Martes, 22 Abril 2014 00:00

Martes I de Pascua

Lecturas: Hch 2,36-41; Sal 32; Jn 20,11-18

El amor de María

Captación

En este episodio se pone de manifiesto el amor profundo que profesaba María a Jesús. En la descripción de los hechos se deja ver la situación de desconcierto y desesperación que había producido en la vida de esta mujer la muerte de su Maestro, así como el gozo indecible y difícilmente imaginable que habrá causado en ella el hecho de ver a Jesús vivo nuevamente y escuchar su palabra.

Cuerpo

Podemos preguntarnos, ¿de dónde venía este amor tan grade de María hacia Jesús? Para responder a esta pregunta primero hay que decir que al hablar de Jesús, nos referimos a Dios mismo hecho carne, quien es el amor por excelencia, y por lo tanto la persona más amable que se puede imaginar. Si existe alguien capaz de amar y al mismo tempo digno de ser amado ese es Dios, y en la persona de Jesús, que es la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Hijo hecho hombre por nuestra salvación, ese amor adquiere una forma concreta y personal. Es así que María, al haber conocido a Jesús y al haber vivido cerca de él, pudo nutrirse de su presencia humana extraordinaria, y pudo recibir todo el bien que reciben quienes llegan a conocer a Jesús y a entablar una relación de amistad profunda con él. De esto también se comprende su angustia y su dolor terribles ante la muerte del Señor. Lo segundo que debemos recordar es que María, como muchos otros, vivió de una manera privilegiada la experiencia del perdón, pues las Escrituras dan testimonio de la curación espiritual que obró en ella Jesús. Y, como dijo él mismo en otro pasaje: “Mucho amor muestra a quien mucho se le perdona”.

Conclusión

¿Qué conclusión podemos sacar nosotros? En primer lugar que estamos llamados a tener esa misma relación de amistad y de amor con Dios en la persona de Jesús, cosa que se puede lograr únicamente a través del contacto personal con él y con su Palabra, en los sacramentos y en la oración. En segundo lugar, que debemos tomar conciencia de que él sana nuestras heridas y perdona nuestros pecados. Aquel que no se experimenta necesitado de ser curado y perdonado por Dios, es incapaz de comprender el efecto transformador de la gracia en su propia vida.

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Martes, 18 Junio 2013 00:00

Martes XI del Tiempo Ordinario

Lecturas: 2Corintios 8,1-9; Sal 145; Mt 5,43-48

¿El amor se puede “mandar”?

Captación

Jesús parece proponer una ley contraponiéndola a otra. Pero “amar”, ¿puede convertirse en ley? Se norman o se ordenan las cosas para las cuales el hombre opone cierta resistencia. Sin embargo, el amor aparece ante nosotros como algo completamente natural. ¿Cómo entender esta aparente contradicción?

Cuerpo

El deseo de amor está en todos. Pero muchas veces confundimos con el amor la necesidad que sentimos de “otro”, y amamos aquello que el otro nos da; es una tendencia muy fuerte al amor posesivo, que luego tiende a “descartar” a las personas que no me ofrecen ninguna satisfacción. Pero el amor que propone Jesús no es posesivo sino “oblativo”. El amor que propone Cristo es el amor desinteresado que tiende al bien del otro y no a la búsqueda del propio bien. El amor interesado no es amor, es interés. Ahora bien, alguno podría pensar que lo que propone Jesús es un tanto “forzado”. ¿Amar al enemigo? A lo más se puede evitar el trato con él pero, ¿amarlo? Pero si se ven las cosas desde la óptica cristiana, el panorama cambia radicalmente, ya que el amor de Dios es amor de Padre, ¡de verdadero Padre! Y entonces, ¿puede un padre odiar a sus hijos? Ciertamente no. Y en ese mismo sentido el amor de Jesús es “amor de hermano”, pero que ama con el mismo amor del Padre. Es un amor que no puede odiar. Y de ese amor estamos nosotros llamados a participar. Con esto se toca la esencia de Dios, quien es amor gratuito.

