Sábado, 27 Septiembre 2014 00:00

Sábado XXV del Tiempo Ordinario 2014

Publicado en Ideas para hoy
Jueves, 08 Mayo 2014 00:00

Jueves III de Pascua 2014

Lecturas: Hch 8,26-40; Sal 65; Jn 6,44-51

Una vida hecha de promesas

Captación

La vida humana está hecha de promesas. La felicidad es una promesa cumplida; la infelicidad muchas veces es consecuencia de deseo no cumplido, o de una promesa traicionada. En la vida de los hombres, no existe ninguna garantía absoluta de que aquello que deseamos, incluso aquello que merecemos, se cumplirá necesariamente. En Cristo, en cambio, la promesa de Dios se cumple inexorablemente, y no existe ninguna fuerza humana capaz de truncarla.[Dice el Señor por el profeta Isaías: "¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido." (Is 49,15)]

Cuerpo

Estas palabras de Jesús están marcadas por una promesa bellísima, que a los ojos humanos a veces aparece como una utopía: la promesa de la vida eterna, de una felicidad plena e ilimitada. ¿Es esto real? En cierto modo, la calidad de nuestra vida cristiana y de nuestra relación con Dios dependerá de cuán auténticamente asumimos esta realidad como una verdad absoluta e inminente. De hecho, los primeros cristianos vivían de manera muy intensa la proximidad de la venida gloriosa y definitiva de Cristo. Se ha dicho muchas veces que esto era debido a una incorrecta interpretación de los primeros apóstoles acerca del dicho de Jesús: "No pasará esta generación..." Pero en realidad, esta fe en la realización inexorable y cercana de las promesas de Dios es parte constitutiva de nuestra fe, y a lo largo de los siglos ha sido motivo de que muchas personas se decidan a entregarle todo a Dios, incluso la propia sangre, cuando las circunstancias así lo han determinado. Ahora bien, en esta vida esa promesa de felicidad está necesariamente mezclada con otra promesa: la de la tribulación; y por eso la vida cristiana no está excenta de sacrificios y de situaciones que muchas veces requieren de gran abnegación y determinación. Pero la mirada hacia Dios y hacia sus promesas, con su seguridad absoluta, iluminan el horizonte y dan incluso a nuestras circunstancias más cotidianas un sabor distinto. Pero en este Evangelio, además, Jesús nos ofrece un pan que es prenda de inmortalidad, un alimento que, como dijo a la samaritana, "sacia para la vida eterna". Y este pan, unido a los demás sacramentos y a la posibilidad de una relación vital con Jesús por la oración, convierte nuestra vida desde ahora en un verdadero "adelanto" de la comunión en el Cielo; si tenemos fe, si escuchamos a Dios y no cedemos a nuestro egoísmo, podemos desde ahora ver en nuestra vida las promesas de Dios cumplidas.

Conclusión

Es esta confianza en Dios y en sus promesas, nutrida por el encuentro personal con Él, lo que motiva nuestro deseo de santidad y de apostolado. Santidad porque es un camino siempre creciente, no puede ser de otro modo. Apostolado porque es una experiencia de la que brota naturalmente el deseo de compartirlo.

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Sábado, 27 Abril 2013 21:35

Domingo PAS V (C) [Daum]


Hch 14,21b-27; Sal 144; Ap 21,1-5a; Jn 13,31-33a.34-35

I. APUNTES

Cuando la noche de la última Cena Judas abandona el cenáculo para consumar su traición, el Señor Jesús dice a sus discípulos que «Dios ha sido glorificado en Él» (Evangelio). ¿De qué modo ha sido Dios glorificado por Cristo, su Hijo? Por su plena y total obediencia al Plan del Padre, llevando a pleno cumplimiento la misión reconciliadora a Él confiada: «Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar» (Jn 17,4).

