Domingo, 25 Noviembre 2012 17:44

PHC: Rey de un reino espiritual (Jn 18,37)


Fuente: PHC (traducción sujeta a derechos de autor).

[La publicación de este material no implica necesariamente la adhesión a las posiciones u opiniones vertidas en los aportes exegéticos que aparecen aquí.]

[Traducción sujeta a derechos de autor.]

Rey de un reino espiritual (v. 37):

Cuando Jesús compareció ante Pilato, el gobernador, tratando de obtener los hechos relativos a la acusación presentada por los Judios, trató de llegar a la verdad sobre su supuesto alegato de ser rey. Se trataba de un asunto delicado, que lo colocaba en directo conflicto con el honor del romano y con la paz de su gobierno. ¿Era Jesús uno de esos numerosos pretendientes de liderazgo religioso y temporal del pueblo judío que de cuando en vez se habían levantado y conducido a los hombres? Si el Señor hubiera respondido de manera directa con un “sí” o un “no” a la pregunta del gobernador romano, habría dejando una falsa impresión. Si hubiera dicho simplemente “sí, soy rey”, Pilato habría considerado justificado el cargo presentado por los judíos. Si hubiera respondido un simple “no”, habría dejado a Pilato con una idea falsa acerca de la verdadera posición y naturaleza. Por lo tanto respondió que ciertamente era Rey, pero de un reino que no es de este mundo.

I. Cristo es verdadero Rey por naturaleza y por descendencia: 1. ”Yo para esto he nacido”, etc.; “Salí del Padre y he venido al mundo” (16,28; 10,36). Su nacimiento en el tiempo fue salir de Dios para cumplir un propósito divino eterno, y el cumplimiento de este propósito se basaba en su naturaleza esencial en cuanto Hijo de Dios. Él estaba en la tierra en apariencia humilde como el Hijo del hombre; pero vino al mundo porque Él existía como Palabra eterna con el Padre. 2. Tampoco vino al mundo para asumir el dominio de todo con autoridad propia. Su venida se realizó en completa sincronía con la voluntad del Padre, de tal manera que decimos que el Padre lo envió. Su envío y su venida, en efecto, desde la visión de las cosas divinas, fue una acción divina. Pero para este objetivo, es decir que sea establecido el Reino de los Cielos, Cristo se hizo obediente al Padre. Por su misma obediencia se colocó a sí mismo en la única posición verdadera desde la cual puede conquistar a los hombres y reinar sobre ellos, llevándolos a la lealtad y a la obediencia al Padre. 3. Y por esto Él fue exaltado desde lo alto (Fil 2,9-10; Hb 8,9; Sal 2,6-8); y a Él se ha dado el dominio eterno en un reino que no tendrá fin.

II. Cristo es Rey del reino espiritual porque por su conocimiento, sabiduría y poder Él ha sido puesto para gobernar: 1. Ni siquiera los hombres mejores y más sabios han sido capaces de salvar a la raza humana del mal y llevarlos de vuelta a la lealtad a la Verdad eterna. Basta mirar hasta atrás en la historia de nuestra raza para ver qué tan cierto es esto. La raza humana se encamina cada vez más lejos de la verdad. Reyes sabios han reinado, líderes sabios se han levantado, incluso líderes divinamente inspirados. La ley de Moisés, dada por Dios, no era más que un sistema imperfecto y de preparación, que tenía que pasar. ¿Cuánto más imperfectos, entonces, los sistemas de un Zaratustra, un Kong-fu-tze o un Platón! Ninguno tuvo el conocimiento, la sabiduría y el poder de conducir a los hombres bajo el dominio de la Verdad. 2. Pero Cristo las tenía todas. Él, la manifestación eterna de la eterna Verdad, sabía lo que los hombres necesitaban. Sólo Él podía manifestar lo que está en la mente de Dios y revelar a los hombres las realidades eternas; testimoniar la verdad ya revelada en la ley y en los profetas; y, por sobre todo, transmitir la realidad del amor del Padre en su propia persona y en sus obras. 3. Y Él es Rey no sólo porque dio testimonio de la verdad; su autoridad consistía no solo en la enseñanza de ciertas verdades concernientes al hombre, a Dios y a las cosas eternas. Sino por su poder de atraer a los hombres hacia sí, transformándolos en su propia imagen y haciéndolos miembros reales de su reino eterno.