Conclusión

Ama aquello o aquel que es “amable” no revela nada de novedoso; en todo caso es algo que no sale de la normalidad. Pero el amor cristiano “sale de la normalidad”, de eso se trata. Es más bien participación del amor de Cristo, que no calcula, simplemente ama. Frente a Dios, somos pecadores, y muchos hombres son verdaderos “enemigos” de Dios. ¿Qué ama Dios en nosotros? Él ama lo que somos, y nos ama por quien él es. De ese amor estamos llamados a participar.

 
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Lunes, 17 Junio 2013 00:00

Lunes XI del Tiempo Ordinario

Lecturas: 2Corintios 6,1-10; Sal 97; Mateo 5,38-42

De la ley del talión a la “nueva ley”

Captación

Este pasaje no es fácil de explicar, pues parece que Jesús condena una ley humana para plantear una nueva norma que en la práctica es irrealizable. Pero las palabras de Jesús en este Evangelio no buscan tanto condenar una ley antigua para contraponerla con otra, cuanto llevar a sus discípulos a un orden que supera los meros pactos jurídicos. Para ser cristiano no basta la justicia según los términos humanos, es necesario entrar en un “nuevo orden” inspirado en la ley de la caridad.

Cuerpo

El hombre lleva en su naturaleza herida por el pecado el deseo de desquitarse. Es una tendencia a la irritación por el mal recibido y al deseo de vengarse devolviendo al agresor incluso más del perjuicio recibido. La ley del talión sirvió en un momento de la historia como verdadero muro de contención y significó un verdadero progreso en el propósito de regular las relaciones humanas. Se resumía en un principio de justicia muy claro. Más allá de que las leyes humanas hayan seguido su propio progreso en el proceso de civilización, las palabras de Jesús no se centran en ellas, sino que quieren llevar a sus discípulos a mirar desde una óptica distinta y superior, que es la mirada de Dios, cuya justicia no es matemática. A simple vista, vivir lo que Jesús propone parece imposible. Y lo es, si es que esos son los criterios con los que nos movemos. ¿Cómo puede amar de manera incondicional, quien no ha descubierto que es amado por Dios de manera incondicional? Nuestras relaciones humanas nunca son perfectas, pues tienen siempre un componente de contradicción; en ellas no pocas veces aparecen mezclados los sentimientos más nobles con otros que provienen del capricho o del egoísmo. Sin embargo, el hombre, por ser criatura divina y haber sido “ennoblecido” en su dignidad por Cristo, está llamado a un amor superior, uno que supera todas esas barreras; ese amor se llama “caridad”, y es eso lo que Jesús está proponiendo.

Conclusión

El primer paso, es desear acceder a ese ámbito de la caridad, que nos hace pasar del amor meramente humano a un amor mucho más alto. Nuestra más alta felicidad consiste en aspirar a ese amor e irlo conquistando poco a poco partiendo de las cosas más sencillas de nuestra vida cotidiana. ¿Cuáles son las leyes que rigen mi comportamiento? ¿Trato de “escalar” hacia ese “nivel superior”, que es el amor de Cristo? ¿Busco mi verdadera realización humana en el amor a los demás? Finalmente, recordemos que lo que nos propone Cristo es contrario a un ideal “fofo” de amor. El amor de Cristo no es mero sentimentalismo. Está hecho de actos concretos de entrega y de renuncia, está hecho de verdad, y una verdad que a veces duele, está hecho también de humildad, y está hecho de sacrificio.

 
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Sábado, 15 Junio 2013 08:30

Domingo TO XI (C) [Alvarado]

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Jueves, 14 Marzo 2013 00:00

Domingo V de Cuaresma (C) [Daum]


Is 43,16-21; Sal 125,1-6; Flp 3,8-14; Jn 8, 1-11

I. APUNTES

El Señor Jesús se encuentra en Jerusalén. Un día, después de pasar la noche en oración en el Monte de los Olivos, se dirige al Templo. «Todo el pueblo acudía a Él; entonces se sentó y les enseñaba».