Cristo con su perfecta y amorosa obediencia ha vuelto a hacer todo nuevo (2da. lectura), ha venido a reconstruir lo que Adán por su desobediencia había destruido, ha venido a reconciliar las rupturas que Adán por su pecado había introducido en el corazón humano: ruptura con Dios, consigo mismo, con los hermanos humanos y con la creación entera. Gracias a que Dios ha sido glorificado por la obediencia de Cristo, todo ser humano puede en Cristo alcanzar su máxima grandeza y la plenitud de su ser.

Al mirar a Cristo todo hombre o mujer entienden que dar gloria a Dios consiste ante todo en realizar en sí el proyecto divino que el Padre, en su infinito amor y sabiduría, tiene pensado para cada cual. «La gloria de Dios —enseñaba San Ireneo— es el hombre vivo» (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 294). La persona humana da gloria a Dios cuando alcanza la plenitud de la vida humana, que consiste en participar de la misma vida y plenitud divina (ver 2Pe 1,4). Es por la amorosa obediencia al Plan de Dios como la criatura humana alcanza su realización, y con ello su verdadera dicha y felicidad.

«También Dios lo glorificará en sí mismo: y lo hará muy pronto», dice asimismo el Señor Jesús. Dios glorificó a su Hijo por su fiel obediencia. No sería una glorificación como la esperaban los discípulos. No era un revestir a su Hijo de un poder y una gloria humana lo que el Padre tenía pensado, con el fin de instaurar un mesianismo terreno y un dominio político sobre los demás pueblos y naciones de la tierra (ver Hech 1,6). Dios, en cambio, glorifica a su Hijo por la Resurrección, haciéndole vencedor sobre el poder del pecado y de la muerte. Dios glorifica a su Hijo exaltándolo y otorgándole «el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre» (Flp 2,9-11; ver Catecismo de la Iglesia Católica, 434).

Aquella misma noche, faltando ya poco para entregar su vida en el Altar de la Cruz, el Señor Jesús con la fuerza de un testamento espiritual encarga a sus Apóstoles “su” mandamiento: «que se amen unos a otros; como yo los he amado». Este mandamiento resume todo lo que Él ha venido a enseñar. Cumplir con ese mandamiento está por encima de todo. Nada hay más importante que amar como Cristo mismo (ver 1Cor 13,1ss).

¿De qué amor se trata? En griego se expresa con la palabra agape y en latín caritas. Este amor, llamado también caridad, es un impulso interior que busca el bien máximo del otro, sea físico, psicológico o espiritual. Quiere que el otro llegue a ser lo que está llamado a ser. Encuentra su fuente en Dios, que es amor (ver 1Jn 4,8.16). Dios crea al ser humano por sobreabundancia de amor, capaz de amar como Él, para participar de su misma comunión divina de amor. La vocación más profunda de todo ser humano es ese amor. El pecado es una negación del auténtico amor, es un rechazo de Dios y una negación de sí mismo. Dios Padre, fiel a su amor, por amor entregó a su Hijo para reconciliar a los pecadores y hacerlos nuevamente partícipes de su naturaleza divina (ver 1Jn 4,9-10). Es el mismo amor con que Cristo, Dios hecho hombre, ha amado al Padre y a todo ser humano, por quienes se ha entregado en el Altar de la Cruz, amando a los suyos hasta el extremo (ver Jn 13,1). Este amor es también el amor del Espíritu Santo. Él es la Persona-amor que derrama ese amor en los corazones de los cristianos (ver Rom 5,5), transformando los corazones endurecidos por el pecado en corazones de carne (ver Ez 36,26-27) capaces de amar como Cristo mismo, capaces de cumplir su mandamiento. El creyente puede llegar a amar como Cristo mismo, porque Dios da ese amor a quien libremente lo acoge.