III. El reinado de Cristo es un hecho que pertenece a la historia y a la experiencia: 1. A Él se le dio un dominio universal sobre todos aquellos que pertenecen a la verdad. Vemos delante de nuestros ojos diariamente el cumplimiento de las antiguas profecías. Desde cada tierra y nación, todas las personas y todas las lenguas, vienen para vivir en sujeción a su reinado. Todos esos corazones cuyos corazones son movidos por el Espíritu, que son atraídos hacia la verdad, que buscan verdaderamente conocer a Dios y amarlo –todos ellos escuchan la voz de Cristo y se someten a su autoridad llena de gracia y de mansedumbre. 2. Cuán velozmente, hablando comparativamente, se ha extendido el reino de Cristo cuando recordamos que Él es el Rey de la verdad y que los hombres, por su naturaleza, se oponen a Él. Así es que de manera constante a través de la historia ha existido oposición desde afuera y error desde dentro para minar su gobierno. Y Él conquistó primero, no las veleidosas y supersticiosas razas del este, sino la más refinada humanidad del occidente. Y ahora su autoridad en cuanto Rey de la verdad no se reduce a un pequeño grupo de discípulos, sino que es asumida con fe por casi la cuarta parte de la población del globo. Y cada día más y más hombres doblan sus rodillas ante su nombre y confiesan que Él es el Señor. 3. Y la experiencia individual confianza el poder bendito de su reino. Cuando Él viene, la oscuridad pasa con las obras de la oscuridad; y el amor, la paz y la alegría sobreabundan. El amor a la verdad conduce a la libertad del error y del pecado. “Él atrae a todos los hombres hacia sí”. Un lazo invisible de comunión une a Él a hombres de todo contexto y de todo tiempo, como miembros gozosos de ese reino cuyo Rey “está sobre todas las cosas”.

 
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Fuente: PHC (traducción sujeta a derechos de autor).

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[Traducción sujeta a derechos de autor.]

¿Cómo extiende Jesús su reino? (v. 37):

I. No lo hace por medio de la fuerza material: 1. Miremos a la historia de aquellos que han gobernado a su modo: de César, a Escila, Mario o Tiberio, cuya detención de poder se distinguía por veleidad terrible de la pasión humana, el fluir de ríos de sangre, etc. No había nada nuevo o extraño en todo ello. Se podría decir que es un epítome de la historia de la humanidad. 2. No fue de este modo que Dios quiso extender su reino entre los hombres. En cambio lo hizo de una manera extraña e inesperada, por medio de un criminal clavado en una cruz, quien conquistó para sí mismo un imperio del que ningún César pudo haber soñado jamás. 3. A los pies de esa cruz los hombres aprendieron que en el mundo, si hay algo más poderoso que la fuerza material, es el pensamiento, y si algo incluso más poderoso que el intelecto, es el amor. “Yo cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32).