De pronto la lección matutina es interrumpida por un grupo de escribas y fariseos que se acercan al Señor Jesús con mala intención. Traen a rastras a una mujer, imaginamos sumida en llanto y desesperación. Ha sido sorprendida en flagrante adulterio y, según la Ley de Moisés, debía morir apedreada: «Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos: el hombre que se acostó con la mujer y la mujer misma. Así harás desaparecer de Israel el mal» (Dt 22,22; ver también Lev 20,10). La sentencia era clara e inapelable. La mujer había cometido un pecado gravísimo y debía pagar por su ello con su vida. Sobre el hombre que con ella había pecado pesaba igual sentencia, mas probablemente había logrado huir abandonando a su cómplice a su suerte. Se aprovechó de ella, la utilizó para satisfacer su placer venéreo, acaso le juró amor, pero no estaba dispuesto a morir por ella y con ella. Finalmente, sólo la había usado como un objeto de placer, y probablemente ella también lo había usado a él para llenar un vacío.

Los fariseos y escribas, antes de llevar a la adúltera ante el Sanedrín, la arrastran a los pies del Señor Jesús para someterlo a prueba. Una vez más, buscan una excusa «para comprometerlo y poder acusarlo». Utilizan a una persona, se valen del drama de esta mujer adúltera para tenderle una trampa y poder tener algo de qué acusarlo. En no pocas oportunidades el Señor les había echado en cara su falta de misericordia y su excesivo apego a las normas morales de la ley, muchas de ellas elaboradas en el tiempo por los mismos fariseos. Llenos de amargura querían deshacerse de Él de alguna manera. Pensaban que podrían lograrlo si lo ponían en un callejón sin salida. Estaban convencidos que aquél que se había mostrado tan indulgente y misericordioso con los pecadores se opondría a la lapidación de la mujer, oponiéndose de este modo a la Ley misma. Si públicamente se oponía a la lapidación de aquella adúltera, podrían acusarlo ante el Sanedrín por «pronunciar palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios» (ver Hech 6,11). Si por el contrario aprobaba la lapidación de la pecadora, perdería la autoridad y reconocimiento que ante el pueblo había adquirido en gran parte gracias a sus enseñanzas llenas de misericordia para con el pecador.

El Señor interrumpe su enseñanza y escucha a los fariseos atentamente. Una vez concluida su exposición, el Señor asume una actitud desconcertante: sin decir palabra alguna se inclinó y «escribía con el dedo en el suelo», como quien se desentiende completamente del asunto. De lo que en ese momento escribió o dibujó, ningún evangelista da cuenta. Carecía de todo interés. ¿Acaso se trataba de un ejercicio de paciencia ante la enervante malicia de los escribas y fariseos, a quienes no les interesaba instrumentalizar a esta mujer para tenderle una trampa?

Los impacientes escribas y fariseos insisten en su cuestionamiento. Entonces el Señor se levanta y pronuncia una escueta y lapidaria sentencia: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». Cristo no arroja piedras, pero arroja estas tremendas palabras contra aquellos hipócritas guardianes de la moral que están prontos a lanzar piedras contra la pecadora, cuando ellos mismos cargan en sus conciencias pecados graves. La sentencia del Señor, cual espada afilada, entra hasta lo más profundo de sus conciencias y penetra el corazón más endurecido (ver Heb 4,12). No un largo discurso, sino tan sólo unas agudas palabras bastan para invitar a los acusadores a mirarse a sí mismos antes de reclamar el castigo para aquella pecadora y ejecutar la sentencia de muerte. La sentencia fue suficiente para desarmar la trampa y para liberar a esta mujer de la muerte merecida por su grave pecado. Comenzando por los más viejos se fueran retirando uno tras otro.

Cuando todos sus acusadores se han marchado, le pregunta «“Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?” Ella contestó: “Ninguno, Señor”. Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más”». Al decir «tampoco yo te condeno» le estaba diciendo: “sé que has pecado gravemente y que según la Ley de Moisés mereces la muerte. Yo podría apedrearte y condenarte, pero date cuenta que no he venido a condenar sino a salvar (ver Jn 3,17), que yo he venido a hacer todo nuevo (ver primera lectura). Yo no apruebo tu pecado, pero te perdono y te renuevo interiormente, por el amor que te tengo te redimo, hago de ti una mujer nueva y te doy una nueva oportunidad para que tú, libre ya de tu pecado, reconciliada con Dios, sanada interiormente de las heridas que tú misma te has hecho por el mal cometido, anda y no peques más. Así pues, conviértete del mal camino que había emprendido y vive en adelante de acuerdo a tu condición y dignidad de hija amada del Padre. Olvida lo que ha quedado atrás y lánzate ahora a conquistar lo que está por delante, corriendo hacia la meta para alcanzar el premio que Dios te tiene prometido para la vida eterna (ver segunda lectura)”.

I. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

El pecado, el hacer el mal que no queríamos, la caída en el peregrinar, es parte de nuestra experiencia cotidiana. ¿Quién de nosotros está libre de pecado? Nadie. En la Escritura leemos: «siete veces —es decir: innumerables veces— cae el justo» (Prov 24,16). No podemos olvidar jamás que todos somos pecadores y frágiles, y que «si no obras bien, a la puerta está el pecado acechando como fiera que te codicia» (Gén 4,6-7; ver 1Pe 5,8-9).

Muchas de las caídas que experimentamos serán más o menos leves, como tropezones en el andar. Sin embargo, éstas no son despreciables sobre todo cuando se repiten con frecuencia, pues nos vuelven cada vez más torpes para caminar. Las pequeñas infidelidades abren el camino para caídas más fuertes, esas que hacen que de pronto nos estrellemos de cara al suelo, a veces sin podernos o querernos ya levantar.

Los pecados fuertes, como es el caso del adulterio de aquella mujer, cuando se cometen por primera vez producen una experiencia interior tremenda: confusión en la mente, así como sentimientos entremezclados de dolor de corazón, pérdida de paz interior, vacío, soledad, tristeza, amargura, angustia y mucha vergüenza. Cuando se repiten, violentando una y otra vez la voz de la propia conciencia y haciendo caso omiso a las enseñanzas divinas, vuelven el corazón cada vez más duro, insensible y cínico.

El pecado grave también trae consigo un distanciamiento de Dios. La vergüenza, el sentimiento de indignidad o suciedad, el pensamiento de haber traicionado o defraudado al Señor y todo lo que Él hizo por mí, lleva a “esconderse de Dios” (ver Gén 3,8-10), a huir de su Presencia, a apartarse de la oración, de la Iglesia y de todo y de todos aquellos que nos recuerdan a Dios.

El pecado grave, cuando se repite algunas veces, termina por someternos a una durísima esclavitud de la que es muy difícil liberarse (ver Jn 8,34). Nos hunde asimismo en un dinamismo perverso de auto-castigo y auto-destrucción que dificulta enormemente el que volvamos a ponernos de pie, que nos perdonemos lo pasado y nos lancemos nuevamente hacia delante, a conquistar la meta, que es la santidad. Las caídas graves nos llevan a tener pensamientos recurrentes de desesperanza: “no hay pecado tan grande como el mío, ni Dios me puede perdonar, para mí ya no hay salida”. El peso del pecado se hace demasiado grande y nos va hundiendo en la muerte espiritual (ver Ez 33,10). En efecto, «el pecado, cuando madura, engendra muerte» (Stgo 1,13-15). El pecado, que al principio pensábamos nos iba a traer la felicidad y plenitud humana, termina siendo un acto suicida. Quien peca termina destruyéndose y degradándose a sí mismo, seducido por la ilusión de obtener un bien aparente.

Ante la realidad de nuestro pecado podemos preguntarnos como San Pablo: «¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?» (Rom 7,24). Con él también podemos responder: «¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!» (Rom 7,24). Sí, el Señor Jesús nos libera del pecado y sus efectos. El encuentro del pecador con el Señor es un encuentro de nuestra miseria con quien es la Misericordia misma: cuando nos acercamos a Él como el hijo pródigo, o incluso cuando somos “arrastrados a su Presencia por nuestros acusadores”, descubrimos sorprendidos que Él no nos condena por nuestras caídas, por más vergonzosas o abominables que éstas hayan sido, sino que Él nos perdona, nos libera del yugo de nuestros pecados cargándolos sobre sí, nos levanta de nuestro estado de postración, abre ante nosotros nuevamente un horizonte de esperanza y fortalece nuestros pasos para avanzar por el camino que conduce a la Vida plena: “anda, y no peques más”.