Si de este modo nos ha amado Dios, dice San Juan, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros (ver 1Jn 4,11-18). El mutuo amor vivido entre cristianos aspira a ser un nítido reflejo del amor que se vive en la Trinidad: mutuo don y acogida de las Personas divinas. De allí deriva la comunión. Quien ama a los hermanos humanos con el mismo amor del Señor Jesús se introduce en esta nueva dinámica de amor inaugurada por el Señor Jesús y participa ya de la Comunión divina de amor. Asimismo, experimenta que el amor en él llega a su plenitud.

Este amor es el fundamento y germen del Reino nuevo que Cristo ha venido a inaugurar. Es este amor el que todo lo hace nuevo e inaugura ya en esta tierra un pueblo nuevo, una comunidad de personas que ha de distinguirse ante todos por el amor que se tienen los unos a los otros. Este reino inaugurado por el Señor en la tierra aguarda su consumación en el cielo nuevo y la tierra nueva en los que Dios y los hombres vivirán en plena comunión (2da. lectura).

¿Pero por qué dice Jesús que este mandamiento es “nuevo”? ¿Dónde está la novedad, si el mandamiento del amor al prójimo ya existía en la Ley antigua? (ver Lev 19,18). La novedad está en el modo de amar, la novedad está en amar como Cristo nos amó, es decir, en amarcon su mismo amor. El Señor Jesús es modelo y fuente del amor que reconcilia y renueva al ser humano, del amor que hace de él una nueva criatura, del amor que se convertirá en el distintivo de sus discípulos: «En esto reconocerán todos que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan unos a otros».

El gozo de aquel que se ha encontrado con el Señor y se ha dejado tocar y transformar por su amor es anunciarlo a los demás. El encuentro con el Señor Resucitado transforma la propia existencia y mueve a dar testimonio de la vida nueva que Él ha traído, mueve al anuncio de Cristo y de su Evangelio, mueve a querer vivir el amor hasta el extremo, a querer servir a otros mediante la predicación de la Palabra, mediante el anuncio del Evangelio de la reconciliación (1ra. lectura). Haber sido alcanzados por Cristo compromete al anuncio, porque ese don es no sólo para uno, sino para toda la humanidad.

El anuncio de la Palabra del Señor, si quiere ser eficaz, ha de ir acompañado por el testimonio de la caridad. La conversión no depende únicamente de la predicación, sino del testimonio de una vida cristiana coherente, que aspira a vivir el amor de Cristo en todas sus dimensiones, que aspira a amar con sus mismos amores: al Padre en el Espíritu, a María su madre, y a todos los hermanos humanos.

II. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

«Ámense unos a otros; como yo los he amado». Este mandamiento del Señor no es algo ajeno a nosotros: responde a nuestra vocación más profunda, a nuestra vocación al amor. ¿Acaso no experimentamos en nosotros un deseo profundo de amar y de ser amados? ¿No buscamos de muchas maneras saciar esa hambre de amor? Sin amor, nuestra vida se torna gris, oscura, triste, peor aún, nuestra vida se vacía de sentido.

Yo necesito amar, sencillamente porque estoy hecho para amar, porque ésa es mi vocación más profunda. Y estoy hecho para amar porque vengo de Dios que es Amor, y porque Él ha puesto en mí esa capacidad y necesidad de amar para que pueda participar finalmente de su misma Comunión divina de Amor.

Por ello experimentamos que no hay cosa que más nos llene de paz, de gozo y felicidad que la experiencia del amor y de la comunión con Dios y con nuestros seres queridos. ¡Qué felices somos cuando amamos y cuando en correspondencia nos experimentamos amados! ¡Y qué desoladora y dolorosa puede resultar la experiencia de no ser amados por nadie, y cuánta amargura inunda el corazón vacío de amor! Por eso podemos afirmar que no somos islas en medio de un mar inmenso, pues no podemos alcanzar la felicidad si no es por la comunión de amor con otras personas semejantes a nosotros y con Dios. Sí, para amar y alcanzar la felicidad plena necesitamos no solamente de Dios sino que necesitamos también de los demás, porque así nos ha creado Dios: necesitados los unos de los otros. Por ello, para responder a nuestra vocación al amor es esencial abrirnos al amor del Señor Jesús, es esencial “amorizarnos”, llenarnos del amor de Cristo para entregarnos a la construcción de una sociedad más justa, fraterna y reconciliada, una verdadera civilización del amor.