II. Tampoco por la fuerza del ingenio: 1. Los reyes con poder material, entonces, los dejamos a un lado. Miremos más alto. Más allá de la fuerza está la habilidad. Hemos visto a los grandes genios de la astucia ideando sus fabricaciones a escondidas, y preparándose para alguna exitosa empresa. Con esa paciencia ellos crean sus recursos. Con qué seguridad añaden a la audacia lo que le hace falta, distrayendo la imaginación de los hombres hasta la hora en que se sienten suficientemente fuertes para descubrir sus reales pretensiones. 2. La gente admira el éxito. Pero desde una mirada más cercana, ciertos aspectos inquietantes salen a la luz. Cuántos cálculos, ¡cuántas artimañas y engaños! Preguntémosle a un hombre inteligente del mundo qué piensa acerca de uno que pretende emprender el camino del éxito pero sin dejar de atender a los dictámenes de la moralidad y siguiendo la línea del deber sin desviarse, y verás con cuánta sarna atribuirá este modo de proceder incauto e inocente a una simple quimera. 2. Y aún con ello, Cristo ha fundado un reino mucho más grande que el de todos aquellos que han usado tan solo su ingenio y habilidad; y cuando examinamos su vida no encontramos rastro de este tipo de ingenio, que es incompatible con el carácter de Cristo. Cuando un crítico, tratando de explicar el maravilloso dominio de Jesús ejerce, lo atribuye al cálculo o a un modo de actuar disimulado, la consciencia pública se alza en disenso y protesta. 4. Si alguno quisiera proclamar una nueva doctrina, y ganar la adhesión de la gente inteligente a ella, jamás se le ocurriría buscarla en una minúscula provincia como Galilea, ni gastaría la más sublime doctrina en la gente más ignorante, incapaces de comprender su verdadera belleza. Al inicio de su ministerio, un jefe de la secta de los fariseos se acercó a Jesús. Si Jesús hubiera estado deseoso de ganar adherentes fácilmente tal vez lo hubiera tratado de un modo más cauteloso, obteniendo de esa manera el favor de los fariseos. Pero sabemos cómo recibió Jesús a Nicodemo. Y a la gente que se acercó a Jesús con sueños mesiánicos (6, 15), con la pretensión de hacerlo rey, Jesús les habló de tal manera que se fueron yendo uno a uno, dejando sólo a los doce con Él (6, 66). ¿Qué clase de ingenio es este? Pero esos discípulos Jesús no les prometió victorias veloces, tronos y reinos. No, más bien les anunció persecuciones y juicios contra ellos. ¿Es esto ingenio? Jesús proclamó la verdad a la gente y a los fariseos, denunciando a estos últimos por sus pecados, etc. ¿Es esto ingenio? No; desde un punto de vista político, era una necedad. Así es que no fue por medio del ingenio y la habilidad que Cristo buscó ejercer su dominio.

III. Tampoco por la fuerza intelectual: 1. Este reino también tiene sus reyes: reyes en poesía, filosofía, arte, ciencia. Un homero, un Platón, un Rafael o un Newton. ¿Pondremos a Cristo en esa lista? 2. Hay tres clases de líderes en estos dominios, correspondientes a la belleza, la bondad y la verdad. Para el deseo de la belleza el dominio correspondiente es el arte; para el deseo de la verdad el dominio es la ciencia; para el deseo de lo bueno el dominio es la moralidad. Cada uno de estos dominios tiene sus propios reyes. ¿En cuál de ellos buscaremos a Jesús? 3. ¿En las alturas del arte? No, a pesar de que Jesús presentó un ideal novedoso para la imaginación y reveló una belleza nueva e inédita; es innegable que el arte le debe al cristianismo algunas de sus más grandes inspiraciones. Cuando el pecador arrepentido se golpea el pecho, cuando el Salvador del mundo muere en la Cruz, ¿es sólo la imaginación la que se mueve? ¿o somos llevados a otra región, la región de la santidad y del amor? Sí. 4. ¿Es en el campo de la ciencia y de sus brillantes descubrimientos e investigaciones, etc. que colocaremos al Redentor? De nuevo, no. Sus enseñanzas, es cierto, están en sintonía con las leyes más altas del pensamiento. Y es en el contexto del cristianismo que la ciencia más ha progresado. Pero es allí donde Cristo quiso reinar (Mt 11, 25-26). Su Evangelio no estuvo dirigido especialmente a los sabios del mundo. La fuerza por la que Él atrae a los hombres no depende de la lógica humana. Jesús no habló en silogismos, como un maestro de escuela. Y este hecho ha sido utilizado como reproche contra el cristianismo por parte de filósofos como Luciano, Celso o Porfirio. Y suponiendo que Cristo hubiera reinado en el campo de la sola inteligencia, ¿se habrían reunido los sabios en tornos a Él? ¿Y qué hay de los pobres y analfabetos? El Evangelio fue predicado para los débiles (Lc 4, 18). 5. Por encima de lo intelectual está lo moral. No hay nada más arriba.

