Jueves, 14 Marzo 2013 00:00

La mujer adúltera

Por Fulton Sheen

¡En flagrante adulterio! ¡Qué sentimientos tan repugnantes de vergonzoso entretenimiento y fisgoneo se encierran en estas palabras! Los acusadores de la mujer llevaron a ésta en medio de la muchedumbre mientras nuestro Señor se hallaba dando sus enseñanzas. Aquellos hipócritas mojigatos que la habían sorprendido in fraganti estaban ansiosos por exhibirla públicamente, hasta el punto de interrumpir el sermón de nuestro Señor. La naturaleza humana es de lo más vil cuando subraya y exhibe los delitos de los demás ante sus semejantes. La olla se cree limpia cuando puede llamar negra a la sartén. Algunos rostros reflejan una insólita alegría cuando se están regodeando con un escándalo que el corazón generoso cubriría con un velo y el corazón piadoso encomendaría en sus oraciones.

Publicado en Citas Útiles
Martes, 12 Marzo 2013 00:00

Martes IV de Cuaresma

Lecturas: Ez 47,1-9.12; Sal 45; Jn 5,1-3.5-16

La verdadera ruina del hombre

Captación

El Evangelio de hoy termina con una advertencia por parte de Jesús al paralítico: "no peques más, no sea que te suceda algo peor". Pero, ¿qué hay peor que una enfermedad de 38 años? ¿Acaso no había sufrido lo suficiente este pobre hombre? Pero a esto se añade otro dato curioso, y es el hecho de que el Señor le pregunte, ¿quieres quedar sano? Una pregunta con una respuesta bastante obvia. Pero sabemos que Jesús no desperdicia palabras y tampoco actúa sin un propósito concreto. ¿Cómo entender, entonces, su intervención aquí?

Cuerpo

Como en otras ocasiones, Jesús parece poner el acento no tanto en la curación física sino en la curación espiritual de la persona. Con la primera pregunta -¿quieres ser curado?- lo que busca es suscitar la fe de la persona y permitir que libremente dé su asentimiento. Y con la advertencia final, la invita a la conversión poniendo nuevamente la fuerza no sobre el aspecto físico de la curación sino sobre la parte espiritual. Hay un signo claro, que es el milagro de la curación física, pero hay un milagro más grande que es el de la fe.

No podemos adivinar en qué pensaba el Señor cuando dijo: "no vaya a ser que te suceda algo peor", pero perfectamente podemos decir que, muy probablemente, esa advertencia no se refería tanto a la posibilidad de algún accidente físico o de alguna enfermedad más grave -más aún si consideramos que para Jesús, a diferencia de los fariseos, la presencia de una enfermedad no necesariamente era signo de la presencia del pecado-, sino a un mal espiritual, como el alejamiento de Dios o el pecado mismo.

Conclusión

A veces olvidamos que el peor mal que puede caer sobre el hombre no es tanto el mal físico o material, sino su mal espiritual, y peor aún, la ruina espiritual, cuando una persona vive, pero por dentro está muerta, porque se ha alejado de Dios completamente. Nosotros no estamos en ese estado, ciertamente, pero de todos modos es bueno que recordemos que cada pecado que cometemos es fuente de mal para nosotros y para el mundo que nos rodea, y abonamos en la dirección opuesta al Plan de Dios para el hombre. Así que también a nosotros va dirigida esta exhortación del Señor a no pecar, y a caminar más bien en la dirección opuesta al pecado.

 
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Domingo, 10 Marzo 2013 00:00

Domingo IV de Cuaresma (C)

Lecturas: Jos 5,9a.10-12; Sal 33; 2Cor 5,17-21; Lc 15,1-3.11-32

¿El hijo pródigo o el Padre pródigo?

Captación

La prodigalidad es la liberalidad en el dar, es el deroche; es pródigo quien da sin pensar en el futuro y sin ningún tipo de cálculo. Así que este Evangelio, llamado del hijo pródigo, podría también ser llamado del "Padre pródigo". El hijo derrocha sus dones y la riqueza que le ha sido encargada en administración: su prodigalidad es irresponsable y egoista. El Padre, en cambio, es pródigo en perdón y misericordia, y la da sin esperar nada a cambio y pensando sólo en el bien ajeno: su prodigalidad es de una generosidad sin precedentes.