Así, pues, hay que aprender a amar de Cristo y como Cristo. Él es el modelo por excelencia, la escuela concreta del verdadero amor. Él es el Maestro del amor humano llevado a su plenitud.

Pero Él no solamente es Maestro que enseña. Él es mucho más que eso. Es el Hijo del Padre, quien vive y refleja en sí mismo todo el amor que el Padre nos tiene (ver Jn 3,16; 14,9). Más aún, siendo Dios es el Amor mismo (ver 1Jn 4,8.16) y la fuente de todo amor humano auténtico. Por tanto, para amar verdaderamente, para responder a nuestra vocación al amor, hay que nutrirnos de su Amor. ¡Qué importante, si de verdad queremos ser felices, es abrirnos al amor de Cristo, es aprender a amar de Cristo, es amar como Cristo! Para ello es esencial aprender a conocer más al Señor mediante la lectura y meditación asidua de su palabra, mediante la oración perseverante, mediante la participación activa en la Eucaristía de los Domingos, mediante la confesión frecuente.

El amor cristiano aprendido en la escuela del Corazón del Señor Jesús se vive en el día a día, en lo concreto. No es tan sólo un sentimiento. Es compromiso con el otro para ayudarlo a responder a su vocación a ser persona humana, es donación de sí y acogida del otro, es diálogo, es solidaridad, es caridad, es esfuerzo por construir la comunión especialmente con aquellos que son de Cristo.

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Sábado, 27 Abril 2013 00:00

Sábado IV de Pascua

Lecturas: Hch 13,44-52; Sal 97; Jn 14,7-14

El camino para conocer a Dios

Captación

La pregunta de Tomás es una expresión clara de la nostalgia profunda que está en el corazón del hombre, su deseo de ver a Dios, de conocerlo. En cierto modo es un hambre "instintivo" que se puede mitigar o silenciar, pero nunca anular por completo, porque es parte de su naturaleza. ¿Acaso no es este mismo deseo el origen de todas las idolatrías viejas y nuevas?

Cuerpo

Este deseo existe y es fuerte, pues mientras no es satisfecho genera el el ser humano inquietudes y desasociego que lo mueven en busca de compensaciones para llenar el vacío. Nadie vive sin Dios, o sin algo que ha convertido en dios. Al mismo tiempo, los hombres, por sí solos, no pueden llegar al conocimiento completo de Dios, pero este deseo, que tiene su origen en el Creador, los mueve a buscarlo; van en busca de su origen, van en busca de un significado. Y es un deseo que de ninguna manera debe ser reprimido, sino orientado. El problema con el relativismo actual es que al decir que "Dios no interesa" o que "Dios no existe", no está desapareciendo el deseo de Dios, que nadie puede cancelar, sino que se está orientando hacia las cosas del mundo. Lo que ofrece la propaganda a las ansias de poder, de tener y de placeres, son para el hombre su nueva religión.

Así que la pregunta de Tomás tiene una actualidad enorme. De algun modo está dentro de todos nosotros ese deseo expresado de muchas maneras: "muéstranos al Padre", "muéstranos el sentido de la vida", "muéstranos la felicidad", etc. Y la repuesta de Jesús es muy clara, y no existe otra.

Conclusión

La respuesta del Señor es que Él es la respuesta. Él es el camino para conocer al Padre. Sólo a través de Jesús podemos llegar "hasta el fondo" en el conocimiento del hombre y de su destino. Sólo Él puede ayudarnos a desentrañar el misterio que cada uno de nosotros es. ¿Cómo no acudir a Jesús? ¿Cómo no ponerlo en el centro de nuestra existencia?

