sigue estando con ellos.

    Jesús continúa diciendo: "Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede". Estas palabras nos sorprenden un poco porque la fe nos la da Dios Padre. Si Dios Padre nos permite ir al Hijo, entonces podemos alcanzar la fe, pero si no lo hace no podemos llegar a ella; ciñéndonos a esto podríamos afirmar que si tenemos fe o no la tenemos, depende exclusivamente de Dios. Pero en realidad el significado de estas palabras es muy sutil, porque el Padre lleva a todos sus hijos al Hijo, ¡de otro modo no seria Padre! La pregunta es ¿por qué no lo seguimos? La incredulidad es verdaderamente un misterio. De alguna manera se podría decir que la incredulidad "es culpa del Padre", pues el Padre tiene un defecto: un amor tan grande por sus hijos los hombres, que a nosotros nos es difícil creer. Y por eso el Padre lleva esta "culpa" al extremo de la Cruz, como para decirnos: "miren que el Padre los ama de esta manera, como yo, que soy su Hijo y doy mi vida por ustedes". Así es que se podría afirmar que nuestra incredulidad "tiene su origen en Dios": es demasiado grande aquello que Dios nos quiere dar y por ello el remedio es que Dios mismo carga con la culpa, como de hecho sucede cuando muere en la Cruz por nuestra incredulidad y allí nos muestra que su amor sí es creible. Esto quiere decir también que nuestra incredulidad no tiene aquí la última palabra: es Dios quien se asume la responsabilidad, incluso de nuestra incredulidad. Muchos se preguntan: ¿por qué yo no creo? Cuando uno se hace estas preguntas es porque en el fondo desea la fe y tarde o temprano la encontrará.

    [Sobre los párrafos anteriores es conveniente afirmar que, como es obvio, el autor utiliza este tema de la "incredulidad" como responsabilidad o "culpa" de Dios en un sentido figurado. No se debe entender esto en sentido literal, pues en el hecho de creer o no creer, hay siempre de por medio un acto humano de libertad que Dios respeta. En este mismo sentido, no todo se puede atribuir o "achacar" a Dios, pues incluso la fe, siendo un don absoluto de Dios, requiere de la apertura del corazón del hombre, y esa apertura se da mediante una decisión libre, que no es anterior ni antecedente, pero es absolutamente necesaria. De allí la frase de San Agustín: "Dios que te creó sin tu consentimiento, no te salvará sin tu consentimiento".]

    Aquello que nos impide tener fe es un conocimiento más profundo del amor de Dios y una libertad mayor frente a nuestro egoísmo. La vida nos ha sido dada para creer en el amor.

    "Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: '¿También vosotros queréis marcharos?'"

    He aquí la crisis de fe: muchos que se tiran atrás; en lugar de seguir a Jesús se echan atrás y ya no caminan con Él, no viven como Él, dejan de ser sus compañeros de viaje. Aquí están contenidas todos nuestros "echarnos atrás", todas nuestras fugas, nuestros desvíos, y Jesús nos pregunta "¿también vosotros queréis marcharos?" No lo pregunta para provocarlos y que se vayan, sino para poner a la luz lo que está dentro de ellos, que es el escándalo que significa seguirlo. Y esta pregunta de Jesús ya no está dirigida a los discípulos, sino a los doce. Jesús no pretende aquí provocar una crisis, sino que los discípulos tomen acto de la crisis que está en sus corazones para que puedan superarla.

    Hay que tenerle miedo a la fe descontada, porque ella constituye un dogmatismo, de quien no ha comprendido de qué se trata y simplemente busca en ello su seguridad personal. La fe, en cambio, pasa a través de una crisis, que es también un juicio: la crisis de la Cruz, la crisis del amor de Dios. Y sólo cuando reconoce esta crisis puede también reconocer el amor de Dios que le ayuda a superarla. Las grandes traiciones son aquellas que se consuman sin que nos demos cuenta, en la inconsciencia y el olvido. En la historia las grandes traiciones se han hecho en la inconsciencia, porque si hubiera habido consciencia muchas cosas no se habrían realizado y no se harían jamás.