Cuerpo

El gran pecado del hijo pródigo no está en el deseo de disfrutar los dones que le pertenecen, tampoco en el deseo de libertad o de felicidad. Su falta está en pretender obtener todo esto dándole la espalda a su Padre. El Padre, en esta parábola, aparece desde el principio "prodigo" en todas sus actitudes. No trata de frenar a su hijo o de reprimirlo; le da lo que le pide, lo ama incondicionalmente y finalmente está dispuesto a perdonar sus graves pecados sin ningún tipo de reproche o de condicionamientos. Su generosidad es absoluta porque está cimentada en un amor absoluto. El hijo, en cambio, hace un mal uso de todos lo que le da el Padre. En cierto modo "se aprovecha" de su generosidad. El hijo es pródigo en su egoismo y en su afán de obtener su felicidad independizándose de su Padre.

Conclusión

¿No es esta la dinámica que se produce con nosotros, cada vez que pecados? ¡Ciertamente! El pecado es el intento de obtener una felicidad de espaldas a Dios; creemos ver el bien en el mal, y vamos tras él. Somos también nosotros pródigos en el mal uso que hacemos de los bienes del Señor. La buena noticia es que Él siempre nos espera y está dispuesto a admitirnos nuevamente en su casa sin condicionamientos.

Otras Ideas

  • El hijo pródigo puede ser para nosotros ejemplar en dos sentidos contrapuestos. Es, en primer lugar, un buen ejemplo del "típico pecador". La parábola reproduce a la perfección la dinámica del pecado y sus consencuencias: afán de auto-suficiencia y prescidencia de Dios; búsqueda personal egosista; libertinaje; soledad, frustración, etc. Pero puede ser también ejemplo de un "buen penitente". ¿En qué consiste la verdadera penitenacia? Consiste en el arrepentimiento; sentir el peso de la propia culpa sin justificaciones; asumir la responsabilidad del propio pecado sin escudarse en los demás o en el ambiente; el propósito de "volver" y someterse nuevamente a la autoridad de Dios.
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    Sábado, 09 Marzo 2013 00:14

    Domingo IV CUA (C) [Alvarado]

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    Sábado, 16 Febrero 2013 00:00

    Sábado después de Ceniza

    Lecturas: Is 58,9b-14; Sal 85; Lc 5,27-32

    Somos la Iglesia: santa y pecadora

    Captación

    Cada vez que participamos en la Santa Misa repetimos "Señor, no soy digno de que entres en mi casa? En ese momento reconocemos que somos indignos, y lo hacemos públicamente. Pero, si no somos dignos ¿porqué participamos? Más aún, ¿porqué somo admitidos a la Eucaristía?

    Cuerpo

    Repetimos esa frase en la Santa Misa y casi siempre, tal vez, de manera totalmente inconciente, sin estar realmente atentos a lo que estamos diciendo. Es una frase que va directamente en contra de muchas de las pre-concepciones que tenemos acerca de nosotros mismos, porque nos creemos "dignos". Incluso, como "somos buenos" y no cometemos pecados graves o, si los hemos cometido, nos hemos confesado, entonces creemos que "tenemos derecho" a acercarnos al altar. En todo estoy no estamos prestando atención a una verdad eterna que se expresa en esa frase, y así como en el Evangelio de hoy: ninguno de nosotros es realmente digno de recibir a Dios. Él se ofrece a nosotros de manera totalmente gratuita, porque Él es la manifestación pura del amor, que se entrega a nosotros simplemente por eso, por amor.

    El Evangelio de hoy nos presenta una imagen bellísima de lo que es la Iglesia: ella es santa, porque en el centro está Jesucristo. Pero, ¿de quién está rodeado el Señor? De pecadores y publicanos. La Iglesia es también pecadora, y esos somos nosotros, pobres pecadores, y al mismo tiempo parte de la Iglesia. Celebramos con Jesús, y nos sentamos a su mesa. Así es que, si nos hacemos la pregunta que se hacen los fariseos. ¿Porqué se junta el Señor con pecadores? ¿Porqué se junta el Señor con nosotros? ¿Qué responderemos?

