Jueves, 08 Mayo 2014 00:00

Jueves III de Pascua 2014

Lecturas: Hch 8,26-40; Sal 65; Jn 6,44-51

Una vida hecha de promesas

Captación

La vida humana está hecha de promesas. La felicidad es una promesa cumplida; la infelicidad muchas veces es consecuencia de deseo no cumplido, o de una promesa traicionada. En la vida de los hombres, no existe ninguna garantía absoluta de que aquello que deseamos, incluso aquello que merecemos, se cumplirá necesariamente. En Cristo, en cambio, la promesa de Dios se cumple inexorablemente, y no existe ninguna fuerza humana capaz de truncarla.[Dice el Señor por el profeta Isaías: "¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido." (Is 49,15)]

Cuerpo

Estas palabras de Jesús están marcadas por una promesa bellísima, que a los ojos humanos a veces aparece como una utopía: la promesa de la vida eterna, de una felicidad plena e ilimitada. ¿Es esto real? En cierto modo, la calidad de nuestra vida cristiana y de nuestra relación con Dios dependerá de cuán auténticamente asumimos esta realidad como una verdad absoluta e inminente. De hecho, los primeros cristianos vivían de manera muy intensa la proximidad de la venida gloriosa y definitiva de Cristo. Se ha dicho muchas veces que esto era debido a una incorrecta interpretación de los primeros apóstoles acerca del dicho de Jesús: "No pasará esta generación..." Pero en realidad, esta fe en la realización inexorable y cercana de las promesas de Dios es parte constitutiva de nuestra fe, y a lo largo de los siglos ha sido motivo de que muchas personas se decidan a entregarle todo a Dios, incluso la propia sangre, cuando las circunstancias así lo han determinado. Ahora bien, en esta vida esa promesa de felicidad está necesariamente mezclada con otra promesa: la de la tribulación; y por eso la vida cristiana no está excenta de sacrificios y de situaciones que muchas veces requieren de gran abnegación y determinación. Pero la mirada hacia Dios y hacia sus promesas, con su seguridad absoluta, iluminan el horizonte y dan incluso a nuestras circunstancias más cotidianas un sabor distinto. Pero en este Evangelio, además, Jesús nos ofrece un pan que es prenda de inmortalidad, un alimento que, como dijo a la samaritana, "sacia para la vida eterna". Y este pan, unido a los demás sacramentos y a la posibilidad de una relación vital con Jesús por la oración, convierte nuestra vida desde ahora en un verdadero "adelanto" de la comunión en el Cielo; si tenemos fe, si escuchamos a Dios y no cedemos a nuestro egoísmo, podemos desde ahora ver en nuestra vida las promesas de Dios cumplidas.

Conclusión

Es esta confianza en Dios y en sus promesas, nutrida por el encuentro personal con Él, lo que motiva nuestro deseo de santidad y de apostolado. Santidad porque es un camino siempre creciente, no puede ser de otro modo. Apostolado porque es una experiencia de la que brota naturalmente el deseo de compartirlo.

Publicado en Ideas para hoy
Miércoles, 17 Abril 2013 00:00

Miércoles III de Pascua

Lecturas: Hb 8,1b-8; Sal 65; Jn 6,35-40

Bueno como el pan

Captación

Se podrían escribir toneladas de páginas sólo sobre esta afirmación del Señor: "Yo soy el pan de la vida". Es característico del lenguaje de Jesús utilizar palabras simples y directas, así como imágenes tomadas de la vida cotidiana, para expresar verdades de una profundidad inabarcable. ¿Qué significa que el Señor se proclame así mismo "pan de la vida"?

Cuerpo

Ya que la imagen está tomada de la vida cotiana, vayamos a la vida cotidiana: el pan es probablemente una de las cosas más simples y valiosas de la vida. El pan es el alimento por excelencia, el prototipo de todo lo que puede alimentar al hombre. Cuando se habla de la necesidad de alimentarse se suele decir: "que no nos falte el pan". De hecho, en la oración del Padre Nuestro expresamos esto, refiriéndonos a "todo alimento". El pan es sencillo, bueno, fundamental. Con el pan se comparte, con el pan se comunica, el pan es vida. Pero en la oración del Padre Nuestro no nos referimos sólo al pan material. El pan es también símbolo del alimento espiritual. No es casual que Jesús haya elegido el pan como "vehículo" de su presencia sacramental entre nosotros. Como el pan material que alimenta nuestro cuerpo, existe un pan espiritual que alimenta nuestro espíritu. Las palabras de Jesús producen siempre el deseo de recibir ese pan: "Señor, danos siempre de ese pan", le dicen sus oyentes. El pan que ofrece Jesús es promesa de seguridad, de felicidad, de vida eterna. No existe nada en el mundo, por más bueno y deseable, que sea tan valioso como aquel pan que ofrece Jesús. Él mismo dijo a la Samaritana que quien lo tenga a Él como alimento, se convertiría él mismo en fuente que mana para la vida eterna. No existe deseo humano que no pueda ser colmado con este alimento de vida eterna.

Pues bien, ese "alimento" es el mismo Jesús su persona. Él afirma: "Yo soy el pan de la vida". Quien no experimenta fuertemente el deseo de Cristo, de acercarse a Él, de vivir en comunión con Él, todavía no lo ha conocido, no sabe quién es. Quien se encuentra con Él, en cambio, experimenta en su vida un deseo irresistible de estar con Él, de vivir con Él, y de que Él sea siempre el centro de su vida. De esta manera, cumplir su palabra deja completamente de ser una carga, se convierte en una felicidad indescriptible. Hay algo en Jesús que responde a la sed y al hambre más profundos que hay en el corazón humano.

Conclusión

¿Cómo está nuestra vida de encuentro con Jesús. Él ciertamenet nos conoce, ¿lo conocemos nosotros? ¿Lo conocemos suficientemente como para desear con toda nuestra vida estar con Él? No seamos conformistas con nuestro cristianismo. Debémos preguntarnos qué tenemos que hacer para sentirnos como esos hombres y esas mujeres que al escucharlo y al verlo, desearon dejarlo todo por seguirlo, por estar con Él para siempre.

 
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