El orden moral es la voluntad de Dios. Es en este orden supremo que Jesús es Rey, Rey por su santidad, Rey por amor, pues estos dos son los dos polos de su universo. Por ello dijo a Pilatos: “Soy Rey, yo para esto he nacido”. Y Él no es Rey simplemente porque les reveló a los hombres un nuevo ideal. Aunque ciertamente lo hizo; nadie podría negar que Jesús propuso ideas nuevas concernientes al amor a Dios y al hombre. Pero eso no es todo. Tampoco se limitó a enunciar algunas grandes verdades morales. Él no era simplemente un profeta de la verdad, sino la Verdad misma, la encarnación de la verdad moral. 6. Lo que Jesús pretende es el dominio sobre las almas de los hombres, un dominio espiritual, el más real y absoluto. Y es Él quien vive y reina por los siglos de los siglos. Por sus palabras y acciones, sus milagros, Jesús demostró su derecho a la autoridad que reivindicó, y el amor que pretendía había de serle dispesado por parte de sus seguidores. Y la belleza de su carácter, el poder de su amor expresado en su acción salvadora, el atraer a los hombres hacia sí con los lazos de un afecto que se hace cada vez más universal. (Abridged from Eug. Bersier)

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La verdadera naturaleza del reino de Cristo (v. 36):

Así como el Rey del reino de la verdad viene de arriba, así también su reino. Aunque se extiende al universo entero, y los hombres de este mundo están llamados a ser parte de él, dicho reino no es “de la tierra”, no es “terreno”. Cristo no vino a instaurar un imperio que se fuera a extender a través de la conquista, o que fuera a usurpar otros gobiernos de reinos seculares, aunque sí a influir sobre estos indirectamente por el establecimiento de su propio reino. su dominio es el primero hacia el interior, con el fin de que pueda ulteriormente abrirse al exterior, y de que al final “los reinos de este mundo” se conviertan en “los reinos de nuestro Señor y su Cristo”. Se puede ver que el reino de Cristo no es de este mundo en los puntos sucesivos.

I. En los medios utilizados para su extensión: 1. Tal como nuestro Redentor dijo al vacilante juez romano, “si mi reino fuera de este mundo, entonces mis siervos habrían combatido por mí”. Los reinos de la Tierra se van extendiendo primordialmente a través de la conquista. Los medios que utilizan para su avance son de naturaleza material. Armas y navíos, leyes seculares y sociales, cortes de justicia, oficiales de la justicia, penas y prisiones, se cuentan entre los instrumentos empleados para el orden interno y externo y la seguridad de los reinos de la Tierra. 2. Y éstos, en su dimensión, no deben ser minusvalorados o menospreciados. Un gobierno política y socialmente justo ha de ser celebrado con alegría. Pero ninguno de estos medios en sí mismo es capaz de acercar a los hombres a Dios. Roma tuvo un extraordinario código de leyes, un sistema político noble y un dominio extenso y poderoso. Pero estas cosas hicieron también que sus niveles de corrupción fueran más vastos y su caída más terrible. 3. El reino de Cristo, en cambio, descansa sobre los principios de la verdad eterna.