    Todo lo que estamos diciendo ahora es una especie de "elogio" de la incredulidad y de la crisis -es el escándalo de la Cruz-, pues debemos entender que en nosotros están estos elementos, y debemos dejar que la Palabra penetre en nosotros y cambien nuestro corazón. En algunos casos, seguir a Jesús, como los discípulos, puede ser fruto del entusiasmo, pero en el fondo no es un verdadero seguimiento de Cristo, sino una especie de "seguirse a sí mismo". la crisis purifica nuestros ojos, limpia nuestro corazón de los malos sentimientos, y nos lleva a tener que elegir entre Él o nuestro yo egoísta.

    Simón Pedro le contestó: "Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios".

    Para entender esta respuesta de Pedro, es necesario tener presente que el Evangelio la ubica al día siguiente de la multiplicación de los panes. El día anterior Pedro lo había visto dar de comer a más de cinco mil personas y que querían hacerlo rey, y tal vez era el momento más apropiado, y esa misma noche lo vio caminar sobre las aguas. Y luego Pedro afirma: "¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna". Pedro se adhiere a la persona de Jesús porque lo ha visto dar de comer a la gente, caminar sobre las aguas, etc., pero todavía no comprende completamente quién es Jesús. Además aquí no se cita la reacción de Jesús que sí aparece en Mateo y Marco, en que llama a Pedro "Satanás", precisamente porque no acepta el escándalo de la Cruz. Pedro reconoce a Jesús de manera parcial. Le dice "Tú eres el Santo de Dios", pero no entiende bien qué quieren decir estas palabras; de hecho, se adhiere a la persona de Jesús pero luego lo niega. Podemos decir que en Pedro estamos todos muy bien comprendidos. También se puede hacer "elogio" de Pedro, de sus dudas y de su crisis, el cual consiste en que Pedro tal vez no comprende la Palabra, pero al menos comienza a distinguirla de otras palabras, sobre todo de la charlateneria, de lo que lleva a la falsedad; comienza a entender que aquí hay algo de verdad: palabras de vida eterna.

    En síntesis, este texto quiere sacar a la luz nuestro "escándalo", nuestra falta de fe y nuestra crisis de fe en relación con el sacramento de la Eucaristía. Cuando celebramos la Santa Misa realmente comemos el cuerpo del Señor que se nos ha dado, vivimos de este don y de este amor absoluto, y somos asimilados a Cristo, convirtiéndonos también nosotros en "don" para los demás. Este es el sentido de la fe.

  • ¿Aceptamos que la lógica de Dios es la de lavar los pies al prójimo?
  • ¿Y que nos ha dado este ejemplo para que nosotros hagamos lo mismo?
  • ¿Aceptamos que la Eucaristía quiere hacernos hijos y hermanos? Quiere crear entre nosotros un verdadero amor y solidaridad, exactamente opuestos a lo que vemos en el mundo, que es aquel mundo dejado a merced del príncipe de este mundo.
  • ¿Aceptamos que Dios quiere liberarnos de pensamientos absurdos, que nos arruinan la vida, de las mentiras, para restituirnos nuestra identidad de hijos de Dios?
  • Así es que el intento de este pasaje final del Evangelio que Juan escribe para la comunidad que vive en torno a la Eucaristía es precisamente hacernos entender el el escándalo de la Eucaristía: la salvación del mundo, para que podamos crear un "mundo nuevo".
  • Y algo sorprendente es que la Eucaristía no se ofrece a los perfectos o iluminados, sino precisamente a muchos que finalmente no creen, encuentran demasiado dura la Palabra y terminan por irse y traicionar. La Eucaristía se nos ofrece a nosotros, con nuestros defectos y miserias. A este mundo, así como es, el Señor abre la posibilidad de vivir como Él.

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