Una vez más el Evangelio del Domingo nos invita a comprender que «Dios no quiere la muerte del pecador, sino que éste se convierta y viva» (Ez 33,11). Por ello el Padre ha enviado a su Hijo: Él cargó sobre sí nuestros pecados, «llevándolos en su cuerpo hasta el madero, para que muertos al pecado, vivamos una vida santa» (1Pe 2,24). Acudamos humildes al Señor de la Misericordia para pedirle perdón por nuestros pecados y hagámosle caso cuando nos dice: “anda, y no peques más”, es decir, lucha decididamente para no caer nuevamente en los graves pecados que has cometido y reza con terca perseverancia para encontrar en el Señor la fuerza para levantarte y para perseverar en la lucha cada día (ver Mt 26,41).

 
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Jueves, 14 Marzo 2013 00:00

Domingo V de Cuaresma (C) [Alvarado]

 
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Domingo, 10 Marzo 2013 00:00

Domingo IV de Cuaresma (C)

Lecturas: Jos 5,9a.10-12; Sal 33; 2Cor 5,17-21; Lc 15,1-3.11-32

¿El hijo pródigo o el Padre pródigo?

Captación

La prodigalidad es la liberalidad en el dar, es el deroche; es pródigo quien da sin pensar en el futuro y sin ningún tipo de cálculo. Así que este Evangelio, llamado del hijo pródigo, podría también ser llamado del "Padre pródigo". El hijo derrocha sus dones y la riqueza que le ha sido encargada en administración: su prodigalidad es irresponsable y egoista. El Padre, en cambio, es pródigo en perdón y misericordia, y la da sin esperar nada a cambio y pensando sólo en el bien ajeno: su prodigalidad es de una generosidad sin precedentes.

Cuerpo

El gran pecado del hijo pródigo no está en el deseo de disfrutar los dones que le pertenecen, tampoco en el deseo de libertad o de felicidad. Su falta está en pretender obtener todo esto dándole la espalda a su Padre. El Padre, en esta parábola, aparece desde el principio "prodigo" en todas sus actitudes. No trata de frenar a su hijo o de reprimirlo; le da lo que le pide, lo ama incondicionalmente y finalmente está dispuesto a perdonar sus graves pecados sin ningún tipo de reproche o de condicionamientos. Su generosidad es absoluta porque está cimentada en un amor absoluto. El hijo, en cambio, hace un mal uso de todos lo que le da el Padre. En cierto modo "se aprovecha" de su generosidad. El hijo es pródigo en su egoismo y en su afán de obtener su felicidad independizándose de su Padre.

Conclusión

¿No es esta la dinámica que se produce con nosotros, cada vez que pecados? ¡Ciertamente! El pecado es el intento de obtener una felicidad de espaldas a Dios; creemos ver el bien en el mal, y vamos tras él. Somos también nosotros pródigos en el mal uso que hacemos de los bienes del Señor. La buena noticia es que Él siempre nos espera y está dispuesto a admitirnos nuevamente en su casa sin condicionamientos.

Otras Ideas

  • El hijo pródigo puede ser para nosotros ejemplar en dos sentidos contrapuestos. Es, en primer lugar, un buen ejemplo del "típico pecador". La parábola reproduce a la perfección la dinámica del pecado y sus consencuencias: afán de auto-suficiencia y prescidencia de Dios; búsqueda personal egosista; libertinaje; soledad, frustración, etc. Pero puede ser también ejemplo de un "buen penitente". ¿En qué consiste la verdadera penitenacia? Consiste en el arrepentimiento; sentir el peso de la propia culpa sin justificaciones; asumir la responsabilidad del propio pecado sin escudarse en los demás o en el ambiente; el propósito de "volver" y someterse nuevamente a la autoridad de Dios.
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    Sábado, 09 Marzo 2013 00:00

    Sábado III de Cuaresma

    Lecturas: Os 6,1-6; Sal 50; Lc 18,9-14

    La seguridad del pecador

    Captación

    Esta parábola de Jesús es bastante clara en cuanto a lo que quiere mostrar. La arrogancia del fariseo frente a la contrición del pecador. Detrás de la aparente pulcritud y rectitud puede esconderse una gran soberbia. El Señor nos enseña que la clave para ganar el favor de Dios es la humildad y el reconocimiento sereno de nuestra condición de pecadores.

