Sábado, 26 Abril 2014 00:00

Sábado I de Pascua

Lecturas: Hch 4,13-21; Sal 117; Mc 16,9-15

Cristo está vivo

Captación

Imaginémonos siendo testigos directos de la muerte trágica de una persona, de la cual luego de dos días escuchamos decir por parte de personas totalmente fidedignas que está viva y operante. ¿Cómo reaccioaríamos? Es bueno hacerse esa pregunta para ponerse en el lugar de los apóstoles. Tal vez la reacción de Tomás, "el incrédulo" no resultará tan lejana a nuestra realidad personal.

Cuerpo

A veces damos por supuesta la fe de los discípulos de Cristo. Olvidamos que también ellos, como hoy en día nosotros, necesitaron ser confirmados en el esa fe por el mismo Jesús. Pero el hecho es que Jesús se presentó ante sus ojos luego de haber muerto y ello no sólo los convenció de su divinidad sino que les dio la fuerza y la convicción para ser testigos "creibles" de la resurrección de Cristo. Nosotros no podemos "ver" a Jesús como lo vieron sus apóstoles, pero para quien tiene fe, sobran las pruebas; son innumerables los que a lo largo de la historia han dado testimonio de su encuentro con Él y lo siguen haciendo, a través del anuncio y del extremo martirio. ¿Puede esto ser una farsa? ¡No! Lo de Jesús no es sólo un hecho del pasado [por lo demás verificable como hecho histórico; hoy en día ningún historiador serio se atreve a poner dudas sobre la existencia de Jesús, pues ella es perfectamente verificable según los parámetros de la ciencia histórica moderna]. Él está aquí y ahora con nosotros, en su Iglesia, con esa nueva humanidad glorificada que hizo visible a su pequeño grupo de apóstoles. Su presencia es real y se realiza principalmente a través de los sacramentos y del anuncio de su Palabra que no es letra muerta, sino viva y eficaz.

Conclusión

¿Cómo debemos situarnos ante el acontecimiento de la resurrección de Cristo? ¿Cómo es nuestra fe aquí y ahora? Hemos escuchado a muchos decir que Él está vivo. ¿Hemos creído realmente? El grado de aceptación de esta verdad puede medirse por nuestro grado de compromiso con Dios y por el testimonio que damos de nuestra fe en Jesús en todos los ámbitos de nuestra vida.

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Miércoles, 23 Abril 2014 00:00

Miércoles I de Pascua

Lecturas: Hch 3,1-10; Sal 104; Lc 24,13-35

Dios no sabe de nuestra desgracia

Captación

Es curiosa la pregunta de los discípulos de Emaús: “¿Cómo? ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?” Nos recuerda un reproche que continuamente elevan los hombres a Dios cuando El parece estar ausente de las circunstancias difíciles de nuestra vida, o simplemente parece no enterarse de lo que nos sucede y el ámbito de lo religioso resulta separado completamente de nuestros intereses cotidianos.

Cuerpo

Así iban estos discípulos de Emaús, un poco “desencantados” de la vida, al haber conocido a uno que parecía un gran protesta y resultó condenado a muerte como un delincuente; es como ese Salmo que dice: “como un tejedor devanaba yo mi vida y me cortan la trama”. ¿Y qué decir de las desgracias del hombre, aquellas de las que Dios parece no enterarse? ¡Cuántos reproches de este tipo elevan los hombres a Dios todos los días! Pero la presencia de Dios se descubre cuando uno menos lo piensa, y no todos tienen la capacidad de escucharlo. En estos discípulos de Emamús, a pesar de la desilusión y la tristeza, estaba todavía encendida, como una pequeña chispa, la llama de la esperanza; aún estaban dispuestos a creer, y no estaban totalmente embotados de preocupaciones terrenas, tanto que no pudieran escuchar a Dios si les hablaba tan directamente. Y así Jesús interrumpe sus cavilaciones y les llama la atención: ¿qué son estos reproches? ¡Qué tardos son los hombres para entender las cosas de Dios! Su modo de actuar es muy distinto al nuestro. Él responde a nuestras angustias humanas de una manera que sólo es accesible a quien tiene fe, y sus caminos, aunque son distantes a los nuestros, resultan de lejos los mejores, cuando uno decide someterse libremente a los designios de Dios, llenos de sabiduría y amor. Estos hombres se tomaron su tiempo para entender. Algo en su corazón les decía que debían acoger a este forastero, sintieron en él algo especial y lo invitaron a permanecer con ellos. Y así permitieron que Dios se revelara ante sus ojos. Sólo entonces pudieron decir: “¿acaso no ardía nuestro corazón?”

