Sábado, 02 Marzo 2013 00:00

Sábado II de Cuaresma

Lecturas: Mi 7,14-15.18.20; Sal 102; Lc 15,1-3.11-32

Todos somos el hijo pródigo

Captación

La parábola del hijo pródigo no es una simple historia, sino una verdadera revelación de Jesús acerca del ser de Dios y de su actuar. Pero es al mismo tiempo una explicación muy profunda acerca de la naturaleza pecadora del hombre y su inclinación a "independizarse" de Dios y de su Plan.

Cuerpo

En el hijo pródigo está representado el ser humano cuando, hechizado por la ilusión de construir su felicidad apartado de Dios y de su ley, se desacarría y va por senderos lejanos a Dios y a sus mandamientos. Pero este hombre ha sido dotado de una conciencia, y es ella la que continuamente le reclama y constituye un peso que no le deja tranquilo y que, finalmente, le lleva a "ceder" y a reconocer que no puede serguir sin Dios, y no puede pretender obtener algo bueno alejándose de Él. El hermano mayor, por su parte, en cierto modo también sufre el "síndrome" del hijo pródigo, pues ve las cosas no como las ve su Padre, sino a través del prisma de sus celos y de su egoismo; es el Padre quien lo reconduce a tener una mirada de misericordia para con su hermano.

Así que en el hijo pródigo estamos representados todos. Esto puede verse claramente cuando en nuestra vida, las decisiones que hemos tomado nos han ido llevando lejos de Dios, y llega el momento en que reconocemos que tenemos que "regresar" a él y cambiar de vida. Pero también somos ese hijo pródigo en cada situación pequeña de nuestra vida en que nuestras acciones nos alejan del modo de obrar de Dios. Cada vez que cometemos un pecado, cada vez que faltamos a la caridad, somos ese hijo pródigo, pues vamos a buscar nuestra felicidad y nuestra paz interior en el egoísmo, en la búsqueda de poder, en la obtención de cosas materiales o de placeres, en los que Dios queda excluido. Pero posiblemente luego recapacitamos y volvemos a Él, tal vez con la confesión sacramental. En cada uno de esos momentos revive en nosotros la figura del hijo pródigo.

Conclusión

Este tiempo nos llama a la conversión. Y ella implica el examen de conciencia. ¿Dónde estoy en mi relación con Dios? ¿Me he alejado de Él? ¿He caído en la ilusión de la independencia de Dios? ¿El mundo me ha seducido? Siempre es tiempo de volver a Dios y de reconocer que sólo en Él encontramos nuestra verdadera paz y nuestra verdadera dignidad humana.

Otras Ideas

  • Esta parábola nos invita también a contemplar el corazón misericordioso de nuestro Padre Celestial. ¿Cómo no tener esperanza ante la certeza de que Dios realmente nos ama y está dispuesto a perdonarnos aunque nuestros pecados sean muy grandes? La contrición es necesaria y también lo es el arrepentimiento, pues ellos son la medida de nuestra fe. [En cierto modo es eso lo que Jesús dice acerca de María, la pecadora: "a quien mucho amor muestra, mucho se le perdona" (Lc 7,47); es el corazón de María, lleno de contrición y de arrepentimiento, lo que conmueve a Jesús, quien lejos de negarle el perdón, le muestra todo su amor.] ¡Qué saludable es empezar siempre por el arrepentiemiento, que nos conduce a Dios y nos manifiesta con esperanza que Él nos ama y nos perdona!
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    Publicado en Ideas para hoy
    Martes, 19 Febrero 2013 00:00

    Martes I de Cuaresma

    Lecturas: Is 55,10-11; Sal 33; Mt 6,7-15

    Verdadera oración y no palabrería

    Captación

    Lo que Jesús critica en estos versículos no es tanto el uso de la palabra cuanto la "palabrería". Tampoco critica el uso de fórmulas para la oración, pues el Padre Nuestro es, en cierto modo, una formula que el mismo Jesús nos indica que debemos repetir. ¿Cuál es entonces el verdadero sentido de estas advertencias del Señor en relación con la oración? Tratemos de comprenderlo.

    Cuerpo

    Estas palabras de Jesús nos colocan rápidamente ante la necesidad de examinarnos, preguntándonos ¿cómo es nuestra oración? Existen muchos vicios por los que la oración puede convertirse en mera "palabrería". Uno es el peligro de convertir la oración en una especie de "magia"; es lo que está detrás de la práctica de los gentiles que Jesús señala: creen que serán escuchados a fuerza de repetir palabras, como si Dios de alguna manera pudiera ser "forzado" a escuchar y responder. Pero la oración no es mágia, es más bien un diálogo en el que el Padre verdaderamente escucha la oración de sus hijos y responde como mejor nos conviene. Otro peligro de la oración es "hablarse a uno mismo" y no a Dios. ¿Cuántas veces creemos que estamos rezando, cuando en realidad estámos encerrados y un tanto sumergidos en nuestros propios pensamientos? ¡Y no estamos hablando de la simple distracción!, sino de esa "oración" que en realidad es monólogo, en la que expresamos no tanto nuestra disposición a que se realice en nosotros la voluntad de Dios, sino nuestro deseo de que Dios cumpla lo que queremos sin darle otra posibilidad. Y mencionemos un último peligro de la oración, que es cuando no rezamos sino "recitamos", repetimos de manera mecánica o automática una serie de fórmulas mientras estamos con la cabeza puesta en otros intereses o pensamientos.

    En realidad, el problema no está tanto en el modo que usamos para rezar o en el uso de la palabra, sino en nuestra disposición interior. Cuando no hay verdadera disposición interior, cuando no hay escucha, cuando no hay en nosotros una actitud de docilidad a la voz de Dios, entonces se da lugar a la palabrería.

    Conclusión

    Hoy el Señor nos invita a rezar, y a rezar bien. ¿Cuánto rezamos? es la primera pregunta. Y luego, ¿cómo es nuestra oración? Una de las razones por la que mucha gente simplemente no reza, o ha abandonado la práctica de la oración es porque no tiene confianza en ella, en sus frutos. ¿Será que ha puesto a Dios en jaque? Pretendía que responda de un modo determinado y, como no lo ha hecho, la conclusión es que "la oración no sirve". ¿Será esto realmente así?

    Otras Ideas

  • Lo que expresa la oración del Padre Nuestro es que verdaderamente hemos sido hechos hijos del mismo Padre en Jesús. Pero lo que nosotros no podemos expresar de esa relación filial, lo decimos con las palabras del mismo Jesús. Sómos hijos por medio de Él. Somos hijos en el Hijo.
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