    Cuerpo

    Pero hay algunos detalles importantes en esta parábola. Ella está dirigida a algunos que "teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás". El problama aquí no está tanto en sentirse seguro de uno mismo, lo que es algo deseable y es el principio de la libertad para poder actuar; el problema está en dónde ponemos nuestra seguridad. Aquí se trata, precisamente, de una falsa seguridad, una que se apoya no supuestos méritos y en la creencia de ser superiores a los demás, lo que es completamente falso. Es, por tanto, una seguridad ilusoria. El publicano, en cambio, se apoya sólo en la misericordia de Dios y se confía a ella al no tener ningún mérito propio sino el de ser un publicano, es decir un pecador. Al no tener nada propio de lo cual gloriarse, su seguridad entera está en el perdón de Dios, y ve que la única manera de obtener ese perdón, es arrepentirse y reconocerse necesitado de Él. Lo curioso es que el fariseo es, supuestamente, un hombre religioso, cumplidor de la ley. Pero aparentemente eso no basta. La religiosidad llena de soberbia es contraria a la naturaleza de Dios.

    Conclusión

    La enseñanza de esta parábola nos coloca frente a una pregunta esencial: ¿dónde ponemos nuestra seguridad? ¿En qué o en quién se apoya nuestra vida? El sentido de contrición y la conciencia de que somos pecadores y de que necesitamos del perdón de Dios es una condición esencial para poder obtener sus dondes y no caer en la trampa de la autosuficiencia.

    Otras Ideas

  • El publicano salió "justificado". ¿Qué significa esto? El significado más directo y literal de esta expresión, es ser que alguien es declarado "inocente", libre de culpa. Pero, ¿puede alguien estar libre de culpa? Ciertamente, no. Sin embargo, precisamente eso es lo sorprendente del perdón divino. El perdón de Dios verdaderamente nos hace justos. No es como el perdón humano, que es siempre parcial. El perdón de Dios, cuando hay verdaderamente arrepentiemiento y propósito de enmienda, nos "justifica", nos hace inocentes ante Él. Es un perdón absoluto.
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    Martes, 05 Marzo 2013 00:00

    Martes III de Cuaresma

    Lecturas: Dn 3,25.34-43; Sal 24; Mt 18,21-35

    Perdonar y recibir el perdón

    Captación

    Es una frase muy dura la que acabamos de escuchar: "Lo mismo hará con vosotros mi Padre del Cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano". El Señor parece decir que si no somos capaces de perdonar a los hermanos, entonces Dios, en represalia, no nos perdonará a nosotros y nos castigará entregándonos a los verdugos. Más aún, parece contradecirse, pues primero enseña que debemos perdonar 70 veces 7, que es un modo de decir que debemos perdonar sin límites, y luego pone el ejemplo de un amo que primero perdona y luego, en lugar de perdonar, castiga.

    Cuerpo

    Debemos de tratar de comprender adónde apunta la enseñanza de Jesús en esta parábola. Y lo primero es que no se trata tanto de la ley del taleón aplicada al perdón -si perdonas te perdono; si no perdonas no te perdono-, cuanto de la imposibilidad real de que alguien que no sabe perdonar a sus semejantes sea capaz de acoger el perdón. El perdón es una decisión unilateral en quien decide perdonar, independientemente del efecto que eso tenga en la persona perdonada. Pero sólo quien ha vivido en carne propia la experiencia de ser perdonado y ha acogido con humildad ese don gratuito, sabrá a su vez comunicarlo a otros. En el fondo, acoger el perdón y perdonar forman parte de la misma realidad en cada persona. En la parábola del Evangelio, el final trágico del siervo llamado "malvado" no simboliza tanto el castigo divino duro e inapelable para quien no perdona, sino la consecuencia triste a la que conduce el negarse a perdonar. Sólo quien se sabe perdonado, puede perdonar.