Conclusión

¿Y nosotros? ¿Dejamos que Dios actúe en nuestra vida? ¿O más bien nos llenamos la mente y el corazón con reproches acerca de cómo Dios debería actuar y cómo debería responder a nuestras inquietudes? La respuesta está más bien en la escucha, aquella que sólo se produce en la oración sincera del creyente y que le da a Dios la posibilidad de actuar y de transformar verdaderamente nuestra realidad.

 
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Viernes, 22 Marzo 2013 00:00

Viernes V de Cuaresma

Lecturas: Jr 20,10-13; Sal 17; Jn 10,31-42

El problema de la ceguera y la sordera

Captación

Tengamos algo presente en relación con este Evangelio. Aquellos que pretenden lapidar a Jesús no son "los malos". Son aquellas personas que por más de 2 mil años han esperado al Mesías; creen en Dios y tratan de cumplir los preceptos que les impone la Ley, es decir, aquellos que transmitió el mismo Dios por intermedio de Moisés. Sin embargo, son estos mismos hombres los que quieren eliminar al Mesías. ¿Porqué?

Cuerpo

La respuesta más evidente es que no creen que Jesús sea el Mesías. Pero, ¡qué es lo que les impide creer, o porqué no quieren creer? La respuesta la dan ellos mismos cuando afirman que le motivo por el cual quieren apredrear a Jesús es por su blasfemia de proclamarse Dios. Pero lo interesante es la afirmación previa de Jesús: "os he hecho ver muchas obras". Aquí hay, entonces, un problema de sordera y de ceguera. Estos judíos están sordos a la predicación de Jesús y están ciegos a sus obras. Y lo que está detrás de ello es un fuerte prejuicio, o un juicio pre-formado; tienen una idea preconcebida acerca de cómo debería ser y actuar el Mesías, e incluso de qué cosa debería decir y qué cosa no. Pero también aparecen personas sensatas en los Evangelios, entre los mismos judíos, incluso entre los maestros de la ley, algunos que tienen la libertad de cuestionar sus propios criterios y saben que el mal cae por su propio peso; son más prudentes. La pregunta de Jesús contiene una aguda ironía: ¿por cuál de sus obras quieren apedrearlo? Es una manera de poner en evidencia su incapacidad de ver la realidad que está delante de ellos. ¿Qué otras pruebas quieren?

Conclusión

¿Cuáles son nuestras ideas pre-concebidas acerca de Dios, acerca de su modo de pensar y de actuar? Un poco de ceguera y de sordera padecemos todos, cada vez que atribuimos a Dios un comportamiento que pertenece a los hombres. Hay en ello una incapacidad para creer en Él. Por ejemplo, cuando creemos que Él ama como nosotros, o perdona como nosotros, o que nos impone cargas como un jefe impone cargas a sus empleados. Y entonces viene la rebeldía y el rechazo.

 
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Lunes, 11 Marzo 2013 00:00

Lunes IV de Cuaresma

Lecturas: Is 65,17-21; Sal 29; Jn 4,43-54

El dilema de la fe y los signos

Captación

Estas palabras del Señor ponen en el centro de nuestra atención el problema de la fe: ¿qué es la fe? ¿qué significa creer? Por un lado nos demuestran que hay un lazo profundo entre el acto de la fe y los signos que Dios pone al alcance del hombre. Pero por otra parte, el Señor parece decir que creer a través de los signos es una forma de fe imperfecta: "si no veis signos no creeis". Pero los seres humanos necesitamos de signos, ¿no es así? ¿Cómo podemos resolver este dilema?

Cuerpo

El problema, en realidad, no es tanto "creer en los signos", sino qué lugar damos nosotros a los signos. La gran diferencia aquí es aquella que existe entre la verdadera fe y la idolatría. El Señor Jesús no condena una fe que se sirve de los signos o que surge gracias a ellos, sino una fe que pone condición para poder creer la producción de algún signo, algo que "garantice" o "asegure" la acción de Dios: "Como no veáis signos y prodigios, no creéis." Estas palabras de Jesús son una crítica a la incredulidad. Y la incredulidad que va en busca de signos que garanticen su fe es pura idolatría, pues el signo se convierte en un ídolo; en ello también hay mucho de superstición. Pero, ¿qué es lo que nos pide Jesús? Él nos pide creer en su Palabra, y es ella la base sobre la cual se debe apoyar nuestra fe. Los signos seguirán existiendo, porque Dios actúa por medio de signos; el evento principal de nuestra fe cristiana, lo que le da significado, que es la resurrección de Cristo de entre los muertos, es un signo. Así que sería tonto rechazar o minusvalorar los signos. El problema está en que los signos ocupen el lugar que debe ocupar nuestra relación personal con el Señor, que es una relación basada en el amor y en la confianza. Creer en Él y creerle a Él, creer en su Palabra.