 
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Lunes, 04 Febrero 2013 00:00

Lunes IV del Tiempo Ordinario

Lecturas: Hb 11,32-40; Sal 30; Mc 5,1-20

Una vida dominada por la muerte

Captación

Este es el caso de un hombre esclavizado por la muerte. Lo poseía un espíritu inmundo, es decir un espíritu de muerte. Su situación es incontrolable o indomable. Se afirma que nadie era capaz de contenerlo; y en sus palabras se deja ver angustia, desesperación y temor.

Cuerpo

Este hombre "vivía en los sepulcros". Pero no sólo eso, toda la descripción denota una esclavitud profunda; allí vivía día y noche, gritaba y se hería a sí mismo con piedras. Pero sucede una cosa soprendente. Al ver a Jesús, corre donde Él y lo adora, luego lo interroga con palabras que expresan la lejanía en la que su situación lo había sumido: "¿qué tienes que ver conmigo?" ¿Qué tienen que ver el día con la noche? ¿Qué tiene que ver el mal con el bien? [Es interesante el hecho de que, en cierto modo, este hombre siente a Jesús como una "amenaza"; y es así como funciona el pecado en el hombre, pues conduce a considerar a Dios como una amenaza].

Pero se pueden entrever en las actitudes de este pobre hombre poseído por el mal un deseo de ser libre. Jesús comprende ese deseo y su acción logra lo que ninguna fuerza humana podría lograr: libra al ser humano de la esclavitud. Esa es la potencia de la gracia. Restituye la dignidad, trae paz y lleva al dominio de la razón ["vestido, sentado y en su juicio".

Conclusión

El mal nos hace esclavos; es la primera conclusión que se desprende de esta descripción. Nos conduce a vivir en la oscuridad; arrastra, en mayor o menor grado, y de manera gradual, hacia la angustia y el temor. Jesús es el único capaz de hacernos libres. Aceptar su misericordia y su gracia, y abrazar su Verdad como "nuestra verdad" es el único camino para nuestra total liberación.

Otras Ideas

  • También se puede partir de aquella idea de "Dios como enemigo del hombre". Hoy en día el ser humano se revela contra Dios, lo ve como un ser opresivo y contrario a su felicidad. Ciertamente, el mal y el pecado generan esa distorsión profunda en el ser humano que le hace "leer" la realidad de una manera que es radicalmente opuesta a la verdad.
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    Miércoles, 10 Octubre 2012 16:31

    Dios no quita nada, lo da todo

    [Esta hermosa frase, pronunciada por el Papa Bendicto XVI en Colonia, con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud, constituye una profunda exhortación y llamado a la conversión. El mundo de hoy ve a Dios como un enemigo, y a fuerza de repetirlo ha logrado introducir en la mentalidad moderna, también en la juventud, un cierto prejuicio o rechazo frente a la posibilidad de que Dios determine nuestra felicidad o marque de alguna manera el camino del hombre. Pero, ¿es posible para el hombre vivir sin Dios? ¿Acaso no somos criaturas contingentes? ¿Acaso no necesitamos una guía que nos conduzca y una luz que ilumine nuestro camino? Las palabras del Santo Padre son una afirmación contundente en favor de la absoluta dependencia del hombre frente a Dios, de la creatura frente a su Creador. Él no desea otra cosa que la plenitud del hombre: la gloria de Dios es el hombre viviente.]

    «Estad plenamente convencidos: Cristo no quita nada de lo que hay de hermoso y grande en vosotros, sino que lleva todo a la perfección para la gloria de Dios, la felicidad de los hombres y la salvación del mundo.»

    (Discurso del Santo Padre Benedicto XVI. Fiesta de acogida de los jóvenes en el embarcadero Poller Rheinwiesen, jueves 18 de agosto de 2005.)  

    Publicado en Citas Útiles

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