    Hay personas que no sienten con fuerza el perdón de Dios porque creen que son buenas y que no comenten faltas graves y, por lo tanto, no tienen mucho de qué ser perdonadas. Y muchas veces esas mismas personas son duras con los demás y con facilidad juzgan las intenciones ajenas y andan condenando los pecados y las faltas del prójimo.

    Conclusión

    Ante esta realidad debemos hacer examen de conciencia sobre dos puntos muy concretos: ¿cuánto me siento perdonado por Dios? ¿Cuánto valoro en mi propia vida ese don gratuito de Dios? Y luego, la respuesta a esta pregunta podemos encontrarla reflexionando sobre mi propia capacidad de perdonar a los demás. ¿Qué tanto abrigo en mi corazón rencores, rabia contra los demás, deseos de venganza, tal vez en cosas minúsculas, etc?

     
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    Lunes, 25 Febrero 2013 00:00

    Lunes II de Cuaresma

    Lecturas: Dn 9,4b-10; Sal 78; Lc 6,36-38

    ¿Por qué no debemos juzgar a nuestro prójimo?

    Captación

    Aquí se nos presenta la "regla de oro" de las relaciones humanas, tratar a los demás "con la misma medida". Sabemos que es cierto, pero no sabemos cómo realizarlo en nuestra vida. ¿Acaso no es necesario condenar el mal y hacer todo lo que esté a nuestro alcance para evitar la injusticia? en realidad, lo que nos dice el Señor es que "no debemos juzgar". Veamos qué significa esto.

    Cuerpo

    Aquí hay algunos motivos por los cuales debemos siempre evitar establecer juicios sobre la otra persona: porque en la mayoría de casos, sólo podemos conocer por apariencia; porque nunca podemos estar totalmente seguros de aquello que motivo el accionar de una determinada persona; porque no sabemos o no conocemos en su totalidad las circunstancias o los eventos que colocaron a esa persona frente a una determinada situación; porque somos muy propensos a ser influidos por prejuicios y consideraciones egoistas, y a descalificar a las demás personas por su acción o su modo de pensar. Sin embargo, cabe una distinción importante: no se trata de cerrar los ojos al mal. De lo que se trata es de no establecer juicios sobre la intención del otro, lo que no quiere decir que no podamos identificar el mal y condenarlo, así como adoptar todas las medidas que consideremos justas y necesarias para evitarlo.

    El Señor no nos está pidiendo que cerremos los ojos y dejemos que el mal siga su curso cuando podemos evitarlo o luchar contra él. Lo que nos está pidiendo es no establecer conclusiones temerarias sobre las circunstancias y las motivaciones del otro, y al mismo tiempo no dejarnos tomar interiormente opr sentimientos de odio y de desprecio del prójimo, aunque haya cometido el mal. ["Porque criticar, juzgar y despreciar son cosas diferentes. Criticar es decir de alguien: tal ha mentido o se ha encolerizado, o ha fornicado u otra cosa semejante. Se lo ha criticado, es decir, se ha hablado en contra suyo, se ha revelado su pecado, bajo el dominio de la pasión." (tomado de las Conferencias de San Doroteo de Gaza.]

    Conclusión

    ¿Cuántas veces juzgamos al prójimo? Juzgamos sus intenciones, juzgamos sus motivaciones, juzgamos sus circunstancias. Y no sólo, ¿cuántas veces pensamos mal del otro y hablamos mal de él a sus espaldas? Al final, nuestro corazón se llena de malos sentimientos y nos dejamos envenenar por el odio y el rencor. Evitar los juicios y pre-juicios es un ejercicios que requiere tiempo y práctica, pero vale la pena, pue nos conduce a la paz interior y a una mejor relación con nuestros semejantes.

    Otras ideas

  • De los juicios se puede decir una cosa similar al perdón. La razón por la cual muchas veces encontramos muy difícil o imposible perdonar, es porque no queremos renunciar a los juicios que nos hemos formado de la otra persona. "Perdonar" no significa que olvidemos el mal recibido o que la otra persona nos resulte agradable, no. Perdonar significa más bien renunciar a los propios sentimientos de odio y rencor, y del deseo de devolver el mal, lo cual no significa necesariamente que las cosas van a volver a su estado inicial, pero es un camino para sanar nuestras heridas y vivir en paz.
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