Conclusión

Tal vez todo esto resulta un poco confuso. ¿Qué debemos hacer? ¿Creer o no creer en los signos? ¿Qué tan importantes son en nuestra vida? El dilema se puede resolver de la siguiente manera: existe una fe imperfecta que busca el signo para poder creer; existe una fe inicial, buena, pero no perfecta, la que contempla el signo y cree; pero existe una fe más perfecta, aquella que cree en la Palabra, aún sin haber visto ["Porque has visto has creído, dichosos los que creen sin haber visto" (Jn 20,29)]. Así que la pregunta es si nos podemos fiar de la Palabra de Dios. Del a palabra de los hombres, muchas veces no, pero de la Palabra de Dios, quien no deja "una iota sin cumplir", ciertamente debemos creer.

 

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Miércoles, 06 Febrero 2013 00:00

Miércoles IV del Tiempo Ordinario

Lecturas: Hb 12,4-7.11-15; Sal 102; Mc 6,1-6

Jesús se maravilla por nuestra falta de fe

Captación

En este Evangelio hay dos que "se maravillan". Primero se maravillan los que escuchan hablar a Jesús y ven sus obras. Luego se maravilla Cristo de su tremenda falta de fe, tremenda hasta el punto de no poder realizar milagros. En otras palabras, Jesús se imposibilitado de realizar su misión. ¿Es esto posible? Ciertamente lo es, y es lo que también a nosotros debe llevarnos a maravillarnos por el modo como Dios respeta la libertad del hombre y lo invita a una respuesta de asentimiento a la invitación de Dios.

Cuerpo

Ahora bien, eso de que "Dios invita al hombre" a algunos no les resulta cierto porque afirman: ¿porqué Dios no se manifiesta de una manera más clara? ¿Acaso esperamos que se aparezca como se apareció a sus apóstoles luego de su resurrección? Pero los que hacen este tipo de razonamiento olvidan que fueron muchos los que contemplaron las obras de Jesús y no creyeron [Judas es el arquetipo de este caso]. En el Evangelio que acabamos de escuchar sucede exactamente esto: la presencia de Jesús entre ellos pone en evidencia un sinnúmero de prejuicios [tenían una idea propía acerca de cómo debía ser el Mesías; no podía ser un hombre cualquiera, como lo era el hijo de María y de José, un conocido] y con ello se imposibilitan a sí mismos a comprender el mensaje de Jesús. Paradójicamente, son muchas veces los paganos, y no los descendientes de David, los que abrirían su corazón a la Palabra de Jesús, justamente por estar desprovistos de falsas expectativas y de pretensiones.

Esto nos causa maravilla: que Dios requiera de la libertad del hombre hasta el punto de no poder ayudarlo si él no da su asentimiento. La respuesta a Dios tiene que ser una respuesta libre y fundada en el amor.

Conclusión

No estamos excluidos de esta triste comprobación del Señor. Tal vez nosotros alguna vez también le maravillamos con nuestra dureza de corazón y nuestra falta de fe; cuando pretendemos que Dios actue según nuestros parámetros y criterios personales. Somos nosotros los que queremos dictar cómo se hacen las cosas, no Dios. Y decimos: "si Dios actuara, esto o aquello no hubiera sucedido". Es una grande soberbia la que lleva al hombre a poner a Dios en tela de juicio.

Otras Ideas

  • La cultura actual es una que sólo cree en aquello que puede "probar científicamente". Pero al mismo tiempo da por hechas muchas cosas que también son imposibles de comprobar. En realidad, la causa de la incredulidad no es la falta de pruebas, sino el prejuicio y la cerrazón. Decía C. K. Chesterton: "el que no cree en nada, termina por creer en cualquier cosa". Muy cierto.
  • Lo que causa sorpresa es que Dios omnipotente se presente como uno que tiene nada de espectacular. ¿No es eso lo que se observa en el nacimiento de Cristo? Más allá de ciertos signos portentosos presentes en toda la vida de Cristo -la estrella, el bautismo, los milagros, etc.- Él se presenta al hombre como lo que es: un hombre. ¡Dios hecho hombre! pero su manifestación espera siempre la cooperación de nuestra libertad, de otro modo no podemos recibir el don. Nos sucedería como sucede a los hombres del Evangelio: vemos a uno que no tiene nada de especial, uno "como nosotros", el hijo de Fulano.
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