    Conclusión

    Frente a este Evangelio sólo tenemos dos alternativas: ya que no podemos identificarnos con Jesús, sólo podemos hacerlo o con sus invitados, que son todos una tira de publicanos y pecadores, o con los fariseos, que critican a Jesús y "se creen buenos". ¿De qué lado estamos nosotros?

    Otras Ideas

  • La llamada de Leví es uno de los pasajes más bellos del Evangelio, porque es una radiografía del llamado que Jesús hace a cada persona, cualquiera se su estado o condición. Jesús le miró a los ojos, signo de conocimiento profundo, y simplemente le dijo "sígueme". Del mismo modo nos conoce Dios a nosotros, y tiene para nosotros, cualquiera sea nuestro estado o condición, algo reservado. Leví, siendo lo que era, un pecador, un estractor de impuestos, se levantó y le siguió. ¿Qué haremos nosotros ante la llamada de Jesús? Esa llamada a tomarnos en serio nuestra relación con Él, nuestro cristianismo.
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    Domingo, 10 Febrero 2013 00:00

    Domingo V del Tiempo Ordinario (C)

    Lecturas: Is 6,1-2a.3-8; Sal 137; 1Cor 15,1-11; Lc 5,1-11

    El hombre frente a su propio abismo

    Captación

    En este bellísimo episodio del Evangelio vemos a Pedro y a los demás apóstoles, o futuros apóstoles, pasar de una cierta indiferencia frente a la predicación de Jesús a una admiración rayana en el temor. ¿Qué pudo pasar?

    Cuerpo

    Imaginemos esta escena: Mientras Jesús habla a las multitudes que se agolpan en torno a Él para escucharlo, los apóstoles están en la orilla limpiando sus redes, esimismados en su trabajo y un tanto deprimidos por la pobreza de la pesca. Y aparece este hombre, hacia el cual sienten, al menos, un cierto respeto, lo que se puede ver en la actitud de Pedro, quien lo llama "Maestro" y acepta cumplir sus órdenes a pesar de que parecían totalmente absurdas. A alguno, incluso, podrían haberle resultado ofensivas, ya que Jesús parece querer enseñarles a loes pescadores algo que ellos hacen para ganarse la vida. Y es aquí cuando la situación da un giro radical. La actitud tal vez un poco excéptica o distante frente a Jesús se convierte en gran estupor. Evidentemente, Simón y los otros 3 pescadores se dan cuenta del acto prodigioso que ha ocurrido por obra de este "Maestro". ¿Quién es? ¿De dónde ha venido? ¿Cómo es que tiene poder sobre el mar y sobre los peces?

    Ante esto es interesante la reacción de Pedro. Como de golpe, toda su vida de mediocridad y de pecado se presenta ante él, como una fulguración; de allí las palabras "Aléjate de mí", sentimiento de indignidad, de pobreza humana, de fragilidad. Al descubrir el misterio en la persona de Jesús, Simón se siente cerca del abismo, de su propio abismo. ¿Y cuánto más desconcertantes habrán sido las palabras de Jesús para él? "No temas, desde hoy serás pescador de hombres". Jesús, lejos de apartarlo de su vista, le muestra la grandeza a la que es llamado.

    Conclusión

    La historia de la salvación está llena de estos ejemplos. El encuentro entre Dios, que llama, y el hombre que lo escucha es siempre un poco traumático. Así fue con Abraham, Moisés, y los demás patriarcas. Y así también es en nuestra propia vida. Claro; mientras estamos a un lado, "limpiando nuestras redes", concentrados en nuestros quehaceres o en nuestros pequeños o grandes proyectos personales, la voz de Jesús no nos mueve. Pero si nos encontráramos realmente con Él y descubriéramos quién es Él realmente, todo nuestro mundo humano se derrumbaría como un castillo de naipes. En realidad, no podemos vivir sin el Señor, pero nosotros seguimos adelante, pretendiendo que es posible, y vivimos en la ilusión.

     

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    Viernes, 08 Febrero 2013 10:03

    PHC: Una parábola en un milagro (Lc 5,1-11)

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