El objeto y término de su dominio no es la Gloria mundana, la conquista o el poder; sino el alcance de metas espirituales y morales. Y debe haber sido sorprendente para muchos entre los que Jesús influyó, y cuya idea de un reino y de un cierto dominio no iba más allá de la realidad de los imperios y gobiernos de aquellos tiempos, escuchar las afirmaciones de Jesús, y luego ver con los ojos los medios a través de los cuales Él pretendía lograr lo que proponía. Esto fue lo que lo marginó de los Judíos, quienes anhelaban la conquista y la gloria terrenal. Y fue esto lo que hizo tambalear a Pilato cuando el Salvador admitió ante él que era Rey. El reino de Cristo tampoco es de este mundo:

II. En la finalidad que persigue su gobierno: 1. No se restringe a la Tierra y al tiempo, como los reinos de este mundo. Sus leyes no fluctúan o cambian con los cambios temporales, sino que son siempre las mismas –inalterables– en cuanto expresiones de la verdad y de la justicia. Puede y de hecho existe a través de diversas formas en las formas de gobierno terreno; su espíritu y sus principios pueden, de hecho, penetrarlas, inspirarlas y purificarlas. 2. Y esto es así porque le reino de Cristo es el reino de la verdad, que ha de ser instaurado en el corazón del hombres, poniendo fin al reino del espíritu de la mentira y triunfando sobre el mal, evocando humildad, fe, amor, esperanza, pureza y toda gracia espiritual; en pocas palabras, haciendo de los hombres criatura nuevas en el espíritu y en la mente, según la imagen del Rey. 3. Y por ello los sujetos de este reino no están ligados a él a través de ningún vínculo externo que pudiera deshacerse en algún momento, como sucede con los sujetos que pertenecen a los reinos terrenos. Tampoco son forzados contra su voluntad a servir a su Rey, como los son los esclavos de algún tirano de este mundo. No, porque en este Reino la verdad prevalece, y aquel que se rebela contra la verdad sabe que se rebela contra su naturaleza que es un origen superior. Y los verdaderos sujetos de este Reino trascendente están deseosos y felices de someterse a sus reglas y a sus leyes, porque su Rey gobierna en sus corazones y en sus vidas. El amor de su Rey es lo que los impulsa, y en servirle a Él constituye su gozo y alegría. Que el Reino de Cristo no es de este mundo también puede verse en el siguiente hecho:

III. Su universalidad y su perpetuidad: 1. Cada vez menos, mientras los años pasan para un monarca terreno, su dominio parece poder adquirir una dimensión universal. Y aún cuando los grandes imperios han sido erigidos por grandes conquistadores, estos han sido rápidamente desarmados y condenados a la extinción. Los dominadores de hoy se asientan sobre las ruinas del pasado. Tras nuestros pasos están sus ya desaparecidas moraras, sus palacios y sus esplendores, los de gentes que alguna vez fueron grandes y sus reinos. Pero parecía en su tiempo que durarían para siempre, y ahora tan solo quedan sus piedras esculpidas como símbolo de lo que alguna vez fue su gloria y su poder. Egipto, Asiria, Babilonia, Persia, Grecia, Roma y muchos otros claman en nuestra memoria para decirnos que su poder y su gloria ahora se reducen al polvo. 2. Pero, ¿porqué no permanecieron? Porque no estaban fundados en la verdad de las realidades eternas. Sólo la nación y el gobierno fundados en la verdadera justicia pueden permanecer. Y cuando las naciones y los gobiernos se olvidan de Dios, cuando sus gentes crean sus propias leyes y conducen sus negocios sin Él, cuando decretan que las naciones y los gobiernos nada tienen que ver que el mantenimiento y el crecimiento del reino de la verdad, entonces su final está cerca (Is 9,12). 3. Sólo el Reino de Cristo y aquellos que forman parte de él durarán para siempre. Sólo su reino crecerá a través de las generaciones y durará para toda la eternidad. Y las Iglesias y los reinos que se sometan a Él y le rindan honor, permanecerán por toda la eternidad. Los gobiernos individuales y las comunidades nacerán y luego pasarán. Pero en medio de toda la confusión y los cambios, este reino que todo lo abarca seguirá creciendo, reuniendo en torno a sí a los verdaderos creyentes y las comunidades en expansión, hasta que los reinos de este mundo sean asimilados al reino de Nuestro Señor y de su Cristo.

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Domingo, 25 Noviembre 2012 17:21

Domingo XXXIV TO (B) [Alvarado]

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